8 de febrero 2018    /   DIGITAL
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Viajar al pasado puede matarte

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Películas como la trilogía de Regreso al futuro, de Robert Zemeckis, o más clásicas como La máquina del tiempo, basada en la novela homónima de H.G. Wells, exploran un sueño muy humano: ¿cómo sería ver a los dinosaurios en su hábitat natural hace cien millones de años? ¿Qué tal tomarse una copa con Marilyn Monroe? El problema es que si Marilyn nos hubiera conocido, quizás su trágico destino hubiera sido otro o cumpliría en junio de este año 92 primaveras muy bien llevadas, estamos seguros. Pero si la actriz que sacaba de quicio a Billy Wilder no hubiera muerto, quién sabe qué otras derivaciones históricas o locales habrían tenido lugar. Simplemente viviríamos en otro universo.

La mejor forma de explicarlo empíricamente es imaginar que viajamos al pasado y matamos a nuestro abuelo. Entonces nuestros padres nunca serían concebidos ni, por consiguiente, nosotros. Y siguiendo esa lógica, si no fuimos concebidos, ¿cómo podríamos viajar al pasado a matar a nuestro abuelo? Esta paradoja la planteó por primera vez en 1943 el escritor francés René Barjavel en su novela El viajero imprudente.

También en Terminator (James Cameron, 1984) John Connor viaja al pasado para intentar evitar la guerra del presente; pero la película que mejor ha explicado esto ha sido Premier (Shane Carruth, 2004). A lo mejor es porque Shane Carruth es un matemático profesional, y eso ayuda. En Interstellar (2014), Cristopher Nolan intenta hilar más fino, y por momentos incluso lo consigue; aunque la paradoja siempre está ahí, persiguiendo y cercando nuestra lógica.  

Cualquier suceso, por nimio que sea, provocado por nuestro viaje en el tiempo hacia atrás desencadenaría un efecto multiplicador que rompería el presente o que conduciría a otro presente, donde interaccione con el elemento que viajó al pasado. Este condicionamiento no existe si viajamos al futuro; el problema es que nos gustaría regresar de allí (es un suponer).

En su libro Treknology, Ethen Siegel analiza los inventos que aparecen en la saga Star Trek y su equivalencia con logros actuales, si los hubiera. El phaser ya está entre nosotros, así como el tricorder (más o menos), pero no parece que vayamos a conocer de momento ni el teletransporte ni el motor de curvatura (warp drive) que, precisamente, permite viajar más allá de la velocidad de la luz alterando el tiempo y doblando el espacio.

Sin embargo, la física cuántica sí permite los viajes hacia el futuro, aunque no tienen billete de vuelta. Hasta la fecha se han logrado resultados muy modestos y a futuros más bien inmediatos (del orden de un nanosegundo) y de ellos solo queda constancia utilizando complejos dispositivos como los aceleradores de partículas.

Pero ¿y si los escritores de ciencia ficción tienen razón y los físicos cuánticos se equivocan o, al menos, están dejando escapar algo? No sería la primera vez que algo así sucede, y que la ficción debe corregir a la ciencia. En este caso se abriría la posibilidad de que existieran infinitos futuros paralelos en los que un tipo casi como yo estaría escribiendo un artículo casi como este en una revista casi idéntica a Yorokobu. Casi.

Películas como la trilogía de Regreso al futuro, de Robert Zemeckis, o más clásicas como La máquina del tiempo, basada en la novela homónima de H.G. Wells, exploran un sueño muy humano: ¿cómo sería ver a los dinosaurios en su hábitat natural hace cien millones de años? ¿Qué tal tomarse una copa con Marilyn Monroe? El problema es que si Marilyn nos hubiera conocido, quizás su trágico destino hubiera sido otro o cumpliría en junio de este año 92 primaveras muy bien llevadas, estamos seguros. Pero si la actriz que sacaba de quicio a Billy Wilder no hubiera muerto, quién sabe qué otras derivaciones históricas o locales habrían tenido lugar. Simplemente viviríamos en otro universo.

La mejor forma de explicarlo empíricamente es imaginar que viajamos al pasado y matamos a nuestro abuelo. Entonces nuestros padres nunca serían concebidos ni, por consiguiente, nosotros. Y siguiendo esa lógica, si no fuimos concebidos, ¿cómo podríamos viajar al pasado a matar a nuestro abuelo? Esta paradoja la planteó por primera vez en 1943 el escritor francés René Barjavel en su novela El viajero imprudente.

También en Terminator (James Cameron, 1984) John Connor viaja al pasado para intentar evitar la guerra del presente; pero la película que mejor ha explicado esto ha sido Premier (Shane Carruth, 2004). A lo mejor es porque Shane Carruth es un matemático profesional, y eso ayuda. En Interstellar (2014), Cristopher Nolan intenta hilar más fino, y por momentos incluso lo consigue; aunque la paradoja siempre está ahí, persiguiendo y cercando nuestra lógica.  

Cualquier suceso, por nimio que sea, provocado por nuestro viaje en el tiempo hacia atrás desencadenaría un efecto multiplicador que rompería el presente o que conduciría a otro presente, donde interaccione con el elemento que viajó al pasado. Este condicionamiento no existe si viajamos al futuro; el problema es que nos gustaría regresar de allí (es un suponer).

En su libro Treknology, Ethen Siegel analiza los inventos que aparecen en la saga Star Trek y su equivalencia con logros actuales, si los hubiera. El phaser ya está entre nosotros, así como el tricorder (más o menos), pero no parece que vayamos a conocer de momento ni el teletransporte ni el motor de curvatura (warp drive) que, precisamente, permite viajar más allá de la velocidad de la luz alterando el tiempo y doblando el espacio.

Sin embargo, la física cuántica sí permite los viajes hacia el futuro, aunque no tienen billete de vuelta. Hasta la fecha se han logrado resultados muy modestos y a futuros más bien inmediatos (del orden de un nanosegundo) y de ellos solo queda constancia utilizando complejos dispositivos como los aceleradores de partículas.

Pero ¿y si los escritores de ciencia ficción tienen razón y los físicos cuánticos se equivocan o, al menos, están dejando escapar algo? No sería la primera vez que algo así sucede, y que la ficción debe corregir a la ciencia. En este caso se abriría la posibilidad de que existieran infinitos futuros paralelos en los que un tipo casi como yo estaría escribiendo un artículo casi como este en una revista casi idéntica a Yorokobu. Casi.

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