27 de abril 2016    /   CINE/TV
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Victor Puchalski usa los colores como armas

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Imaginemos una película de la Cannon. Un científico tipo Re-Animator está dándole forma a una nueva criatura a la que debe dotar de personalidad para que pueda integrarse en la sociedad. ¿Qué cosas enseñarle para que sepa comportarse correctamente y ganarse la vida? ¿Aristóteles? ¿Proust? ¿Mozart? ¿Shakespeare?

Recordemos que es una película de Cannon, no una de Peter Greenaway. Exacto: mejor darle un buen chute de las Baccara, Victor Moscoso, Los amos de Dogtown, Marra, José JaJaJa, Pope, Corrupción en Miami, tebeos de Image Cómics, He-Man en todas sus encarnaciones, desde muñecos a dibujos animados, un poco de Paul Gulacy, Tetsuo Hara, Tsemberlidis, juguetes del Happy Meal y alguna cosa más que encontremos por ahí.

El científico conecta un módem de 56k a una computadora con pantalla de fósforo verde, saca unos cuantos disquetes de 1/4 aunque solo sea para que quede bonito. Conecta unos cables al cráneo de su criatura y comienza a introducirle toda esa información en el cerebro. Fundido a negro.

El resultado de esos experimentos podría ser perfectamente Victor Puchalski, autor que realiza cómics de colores imposibles, repletos de violencia, videojuegos, artes marciales y todas las referencias imaginables a esa cultura de los años 80 y 90 y que, como a la criatura de nuestra imaginaria película, le fueron inoculadas en la infancia.

«En realidad los tebeos no es que que fuesen algo que me interesase per se. Estaban ahí, como los muñecos o los dibujos animados. Haces memoria y ya los tienes entre las manos. Pero en un momento dado la forma de verlos cambia cuando pienso, «joder, quiero hacer eso. Voy a imitar a Toriyama”. Ahí ya cruzas el punto de no retorno».

Un domingo Puchalski le dijo a su padre que quería dibujar tebeos y, al día siguiente, se pasó la jornada escolar pasando de todo sin parar de hacer viñetas. «Debía de tener unos once o doce años. Luego ya hay más historia, pero se hace muuuy larga».

Parte de esa historia tiene que ver con Kann. Un personaje creado hacia el año 2012 con intención de «hacer un tebeo de artes marciales, lucha bestia, gente cagando encima de gente y esas cosas». En 2014, cuando Puchalski decidió dedicarse en serio a los tebeos, Kann estaba ahí, esperándole, con los puños preparados, las katas listas y el vientre lleno.

«Es la historia de un magnate de los negocios y maestro de kung fu que emprende una espiral de violencia alrededor del mundo y de otras dimensiones para liquidar a los siete maestros que le entrenaron. Tiene de todo, artes marciales, posapocalismo, turbiedad… Ahora, con Autsaider Cómics, he tenido la oportunidad de desarrollar, definir y expandir más todo ese universo. Vamos a empezar con un libro-objeto desplegable, Kann & the heavymetalords of war, en el que se entrevé parte del origen del personaje. Es un complemento a la saga original, que saldrá para finales de año en formato libro».

Además de un festival de violencia posapocalíptica, Kann es un despropósito de colores. NO solo incluye tonos que harían volverse loco a cualquier impresor, sino que Puchalski emplea con una habilidad pasmosa degradados de color que pasan de una figura a otra sin respetar planos o figuras, para formar parte de la historia casi como un personaje más.

«El color tiene muchísima importancia en mi obra. El color para mí es un arma. Desde el principio tenía claro que debía funcionar cómo lo hace, planteándolo de forma que obedeciese a unas necesidades tanto estéticas como narrativas. La gente se sorprende cuando digo que la base de ese color está en los cómics de superhéroes más clásicos, pero es que es así. Aquellos tebeos se coloreaban, no intentaban imitar a ningún director de fotografía. Me gusta que los tebeos sigan pareciendo tebeos, nuevos, raros, serios, divertidos, reflexivos, abstractos, locos… y el color forma parte de ese paquete de herramientas e intenciones».

Además de su innegable componente estético, la obra de Puchalski destaca por la preocupación por contar. No tanto en lo que se refiere a la originalidad de las historias sino en el modo de narrarlas. Una tarea en la que también tiene mucha importancia la forma de hablar de los personajes.

«No me interesa esa tendencia de algunos a la supremacía del «que me cuenten algo». Me interesa el «cómo contarlo». A estas alturas de la partida, la fuerza de algo reside ahí y no en inventar cocacolas. Por eso, tan importante como el color, es el lenguaje. ¿Por qué no subir el volumen un punto más como hago con el color? El lenguaje es el aspecto que, de forma más evidente, reproduce un eco de nuestra realidad. Por eso, mi intención, incluso en lo épico, es no desvincular el vocabulario de los personajes del mundo del lector. De esta forma fusiono lo épico con lo cotidiano. La heroicidad con la absurdez».

La contundencia del universo gráfico de Puchalski está llamado a traspasar las páginas de los tebeos. El atractivo visual de sus ilustraciones y su vinculación emocional con esa generación de treintañeros que crecieron con Dragones & Marmorras, la Nintendo, la Mega Drive, hace que sean firmes candidatas a una línea de merchandising. Camisetas, plumieres, carpetas… Como Jordi Labanda, pero con sangre y violencia.

«Me gusta el merchandising, pero mi tralla no tendría la misma viabilidad comercial que la de este señor. Mi target es más molón, pero menos numeroso y, quieras que no, me veo más McFarlane que haciendo sombrillas o edredones. Cuesta imaginar un país en el que manadas consumistas acudan en masa a comprar putos cojines con el dibujo de un gladiador cagándole en la boca a otro, aunque sería bonito. Por mi parte prefiero seguir centrado en currar en esto, pero siendo consciente de las posibilidades que tiene, entre las cuales está un merchandising muy concreto y, de vez en cuando, flipar con alguna línea de muñecos bien chula o algo tipo consolador inspirado en Kann. Así rosita, lleno de venas, de esos que tienen como rodamientos por dentro».

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Recordemos que es una película de Cannon, no una de Peter Greenaway. Exacto: mejor darle un buen chute de las Baccara, Victor Moscoso, Los amos de Dogtown, Marra, José JaJaJa, Pope, Corrupción en Miami, tebeos de Image Cómics, He-Man en todas sus encarnaciones, desde muñecos a dibujos animados, un poco de Paul Gulacy, Tetsuo Hara, Tsemberlidis, juguetes del Happy Meal y alguna cosa más que encontremos por ahí.

El científico conecta un módem de 56k a una computadora con pantalla de fósforo verde, saca unos cuantos disquetes de 1/4 aunque solo sea para que quede bonito. Conecta unos cables al cráneo de su criatura y comienza a introducirle toda esa información en el cerebro. Fundido a negro.

El resultado de esos experimentos podría ser perfectamente Victor Puchalski, autor que realiza cómics de colores imposibles, repletos de violencia, videojuegos, artes marciales y todas las referencias imaginables a esa cultura de los años 80 y 90 y que, como a la criatura de nuestra imaginaria película, le fueron inoculadas en la infancia.

«En realidad los tebeos no es que que fuesen algo que me interesase per se. Estaban ahí, como los muñecos o los dibujos animados. Haces memoria y ya los tienes entre las manos. Pero en un momento dado la forma de verlos cambia cuando pienso, «joder, quiero hacer eso. Voy a imitar a Toriyama”. Ahí ya cruzas el punto de no retorno».

Un domingo Puchalski le dijo a su padre que quería dibujar tebeos y, al día siguiente, se pasó la jornada escolar pasando de todo sin parar de hacer viñetas. «Debía de tener unos once o doce años. Luego ya hay más historia, pero se hace muuuy larga».

Parte de esa historia tiene que ver con Kann. Un personaje creado hacia el año 2012 con intención de «hacer un tebeo de artes marciales, lucha bestia, gente cagando encima de gente y esas cosas». En 2014, cuando Puchalski decidió dedicarse en serio a los tebeos, Kann estaba ahí, esperándole, con los puños preparados, las katas listas y el vientre lleno.

«Es la historia de un magnate de los negocios y maestro de kung fu que emprende una espiral de violencia alrededor del mundo y de otras dimensiones para liquidar a los siete maestros que le entrenaron. Tiene de todo, artes marciales, posapocalismo, turbiedad… Ahora, con Autsaider Cómics, he tenido la oportunidad de desarrollar, definir y expandir más todo ese universo. Vamos a empezar con un libro-objeto desplegable, Kann & the heavymetalords of war, en el que se entrevé parte del origen del personaje. Es un complemento a la saga original, que saldrá para finales de año en formato libro».

Además de un festival de violencia posapocalíptica, Kann es un despropósito de colores. NO solo incluye tonos que harían volverse loco a cualquier impresor, sino que Puchalski emplea con una habilidad pasmosa degradados de color que pasan de una figura a otra sin respetar planos o figuras, para formar parte de la historia casi como un personaje más.

«El color tiene muchísima importancia en mi obra. El color para mí es un arma. Desde el principio tenía claro que debía funcionar cómo lo hace, planteándolo de forma que obedeciese a unas necesidades tanto estéticas como narrativas. La gente se sorprende cuando digo que la base de ese color está en los cómics de superhéroes más clásicos, pero es que es así. Aquellos tebeos se coloreaban, no intentaban imitar a ningún director de fotografía. Me gusta que los tebeos sigan pareciendo tebeos, nuevos, raros, serios, divertidos, reflexivos, abstractos, locos… y el color forma parte de ese paquete de herramientas e intenciones».

Además de su innegable componente estético, la obra de Puchalski destaca por la preocupación por contar. No tanto en lo que se refiere a la originalidad de las historias sino en el modo de narrarlas. Una tarea en la que también tiene mucha importancia la forma de hablar de los personajes.

«No me interesa esa tendencia de algunos a la supremacía del «que me cuenten algo». Me interesa el «cómo contarlo». A estas alturas de la partida, la fuerza de algo reside ahí y no en inventar cocacolas. Por eso, tan importante como el color, es el lenguaje. ¿Por qué no subir el volumen un punto más como hago con el color? El lenguaje es el aspecto que, de forma más evidente, reproduce un eco de nuestra realidad. Por eso, mi intención, incluso en lo épico, es no desvincular el vocabulario de los personajes del mundo del lector. De esta forma fusiono lo épico con lo cotidiano. La heroicidad con la absurdez».

La contundencia del universo gráfico de Puchalski está llamado a traspasar las páginas de los tebeos. El atractivo visual de sus ilustraciones y su vinculación emocional con esa generación de treintañeros que crecieron con Dragones & Marmorras, la Nintendo, la Mega Drive, hace que sean firmes candidatas a una línea de merchandising. Camisetas, plumieres, carpetas… Como Jordi Labanda, pero con sangre y violencia.

«Me gusta el merchandising, pero mi tralla no tendría la misma viabilidad comercial que la de este señor. Mi target es más molón, pero menos numeroso y, quieras que no, me veo más McFarlane que haciendo sombrillas o edredones. Cuesta imaginar un país en el que manadas consumistas acudan en masa a comprar putos cojines con el dibujo de un gladiador cagándole en la boca a otro, aunque sería bonito. Por mi parte prefiero seguir centrado en currar en esto, pero siendo consciente de las posibilidades que tiene, entre las cuales está un merchandising muy concreto y, de vez en cuando, flipar con alguna línea de muñecos bien chula o algo tipo consolador inspirado en Kann. Así rosita, lleno de venas, de esos que tienen como rodamientos por dentro».

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