13 de febrero 2020    /   IDEAS
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La vida interesante es la que no interesa

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Antes, cuando el mundo era joven, la vida no era tan interesante. La gente nacía y moría y no era feliz ni buscaba serlo. Lo importante era sobrevivir, nutrirse, respirar, tener un techo; sobre todo reproducirse, como si una persona solo fuera un eslabón más en la cadena, un hilo más en el tapiz de la humanidad, un mero contenedor de genes egoístas que querían extenderse a través del tiempo. Pasaban los años, pasaba la vida y no pasaba nada. 

Ahora, en cambio, no paran de pasar cosas, no dejan de rebotar contra nuestro cráneo millones de estímulos y amontonamos experiencias sin parar: catas de vino, cursos de sushi, visitas a minas abandonadas, sesiones de paintball en fines de semana de team building, obras de teatro de vanguardia (o artes vivas, según se mire), talleres de elaboración de puros, masajes con cañas de bambú en las profundidades del spa de montaña, escape rooms de misterio gótico, viajes de autor en los que interaccionar con la población local, ratos de realidad virtual en asientos que dan vueltas en el escaparate de un centro comercial, toda la oferta cultural del mundo a través de Netflix, de Storytel, de Spotify, de Ivoox, generando esa falsa sensación de bienestar, de clase media depauperada en lo material, pero cada vez más rica en lo cultural, en lo simbólico. ¿Acaso la botellita de agua que te dan en el Uber no es un símbolo de algo?

Nunca la vida fue tan interesante. 

Pero, si por algún casual aún tuviéramos problemas para interesantificar nuestra vida, la muy particular y célebre página web WikiHow informa de algunos tips para conseguir una existencia interesante: desarrolla intereses dinámicos, mantén tu vida ocupada y emocionante, siéntete bien sobre tu vida. En hechos concretos: acepta todas las invitaciones, haz cosas que nunca has hecho, piensa positivamente, no te preocupes por lo que piensan los demás, implícate con una causa en la que creas. Por supuesto, sal de la zona de confort: sostén una araña en la mano o acude a un concierto de country. 

Caramba, parece que llevar una vida interesante es bastante cansado. 

Cabría reivindicar una vida menos interesante. La dulce rutina que machaca el tiempo y hace que todo ocurra más deprisa, sin sobresaltos, hacia la paz eterna; esa rutina que, como un arte zen, no nos deja pensar en la propia finitud ni en los más profundos abismos cósmicos, llenos de dioses lovecraftianos. La meditación, ese fijarse en la vibración de los átomos de nuestro cuerpo a cada momento. La vida del cazador-recolector, como también reivindica el pensador best seller Yuval Noah Harari: en algún momento de la historia lejana el ser humano empezó a cultivar la tierra y fue domesticado por ella: tuvo que trabajar más y atado a un lugar, y de ahí salió la propiedad privada, la opresión, el maltrato a la naturaleza, el excedente y, al final, el capitalismo y el Satisfyer. Con lo fácil que era abastecerse en el bufé libre de la naturaleza, y ahora en menudo lío nos hemos metido.

Esa es la vida interesante: la que no interesa. Caminar por el bosque y recoger moras, pescar en el río con un palo afilado, enfrentarse a los grandes mamíferos y pintar vulvas y penes dentro de las paredes de la cueva, el Instagram de la Edad de Piedra. La vida interesante en la Edad Contemporánea es, para mí, dar un paseo extremadamente largo, masturbarse, comer un menú chino barato pleno de glutamato, echar la siesta, mirar a los perros olerse el culo en el parque, escuchar lentamente el sonido que hacen las nubes al desplazarse contra el cielo como si fueran pegatinas. Es fácil.

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Ahora, en cambio, no paran de pasar cosas, no dejan de rebotar contra nuestro cráneo millones de estímulos y amontonamos experiencias sin parar: catas de vino, cursos de sushi, visitas a minas abandonadas, sesiones de paintball en fines de semana de team building, obras de teatro de vanguardia (o artes vivas, según se mire), talleres de elaboración de puros, masajes con cañas de bambú en las profundidades del spa de montaña, escape rooms de misterio gótico, viajes de autor en los que interaccionar con la población local, ratos de realidad virtual en asientos que dan vueltas en el escaparate de un centro comercial, toda la oferta cultural del mundo a través de Netflix, de Storytel, de Spotify, de Ivoox, generando esa falsa sensación de bienestar, de clase media depauperada en lo material, pero cada vez más rica en lo cultural, en lo simbólico. ¿Acaso la botellita de agua que te dan en el Uber no es un símbolo de algo?

Nunca la vida fue tan interesante. 

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Caramba, parece que llevar una vida interesante es bastante cansado. 

Cabría reivindicar una vida menos interesante. La dulce rutina que machaca el tiempo y hace que todo ocurra más deprisa, sin sobresaltos, hacia la paz eterna; esa rutina que, como un arte zen, no nos deja pensar en la propia finitud ni en los más profundos abismos cósmicos, llenos de dioses lovecraftianos. La meditación, ese fijarse en la vibración de los átomos de nuestro cuerpo a cada momento. La vida del cazador-recolector, como también reivindica el pensador best seller Yuval Noah Harari: en algún momento de la historia lejana el ser humano empezó a cultivar la tierra y fue domesticado por ella: tuvo que trabajar más y atado a un lugar, y de ahí salió la propiedad privada, la opresión, el maltrato a la naturaleza, el excedente y, al final, el capitalismo y el Satisfyer. Con lo fácil que era abastecerse en el bufé libre de la naturaleza, y ahora en menudo lío nos hemos metido.

Esa es la vida interesante: la que no interesa. Caminar por el bosque y recoger moras, pescar en el río con un palo afilado, enfrentarse a los grandes mamíferos y pintar vulvas y penes dentro de las paredes de la cueva, el Instagram de la Edad de Piedra. La vida interesante en la Edad Contemporánea es, para mí, dar un paseo extremadamente largo, masturbarse, comer un menú chino barato pleno de glutamato, echar la siesta, mirar a los perros olerse el culo en el parque, escuchar lentamente el sonido que hacen las nubes al desplazarse contra el cielo como si fueran pegatinas. Es fácil.

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