31 de enero 2018    /   IDEAS
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La vida social en el bosque: los árboles se comunican y se ayudan unos a otros

31 de enero 2018    /   IDEAS     por          
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Los árboles, culturalmente, han sido un nexo de unión entre la tierra y el cielo, el pasado y el futuro y entre grupos humanos. Su sombra y su entorno han sido un lugar de reunión tan importante que proliferan los troncos sagrados navideños en torno a los cuales se reúnen las familias. El sicomoro, creían los antiguos egipcios, era un nexo entre la vida y la muerte con el que se elaboraban sarcófagos para facilitar la llegada al Más Allá.

Tradicionalmente, varias culturas han profundizado en esta simbología, pero han relegado la relación que se establece entre los propios árboles. Salvo en el caso del baobab, que según la tradición masai se aburría en soledad y comenzó a andar.

Aunque los árboles no puedan andar, sí han encontrado una forma de desplazarse: «La solución está en el cambio generacional. Todo árbol debe permanecer toda su vida en el mismo lugar donde la semilla echó las primeras raíces, sin embargo puede multiplicarse y, durante el corto período en el que los embriones de árbol permanecen protegidos en la semilla, son libres. En cuanto caen del árbol el viaje puede empezar», escribe Peter Wohlleben en La vida secreta de los árboles (Ediciones Obelisco).

De esa necesidad de establecer vínculos sociales con otros árboles habla Peter Wohlleben en su libro. Después de más de 20 años trabajando para la Comisión Forestal de Alemania, dejó su trabajo cuando percibió que los árboles podían sentir emociones y comunicarse entre ellos. Según él mismo concluyó: «Para aquel que sabe que los árboles sienten dolor, que tienen memoria y que los árboles progenitores viven con sus retoños, ya no es tan fácil talarlos, ni deambular con grandes máquinas a su alrededor».

Aunque, en su intento por rodear de un aura poética sus reflexiones, se le acusó de excederse abordando la vida de los árboles de forma antropomórfica, en su libro revela algunas observaciones y estudios científicos que permiten vislumbrar el bosque como una sociedad cuyos miembros se comunican y se ayudan entre sí por el bien del grupo.

Amistad

La posiblidad de que los árboles puedan establecer vínculos sociales similares a la amistad es uno de los aspectos más fascinantes de La vida secreta de los árboles. Wohlleben utiliza como ejemplo una haya que llevaba cientos de años de ayuno. ¿Cómo pudo sobrevivir, entonces? Gracias a sus vecinas, que se encargaron de nutrirla a base de una solución de azúcares. Esta solidaridad arbórea no se da siempre ni de manera aleatoria, sino que respondería a un proceso selectivo. De ahí que Wohlleben concluyera que son capaces de establecer vínculos amistosos, de elegir a qué árboles ayudar y con cuáles aliarse.

Un árbol no hace un bosque, no es capaz de crear un clima local equilibrado, está expuesto al viento y a las inclemencias del tiempo. Sin embargo, los árboles juntos crean un ecosistema que amortigua el calor y el frío extremos, almacena cierta cantidad de agua y produce un aire muy húmedo. […] Si todos los ejemplares se preocupasen sólo de sí mismos, muchos de ellos no llegarían a la edad adulta. Las muertes continuadas provocarían grandes huecos en las copas, por los que las tormentas se colarían con mayor facilidad y otros troncos podrían ser abatidos. El calor del verano penetraría hasta el suelo del bosque y lo secaría. Todos sufrirían. 

Este comportamiento, que estudiaron unos científicos de la Universidad de Harz, podría ser inherente a la mayoría de individuos de una misma especie. Según cuenta Wohlleben, «el intercambio de nutrientes, la ayuda vecinal en caso de necesidad, es claramente la norma y se traduce en la aseveración de que los bosques son superorganismos, es decir, una estructura similar a un hormiguero».

Los árboles son capaces de reconocer las raíces de otras especies, así como las de los miembros de su misma especie. La razón por la que, según Wohlleben, los árboles son capaces de ayudarse y hasta de mimar a otras especies es que «juntos funcionan mejor». Aunque esta vinculación, dice, solo sería posible en los bosques naturales.

Comunicación

«Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa», escribió Herman Hesse. Los árboles, como el resto de seres vivos, cuentan con un lenguaje a base de olores. No solo se comunican entre ellos a través de estos olores, sino que también los utilizan para espantar a los herbívoros. Así ocurre con las acacias de la sabana africana, que envían sustancias tóxicas a sus hojas para ahuyentar a las jirafas. Para avisar de su presencia a las vecinas, la primera acacia a la que llega la jirafa emite etileno, de manera que las otras lanzan sustancias tóxicas antes de que llegue el herbívoro.

Además de los olores, los sabores sirven a los árboles para comunicarse entre sí y defenderse. El mal sabor de hojas que los taninos del tronco pueden provocar a base de emitir sustancias tóxicas suele surtir efecto. Las células nerviosas de las puntas de las raíces, mediante el crepitar, también facilitan la comunicación en el bosque.

No todos los árboles utilizan los olores y los sabores para espantar herbívoros y matar insectos. Algunos, como los castaños y los sauces, recurren a esta capacidad para atraer a las abejas a repostar en sus flores.

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El viento, a menudo aliado, se convierte en una ayuda fundamental en este caso: «¿Qué tiene más a mano que el viento para ayudarle? Arranca de las flores el fino polvillo del polen y lo lleva hasta los árboles vecinos. Además, las corrientes de aire tiene una ventaja más y es que también sopla con bajas temperaturas, incluso por debajo de los 12ºC, la temperatura por debajo de la cual las abejas se quedan en casa. Probablemente, éste es el motivo por el que las coníferas también echan mano de esta estrategia», escribe Wohlleben.

Todas estas interacciones se dan en los bosques naturales. Según Wohlleben, «nuestras plantas de cultivo han perdido la capacidad de comunicarse ya sea por encima o bajo tierra». Esa sordera y ese mutismo las habrían convertido en presa fácil. De ahí que Wohlleben inste a los agricultores a «aprender un poco de los bosques e introducir algo más de carácter silvestre y con ello más locuacidad en sus cereales y patata».

Noción del tiempo, sincronía y memoria

Las plantas son capaces de distinguir el otoño y la primavera, gracias a lo que se conoce como «memoria de invierno», o la necesidad de frío antes de florecer. Algunas reconocen el amanecer. Wohlleben asocia esta capacidad de sincronizarse, en el caso de los árboles, con su pertenencia al grupo. «Los árboles del bosque prefieren florecer todos al mismo tiempo, ya que de esta manera pueden mezclarse los genes de muchos individuos. Esto es así en el caso de las coníferas, pero los árboles de fronda tienen en cuenta todavía otro motivo más; los jabalíes y los corzos».

¿Cómo lo consiguen si no tienen cerebro? Para algunos investigadores, como Frantisek Baluska, del Instituto de Botánica Celular y Molecular de la Universidad de Bonn, se dan similitudes en la punta de las raíces de los árboles y el cerebro humano.

La malva de Cornualles, capaz de «recordar» por dónde salió el sol y de reactivarse en esa dirección justo antes del amanecer, protanigoza los estudios en este sentido y ha reabierto el debate sobre qué es la memoria y si puede ir más allá de lo meramente cognitivo. La única evidencia es que esta malva, como otras plantas que presentan comportamientos similares, son capaces de conocer y reconocer variables ambientales, aliados y enemigos.

Los árboles, culturalmente, han sido un nexo de unión entre la tierra y el cielo, el pasado y el futuro y entre grupos humanos. Su sombra y su entorno han sido un lugar de reunión tan importante que proliferan los troncos sagrados navideños en torno a los cuales se reúnen las familias. El sicomoro, creían los antiguos egipcios, era un nexo entre la vida y la muerte con el que se elaboraban sarcófagos para facilitar la llegada al Más Allá.

Tradicionalmente, varias culturas han profundizado en esta simbología, pero han relegado la relación que se establece entre los propios árboles. Salvo en el caso del baobab, que según la tradición masai se aburría en soledad y comenzó a andar.

Aunque los árboles no puedan andar, sí han encontrado una forma de desplazarse: «La solución está en el cambio generacional. Todo árbol debe permanecer toda su vida en el mismo lugar donde la semilla echó las primeras raíces, sin embargo puede multiplicarse y, durante el corto período en el que los embriones de árbol permanecen protegidos en la semilla, son libres. En cuanto caen del árbol el viaje puede empezar», escribe Peter Wohlleben en La vida secreta de los árboles (Ediciones Obelisco).

De esa necesidad de establecer vínculos sociales con otros árboles habla Peter Wohlleben en su libro. Después de más de 20 años trabajando para la Comisión Forestal de Alemania, dejó su trabajo cuando percibió que los árboles podían sentir emociones y comunicarse entre ellos. Según él mismo concluyó: «Para aquel que sabe que los árboles sienten dolor, que tienen memoria y que los árboles progenitores viven con sus retoños, ya no es tan fácil talarlos, ni deambular con grandes máquinas a su alrededor».

Aunque, en su intento por rodear de un aura poética sus reflexiones, se le acusó de excederse abordando la vida de los árboles de forma antropomórfica, en su libro revela algunas observaciones y estudios científicos que permiten vislumbrar el bosque como una sociedad cuyos miembros se comunican y se ayudan entre sí por el bien del grupo.

Amistad

La posiblidad de que los árboles puedan establecer vínculos sociales similares a la amistad es uno de los aspectos más fascinantes de La vida secreta de los árboles. Wohlleben utiliza como ejemplo una haya que llevaba cientos de años de ayuno. ¿Cómo pudo sobrevivir, entonces? Gracias a sus vecinas, que se encargaron de nutrirla a base de una solución de azúcares. Esta solidaridad arbórea no se da siempre ni de manera aleatoria, sino que respondería a un proceso selectivo. De ahí que Wohlleben concluyera que son capaces de establecer vínculos amistosos, de elegir a qué árboles ayudar y con cuáles aliarse.

Un árbol no hace un bosque, no es capaz de crear un clima local equilibrado, está expuesto al viento y a las inclemencias del tiempo. Sin embargo, los árboles juntos crean un ecosistema que amortigua el calor y el frío extremos, almacena cierta cantidad de agua y produce un aire muy húmedo. […] Si todos los ejemplares se preocupasen sólo de sí mismos, muchos de ellos no llegarían a la edad adulta. Las muertes continuadas provocarían grandes huecos en las copas, por los que las tormentas se colarían con mayor facilidad y otros troncos podrían ser abatidos. El calor del verano penetraría hasta el suelo del bosque y lo secaría. Todos sufrirían. 

Este comportamiento, que estudiaron unos científicos de la Universidad de Harz, podría ser inherente a la mayoría de individuos de una misma especie. Según cuenta Wohlleben, «el intercambio de nutrientes, la ayuda vecinal en caso de necesidad, es claramente la norma y se traduce en la aseveración de que los bosques son superorganismos, es decir, una estructura similar a un hormiguero».

Este comportamiento, que estudiaron unos científicos de la Universidad de Harz, podría ser inherente a la mayoría de individuos de una misma especie. Según cuenta Wohlleben, «el intercambio de nutrientes, la ayuda vecinal en caso de necesidad, es claramente la norma y se traduce en la aseveración de que los bosques son superorganismos, es decir, una estructura similar a un hormiguero».

Los árboles son capaces de reconocer las raíces de otras especies, así como las de los miembros de su misma especie. La razón por la que, según Wohlleben, los árboles son capaces de ayudarse y hasta de mimar a otras especies es que «juntos funcionan mejor». Aunque esta vinculación, dice, solo sería posible en los bosques naturales.

Comunicación

«Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa», escribió Herman Hesse. Los árboles, como el resto de seres vivos, cuentan con un lenguaje a base de olores. No solo se comunican entre ellos a través de estos olores, sino que también los utilizan para espantar a los herbívoros. Así ocurre con las acacias de la sabana africana, que envían sustancias tóxicas a sus hojas para ahuyentar a las jirafas. Para avisar de su presencia a las vecinas, la primera acacia a la que llega la jirafa emite etileno, de manera que las otras lanzan sustancias tóxicas antes de que llegue el herbívoro.

Además de los olores, los sabores sirven a los árboles para comunicarse entre sí y defenderse. El mal sabor de hojas que los taninos del tronco pueden provocar a base de emitir sustancias tóxicas suele surtir efecto. Las células nerviosas de las puntas de las raíces, mediante el crepitar, también facilitan la comunicación en el bosque.

No todos los árboles utilizan los olores y los sabores para espantar herbívoros y matar insectos. Algunos, como los castaños y los sauces, recurren a esta capacidad para atraer a las abejas a repostar en sus flores.

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El viento, a menudo aliado, se convierte en una ayuda fundamental en este caso: «¿Qué tiene más a mano que el viento para ayudarle? Arranca de las flores el fino polvillo del polen y lo lleva hasta los árboles vecinos. Además, las corrientes de aire tiene una ventaja más y es que también sopla con bajas temperaturas, incluso por debajo de los 12ºC, la temperatura por debajo de la cual las abejas se quedan en casa. Probablemente, éste es el motivo por el que las coníferas también echan mano de esta estrategia», escribe Wohlleben.

Todas estas interacciones se dan en los bosques naturales. Según Wohlleben, «nuestras plantas de cultivo han perdido la capacidad de comunicarse ya sea por encima o bajo tierra». Esa sordera y ese mutismo las habrían convertido en presa fácil. De ahí que Wohlleben inste a los agricultores a «aprender un poco de los bosques e introducir algo más de carácter silvestre y con ello más locuacidad en sus cereales y patata».

Noción del tiempo, sincronía y memoria

Las plantas son capaces de distinguir el otoño y la primavera, gracias a lo que se conoce como «memoria de invierno», o la necesidad de frío antes de florecer. Algunas reconocen el amanecer. Wohlleben asocia esta capacidad de sincronizarse, en el caso de los árboles, con su pertenencia al grupo. «Los árboles del bosque prefieren florecer todos al mismo tiempo, ya que de esta manera pueden mezclarse los genes de muchos individuos. Esto es así en el caso de las coníferas, pero los árboles de fronda tienen en cuenta todavía otro motivo más; los jabalíes y los corzos».

¿Cómo lo consiguen si no tienen cerebro? Para algunos investigadores, como Frantisek Baluska, del Instituto de Botánica Celular y Molecular de la Universidad de Bonn, se dan similitudes en la punta de las raíces de los árboles y el cerebro humano.

La malva de Cornualles, capaz de «recordar» por dónde salió el sol y de reactivarse en esa dirección justo antes del amanecer, protanigoza los estudios en este sentido y ha reabierto el debate sobre qué es la memoria y si puede ir más allá de lo meramente cognitivo. La única evidencia es que esta malva, como otras plantas que presentan comportamientos similares, son capaces de conocer y reconocer variables ambientales, aliados y enemigos.

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Opiniones 3
  • Me ha parecido precioso leer y descubrir esta cara de la naturaleza que tan inadvertida pasa para el ser humano.

    La realidad, como siempre, supera la ficción.

    Felicidades por un artículo tan revelador.

  • Una vez vi un video de un hombre que comió hongos alucinógenos, acompañado de un chamán de América Central. Estaban en un bosque, y el tipo se paseaba entre los árboles y decía emocionado: los árboles tienen espíritu. Y estoy segura que es así.

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