13 de enero 2020    /   IDEAS
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A la nueva generación de padres se nos ha olvidado follar

13 de enero 2020    /   IDEAS     por          
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Hay polvos que rejuvenecen el alma, polvos que salvan matrimonios, polvos que son capaces de reconciliarte con aquella perra –se hace llamar vida– a la que tantas veces retiraste la fe, polvos que te alegran la jodida existencia.

Son polvos cortos, no duran más de 5 minutos. Polvos de película, de dos desconocidos en el retrete de un tugurio; polvos con los que soñamos cada fin de semana durante años y que terminamos olvidando cuando pasamos los 30 a fuerza de no haberlos catado.

Son polvos necesarios para toda la humanidad, pero más si cabe para la nueva hornada de padres que inundamos las calles de lamentos y nostalgia pegajosa. Nos creímos veteranos por habernos emborrachado mucho y leído un poco y no éramos más que niñatos consentidos a los que la vida nos quedaba bastante grande. Pasamos de avergonzarnos de nuestros padres en restaurantes a hacerlo de nuestros hijos así, de repente, sin pasos intermedios. Fieles seguidores de la doctrina Montessori que no sabemos acunar a un bebé. Padres quejosos y eternamente agobiados que suplicamos un respiro. Sorpresa: no lo hay.

En mi (nuestro) descargo diré que no es fácil, claro que no. Que queremos hacerlo bien, hacer lo correcto, pero a la vez disfrutar, y que no sabemos cómo. Que nos frustramos, nos torturamos y nos maldecimos cuando, exhaustos, llegamos a la cama con la sensación de no tener vida, cuando en realidad la tenemos toda.

En el camino hemos aprendido muchas cosas, pero hemos olvidado otras imprescindibles. Nos hemos olvidado de follar. Y no me refiero a la recurrente fantasía de regresar a la soltería para poder restregarnos con cualquiera (cómo si eso fuera tan fácil, ingenuos. Antes no nos comíamos ni un colín). No, me refiero a follar con nuestro compañero (un eufemismo muy de moda para no decir marido o mujer, parte de nuestro crónico síndrome de Peter Pan).

Hace un tiempo vi un reportaje de televisión sobre el fútbol en Islandia (así normal que se me haya olvidado follar, pensaréis). Un futbolista español que vivía allí con su novia exponía las inclemencias a las que se veía sometido: sin vida social, sin luz del sol y con un frío del carajo. Decía que, a veces, fruto de una incomprensible tristeza, pasaba días enteros sin cruzar palabra con su pareja. Concluyó que, si ambos habían sido capaces de pasar por aquello habiendo permanecido juntos, nada ni nadie podría romper esa unión.

Lo primero que pensé fue: este tipo no es padre ni de coña. Meses después añadí: no alcanza siquiera a imaginar lo que significa cuidar de dos criaturas. Y hace unos días completé: este tío vive en un mundo paralelo, uno de nubes esponjosas y pajaritos de agradable cantar; se nota que nunca ha hecho un viaje de seis horas y media con dos niños.

A las parejas de procedencias distintas nos toca eso en Navidad. La Nochebuena con tus padres y la Nochevieja con los míos. Una pequeña penitencia sin hijos, un verdadero infierno con ellos. Más aún si en el viaje no tienes residencia fija ni ayuda en la ciudad. Una excursión de esta índole haría tambalear los cimientos de la pareja más pintada (dudo que Pilar Rubio y Sergio Ramos siguieran juntos si tuvieran que cuidar de sus hijos). Esa es la verdadera prueba de amor, nada de cuernos ni tragedias naturales.

Así que nos plantamos en Madrid con más miedo que ilusión. Por delante teníamos una minimudanza a casa de un amigo y un sinfín de desplazamientos. De vacaciones tenían solo el nombre: 48 horas delirantes. Por mi profesión me autoimpongo ver muchos partidos de fútbol que, al final, siempre quedan en la mitad o menos.

Bien, no pude ni terminar de ver el resumen del Betis – Atlético. Actividad frenética: pañales, baños, la comida del pequeño, la comida de la mayor, ¿quieren siesta o será mejor que aguanten para que por la noche duerman del tirón?, coloca silla en el coche, quita silla del coche, ¿esa parada de metro tiene ascensor?, tiene mocos y le duele cabeza, ponle el termómetro, ese no, que es digital y falla mucho, ¿podría ducharme o no me da tiempo?, ¿dónde coño estás? Llevo media hora con los dos.

Me siento mal: no sé nada de lo que pasa en el mundo (¿hay gobierno ya?), no he avanzado en mis proyectos, no leo, me gasté 50 euros en el Football Manager y no lo he tocado. Se ríen, disfrutan, los amo. ¿Cómo he podido sobrevivir sin ellos? Ambivalencia constante.

Llega la Nochebuena y todo salta por los aires. Cuatro niños en una casa esperando la llegada de Papá Noel. Los llantos se entremezclan hasta el punto de formar un quejido uniforme, incómodo, indestructible. Puertas que se abren y se cierran como poseídas por violentos espíritus, manos temblorosas que preparan biberones con desesperación para aplacar la ira de las fieras, pañales infestados de porquería humana, lágrimas adultas que imploran que vuelvan a dormir.

Un momento, uno de ellos llora con más fuerza. Tiene algo en la boca, una especie de llaga. La farmacéutica, posiblemente imbuida de espíritu navideño, decide que no va a ser la única que pringue esa noche:

—Tenéis que llevarle al hospital.

Llévalo tú, yo me quedo con la otra. Espera, ¿dónde aparcamos el coche? Dios Santo, qué puta locura.

Y después de todo, a las 5 de mañana, exhaustos y resignados ante el caprichoso destino, en una habitación minúscula donde duermen 4 personas, se obra el milagro. Dos cuerpos adultos que se encuentran en la oscuridad, dos desconocidos que no hablan, solo olisquean, manos que no acarician, estrujan, amasan y aprietan. Bocas que devoran, lenguas furiosas peleando por cada gota de sudor.

Dos padres que se convierten por segundos en adolescentes, borrachos de puro cansancio, cachondos perdidos, dos personas que no se quieren, solo se desean, dos perros en celo. Todo en silencio y con el morbo del sexo furtivo, con los dos niños durmiendo a centímetros. Jadeos quedos, orgasmos contenidos. Y una certeza: es la persona ideal, elegiste bien, quédate siempre con ella.

Formáis un equipo. Habéis pasado el día batallando juntos, espalda con espalda, manteniendo a raya a los monstruos, alejando miedos, destruyendo sombras. Habéis pasado el día cuidando de vuestra manada, pero la noche es vuestra: follad como leones.

Porque además de llevar a lomos la pesada carga de la vivienda, además de ser cotitulares de cientos de cuentas, además de organizaros en estrictos turnos, además de hacer biberones y papas y de cambiar pañales, además de asistir a tediosas tutorías, de mantener absurdas conversaciones con otros padres solo para preservar su frágil vida social, además de todo eso, sois amantes. Además de padres sois amantes. Conviene recordarlo, aunque solo sea de vez en cuando.

Imagen de portada: Fotograma de ‘Qué esperar cuando estás esperando’ (2012)

Hay polvos que rejuvenecen el alma, polvos que salvan matrimonios, polvos que son capaces de reconciliarte con aquella perra –se hace llamar vida– a la que tantas veces retiraste la fe, polvos que te alegran la jodida existencia.

Son polvos cortos, no duran más de 5 minutos. Polvos de película, de dos desconocidos en el retrete de un tugurio; polvos con los que soñamos cada fin de semana durante años y que terminamos olvidando cuando pasamos los 30 a fuerza de no haberlos catado.

Son polvos necesarios para toda la humanidad, pero más si cabe para la nueva hornada de padres que inundamos las calles de lamentos y nostalgia pegajosa. Nos creímos veteranos por habernos emborrachado mucho y leído un poco y no éramos más que niñatos consentidos a los que la vida nos quedaba bastante grande. Pasamos de avergonzarnos de nuestros padres en restaurantes a hacerlo de nuestros hijos así, de repente, sin pasos intermedios. Fieles seguidores de la doctrina Montessori que no sabemos acunar a un bebé. Padres quejosos y eternamente agobiados que suplicamos un respiro. Sorpresa: no lo hay.

En mi (nuestro) descargo diré que no es fácil, claro que no. Que queremos hacerlo bien, hacer lo correcto, pero a la vez disfrutar, y que no sabemos cómo. Que nos frustramos, nos torturamos y nos maldecimos cuando, exhaustos, llegamos a la cama con la sensación de no tener vida, cuando en realidad la tenemos toda.

En el camino hemos aprendido muchas cosas, pero hemos olvidado otras imprescindibles. Nos hemos olvidado de follar. Y no me refiero a la recurrente fantasía de regresar a la soltería para poder restregarnos con cualquiera (cómo si eso fuera tan fácil, ingenuos. Antes no nos comíamos ni un colín). No, me refiero a follar con nuestro compañero (un eufemismo muy de moda para no decir marido o mujer, parte de nuestro crónico síndrome de Peter Pan).

Hace un tiempo vi un reportaje de televisión sobre el fútbol en Islandia (así normal que se me haya olvidado follar, pensaréis). Un futbolista español que vivía allí con su novia exponía las inclemencias a las que se veía sometido: sin vida social, sin luz del sol y con un frío del carajo. Decía que, a veces, fruto de una incomprensible tristeza, pasaba días enteros sin cruzar palabra con su pareja. Concluyó que, si ambos habían sido capaces de pasar por aquello habiendo permanecido juntos, nada ni nadie podría romper esa unión.

Lo primero que pensé fue: este tipo no es padre ni de coña. Meses después añadí: no alcanza siquiera a imaginar lo que significa cuidar de dos criaturas. Y hace unos días completé: este tío vive en un mundo paralelo, uno de nubes esponjosas y pajaritos de agradable cantar; se nota que nunca ha hecho un viaje de seis horas y media con dos niños.

A las parejas de procedencias distintas nos toca eso en Navidad. La Nochebuena con tus padres y la Nochevieja con los míos. Una pequeña penitencia sin hijos, un verdadero infierno con ellos. Más aún si en el viaje no tienes residencia fija ni ayuda en la ciudad. Una excursión de esta índole haría tambalear los cimientos de la pareja más pintada (dudo que Pilar Rubio y Sergio Ramos siguieran juntos si tuvieran que cuidar de sus hijos). Esa es la verdadera prueba de amor, nada de cuernos ni tragedias naturales.

Así que nos plantamos en Madrid con más miedo que ilusión. Por delante teníamos una minimudanza a casa de un amigo y un sinfín de desplazamientos. De vacaciones tenían solo el nombre: 48 horas delirantes. Por mi profesión me autoimpongo ver muchos partidos de fútbol que, al final, siempre quedan en la mitad o menos.

Bien, no pude ni terminar de ver el resumen del Betis – Atlético. Actividad frenética: pañales, baños, la comida del pequeño, la comida de la mayor, ¿quieren siesta o será mejor que aguanten para que por la noche duerman del tirón?, coloca silla en el coche, quita silla del coche, ¿esa parada de metro tiene ascensor?, tiene mocos y le duele cabeza, ponle el termómetro, ese no, que es digital y falla mucho, ¿podría ducharme o no me da tiempo?, ¿dónde coño estás? Llevo media hora con los dos.

Me siento mal: no sé nada de lo que pasa en el mundo (¿hay gobierno ya?), no he avanzado en mis proyectos, no leo, me gasté 50 euros en el Football Manager y no lo he tocado. Se ríen, disfrutan, los amo. ¿Cómo he podido sobrevivir sin ellos? Ambivalencia constante.

Llega la Nochebuena y todo salta por los aires. Cuatro niños en una casa esperando la llegada de Papá Noel. Los llantos se entremezclan hasta el punto de formar un quejido uniforme, incómodo, indestructible. Puertas que se abren y se cierran como poseídas por violentos espíritus, manos temblorosas que preparan biberones con desesperación para aplacar la ira de las fieras, pañales infestados de porquería humana, lágrimas adultas que imploran que vuelvan a dormir.

Un momento, uno de ellos llora con más fuerza. Tiene algo en la boca, una especie de llaga. La farmacéutica, posiblemente imbuida de espíritu navideño, decide que no va a ser la única que pringue esa noche:

—Tenéis que llevarle al hospital.

Llévalo tú, yo me quedo con la otra. Espera, ¿dónde aparcamos el coche? Dios Santo, qué puta locura.

Y después de todo, a las 5 de mañana, exhaustos y resignados ante el caprichoso destino, en una habitación minúscula donde duermen 4 personas, se obra el milagro. Dos cuerpos adultos que se encuentran en la oscuridad, dos desconocidos que no hablan, solo olisquean, manos que no acarician, estrujan, amasan y aprietan. Bocas que devoran, lenguas furiosas peleando por cada gota de sudor.

Dos padres que se convierten por segundos en adolescentes, borrachos de puro cansancio, cachondos perdidos, dos personas que no se quieren, solo se desean, dos perros en celo. Todo en silencio y con el morbo del sexo furtivo, con los dos niños durmiendo a centímetros. Jadeos quedos, orgasmos contenidos. Y una certeza: es la persona ideal, elegiste bien, quédate siempre con ella.

Formáis un equipo. Habéis pasado el día batallando juntos, espalda con espalda, manteniendo a raya a los monstruos, alejando miedos, destruyendo sombras. Habéis pasado el día cuidando de vuestra manada, pero la noche es vuestra: follad como leones.

Porque además de llevar a lomos la pesada carga de la vivienda, además de ser cotitulares de cientos de cuentas, además de organizaros en estrictos turnos, además de hacer biberones y papas y de cambiar pañales, además de asistir a tediosas tutorías, de mantener absurdas conversaciones con otros padres solo para preservar su frágil vida social, además de todo eso, sois amantes. Además de padres sois amantes. Conviene recordarlo, aunque solo sea de vez en cuando.

Imagen de portada: Fotograma de ‘Qué esperar cuando estás esperando’ (2012)

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Opiniones 7
  • Que pesaos los padres que se creen poseer una sabiduría superior por haber metido la picha sin condón o haberse abierto de patas. Eres padre, lo sabemos. Felicidades. No des más el coñazo.

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