14 de enero 2013    /   IDEAS
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Vida y muerte en los hoteles

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Margaret Thatcher, a sus 87 años, ha aceptado la invitación de sus amigos, los peculiares gemelos Barclay, para trasladarse a vivir al hotel de su propiedad, nada menos que el Ritz londinense. Por supuesto, no es lo mismo vivir en el Ritz que en la pensión de la esquina, esa en la que puede leerse aún “Viajeros y Estables”.
Cuando visité el mítico hotel Chelsea en Nueva York, lo hice con el ánimo preñado de expectativas. No era para menos: se habían alojado allí Frida Kahlo, Dennis Hopper, Arthur Miller, Gore Vidal, Keith Richards… y cómo no, el pesado de Bob Dylan. Lo que hallé fue decepcionante. Un olor imborrable a semen seco pegado a las oscuras alfombras rojas y un decrépito mobiliario amén de un poco simpático recepcionista.
Qué decir de esas vacaciones forzosas que la familia Torrens viven en el Hotel Overlook, en medio de ninguna parte. Un hotelazo vacío… o casi, pues todos sabemos lo que se cocía en la habitación 237, y si no que se lo pregunten a Jack Nicholson.
El Hotel California de los Eagles era una cutrez, y todavía hoy los nostálgicos pueden visitarlo en un pequeño pueblo de la Baja California (Mexico). Ni rastro de la atmósfera de la famosa canción.
Pero lo verdaderamente épico sería vivir en un hotel Ibis de la periferia de Logroño, o en un Howard Johnson situado junto a una carretera interestatal. O incluso en un NH impersonal, donde despojarnos de cualquier rasgo de nuestra vida para fundirnos con el mobiliario de suaves tonos caoba.
A las ventajas obvias del servicio de habitaciones, limpieza, etc. se suman otras no menos atractivas, como por ejemplo nuestra dirección postal. Empadronarse en un hotel debe de ser una gozada, tanto como entregar nuestra tarjeta de visita, en la que diga “Hotel Burj Al Arab (Dubai) *******”. No es lo mismo que poner “Pensión Julita (Murcia)”.
Entre el hotel decente, el hotel por horas, la pensión y el burdel solo median unos puntos suspensivos y la actitud de los clientes. Célebres son siempre las pernoctaciones de famosos en prostíbulos y hoteles de mala nota, como Picasso, Hemingway o Santiago Segura. Cuando lo hacen famosas es que están trabajando.
Vivir en el hotel de la estación, en eterna espera de un improbable expreso que nos libere de nuestra vida es una opción terminal, como así lo atestigua, por ejemplo el Hotel Términus, situado sobre las vías del tren de San Sebastián.
Hace algunos años viví en un modesto hotel de negocios de la prefectura de Asakusa, en Tokio. Los viajantes de comercio desayunaban barracuda con rábano picante, y el dominio del inglés del personal apenas abarcaba las palabras “Yes” y “No”, en el mejor de los casos. Y sin embargo hice de aquel discreto edificio mi hogar, en un tiempo en que yo todavía no había descubierto las novelas de Murakami, en las que siempre aparecen algunos de estos lugares en los que (casi) todo es posible.
Conozco algunos vividores que solo frecuentan los bares de los hoteles, por la proximidad del barman, la atmósfera cosmopolita, el piano, la carta de whiskys o las putas. O por todo ello a la vez. En esas barras nocturnas se cierran muchos negocios y se lanzan flechas al futuro, envueltas en vapores etílicos y con puntería incierta.
Respecto a la muerte, siempre es más estético fallecer en el Ritz que en un tercero b de los suburbios. Whitney Houston, John Belushi, Coco Chanel o el mismísimo Oscar Wilde eligieron famosos hoteles para abandonar este mundo. ¿Engrosará Margareth Thatcher esta macabra lista? Lo veremos en 2013.

Foto: Alan Light Wikimedia Commons

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Margaret Thatcher, a sus 87 años, ha aceptado la invitación de sus amigos, los peculiares gemelos Barclay, para trasladarse a vivir al hotel de su propiedad, nada menos que el Ritz londinense. Por supuesto, no es lo mismo vivir en el Ritz que en la pensión de la esquina, esa en la que puede leerse aún “Viajeros y Estables”.
Cuando visité el mítico hotel Chelsea en Nueva York, lo hice con el ánimo preñado de expectativas. No era para menos: se habían alojado allí Frida Kahlo, Dennis Hopper, Arthur Miller, Gore Vidal, Keith Richards… y cómo no, el pesado de Bob Dylan. Lo que hallé fue decepcionante. Un olor imborrable a semen seco pegado a las oscuras alfombras rojas y un decrépito mobiliario amén de un poco simpático recepcionista.
Qué decir de esas vacaciones forzosas que la familia Torrens viven en el Hotel Overlook, en medio de ninguna parte. Un hotelazo vacío… o casi, pues todos sabemos lo que se cocía en la habitación 237, y si no que se lo pregunten a Jack Nicholson.
El Hotel California de los Eagles era una cutrez, y todavía hoy los nostálgicos pueden visitarlo en un pequeño pueblo de la Baja California (Mexico). Ni rastro de la atmósfera de la famosa canción.
Pero lo verdaderamente épico sería vivir en un hotel Ibis de la periferia de Logroño, o en un Howard Johnson situado junto a una carretera interestatal. O incluso en un NH impersonal, donde despojarnos de cualquier rasgo de nuestra vida para fundirnos con el mobiliario de suaves tonos caoba.
A las ventajas obvias del servicio de habitaciones, limpieza, etc. se suman otras no menos atractivas, como por ejemplo nuestra dirección postal. Empadronarse en un hotel debe de ser una gozada, tanto como entregar nuestra tarjeta de visita, en la que diga “Hotel Burj Al Arab (Dubai) *******”. No es lo mismo que poner “Pensión Julita (Murcia)”.
Entre el hotel decente, el hotel por horas, la pensión y el burdel solo median unos puntos suspensivos y la actitud de los clientes. Célebres son siempre las pernoctaciones de famosos en prostíbulos y hoteles de mala nota, como Picasso, Hemingway o Santiago Segura. Cuando lo hacen famosas es que están trabajando.
Vivir en el hotel de la estación, en eterna espera de un improbable expreso que nos libere de nuestra vida es una opción terminal, como así lo atestigua, por ejemplo el Hotel Términus, situado sobre las vías del tren de San Sebastián.
Hace algunos años viví en un modesto hotel de negocios de la prefectura de Asakusa, en Tokio. Los viajantes de comercio desayunaban barracuda con rábano picante, y el dominio del inglés del personal apenas abarcaba las palabras “Yes” y “No”, en el mejor de los casos. Y sin embargo hice de aquel discreto edificio mi hogar, en un tiempo en que yo todavía no había descubierto las novelas de Murakami, en las que siempre aparecen algunos de estos lugares en los que (casi) todo es posible.
Conozco algunos vividores que solo frecuentan los bares de los hoteles, por la proximidad del barman, la atmósfera cosmopolita, el piano, la carta de whiskys o las putas. O por todo ello a la vez. En esas barras nocturnas se cierran muchos negocios y se lanzan flechas al futuro, envueltas en vapores etílicos y con puntería incierta.
Respecto a la muerte, siempre es más estético fallecer en el Ritz que en un tercero b de los suburbios. Whitney Houston, John Belushi, Coco Chanel o el mismísimo Oscar Wilde eligieron famosos hoteles para abandonar este mundo. ¿Engrosará Margareth Thatcher esta macabra lista? Lo veremos en 2013.

Foto: Alan Light Wikimedia Commons

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