8 de abril 2022    /   ENTRETENIMIENTO
por
 Ilustración: Ignacio Martín

Vidas futuras: Brave y su hogar para mujeres rebeldes

8 de abril 2022    /   ENTRETENIMIENTO     por          Ilustración: Ignacio Martín
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La reina Mérida de DunBroch, de las Tierras Altas de Escocia, más conocida como Brave, anunció a sus vasallos: 

«En un castillo sin dueño daré refugio a mujeres que no quieran casamiento impuesto ni vida en un convento. Mujeres instruidas y mujeres sin instrucción que quieran conocer los secretos de los libros». 

En la sala del castillo hubo horror y espanto entre los extranjeros. Regocijo entre las jóvenes pictas. Entre los nobles del lugar, respetuoso silencio.

«Que es un grande desperdicio el saber leer y escribir latín para acabar como esposa si esa no es la intención». Así, la monarca habló haciendo honor a su sobrenombre, Brave, la Indomable. 

vidas futuras Brave

De ese modo, la reina añadía nuevas páginas a Las crónicas de las industrias y las andanzas de la princesa Mérida y después reina. Crónicas que relatan que recién cumplido los diecisiete años, Mérida se cortó el pelo a la manera de un niño con gran pena, pero por una gran causa, y abandonó de incógnito el reino. Le acompañaban un guerrero y un cronista al que la princesa habló así: 

«Si mi destino es gobernar el norte, quiero saber qué hay más allá del reino y aprender de la vida, de las gentes y de los sabios».

Así partió Mérida en busca de aventuras adoptando el nombre de uno de sus hermanos. Para no revelar su condición ni fortuna, la princesa y sus acompañantes fingieron ser peregrinos a lugares santos, aliñadores de aceitunas, queseros, trovadores y saltimbanquis. A su cronista dijo:

«Qué penar el de los artistas errabundos. Saltan con los pies destrozados. Ríen para tapar el rugir del hambre. Con suerte reciben una moneda en el entrecejo».

En París fue inspiración para un viejo pintor de vidrieras. En Roma fue monaguillo. En Bagdad fue sirviente en la Casa de la Sabiduría de Persia, donde supo de máquinas que parecían hijas de sueños fantásticos. Al cronista dijo:

«Hay un instrumento de música que toca solo, un muñeco de hierro que habla y un pájaro de oro que sobrevuela las cabezas de los sabios».

Cumplidos los diecinueve regresó al reino, pero en vez de atender los asuntos propios de una princesa, creó una escuela para niñas: Arqueras sin Fronteras.

«Las mujeres no tienen que correr y gritar. Bien pueden desde sus ventanas disparar flechas a quienes pretendan hacer daño a ellas y a sus familias», dijo Mérida. «Y en tiempos de paz, entretener con las habilidades de una arquera. Siempre que entretener sea su propósito».

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La reina Mérida de DunBroch, de las Tierras Altas de Escocia, más conocida como Brave, anunció a sus vasallos: 

«En un castillo sin dueño daré refugio a mujeres que no quieran casamiento impuesto ni vida en un convento. Mujeres instruidas y mujeres sin instrucción que quieran conocer los secretos de los libros». 

En la sala del castillo hubo horror y espanto entre los extranjeros. Regocijo entre las jóvenes pictas. Entre los nobles del lugar, respetuoso silencio.

«Que es un grande desperdicio el saber leer y escribir latín para acabar como esposa si esa no es la intención». Así, la monarca habló haciendo honor a su sobrenombre, Brave, la Indomable. 

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De ese modo, la reina añadía nuevas páginas a Las crónicas de las industrias y las andanzas de la princesa Mérida y después reina. Crónicas que relatan que recién cumplido los diecisiete años, Mérida se cortó el pelo a la manera de un niño con gran pena, pero por una gran causa, y abandonó de incógnito el reino. Le acompañaban un guerrero y un cronista al que la princesa habló así: 

«Si mi destino es gobernar el norte, quiero saber qué hay más allá del reino y aprender de la vida, de las gentes y de los sabios».

Así partió Mérida en busca de aventuras adoptando el nombre de uno de sus hermanos. Para no revelar su condición ni fortuna, la princesa y sus acompañantes fingieron ser peregrinos a lugares santos, aliñadores de aceitunas, queseros, trovadores y saltimbanquis. A su cronista dijo:

«Qué penar el de los artistas errabundos. Saltan con los pies destrozados. Ríen para tapar el rugir del hambre. Con suerte reciben una moneda en el entrecejo».

En París fue inspiración para un viejo pintor de vidrieras. En Roma fue monaguillo. En Bagdad fue sirviente en la Casa de la Sabiduría de Persia, donde supo de máquinas que parecían hijas de sueños fantásticos. Al cronista dijo:

«Hay un instrumento de música que toca solo, un muñeco de hierro que habla y un pájaro de oro que sobrevuela las cabezas de los sabios».

Cumplidos los diecinueve regresó al reino, pero en vez de atender los asuntos propios de una princesa, creó una escuela para niñas: Arqueras sin Fronteras.

«Las mujeres no tienen que correr y gritar. Bien pueden desde sus ventanas disparar flechas a quienes pretendan hacer daño a ellas y a sus familias», dijo Mérida. «Y en tiempos de paz, entretener con las habilidades de una arquera. Siempre que entretener sea su propósito».

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