14 de octubre 2016    /   CINE/TV
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El vídeo de boda también es cine de autor

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Los vídeos de boda son una horterada muy lacrimógena. Si usted comparte esa idea, se equivoca. Pero no es su culpa si no conoce a Francisco Montoro, al menos hasta ahora. Cierto es que Montoro es un realizador español del que pocos aficionados al cine han oído hablar. Sus filmes no se ven en salas convencionales. Sin embargo, pertenecen a festivales de cine.

Sus trabajos han dado la vuelta al mundo y han recibido cerca de medio centenar de reconocimientos internacionales, entre premios y nominaciones en citas cinematográficas de una treintena de países. El Festival de Cine Independiente de Nueva York seleccionó en su edición del año pasado El contacto, uno de sus cortometrajes experimentales. Lobolo, un documental que rodó en Mozambique, ganó hace unas semanas la mención del jurado en Short of the year, otro concurso internacional.

Este granadino de 36 años se dedica, sobre todo, a grabar bodas. «Hay gente del sector audiovisual a la que le dices que te dedicas a las bodas y dejan de hacerte caso, y eso que antes de decírselo te iban a invitar a una cerveza», cuenta Montoro en la terraza de un bar en el centro de Granada. «Hay mucho clasismo».

La crisis económica en España ha hecho, sin embargo, que ese clasismo resulte absolutamente anacrónico. «Como en cualquier industria, hay una pirámide: arriba está el cine, abajo estamos nosotros, los de las bodas. Así ha sido durante mucho tiempo, pero ahora, debido a la crisis y a la falta de oportunidades, los estratos se están mezclando y la gente de arriba está descubriendo que se puede desarrollar un lenguaje audiovisual en el mundo de las bodas», cuenta Montoro.

Este cineasta está pasando una temporada en su apartamento de La Chana, un barrio obrero de Granada en el que ha vivido toda su vida. En realidad, ahora vive más tiempo fuera que en su casa de la capital granadina. Grabar bodas por todo el planeta le ha hecho un ciudadano del mundo. Ocurre que en el sector de los vídeos de boda lo consideran «una fuente de inspiración» y hasta «un genio como el de los Beatles», dicen sus pares de él.

Muchas de las bodas que filma se celebran en el extranjero. Ha colado su cámara en la intimidad de más de una y de dos familias con dinero y poder. Es habitual que esté grabando en Estados Unidos y Latinoamérica, donde suele exponer su trabajo y dar cursos para otros profesionales del sector nupcial. En lo suyo, a Montoro se le considera un referente, pero probablemente sea un revolucionario. Él ha introducido el lenguaje cinematográfico en los vídeos de boda.

«Antes, el vídeo de boda era una sucesión de imágenes con gente o de cosas con música. Se veía cómo se visten los novios, cómo se casan y la fiesta, todo siguiendo esa cronología», dice el cineasta, que lleva desde los 16 años detrás de la cámara.

Hablando de su trabajo, alude a ideas cinematográficas como el eje, algo completamente ajeno a lo que inicialmente era su ocupación. «Antes tenías que grabar a todos los invitados de la boda, pero a todos todos; porque en muchos pueblos se sabía así quién había puesto dinero para los novios y quién no. Era como hacer un registro», aclara.

Sobrevivió al tedio de esos primeros trabajos gracias a su interés visual. «Tenía que hacer malabarismos para, más o menos, divertirme, pero era un puto coñazo», recuerda. «Soy alguien con inquietudes audiovisuales, pero con todas las consecuencias. Inquietudes de audio, porque en muchos casos hago la música, y visual, porque grabo y hago el montaje», añade Montoro, quien, pese a todo, aún se considera más «aprendiz que maestro».

Con las bodas, el granadino ha sabido desarrollar un canal que le permite perseguir sus inquietudes en un proceso que no sólo tiene que ver con su genialidad. Él mismo lo explica: «Se ha producido un cambio generacional. Ahora hay gente haciendo bodas con más estudios, gente procedente de una clase media que se ha podido permitir el lujo de priorizar lo estético. Antes se priorizaba mantener el negocio, pero a mí, mis padres me compraron mi primera cámara».

No es ese aparato con el que graba ahora. Hace unos años, Montoro invirtió en una cámara DSLR para hacer vídeo. Entre otras cosas, ese dispositivo le permite jugar con la profundidad de campo, uno de los elementos más estéticos que suele emplear.

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Sus trabajos beben del documental. Es más, el conjunto de sus obras se puede reivindicar como la introducción del lenguaje documental a los vídeos de boda. Como influencias utilizadas para romper con el «aburrido vídeo de boda de siempre», según sus términos, suenan nombres como Víctor Moreno o Antonio Arévalo, quienes hace veinte años destacaban en el sector «yendo a la playa con un caballo para grabar a la pareja o utilizando filtros en la grabación». Pero eso hoy ya ha quedado muy desfasado. Basta con visionar los cortometrajes de Montoro para darse cuenta.

Explica su estilo como cineasta diciendo que, por lo general, «graba donde pasan las cosas». Si las cosas no ocurren, hay que esperar. «El tiempo también es importante, porque, a veces, necesitas quince o veinte minutos para poder grabar una acción que ocurre en unos segundos y que resume esa espera o cosas mucho mayores», expone. Armado de esa paciencia pasó una temporada en Mozambique para asistir al ritual de boda en una barriada pobre de la ciudad de Beira, en el marco de un proyecto personal que le está llevando a conocer rincones deprimidos del planeta. Allí también se casa la gente.

Culturalmente, una boda no es una cuestión baladí. «En Mozambique, en la India, en cualquier país, si tú vas a una boda, descubres la música, la gente, sus ropas, sus sentimientos. Hay todo lo que tiene un país», resume Montoro. Lobolo, su casi mediometraje grabado en la isla africana de Mozambique, expone las aventuras de un chico que, por tradición, tiene que pagar a la familia de su prometida para que esta se vaya a vivir con él. El ‘lobolo’ es esa suerte de precio que tiene la mano de la novia. Sawakuy Urubamba, otro de sus cortometrajes más premiados, es una evocación de lo que es casarse en un aislado paraje peruano.

Ahora tiene en mente grabar una unión en el deprimido barrio de casas flotantes de Belén, en Iquitos (Perú). Los vecinos están amenazados de desalojo por la voluntad de inversores y autoridades de construir allí uno de los mayores puertos comerciales del río Amazonas. Montoro, que no ha dejado nunca de darle vueltas a su género, está dando un giro humanitario a su trabajo. Probablemente lleguen pronto de su mano pequeños o grandes dramas de este mundo. Una boda será la excusa.

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Los vídeos de boda son una horterada muy lacrimógena. Si usted comparte esa idea, se equivoca. Pero no es su culpa si no conoce a Francisco Montoro, al menos hasta ahora. Cierto es que Montoro es un realizador español del que pocos aficionados al cine han oído hablar. Sus filmes no se ven en salas convencionales. Sin embargo, pertenecen a festivales de cine.

Sus trabajos han dado la vuelta al mundo y han recibido cerca de medio centenar de reconocimientos internacionales, entre premios y nominaciones en citas cinematográficas de una treintena de países. El Festival de Cine Independiente de Nueva York seleccionó en su edición del año pasado El contacto, uno de sus cortometrajes experimentales. Lobolo, un documental que rodó en Mozambique, ganó hace unas semanas la mención del jurado en Short of the year, otro concurso internacional.

Este granadino de 36 años se dedica, sobre todo, a grabar bodas. «Hay gente del sector audiovisual a la que le dices que te dedicas a las bodas y dejan de hacerte caso, y eso que antes de decírselo te iban a invitar a una cerveza», cuenta Montoro en la terraza de un bar en el centro de Granada. «Hay mucho clasismo».

La crisis económica en España ha hecho, sin embargo, que ese clasismo resulte absolutamente anacrónico. «Como en cualquier industria, hay una pirámide: arriba está el cine, abajo estamos nosotros, los de las bodas. Así ha sido durante mucho tiempo, pero ahora, debido a la crisis y a la falta de oportunidades, los estratos se están mezclando y la gente de arriba está descubriendo que se puede desarrollar un lenguaje audiovisual en el mundo de las bodas», cuenta Montoro.

Este cineasta está pasando una temporada en su apartamento de La Chana, un barrio obrero de Granada en el que ha vivido toda su vida. En realidad, ahora vive más tiempo fuera que en su casa de la capital granadina. Grabar bodas por todo el planeta le ha hecho un ciudadano del mundo. Ocurre que en el sector de los vídeos de boda lo consideran «una fuente de inspiración» y hasta «un genio como el de los Beatles», dicen sus pares de él.

Muchas de las bodas que filma se celebran en el extranjero. Ha colado su cámara en la intimidad de más de una y de dos familias con dinero y poder. Es habitual que esté grabando en Estados Unidos y Latinoamérica, donde suele exponer su trabajo y dar cursos para otros profesionales del sector nupcial. En lo suyo, a Montoro se le considera un referente, pero probablemente sea un revolucionario. Él ha introducido el lenguaje cinematográfico en los vídeos de boda.

«Antes, el vídeo de boda era una sucesión de imágenes con gente o de cosas con música. Se veía cómo se visten los novios, cómo se casan y la fiesta, todo siguiendo esa cronología», dice el cineasta, que lleva desde los 16 años detrás de la cámara.

Hablando de su trabajo, alude a ideas cinematográficas como el eje, algo completamente ajeno a lo que inicialmente era su ocupación. «Antes tenías que grabar a todos los invitados de la boda, pero a todos todos; porque en muchos pueblos se sabía así quién había puesto dinero para los novios y quién no. Era como hacer un registro», aclara.

Sobrevivió al tedio de esos primeros trabajos gracias a su interés visual. «Tenía que hacer malabarismos para, más o menos, divertirme, pero era un puto coñazo», recuerda. «Soy alguien con inquietudes audiovisuales, pero con todas las consecuencias. Inquietudes de audio, porque en muchos casos hago la música, y visual, porque grabo y hago el montaje», añade Montoro, quien, pese a todo, aún se considera más «aprendiz que maestro».

Con las bodas, el granadino ha sabido desarrollar un canal que le permite perseguir sus inquietudes en un proceso que no sólo tiene que ver con su genialidad. Él mismo lo explica: «Se ha producido un cambio generacional. Ahora hay gente haciendo bodas con más estudios, gente procedente de una clase media que se ha podido permitir el lujo de priorizar lo estético. Antes se priorizaba mantener el negocio, pero a mí, mis padres me compraron mi primera cámara».

No es ese aparato con el que graba ahora. Hace unos años, Montoro invirtió en una cámara DSLR para hacer vídeo. Entre otras cosas, ese dispositivo le permite jugar con la profundidad de campo, uno de los elementos más estéticos que suele emplear.

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Sus trabajos beben del documental. Es más, el conjunto de sus obras se puede reivindicar como la introducción del lenguaje documental a los vídeos de boda. Como influencias utilizadas para romper con el «aburrido vídeo de boda de siempre», según sus términos, suenan nombres como Víctor Moreno o Antonio Arévalo, quienes hace veinte años destacaban en el sector «yendo a la playa con un caballo para grabar a la pareja o utilizando filtros en la grabación». Pero eso hoy ya ha quedado muy desfasado. Basta con visionar los cortometrajes de Montoro para darse cuenta.

Explica su estilo como cineasta diciendo que, por lo general, «graba donde pasan las cosas». Si las cosas no ocurren, hay que esperar. «El tiempo también es importante, porque, a veces, necesitas quince o veinte minutos para poder grabar una acción que ocurre en unos segundos y que resume esa espera o cosas mucho mayores», expone. Armado de esa paciencia pasó una temporada en Mozambique para asistir al ritual de boda en una barriada pobre de la ciudad de Beira, en el marco de un proyecto personal que le está llevando a conocer rincones deprimidos del planeta. Allí también se casa la gente.

Culturalmente, una boda no es una cuestión baladí. «En Mozambique, en la India, en cualquier país, si tú vas a una boda, descubres la música, la gente, sus ropas, sus sentimientos. Hay todo lo que tiene un país», resume Montoro. Lobolo, su casi mediometraje grabado en la isla africana de Mozambique, expone las aventuras de un chico que, por tradición, tiene que pagar a la familia de su prometida para que esta se vaya a vivir con él. El ‘lobolo’ es esa suerte de precio que tiene la mano de la novia. Sawakuy Urubamba, otro de sus cortometrajes más premiados, es una evocación de lo que es casarse en un aislado paraje peruano.

Ahora tiene en mente grabar una unión en el deprimido barrio de casas flotantes de Belén, en Iquitos (Perú). Los vecinos están amenazados de desalojo por la voluntad de inversores y autoridades de construir allí uno de los mayores puertos comerciales del río Amazonas. Montoro, que no ha dejado nunca de darle vueltas a su género, está dando un giro humanitario a su trabajo. Probablemente lleguen pronto de su mano pequeños o grandes dramas de este mundo. Una boda será la excusa.

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Opiniones 7
  • Bues teóricamente si, el asunto es que suelen ser repetitivos, es bastante chocante ver que alguien busque experimentar o crear un estilo para este genero.

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