7 de noviembre 2017    /   DIGITAL
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Videoblogs: ¿está el público ávido de verdades?

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Aún hoy, ante el puesto de prensa, podemos escoger qué periódico llevarnos bajo el brazo. Ponernos por voluntad propia en disposición de ser mentidos o ser informados.

Frente a las redes sociales tragamos mentiras que se suceden, se persiguen. Trolas de instituciones, medios de comunicación y particulares pugnan por igual. Unos tienen medios y otros, ingenio.

Patrañas que se suman a las que escuchamos en la calle y el trabajo, y las que se difunden en los grupos de WhatsApp. No tenemos fuerzas ni tiempo para comprobar qué es verdad y qué no. En muchos casos, no nos interesa porque tienen que ver con el famoseo o la rumorología política. Pero tantas mentiras forman un poso de desencanto que hastía. ¿Cómo evitarlo? ¿Apartarnos de todo? Una solución no siempre factible.

La irritación por las mentiras lleva a algunos a protestar porque la ficción no se pliega a la realidad. «Más lento que el caballo del malo» es una frase popular, en desuso, como la agonía eterna del western. Un despropósito para algunos: un caballo a máxima velocidad con una hora de ventaja no puede ser alcanzado por otro caballo. «El público está ávido de historias», se dice en Hollywood. ¿No será que «el público está ávido de verdades»?

Cada año se estrenan programas de telerrealidad con personas anónimas. No solo porque son más baratos de producir que otros formatos; las cadenas saben que gustan a la audiencia. Generan ruido en las redes sociales. El público sabe que muchos participantes buscan fama. Sin embargo, confía en que haya un núcleo de verdad entre el postureo.

Otro público se refugia de la mentira en YouTube, en videodiarios de matrimonios con hijos. Videoblogs, mezcla de las palabras vídeo y blog. Las mujeres son las protagonistas. Los temas de las historias son sencillos: lo cotidiano, ir de compras, momentos con los críos, lidiar con los contratiempos de la vida… No hay escenas preparadas. Como en las viejas comedias de situación, las anécdotas fuera de cámara no se recrean, se comentan: cómo se conoció el matrimonio, lo que pasó el otro día yendo a…

Muchos de estos vlogs no han surgido por el ego de los protagonistas ni con afán de vender productos. Tienen como referente las viejas películas familiares. El canal de Verdeliss es un ejemplo. Nació en 2008 cuando Estefanía Unzu no pudo enviar a una amiga por correo electrónico un vídeo de su primer hijo. YouTube se convirtió en una solución. Hoy, 1.123.000 suscriptores siguen el día a día de Verdeliss, su marido y sus seis hijos. Más suscriptores que canales de televisión como Telecinco (un millón) y RTVE (221.000).

Desde entonces, otros vlogs familiares han aparecido. Los más grandes, en muchos casos, han acabado desvirtuados como vehículos publicitarios. Otros, más pequeños, mantienen la esencia: mostrar trozos de vida. Esto no es poco.

Además de la autenticidad, parece que el público busca en los videoblogs un cierto calor, sentimiento de comunidad. Tenemos demasiados cachivaches para comunicarnos, pero rara vez nos vemos las caras. Los protagonistas de vlogs familiares ocupan, en cierto modo, los espacios antes asignados a los vecinos.

La vida urbana es paradójica. Estamos en nuestros pisos encerrados en el núcleo familiar. No mostramos interés por conocer a los vecinos por temor a ser invadidos. Esto nos aísla. El sentimiento de comunidad es un imposible.

Al mostrar los protagonistas de los vlogs una parte de su intimidad, el público siente que no está solo. Crece un sentimiento de comunidad aunque artificial. Esto es importante para la audiencia. Las vivencias propias del espectador ya no son raras ni carentes de importancia. Esto no ocurre ni con la ficción ni con la telerrealidad. Y, por supuesto, no ocurre con la cascada de mensajes en las redes sociales.

Valen para muchos de estos vlogs familiares las palabras de Ed Harris en El Show de Truman: «No es Shakespeare, pero es genuino».

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Patrañas que se suman a las que escuchamos en la calle y el trabajo, y las que se difunden en los grupos de WhatsApp. No tenemos fuerzas ni tiempo para comprobar qué es verdad y qué no. En muchos casos, no nos interesa porque tienen que ver con el famoseo o la rumorología política. Pero tantas mentiras forman un poso de desencanto que hastía. ¿Cómo evitarlo? ¿Apartarnos de todo? Una solución no siempre factible.

La irritación por las mentiras lleva a algunos a protestar porque la ficción no se pliega a la realidad. «Más lento que el caballo del malo» es una frase popular, en desuso, como la agonía eterna del western. Un despropósito para algunos: un caballo a máxima velocidad con una hora de ventaja no puede ser alcanzado por otro caballo. «El público está ávido de historias», se dice en Hollywood. ¿No será que «el público está ávido de verdades»?

Cada año se estrenan programas de telerrealidad con personas anónimas. No solo porque son más baratos de producir que otros formatos; las cadenas saben que gustan a la audiencia. Generan ruido en las redes sociales. El público sabe que muchos participantes buscan fama. Sin embargo, confía en que haya un núcleo de verdad entre el postureo.

Otro público se refugia de la mentira en YouTube, en videodiarios de matrimonios con hijos. Videoblogs, mezcla de las palabras vídeo y blog. Las mujeres son las protagonistas. Los temas de las historias son sencillos: lo cotidiano, ir de compras, momentos con los críos, lidiar con los contratiempos de la vida… No hay escenas preparadas. Como en las viejas comedias de situación, las anécdotas fuera de cámara no se recrean, se comentan: cómo se conoció el matrimonio, lo que pasó el otro día yendo a…

Muchos de estos vlogs no han surgido por el ego de los protagonistas ni con afán de vender productos. Tienen como referente las viejas películas familiares. El canal de Verdeliss es un ejemplo. Nació en 2008 cuando Estefanía Unzu no pudo enviar a una amiga por correo electrónico un vídeo de su primer hijo. YouTube se convirtió en una solución. Hoy, 1.123.000 suscriptores siguen el día a día de Verdeliss, su marido y sus seis hijos. Más suscriptores que canales de televisión como Telecinco (un millón) y RTVE (221.000).

Desde entonces, otros vlogs familiares han aparecido. Los más grandes, en muchos casos, han acabado desvirtuados como vehículos publicitarios. Otros, más pequeños, mantienen la esencia: mostrar trozos de vida. Esto no es poco.

Además de la autenticidad, parece que el público busca en los videoblogs un cierto calor, sentimiento de comunidad. Tenemos demasiados cachivaches para comunicarnos, pero rara vez nos vemos las caras. Los protagonistas de vlogs familiares ocupan, en cierto modo, los espacios antes asignados a los vecinos.

La vida urbana es paradójica. Estamos en nuestros pisos encerrados en el núcleo familiar. No mostramos interés por conocer a los vecinos por temor a ser invadidos. Esto nos aísla. El sentimiento de comunidad es un imposible.

Al mostrar los protagonistas de los vlogs una parte de su intimidad, el público siente que no está solo. Crece un sentimiento de comunidad aunque artificial. Esto es importante para la audiencia. Las vivencias propias del espectador ya no son raras ni carentes de importancia. Esto no ocurre ni con la ficción ni con la telerrealidad. Y, por supuesto, no ocurre con la cascada de mensajes en las redes sociales.

Valen para muchos de estos vlogs familiares las palabras de Ed Harris en El Show de Truman: «No es Shakespeare, pero es genuino».

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