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14 de enero 2019    /   DIGITAL
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El videojuego que rebate a Einstein

14 de enero 2019    /   DIGITAL     por          
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Pocas veces una frase ha tenido tanto impacto cultural. «¡Hasta el infinito y más allá!» fue el grito de guerra de Buzz Lightyear en Toy Story (1996). La frase se registró y se estampó en camisetas, mochilas y tazas. Se repitió en patios de colegios de todo el mundo. Se reprodujo en secuelas, videojuegos y series. Su impacto llegó a tal punto que un grupo de matemáticos teóricos salió a corregir al desinformado astronauta: «¡No se puede llegar más allá del infinito!», clamaron. No les faltaba razón.

Puede que desde un punto de vista matemático Toy Story tenga fallos, pero lo cierto es que el film de Píxar sirve para explicar a la perfección uno de los mayores misterios de la física cuántica. La película parte de la premisa de que los juguetes actúan conforme al libre albedrío hasta que los humanos les miran: en ese momento cambian de actitud para mostrarse inertes, escondiendo su auténtica naturaleza. Normalmente consiguen engañar a su dueño gracias a unos soldaditos de plástico que hacen de avanzadilla y les avisan, «¡viene Andy, todo el mundo a sus puestos!», cada vez que el niño se acerca.

Esta historia funciona como película infantil, pero también como explicación al comportamiento de los átomos y las partículas. Se sabe que estos cambian de cara cada vez que los miramos; lo que ha sido más rebatido hasta ahora es que tengan a un compañero avisando de que viene Andy. Es lo que se conoce como entrelazamiento cuántico, la existencia de dos partículas gemelas tan relacionadas entre sí que, cuando analizamos una, esta le dice a la otra cómo comportarse y el mensaje le llega al instante, aunque las separemos por años luz de distancia.

La teoría la defendió en los años 30 el físico Niels Bohr, pero tenía importantes detractores. Albert Einstein entendía que entraba en conflicto con su teoría de la relatividad, pues suponía que la información entre estas dos partículas viajaba más rápido que la velocidad de la luz y eso era imposible.

Einstein se mofaba del entrelazamiento cuántico llamándolo acción fantasma y aseguraba que los átomos no se comportan según el libre albedrío porque «Dios no juega a los dados». Bohr le replicaba que andase con cuidado con ir teorizando sobre lo que hace o deja de hacer Dios. Fue una polémica a la altura de un Sálvame Deluxe, pero entonces no había polígrafo ni forma científica de saber quién decía la verdad, así que el enfrentamiento quedó en tablas.

40 años después, John Stewart Bell cambió las cosas: refutó la idea de Einstein sin romper su teoría de la relatividad. Concluyó que la información entre partículas no viajaba más rápido que la luz, sino que las partículas que una vez habían sido entrelazadas quedaban marcadas para siempre.

Para demostrarlo creó lo que se ha venido a llamar test de Bell, una prueba que se daba por cierta, pero que no se había realizado con una muestra suficientemente amplia hasta hace poco, pues necesitaba una cantidad ingente de datos generados de forma aleatoria, es decir, generados por personas. Por muchas personas.

Carlos Abellán cree que Dios juega a los dados y sabe que la gente juega a los videojuegos, así que, cuando este estudiante del Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO) se propuso llevar a cabo un test de Bell, pensó que la mejor forma de conseguir datos aleatorios sería retar a los internautas a que jugaran un videojuego online. Fue el germen de un proyecto que ha involucrado a un centenar de físicos de once países y que empezó a tomar forma pulsando el botón de «nueva partida».

The Big Bell Test es un videojuego creado por el ICFO y desarrollado por Kaitos Games. Aún se puede jugar online, aunque su finalidad principal, la recopilación de datos, ya no sea necesaria. El juego pide al usuario que presione aleatoriamente dos botones, eligiendo entre unos y ceros y generando una secuencia de números. Minijuegos de carreras o de adivinación hacen la tarea más divertida y agradable, pero lo importante aquí no es la jugabilidad o los gráficos, sino los datos que genera cada jugador.

Estos datos fueron repartidos entre 12 laboratorios que separaron y analizaron partículas entrelazadas para ver si existía una correlación entre ellas. Es decir, para ver si chillaban, «¡viene Andy, todo el mundo a sus puestos!», y se avisaban de que había científicos mirando.

«Todos los test se hicieron el 30 de noviembre de 2016 y he de confesar que antes de ese día tenía un miedo de muerte», dijo Carlos Abellán en una charla TED. «Estuvimos preparando este experimento más de un año, un montón de gente había puesto muchas horas, mucha pasión para que esto sucediera. Al final de ese día, si la gente no respondía, todo ese esfuerzo habría sido para nada».

Pero los miedos de Abellán eran infundados. Durante todo el proceso, más de 100.000 personas se registraron en The Big Bell Test, generando más de 90 millones de clics o decisiones. «De haberlo hecho yo en un horario normal, ocho horas al día, cinco días a la semana, hubiera tardado cuatro años en conseguir estos datos», explica.

Después de haber recibido y analizado los datos, los científicos han publicado los resultados en la revista Nature. La conclusión es que si los humanos tenemos capacidad de decisión, entonces las partículas funcionan según el libre albedrío. Carlos Abellán lo resume concluyendo que «podemos decir con mucha seguridad que los átomos son impredecibles. Básicamente que Bohr tenía razón: Dios parece estar jugando a los dados».

Un videojuego ha quitado la razón a Einstein. Más allá de lo atractivo del titular, este experimento ha venido a corroborar lo que la comunidad física sabía o intuía de alguna forma.

Su importancia radica en otro detalle, The Big Bell Test ha venido a demostrar algo igualmente increíble: que se puede mezclar divulgación, investigación y videojuegos. Que de alguna forma se puede hacer la física atractiva y accesible a todo el mundo. Que si Dios puede jugar a los dados, la física puede jugar a videojuegos.

Pocas veces una frase ha tenido tanto impacto cultural. «¡Hasta el infinito y más allá!» fue el grito de guerra de Buzz Lightyear en Toy Story (1996). La frase se registró y se estampó en camisetas, mochilas y tazas. Se repitió en patios de colegios de todo el mundo. Se reprodujo en secuelas, videojuegos y series. Su impacto llegó a tal punto que un grupo de matemáticos teóricos salió a corregir al desinformado astronauta: «¡No se puede llegar más allá del infinito!», clamaron. No les faltaba razón.

Puede que desde un punto de vista matemático Toy Story tenga fallos, pero lo cierto es que el film de Píxar sirve para explicar a la perfección uno de los mayores misterios de la física cuántica. La película parte de la premisa de que los juguetes actúan conforme al libre albedrío hasta que los humanos les miran: en ese momento cambian de actitud para mostrarse inertes, escondiendo su auténtica naturaleza. Normalmente consiguen engañar a su dueño gracias a unos soldaditos de plástico que hacen de avanzadilla y les avisan, «¡viene Andy, todo el mundo a sus puestos!», cada vez que el niño se acerca.

Esta historia funciona como película infantil, pero también como explicación al comportamiento de los átomos y las partículas. Se sabe que estos cambian de cara cada vez que los miramos; lo que ha sido más rebatido hasta ahora es que tengan a un compañero avisando de que viene Andy. Es lo que se conoce como entrelazamiento cuántico, la existencia de dos partículas gemelas tan relacionadas entre sí que, cuando analizamos una, esta le dice a la otra cómo comportarse y el mensaje le llega al instante, aunque las separemos por años luz de distancia.

La teoría la defendió en los años 30 el físico Niels Bohr, pero tenía importantes detractores. Albert Einstein entendía que entraba en conflicto con su teoría de la relatividad, pues suponía que la información entre estas dos partículas viajaba más rápido que la velocidad de la luz y eso era imposible.

Einstein se mofaba del entrelazamiento cuántico llamándolo acción fantasma y aseguraba que los átomos no se comportan según el libre albedrío porque «Dios no juega a los dados». Bohr le replicaba que andase con cuidado con ir teorizando sobre lo que hace o deja de hacer Dios. Fue una polémica a la altura de un Sálvame Deluxe, pero entonces no había polígrafo ni forma científica de saber quién decía la verdad, así que el enfrentamiento quedó en tablas.

40 años después, John Stewart Bell cambió las cosas: refutó la idea de Einstein sin romper su teoría de la relatividad. Concluyó que la información entre partículas no viajaba más rápido que la luz, sino que las partículas que una vez habían sido entrelazadas quedaban marcadas para siempre.

Para demostrarlo creó lo que se ha venido a llamar test de Bell, una prueba que se daba por cierta, pero que no se había realizado con una muestra suficientemente amplia hasta hace poco, pues necesitaba una cantidad ingente de datos generados de forma aleatoria, es decir, generados por personas. Por muchas personas.

Carlos Abellán cree que Dios juega a los dados y sabe que la gente juega a los videojuegos, así que, cuando este estudiante del Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO) se propuso llevar a cabo un test de Bell, pensó que la mejor forma de conseguir datos aleatorios sería retar a los internautas a que jugaran un videojuego online. Fue el germen de un proyecto que ha involucrado a un centenar de físicos de once países y que empezó a tomar forma pulsando el botón de «nueva partida».

The Big Bell Test es un videojuego creado por el ICFO y desarrollado por Kaitos Games. Aún se puede jugar online, aunque su finalidad principal, la recopilación de datos, ya no sea necesaria. El juego pide al usuario que presione aleatoriamente dos botones, eligiendo entre unos y ceros y generando una secuencia de números. Minijuegos de carreras o de adivinación hacen la tarea más divertida y agradable, pero lo importante aquí no es la jugabilidad o los gráficos, sino los datos que genera cada jugador.

Estos datos fueron repartidos entre 12 laboratorios que separaron y analizaron partículas entrelazadas para ver si existía una correlación entre ellas. Es decir, para ver si chillaban, «¡viene Andy, todo el mundo a sus puestos!», y se avisaban de que había científicos mirando.

«Todos los test se hicieron el 30 de noviembre de 2016 y he de confesar que antes de ese día tenía un miedo de muerte», dijo Carlos Abellán en una charla TED. «Estuvimos preparando este experimento más de un año, un montón de gente había puesto muchas horas, mucha pasión para que esto sucediera. Al final de ese día, si la gente no respondía, todo ese esfuerzo habría sido para nada».

Pero los miedos de Abellán eran infundados. Durante todo el proceso, más de 100.000 personas se registraron en The Big Bell Test, generando más de 90 millones de clics o decisiones. «De haberlo hecho yo en un horario normal, ocho horas al día, cinco días a la semana, hubiera tardado cuatro años en conseguir estos datos», explica.

Después de haber recibido y analizado los datos, los científicos han publicado los resultados en la revista Nature. La conclusión es que si los humanos tenemos capacidad de decisión, entonces las partículas funcionan según el libre albedrío. Carlos Abellán lo resume concluyendo que «podemos decir con mucha seguridad que los átomos son impredecibles. Básicamente que Bohr tenía razón: Dios parece estar jugando a los dados».

Un videojuego ha quitado la razón a Einstein. Más allá de lo atractivo del titular, este experimento ha venido a corroborar lo que la comunidad física sabía o intuía de alguna forma.

Su importancia radica en otro detalle, The Big Bell Test ha venido a demostrar algo igualmente increíble: que se puede mezclar divulgación, investigación y videojuegos. Que de alguna forma se puede hacer la física atractiva y accesible a todo el mundo. Que si Dios puede jugar a los dados, la física puede jugar a videojuegos.

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Opiniones 1
  • Si los físicos cuánticos fueran más humildes, leerian a los grandes metafísicos y filósofos, como a Plotino, un neoplatonico que hablaba hace muchísimos años de que todo está en potencia hasta que se plasma en acto. Curiosamente todas las posibilidades hasta que decae la función de onda y aparece la partícula. Las Eneadas de Plotino.

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