fbpx
2 de abril 2019    /   IDEAS
por
Fotos  Unsplash

Ciudadanos y la pesca del voto LGTBI gracias a los vientres de alquiler

2 de abril 2019    /   IDEAS     por        Fotos  Unsplash
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

El movimiento feminista y el colectivo LGTBI compartieron trinchera durante años. Hoy, una fracción difícil de concretar del colectivo LGTBI va desertando (o desapegándose) en silencio, incluidos algunos de los que pintan pancartas y corean en los ochos de marzo. Hay una fricción latente y poco a poco se están creando las condiciones para que se convierta en un enfrentamiento explícito. La disputa: los vientres de alquiler.

Ascensión Iglesias, presidenta de Unaf, una asociación que aboga por el respeto a la diversidad de modelos familiares, explica esta fractura: «Desde el feminismo hemos estado siempre con el colectivo LGTBI; hemos defendido su derecho a una sexualidad libre, sin que nadie la coarte. Si hay un movimiento que ha apoyado al colectivo, es el feminista. Hemos estado a su lado para facilitar que no tuvieran problemas para adoptar».

El feminismo apoyaba la causa de la diversidad, aunque no siempre le afectara en su piel. Sus integrantes se sentían interpeladas por un marco más grande que ellas mismas: la transversalidad de los derechos. «Me parece poco legal y poco leal –continúa Iglesias— que una parte de ellos anteponga sus deseos y apoye la utilización del cuerpo de la mujer en beneficio propio».

Alberto Díaz (pseudónimo), profesor universitario de Comunicación Política, homosexual y detractor de los vientres de alquiler, es tajante: «La misoginia y el patriarcado están legitimados dentro de parte del movimiento LGTBI. El movimiento ha perdido el rumbo. Ahora hay una generación que se cree que nunca ha sido discriminada y que opta por prácticas como si fueran señores heterosexuales. No ven que están alquilando el cuerpo de la mujer como un producto, lo conciben como un derecho».

Falacias defensivas

El cantante Miguel Poveda, desde el escenario del festival Flamenco Diverso, en 2017, quizás inspirado por la presencia de Albert Rivera y otros ciudadanos entre el público, dijo: «Para aquellos que hablan de mercancías. Mi hijo no es ninguna mercancía, lo quiero mucho», la gente aplaudió. No toda.

La escena sintetiza muchas cosas. Una celebridad normalizando una práctica ilegal desde su posición de privilegio, un partido político arrancando poco a poco la bandera de la diversidad del marco de los derechos humanos y clavándola en el terreno del deseo y la economía, y el uso del afecto como defensa para neutralizar un análisis más profundo.

Díaz cuenta: «Tengo cerca unos amigos que acaban de tener una criatura en México, con los óvulos de una modelo sudafricana rubita, comprados por catálogo, con el semen de otra persona, y se lo han implantado en el vientre a una mexicana. Y han congelado los óvulos de la modelo en la clínica por si quieren tener un segundo hijo, para que se parezca al primero», relata.

Es difícil no encontrar en ese relato la lógica de una relación mercantil. Sin embargo, en los debates sobre los vientres de alquiler, como en el caso de Miguel Poveda, los partidarios trasladan a los detractores la responsabilidad de cosificar la paternidad. Ellos remuneran a cambio de un bebé y establecen un contrato con unas cláusulas más o menos inhabilitantes para la mujer en función del país en el que se produzca la transacción; pero, para ellos, la conducta intolerable no es esa, sino la de quienes definen el hecho.

Lo reprochable es desvestir la realidad, desmontar el juego de espejos de las emociones.

El deseo nubla: muchos de quienes subrogan la maternidad no tienen por qué ser personas moralmente reprobables. El capitalismo te permite ser buena gente mientras realizas prácticas que dañan los derechos de otros. El capitalismo es la forma de expiación más efectiva de la historia porque no exige penitencias, ni siquiera tomas de conciencia.

Ciudadanos y la conquista del voto LGTBI

La colisión entre feminismo y una parte del movimiento LGTBI discurría de manera soterrada, sin ocasionar una fractura abierta. Hacía falta una jerarquización de prioridades que situara la gestación subrogada como cuestión de urgencia: era necesario articular un mensaje y crear un enemigo. Ese es el proceso que se está intentando desarrollar.

Ocurre cuando quedan pocas semanas para la cita electoral del 28A. «Ciudadanos ha cogido la bandera de estas cosas para crearse la imagen de un partido moderno, emprendedor. Con la lógica de diferenciarse de lo viejo, ha tomado el reclamo de la gestación y ha cambiado el marco discursivo. Estos postulados están afectando al colectivo LGTBI», reflexiona Díaz.

Rivera lanzó su propuesta de Feminismo Liberal. ¿El objetivo? Crear ese enemigo: lo llaman feminismo politizado; se refieren al feminismo transformador, que busca la raíz y que entiende que la igualdad está en conflicto con las lógicas económicas.

Las celebridades (Poveda, Bosé, Ronaldo, Elton John…) sirven para legitimar el alquiler de vientres: «Entonces ellos dicen: “¿Por qué hay que tener dinero para hacer eso?, abramos el marco y que la clase media nos lo podamos permitir”, y lo enfocan directamente al feminismo. Las enemigas son las feministas radicales que impiden que podamos ser padres».

Matan dos pájaros de un tiro: devalúan el único movimiento actual capaz de generar una transformación real en la sociedad (es decir, actúan de modo reaccionario) y a la vez se imprimen un aire de modernidad.

El premio a ganar es grande. En julio de 2017, la Cadena Ser publicó un artículo en el que ofrecía datos del observatorio My World: el 70% de los españoles apostaba por la regulación de la gestación subrogada, incluyendo votantes de Podemos y PSOE. Entre los apoyos de la población hay matices: los hay que optan por regulaciones más férreas mientras que otros se inclinan por normativas más laxas.

En 2017, la actual vicepresidenta, Carmen Calvo, fue abucheada por las Juventudes Socialistas, que habían aprobado una resolución a favor de la regulación con un 80% de votos a favor. La algarabía comenzó desde el momento en que Calvo usó el término «vientres de alquiler», y se exasperó mientras explicaba que la postura del partido era contraria a la regulación.

El profesor Díaz convive con esa fractura. «Hay una subcultura dentro de partidos progresistas que legitima todo esto. Mis amigos y yo nos movemos en el ámbito de ideas progresistas (Podemos o PSOE), pero ya no podemos tratar este tema, hemos dejado de hablarlo porque genera muchísimo conflicto». Ese enfrentamiento, que toca de lleno a su círculo social, es uno de los motivos por los que prefiere usar pseudónimo.

 

El altruismo es posible, pero ¿es lo que quieren de verdad?

Algunas voces, como la de Violeta Asiego, rechazan el vientre de alquiler pero admiten la posibilidad de que la mujer decida optar por la subrogación en casos de altruismo cierto: cuando no sea una excusa para la mercantilización, cuando exista un vínculo de cercanía, de amistad, amor, familiaridad.

Pero esta opción no satisface a muchos de quienes desean que se normalice este método de reproducción para tener hijos. O dicho con más precisión: les satisface en el plano del discurso, pero no en la práctica.

Si se garantizan los derechos de la mujer con rigor, apenas habrá vientres disponibles.

Como recogió El Boletín, en Reino Unido, donde está regulada, dos de cada tres contratos se firman con el extranjero. En Canadá, también con una regulación que impide la remuneración más allá de los gastos derivados del embarazo, la gran mayoría de los aspirantes a padres y madres acaban acudiendo a países donde las mujeres gestan para conseguir dinero, es decir: por necesidad.

El altruismo solo funciona cuando es una falacia. Sin mercantilización, la cosa no da. No es un argumento de los críticos. Los partidarios de la gestación subrogada lo reconocen.

En Babygest, portal de referencia para quienes optan por esta técnica, explican: «El hecho de que [en Canadá] únicamente se permita la gestación subrogada con fines altruistas hace que el número de candidatas sea muy escaso (…). Es por ello que Canadá no es un destino muy solicitado, a pesar de las numerosas ventajas legales que ofrece en el resto de aspectos implicados».

En enero de este año, El País publicó que Canadá abría la puerta a replantearse y aumentar los pagos. Por eso, los contrarios a los vientres de alquiler ven peligro en plantear cualquier tipo de regulación: «Se defiende que exista regulación. Es el primer paso para abrir el marco, para crear una grieta que luego se convierta en un coladero», advierte el experto en Comunicación Política.

Un defensor a ultranza

Los argumentos destinados a deconstruir la idea del altruismo que camufla el arrendamiento de úteros se hacen innecesarios al enfrentarse a un defensor puro. Javier Villora fue votante del PSOE; vivió con ilusión la aprobación del matrimonio gay. Hoy, cree que la legalización de la gestación subrogada es una lucha tan importante como lo fue aquella. Hoy, vota a Ciudadanos, en gran medida, por este motivo.

Villora argumenta que sus ideas enraízan en la «libertad individual» para contraponerse al neomarxismo que, en su opinión, busca una «igualación hasta los detalles mínimos de la vida, y eso incluye que ninguna mujer, por mucho que sus valores sean distintos, pueda gestar para un tercero; incluye también que haya una manera de ser gay: hay quienes defienden que el buen feminista gay tiene que criticar a los gais que van al gimnasio y cuidan su imagen».

Villora espera que, igual que Ciudadanos se desmarcó del manifiesto del 8M con la propuesta de un feminismo liberal, «saque también un manifiesto de apoyo al colectivo LGTBI con un foco liberal que marque distancias con la corriente dominante en la izquierda».

Compara la subrogación con un trabajo: «Yo equiparo la gestación para terceros como un trabajo. La mujer se ofrece para gestar un bebé, no lo veo como algo negativo, es lo más natural y corriente, todos hemos nacido de un embarazo. Y no veo indigno que se reciba contraprestación por ello; cualquier trabajador por cuenta ajena recibe contraprestación por un esfuerzo y un tiempo», opina.

Villora apuesta por un sistema más allá del altruismo: «Daría varias alternativas legales y que cada uno escoja. Que hayan mujeres gestantes que lo hagan de forma altruista y otras que cobren».

[La ley que propuso Ciudadanos se enmarca, según el partido, en los parámetros del altruismo. Sin embargo, según distintas expertas, ofrece suficientes huecos como para vulnerar ese supuesto altruismo].

—Entonces, ¿muchas mujeres lo harían por carencias económicas?

—Carencias es un decir; por cuestiones económicas, sí. Para algunas mujeres concretas no les tiene por qué suponer esa cosa tan exagerada que plantean otras personas. Yo no veo que estar embarazada nueve meses sea un sufrimiento descarnado, ni un trabajo desmedido, ni una deshumanización…

«Puede haber riesgos igual que en el trabajo –continúa–. En el trabajo hay que prevenir accidentes, y que haya accidentes no significa que haya que prohibir el trabajo en sí mismo. Debe regularse que aquella mujer que tenga la más mínima posibilidad de que el embarazo sea de riesgo no sea apta para gestar para terceros. No debe haber improvisación ni riesgo».

Villora cree que debería analizarse caso por caso también para que las gestantes no desarrollaran un vínculo de pertenencia con el bebé. Opina que puede ser algo verificable de antemano mediante una red de profesionales que se dediquen a ello. «El primer interesado en que no exista esa necesidad es el padre».

Villora confía en que esos controles no dejen lagunas. No obstante, apuesta por que se ponga sobre papel: «Tiene que haber unas reglas preestablecidas y un acuerdo ante notario sobre lo convenido por las partes, si es que hay un trato directo entre gestantes y padres. Evidentemente, cuando una mujer entra al procedimiento, deja claro que el bebé que va a gestar no es suyo; y eso ya antes de la inseminación».

En su opinión, no debe prevalecer la opción de la adopción para quienes desean tener hijos y no pueden hacerlo por cauces naturales: «Que se pueda elegir, que no haga falta probar que se acude a la gestación como último recurso».

—Si, en su opinión, estas técnicas no suponen ningún menoscabo o problema para la mujer y cree que debe existir la posibilidad de la remuneración, ¿podría darse el caso de que existan gestantes profesionales que se dediquen a eso?

—No, tampoco. Ahí soy partidario de limitar el número de bebés que gestas, que sea una cuestión temporal, que puedas gestar dos o tres en tu vida para un tercero.

—¿Y por qué? Si es algo tan poco problemático, que no debe preocupar, y debe tomarse como un trabajo…

—No sé, tampoco veo yo eso… Es por no establecer una legislación que pueda ser demasiado llamativa, que sea algo prudente.

 

También te puede interesar:

El dilema de ser madre subrogada o alquilar un vientre

Neoliberalismo sexual: el cuerpo de las mujeres como carne de supermercado

El movimiento feminista y el colectivo LGTBI compartieron trinchera durante años. Hoy, una fracción difícil de concretar del colectivo LGTBI va desertando (o desapegándose) en silencio, incluidos algunos de los que pintan pancartas y corean en los ochos de marzo. Hay una fricción latente y poco a poco se están creando las condiciones para que se convierta en un enfrentamiento explícito. La disputa: los vientres de alquiler.

Ascensión Iglesias, presidenta de Unaf, una asociación que aboga por el respeto a la diversidad de modelos familiares, explica esta fractura: «Desde el feminismo hemos estado siempre con el colectivo LGTBI; hemos defendido su derecho a una sexualidad libre, sin que nadie la coarte. Si hay un movimiento que ha apoyado al colectivo, es el feminista. Hemos estado a su lado para facilitar que no tuvieran problemas para adoptar».

El feminismo apoyaba la causa de la diversidad, aunque no siempre le afectara en su piel. Sus integrantes se sentían interpeladas por un marco más grande que ellas mismas: la transversalidad de los derechos. «Me parece poco legal y poco leal –continúa Iglesias— que una parte de ellos anteponga sus deseos y apoye la utilización del cuerpo de la mujer en beneficio propio».

Alberto Díaz (pseudónimo), profesor universitario de Comunicación Política, homosexual y detractor de los vientres de alquiler, es tajante: «La misoginia y el patriarcado están legitimados dentro de parte del movimiento LGTBI. El movimiento ha perdido el rumbo. Ahora hay una generación que se cree que nunca ha sido discriminada y que opta por prácticas como si fueran señores heterosexuales. No ven que están alquilando el cuerpo de la mujer como un producto, lo conciben como un derecho».

Falacias defensivas

El cantante Miguel Poveda, desde el escenario del festival Flamenco Diverso, en 2017, quizás inspirado por la presencia de Albert Rivera y otros ciudadanos entre el público, dijo: «Para aquellos que hablan de mercancías. Mi hijo no es ninguna mercancía, lo quiero mucho», la gente aplaudió. No toda.

La escena sintetiza muchas cosas. Una celebridad normalizando una práctica ilegal desde su posición de privilegio, un partido político arrancando poco a poco la bandera de la diversidad del marco de los derechos humanos y clavándola en el terreno del deseo y la economía, y el uso del afecto como defensa para neutralizar un análisis más profundo.

Díaz cuenta: «Tengo cerca unos amigos que acaban de tener una criatura en México, con los óvulos de una modelo sudafricana rubita, comprados por catálogo, con el semen de otra persona, y se lo han implantado en el vientre a una mexicana. Y han congelado los óvulos de la modelo en la clínica por si quieren tener un segundo hijo, para que se parezca al primero», relata.

Es difícil no encontrar en ese relato la lógica de una relación mercantil. Sin embargo, en los debates sobre los vientres de alquiler, como en el caso de Miguel Poveda, los partidarios trasladan a los detractores la responsabilidad de cosificar la paternidad. Ellos remuneran a cambio de un bebé y establecen un contrato con unas cláusulas más o menos inhabilitantes para la mujer en función del país en el que se produzca la transacción; pero, para ellos, la conducta intolerable no es esa, sino la de quienes definen el hecho.

Lo reprochable es desvestir la realidad, desmontar el juego de espejos de las emociones.

El deseo nubla: muchos de quienes subrogan la maternidad no tienen por qué ser personas moralmente reprobables. El capitalismo te permite ser buena gente mientras realizas prácticas que dañan los derechos de otros. El capitalismo es la forma de expiación más efectiva de la historia porque no exige penitencias, ni siquiera tomas de conciencia.

Ciudadanos y la conquista del voto LGTBI

La colisión entre feminismo y una parte del movimiento LGTBI discurría de manera soterrada, sin ocasionar una fractura abierta. Hacía falta una jerarquización de prioridades que situara la gestación subrogada como cuestión de urgencia: era necesario articular un mensaje y crear un enemigo. Ese es el proceso que se está intentando desarrollar.

Ocurre cuando quedan pocas semanas para la cita electoral del 28A. «Ciudadanos ha cogido la bandera de estas cosas para crearse la imagen de un partido moderno, emprendedor. Con la lógica de diferenciarse de lo viejo, ha tomado el reclamo de la gestación y ha cambiado el marco discursivo. Estos postulados están afectando al colectivo LGTBI», reflexiona Díaz.

Rivera lanzó su propuesta de Feminismo Liberal. ¿El objetivo? Crear ese enemigo: lo llaman feminismo politizado; se refieren al feminismo transformador, que busca la raíz y que entiende que la igualdad está en conflicto con las lógicas económicas.

Las celebridades (Poveda, Bosé, Ronaldo, Elton John…) sirven para legitimar el alquiler de vientres: «Entonces ellos dicen: “¿Por qué hay que tener dinero para hacer eso?, abramos el marco y que la clase media nos lo podamos permitir”, y lo enfocan directamente al feminismo. Las enemigas son las feministas radicales que impiden que podamos ser padres».

Matan dos pájaros de un tiro: devalúan el único movimiento actual capaz de generar una transformación real en la sociedad (es decir, actúan de modo reaccionario) y a la vez se imprimen un aire de modernidad.

El premio a ganar es grande. En julio de 2017, la Cadena Ser publicó un artículo en el que ofrecía datos del observatorio My World: el 70% de los españoles apostaba por la regulación de la gestación subrogada, incluyendo votantes de Podemos y PSOE. Entre los apoyos de la población hay matices: los hay que optan por regulaciones más férreas mientras que otros se inclinan por normativas más laxas.

En 2017, la actual vicepresidenta, Carmen Calvo, fue abucheada por las Juventudes Socialistas, que habían aprobado una resolución a favor de la regulación con un 80% de votos a favor. La algarabía comenzó desde el momento en que Calvo usó el término «vientres de alquiler», y se exasperó mientras explicaba que la postura del partido era contraria a la regulación.

El profesor Díaz convive con esa fractura. «Hay una subcultura dentro de partidos progresistas que legitima todo esto. Mis amigos y yo nos movemos en el ámbito de ideas progresistas (Podemos o PSOE), pero ya no podemos tratar este tema, hemos dejado de hablarlo porque genera muchísimo conflicto». Ese enfrentamiento, que toca de lleno a su círculo social, es uno de los motivos por los que prefiere usar pseudónimo.

 

El altruismo es posible, pero ¿es lo que quieren de verdad?

Algunas voces, como la de Violeta Asiego, rechazan el vientre de alquiler pero admiten la posibilidad de que la mujer decida optar por la subrogación en casos de altruismo cierto: cuando no sea una excusa para la mercantilización, cuando exista un vínculo de cercanía, de amistad, amor, familiaridad.

Pero esta opción no satisface a muchos de quienes desean que se normalice este método de reproducción para tener hijos. O dicho con más precisión: les satisface en el plano del discurso, pero no en la práctica.

Si se garantizan los derechos de la mujer con rigor, apenas habrá vientres disponibles.

Como recogió El Boletín, en Reino Unido, donde está regulada, dos de cada tres contratos se firman con el extranjero. En Canadá, también con una regulación que impide la remuneración más allá de los gastos derivados del embarazo, la gran mayoría de los aspirantes a padres y madres acaban acudiendo a países donde las mujeres gestan para conseguir dinero, es decir: por necesidad.

El altruismo solo funciona cuando es una falacia. Sin mercantilización, la cosa no da. No es un argumento de los críticos. Los partidarios de la gestación subrogada lo reconocen.

En Babygest, portal de referencia para quienes optan por esta técnica, explican: «El hecho de que [en Canadá] únicamente se permita la gestación subrogada con fines altruistas hace que el número de candidatas sea muy escaso (…). Es por ello que Canadá no es un destino muy solicitado, a pesar de las numerosas ventajas legales que ofrece en el resto de aspectos implicados».

En enero de este año, El País publicó que Canadá abría la puerta a replantearse y aumentar los pagos. Por eso, los contrarios a los vientres de alquiler ven peligro en plantear cualquier tipo de regulación: «Se defiende que exista regulación. Es el primer paso para abrir el marco, para crear una grieta que luego se convierta en un coladero», advierte el experto en Comunicación Política.

Un defensor a ultranza

Los argumentos destinados a deconstruir la idea del altruismo que camufla el arrendamiento de úteros se hacen innecesarios al enfrentarse a un defensor puro. Javier Villora fue votante del PSOE; vivió con ilusión la aprobación del matrimonio gay. Hoy, cree que la legalización de la gestación subrogada es una lucha tan importante como lo fue aquella. Hoy, vota a Ciudadanos, en gran medida, por este motivo.

Villora argumenta que sus ideas enraízan en la «libertad individual» para contraponerse al neomarxismo que, en su opinión, busca una «igualación hasta los detalles mínimos de la vida, y eso incluye que ninguna mujer, por mucho que sus valores sean distintos, pueda gestar para un tercero; incluye también que haya una manera de ser gay: hay quienes defienden que el buen feminista gay tiene que criticar a los gais que van al gimnasio y cuidan su imagen».

Villora espera que, igual que Ciudadanos se desmarcó del manifiesto del 8M con la propuesta de un feminismo liberal, «saque también un manifiesto de apoyo al colectivo LGTBI con un foco liberal que marque distancias con la corriente dominante en la izquierda».

Compara la subrogación con un trabajo: «Yo equiparo la gestación para terceros como un trabajo. La mujer se ofrece para gestar un bebé, no lo veo como algo negativo, es lo más natural y corriente, todos hemos nacido de un embarazo. Y no veo indigno que se reciba contraprestación por ello; cualquier trabajador por cuenta ajena recibe contraprestación por un esfuerzo y un tiempo», opina.

Villora apuesta por un sistema más allá del altruismo: «Daría varias alternativas legales y que cada uno escoja. Que hayan mujeres gestantes que lo hagan de forma altruista y otras que cobren».

[La ley que propuso Ciudadanos se enmarca, según el partido, en los parámetros del altruismo. Sin embargo, según distintas expertas, ofrece suficientes huecos como para vulnerar ese supuesto altruismo].

—Entonces, ¿muchas mujeres lo harían por carencias económicas?

—Carencias es un decir; por cuestiones económicas, sí. Para algunas mujeres concretas no les tiene por qué suponer esa cosa tan exagerada que plantean otras personas. Yo no veo que estar embarazada nueve meses sea un sufrimiento descarnado, ni un trabajo desmedido, ni una deshumanización…

«Puede haber riesgos igual que en el trabajo –continúa–. En el trabajo hay que prevenir accidentes, y que haya accidentes no significa que haya que prohibir el trabajo en sí mismo. Debe regularse que aquella mujer que tenga la más mínima posibilidad de que el embarazo sea de riesgo no sea apta para gestar para terceros. No debe haber improvisación ni riesgo».

Villora cree que debería analizarse caso por caso también para que las gestantes no desarrollaran un vínculo de pertenencia con el bebé. Opina que puede ser algo verificable de antemano mediante una red de profesionales que se dediquen a ello. «El primer interesado en que no exista esa necesidad es el padre».

Villora confía en que esos controles no dejen lagunas. No obstante, apuesta por que se ponga sobre papel: «Tiene que haber unas reglas preestablecidas y un acuerdo ante notario sobre lo convenido por las partes, si es que hay un trato directo entre gestantes y padres. Evidentemente, cuando una mujer entra al procedimiento, deja claro que el bebé que va a gestar no es suyo; y eso ya antes de la inseminación».

En su opinión, no debe prevalecer la opción de la adopción para quienes desean tener hijos y no pueden hacerlo por cauces naturales: «Que se pueda elegir, que no haga falta probar que se acude a la gestación como último recurso».

—Si, en su opinión, estas técnicas no suponen ningún menoscabo o problema para la mujer y cree que debe existir la posibilidad de la remuneración, ¿podría darse el caso de que existan gestantes profesionales que se dediquen a eso?

—No, tampoco. Ahí soy partidario de limitar el número de bebés que gestas, que sea una cuestión temporal, que puedas gestar dos o tres en tu vida para un tercero.

—¿Y por qué? Si es algo tan poco problemático, que no debe preocupar, y debe tomarse como un trabajo…

—No sé, tampoco veo yo eso… Es por no establecer una legislación que pueda ser demasiado llamativa, que sea algo prudente.

 

También te puede interesar:

El dilema de ser madre subrogada o alquilar un vientre

Neoliberalismo sexual: el cuerpo de las mujeres como carne de supermercado

Compártelo twitter facebook whatsapp
No hay nada que sepas hacer que no supiera un macaco, un petirrojo o tu perro
Residuos, unos invitados peor que incómodos
¿Tirar comida o regalarla a través de una web?
Creatividad para lidiar con las bombas de humo
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *