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20 de abril 2017    /   CREATIVIDAD
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Villa Wanda, el lugar donde veranearía Luis Bárcenas

20 de abril 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Villa Wanda es uno de los artefactos más extraños que han llegado a las librerías en los últimos tiempos. La Revista Don lo calificó de «raro» y recientemente El Español lo definió como «una minipimer de la realidad, que trocea y descuartiza».

Continuando con el símil gastronómico, el libro de Eduardo Bravo publicado por Autsaider División Sesuda es una especie de cubito de caldo concentrado en el que caben reportajes periodísticos, perfiles biográficos, análisis históricos, entrevistas y otros formatos.

Un libro con un inconfundible sabor a pesto, pomodoro, orégano y mozzarela, porque Villa Wanda es un alucinante repaso a lo acontecido en Italia en las décadas de los 60, 70 y 80. Unos hechos que, en parte, marcaron también la vida del conjunto del continente en esos años.

Asuntos como el de Propaganda Dos, una logia masónica desviada liderada por Licio Gelli. Este oscuro personaje estuvo implicado en mil y un asuntos como asesinatos, tramas de ejércitos secretos bajo el mando de la CIA, atentados terroristas, relaciones con grupos mafiosos o fraudes económicos como los del Banco Ambrosiano. Todo con unos objetivos muy concretos: obtener poder, dinero y evitar el ascenso de los partidos progresistas en Italia.

El próximo sábado 22 de abril, dentro de los eventos organizados con motivo de el Día del Libro, Villa Wanda se presentará en Madrid. Será en la librería Sin Tarima de la calle Magdalena, 32 a las 20 horas. Como adelanto, Yorokobu publica en exclusiva uno de los capítulos del libro. La historia de Licio Gelli, narrada por él mismo desde el más allá.

«Déjenme que me presente. Mi nombre es Licio Gelli, a sus órdenes. O mejor dicho, ustedes a las mías. Nací en Pistoia, un pueblecito de la Toscana, en 1919. Desde muy joven me interesó la política y en 1936, mentí sobre mi edad para poder alistarme en las tropas que el Duce envió a España a luchar junto a Franco».

«Durante la II Guerra Mundial continué mi lucha en pro del fascismo y colaboré con los nazis. Fui capturado por los partisanos y estuve a punto de ser fusilado. En el último momento, un jefe comunista intercedió por mí».

«A raíz de ese hecho muchos insinuaron que era un fascista que compadreaba con los comunistas, un comunista que compadreaba con los fascistas o un amoral interesado únicamente en mi propio beneficio. Lo único que sé es que debía salvarme porque el Gran Arquitecto tenía destinadas para mí más altas ocupaciones».

«Cuando acabó la guerra, después de ayudar a unos cuantos nazis croatas a poner a salvo sus fortunas casi de forma desinteresada, me trasladé a Roma. En la Ciudad Eterna fue donde me convertí en un hombre respetable y de éxito. Aunque nunca tuve estudios, jamás fui tonto y, si bien mi única experiencia laboral había sido en una panadería, decidí abrir mis propios negocios. Permaflex una fábrica de colchones, y otro de confección de ropa».

«En Roma comencé a tener contacto con políticos de la Democracia Cristiana y, como lo de los colchones y la ropa no me ocupaba mucho tiempo, en 1963 me afilié a una logia masónica: la Gian Domenico Romagnosi. Pronto pasé a la Gran Logia de Oriente y mi carácter emprendedor y obsecuencia hizo que, en un tiempo récord, pasase de aprendiz a tercer grado de maestro. Para los que no estén familiarizados con la masonería, es como entrar de botones en un banco y al poco tiempo presidirlo».

«Pronto me di cuenta de que eso de tener una logia abierta a todo el mundo no tenía sentido. ¿Por qué las autoridades, los periodistas o la ciudadanía en general debían saber quiénes éramos o no iniciados? Por tanto, solicité que me dejasen organizar una logia encubierta en la que solo pudieran entrar altas personalidades de la sociedad italiana e internacional con probados sentimientos anticomunistas. Para su tranquilidad y la mía, nadie ajeno a la logia podría saber quiénes eran».

«Dicho y hecho. Reactivé la P2, una logia que databa de 1800 y que en italiano suena infinitamente mejor que en español porque se dice pi-due. Seleccionaba a los candidatos entrevistándome con ellos en el Excelsior Hotel de Via Veneto en Roma. En un apartamento con dos puertas, para que los visitantes no pudieran encontrarse entre sí».

«Por allí también pasaban hermanos que me contaban sus problemas con intención de que se los solucionase, cosa que hacía recurriendo a otros hermanos o a mis contactos. Está mal que yo lo diga pero he sido amigo y paño de lágrimas de muchos grandes hombres. Ayudé a Juan Domingo Perón a regresar a la Argentina y viajé con él en el vuelo de Alitalia que le llevó al país en 1972. También estuve invitado a su toma de posesión en Buenos Aires en 1973. Estaba tan agradecido, que me condecoró con la Orden del Libertador».

«Sobre mi relación con Perón, el maledicente de Giulio Andreotti llegaría a afirmar que el General me tenía un respeto reverencial de tal magnitud, que vio cómo “se arrodillaba ante mí”. Bueno, si él lo dice. Es imposible que me acuerde de todo. Lo de ser tan servil le pegaba más a José López Rega, que fue miembro de la P2 y con el que siempre me llevé bien, a pesar de sus locuras esotéricas y sus teorías sobre que África, Asia y América Latina serían potencias mundiales en el siglo XXI. Vaya ojo tenía. Así era con todo».

«Si no me falla la memoria, además de López Rega, en la Argentina teníamos más de un hermano. Massera también lo era y era masón Suárez Mason. Me encantan los juegos de palabras y las bromas, aunque muchos piensen que no. Volviendo al tema, me llevaba tan bien con los argentinos, que fui designado agregado económico de la Embajada Argentina en Roma desde 1974 y hasta bien entrada la dictadura de 1976. Entre otras facilidades para desempeñar ese cargo, disponía de pasaporte diplomático».

«En 1981, mientras investigaban un problemita con el Banco Ambrosiano, presidido por Roberto Calvi y en el que estaban implicados desde su amigo el mafioso Michele Sindona hasta el Vaticano, la policía judicial registró mi despacho. Allí encontró la lista con los miembros de la P2. Allí estaba la crema de la sociedad Italiana. Lo llamaron il sottopotere, el poder subterráneo y, qué quieren que les diga, modestia aparte, era verdad».

«Toda Italia estaba, de una u otra forma, relacionada conmigo. En esa lista había, por ejemplo, 44 parlamentarios, 18 magistrados, 49 banqueros, 27 periodistas y 120 empresarios. Entre estos últimos, el dueño de la editorial Rizzoli, propietaria de Il Corriere della Sera y un joven muchacho que ya prometía mucho: Silvio Berlusconi».

«Lo dije ya una vez en una entrevista para La Repubblica y lo repito aquí: Berlusconi es un hombre extraordinario, un hombre de acción. Esto es lo que Italia necesita. No un hombre de palabras, sino un hombre de acción y la acción ahora se puede desarrollar de mil maneras. No hace falta iniciar guerras, poner bombas o matar banqueros. Ahora, con un buen grupo mediático internacional todo es más sencillo e imperceptible, pero igual de eficaz».

«Mis últimos años los pasé en prisión, sí. Pero no fue porque no intentase evitarlo. En 1983, mientras estaba encarcelado en una prisión suiza esperando a ser extraditado a Italia, me escapé. Pero sin túnel ni nada. Por la puerta, que tampoco estaba yo para muchos trotes. Me agarraron, sí, y me condenaron a arresto domiciliario aquí, en Villa Wanda. No niego que hubiera preferido estar libre, pero tampoco nos engañemos: esto no es Alcatraz, así que salgo cuando lo deseo. Solo hay que tener un poco de cuidado».

«Más o menos, esta es mi vida. Podríamos resumirla en una frase que no me cansé de repetir: “Soy fascista y moriré fascista”. Así fue. El 15 de diciembre de 2015 fallecí en Villa Wanda. Los medios de comunicación tampoco se hicieron demasiado eco. Hablar de mí es hablar la historia reciente de Italia, de Europa, del mundo».

«Durante mi encierro en Suiza tuve tiempo de escribir mis recuerdos. Se titulaban La verità. Si os aburre leer, no os preocupéis. Antes de morir, vendí los derechos para que hicieran una película. En ella contarán que, gracias a esa memorias y a otros libros, estuve nominado al Premio Nobel de Literatura. Bah, una tontería sin importancia. Cualquiera puede estar nominado. No hay más que cursar la solicitud para que la estudie la Academia Sueca. Otra cosa es que te lo den y, para qué vamos a engañarnos, si no me lo concedieron es porque tampoco me apetecía tanto tenerlo, ya me entendéis».

Villa Wanda es uno de los artefactos más extraños que han llegado a las librerías en los últimos tiempos. La Revista Don lo calificó de «raro» y recientemente El Español lo definió como «una minipimer de la realidad, que trocea y descuartiza».

Continuando con el símil gastronómico, el libro de Eduardo Bravo publicado por Autsaider División Sesuda es una especie de cubito de caldo concentrado en el que caben reportajes periodísticos, perfiles biográficos, análisis históricos, entrevistas y otros formatos.

Un libro con un inconfundible sabor a pesto, pomodoro, orégano y mozzarela, porque Villa Wanda es un alucinante repaso a lo acontecido en Italia en las décadas de los 60, 70 y 80. Unos hechos que, en parte, marcaron también la vida del conjunto del continente en esos años.

Asuntos como el de Propaganda Dos, una logia masónica desviada liderada por Licio Gelli. Este oscuro personaje estuvo implicado en mil y un asuntos como asesinatos, tramas de ejércitos secretos bajo el mando de la CIA, atentados terroristas, relaciones con grupos mafiosos o fraudes económicos como los del Banco Ambrosiano. Todo con unos objetivos muy concretos: obtener poder, dinero y evitar el ascenso de los partidos progresistas en Italia.

El próximo sábado 22 de abril, dentro de los eventos organizados con motivo de el Día del Libro, Villa Wanda se presentará en Madrid. Será en la librería Sin Tarima de la calle Magdalena, 32 a las 20 horas. Como adelanto, Yorokobu publica en exclusiva uno de los capítulos del libro. La historia de Licio Gelli, narrada por él mismo desde el más allá.

«Déjenme que me presente. Mi nombre es Licio Gelli, a sus órdenes. O mejor dicho, ustedes a las mías. Nací en Pistoia, un pueblecito de la Toscana, en 1919. Desde muy joven me interesó la política y en 1936, mentí sobre mi edad para poder alistarme en las tropas que el Duce envió a España a luchar junto a Franco».

«Durante la II Guerra Mundial continué mi lucha en pro del fascismo y colaboré con los nazis. Fui capturado por los partisanos y estuve a punto de ser fusilado. En el último momento, un jefe comunista intercedió por mí».

«A raíz de ese hecho muchos insinuaron que era un fascista que compadreaba con los comunistas, un comunista que compadreaba con los fascistas o un amoral interesado únicamente en mi propio beneficio. Lo único que sé es que debía salvarme porque el Gran Arquitecto tenía destinadas para mí más altas ocupaciones».

«Cuando acabó la guerra, después de ayudar a unos cuantos nazis croatas a poner a salvo sus fortunas casi de forma desinteresada, me trasladé a Roma. En la Ciudad Eterna fue donde me convertí en un hombre respetable y de éxito. Aunque nunca tuve estudios, jamás fui tonto y, si bien mi única experiencia laboral había sido en una panadería, decidí abrir mis propios negocios. Permaflex una fábrica de colchones, y otro de confección de ropa».

«En Roma comencé a tener contacto con políticos de la Democracia Cristiana y, como lo de los colchones y la ropa no me ocupaba mucho tiempo, en 1963 me afilié a una logia masónica: la Gian Domenico Romagnosi. Pronto pasé a la Gran Logia de Oriente y mi carácter emprendedor y obsecuencia hizo que, en un tiempo récord, pasase de aprendiz a tercer grado de maestro. Para los que no estén familiarizados con la masonería, es como entrar de botones en un banco y al poco tiempo presidirlo».

«Pronto me di cuenta de que eso de tener una logia abierta a todo el mundo no tenía sentido. ¿Por qué las autoridades, los periodistas o la ciudadanía en general debían saber quiénes éramos o no iniciados? Por tanto, solicité que me dejasen organizar una logia encubierta en la que solo pudieran entrar altas personalidades de la sociedad italiana e internacional con probados sentimientos anticomunistas. Para su tranquilidad y la mía, nadie ajeno a la logia podría saber quiénes eran».

«Dicho y hecho. Reactivé la P2, una logia que databa de 1800 y que en italiano suena infinitamente mejor que en español porque se dice pi-due. Seleccionaba a los candidatos entrevistándome con ellos en el Excelsior Hotel de Via Veneto en Roma. En un apartamento con dos puertas, para que los visitantes no pudieran encontrarse entre sí».

«Por allí también pasaban hermanos que me contaban sus problemas con intención de que se los solucionase, cosa que hacía recurriendo a otros hermanos o a mis contactos. Está mal que yo lo diga pero he sido amigo y paño de lágrimas de muchos grandes hombres. Ayudé a Juan Domingo Perón a regresar a la Argentina y viajé con él en el vuelo de Alitalia que le llevó al país en 1972. También estuve invitado a su toma de posesión en Buenos Aires en 1973. Estaba tan agradecido, que me condecoró con la Orden del Libertador».

«Sobre mi relación con Perón, el maledicente de Giulio Andreotti llegaría a afirmar que el General me tenía un respeto reverencial de tal magnitud, que vio cómo “se arrodillaba ante mí”. Bueno, si él lo dice. Es imposible que me acuerde de todo. Lo de ser tan servil le pegaba más a José López Rega, que fue miembro de la P2 y con el que siempre me llevé bien, a pesar de sus locuras esotéricas y sus teorías sobre que África, Asia y América Latina serían potencias mundiales en el siglo XXI. Vaya ojo tenía. Así era con todo».

«Si no me falla la memoria, además de López Rega, en la Argentina teníamos más de un hermano. Massera también lo era y era masón Suárez Mason. Me encantan los juegos de palabras y las bromas, aunque muchos piensen que no. Volviendo al tema, me llevaba tan bien con los argentinos, que fui designado agregado económico de la Embajada Argentina en Roma desde 1974 y hasta bien entrada la dictadura de 1976. Entre otras facilidades para desempeñar ese cargo, disponía de pasaporte diplomático».

«En 1981, mientras investigaban un problemita con el Banco Ambrosiano, presidido por Roberto Calvi y en el que estaban implicados desde su amigo el mafioso Michele Sindona hasta el Vaticano, la policía judicial registró mi despacho. Allí encontró la lista con los miembros de la P2. Allí estaba la crema de la sociedad Italiana. Lo llamaron il sottopotere, el poder subterráneo y, qué quieren que les diga, modestia aparte, era verdad».

«Toda Italia estaba, de una u otra forma, relacionada conmigo. En esa lista había, por ejemplo, 44 parlamentarios, 18 magistrados, 49 banqueros, 27 periodistas y 120 empresarios. Entre estos últimos, el dueño de la editorial Rizzoli, propietaria de Il Corriere della Sera y un joven muchacho que ya prometía mucho: Silvio Berlusconi».

«Lo dije ya una vez en una entrevista para La Repubblica y lo repito aquí: Berlusconi es un hombre extraordinario, un hombre de acción. Esto es lo que Italia necesita. No un hombre de palabras, sino un hombre de acción y la acción ahora se puede desarrollar de mil maneras. No hace falta iniciar guerras, poner bombas o matar banqueros. Ahora, con un buen grupo mediático internacional todo es más sencillo e imperceptible, pero igual de eficaz».

«Mis últimos años los pasé en prisión, sí. Pero no fue porque no intentase evitarlo. En 1983, mientras estaba encarcelado en una prisión suiza esperando a ser extraditado a Italia, me escapé. Pero sin túnel ni nada. Por la puerta, que tampoco estaba yo para muchos trotes. Me agarraron, sí, y me condenaron a arresto domiciliario aquí, en Villa Wanda. No niego que hubiera preferido estar libre, pero tampoco nos engañemos: esto no es Alcatraz, así que salgo cuando lo deseo. Solo hay que tener un poco de cuidado».

«Más o menos, esta es mi vida. Podríamos resumirla en una frase que no me cansé de repetir: “Soy fascista y moriré fascista”. Así fue. El 15 de diciembre de 2015 fallecí en Villa Wanda. Los medios de comunicación tampoco se hicieron demasiado eco. Hablar de mí es hablar la historia reciente de Italia, de Europa, del mundo».

«Durante mi encierro en Suiza tuve tiempo de escribir mis recuerdos. Se titulaban La verità. Si os aburre leer, no os preocupéis. Antes de morir, vendí los derechos para que hicieran una película. En ella contarán que, gracias a esa memorias y a otros libros, estuve nominado al Premio Nobel de Literatura. Bah, una tontería sin importancia. Cualquiera puede estar nominado. No hay más que cursar la solicitud para que la estudie la Academia Sueca. Otra cosa es que te lo den y, para qué vamos a engañarnos, si no me lo concedieron es porque tampoco me apetecía tanto tenerlo, ya me entendéis».

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