27 de junio 2018    /   IDEAS
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Violencia y sociedad: ¿de verdad la humanidad necesita que haya conflictos?

27 de junio 2018    /   IDEAS     por          
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En los rincones más oscuros de las librerías siempren ha habido hueco para obras extrañas, a caballo entre la superstición y el mito, con todo tipo de temáticas paranormales y supercherías varias.

Pero, de un tiempo a esta parte, han empezado a aflorar en esas mismas secciones una legión de libros de autoayuda si cabe más inquietantes todavía. Se trata de obras según las cuales todo conspira a nuestro favor –aunque no haya pruebas de ello– y en las que todos somos capaces de cualquier cosa. Un billete de ida hacia la frustración a través del levantamiento de expectativas, especialmente para el público objetivo de ese tipo de ficción.

Junto a tan desazonador catálogo, y a lomos de cierto movimiento new age, han proliferado los libros que explotan una especie de furia de la educación positiva para niños.

Conceptos como tiempo de calidad, mindfulness yoga para niños, con portadas de fondo blanco y tipografía prima hermana de la Comic Sans intentando transmitir un catálogo de respuestas únicas a una serie de problemas comunes: a grandes rasgos, que se puede educar sin castigar, que no hay niños malos sino adultos que no les entienden y que, en definitiva, ser madre o padre se ha convertido en un trabajo más exigente que el más duro de los castigos, pero que la sociedad moderna espera que sea sobrellevado con alegría plena.

La educación ha cambiado, y mucho, casi tanto como la idea de paternidad y maternidad. Prácticas que antaño eran cotidianas hoy son impensables, y viceversa: el castigo físico en el colegio o en casa son ahora repudiados, de la misma forma que las contestaciones y comportamientos de muchos niños –y progenitores– de hoy habrían sido impensables años atrás.

Hay cierta evolución social en todo eso, pero también un cambio de naturaleza más arbitraria: tenemos hijos mucho más tarde, lo que hace que el concepto de familia sea muy distinto, y con unas limitaciones y características mucho más particulares. Y todo eso influye, y de qué manera, en la educación de los niños: padres mayores, sobrecargados de obligaciones laborales, escudados por abuelos reconvertidos en progenitores y creciendo en la cultura del consumismo exacerbado el consentimiento ritual.

Pese a todo, y con los matices propios de tanto cambio, hay problemáticas que siguen latentes. Una es, por ejemplo, la gestión de la violencia en esas etapas infantiles de cara a su limitación en sociedad adulta.

Basta pasear por las inmediaciones de un centro educativo para comprobar que pocas cosas hay más crueles que el patio de un colegio. Burlas despiadadas, intimidaciones, violencia verbal y hasta marginación social.

Todo eso que siempre ha existido, pero que ahora, envuelto de un nombre anglosajón, se vigila, persigue y teme. El bullying, para algunos, es la expresión más lineal de que la condición humana no es distinta de la de un animal salvaje, y que solo a través de la educación se desprende para homologarse a una sociedad más cívica. Para otros, sin embargo, la violencia no es una cuestión connatural al ser humano, sino más bien una expresión errónea de un sentimiento insatisfecho.

No es difícil adivinar por qué resulta tan relevante en el ámbito psicosocial investigar la violencia. Sus consecuencias son una de las mayores amenazas al orden social y a nuestra propia civilización.

Quizá por eso la UNESCO editaba tiempo atrás un manual acerca de las posibles causas de la violencia colectiva –la política, religiosa o económica–, aunque en él no haya una resolución clara de qué es lo que provoca dicha violencia en el humano individual.

Sabemos que hay niños que expresan sus necesidades, miedos y deseos de forma violenta, y sabemos que hay adultos que hacen lo propio. Sabemos que la educación social atenúa dichos comportamientos. La cuestión es dilucidar si esa pulsión es parte de nuestro ser o no y, en cualquier caso, de qué formas se puede controlar.

El escritor Víctor Montoya trazaba en un artículo una cronología de teorías entrelazadas con argumentos contrapuestos acerca de si el carácter violento es una condición propia del ser humano o si, por el contrario, es un comportamiento adquirido y ajeno a su naturaleza. La conclusión, con todo, es que no hay acuerdo al respecto. Y el desencuentro no se queda en el pasado, sino que sigue a día de hoy, con todas las particularidades actuales y todo lo distintas que son las familias de nuestra sociedad.

El coronel Enrique Vega, que ha desarrollado una prolija actividad investigadora acerca de los conflictos armados desde el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, vinculado a la UNED, entiende que la violencia es innata al ser humano.

Advierte, sin embargo, de que las conductas violentas «son un medio, no un fin, y que no parecen estar relacionadas con ningún instinto básico como las conductas de alimentación o reproducción». Por tanto, dichas conductas «pueden ser condicionadas –para bien o para mal– por la socialización», en referencia a la educación.

La otra cara de la moneda la ilustra Enrique Díez, profesor de Educación en la Universidad de León, que considera que la violencia no es innata al ser humano.

«No hay datos científicos ni documentales de ninguna clase que prueben que el comportamiento agresivo del ser humano sea instintivo. Sin embargo, hay muchas pruebas de que todo comportamiento agresivo –como todo comportamiento humano– es aprendido», sostiene.

Según su visión, las primeras sociedades humanas sobrevivieron precisamente porque colaboraron para sobrevivir. En su opinión, «el mito de la violencia instintiva de la especie humana es una elaborada justificación que nos libera de culpabilidad y nos exime de la responsabilidad de hacer todo lo que podamos para reducirla».

Habla de que esa perspectiva lleva a pensar que ‘a quien nace así predestinado no se le puede culpar’, de forma que alguien que no haya sido educado socialmente durante los primeros años de su vida «puede padecer un proceso de deshumanización que le lleve hacia comportamientos destructivos, aprendidos en un intento desordenado y equivocado de adaptarse». Quizá por eso la actual sea la época con menos muertes violentas de la historia.

Donde sí coinciden es que la educación, o socialización, es un contrapeso a esa violencia, pero también una incitación», puntualiza el coronel Vega.

«Depende de qué educación estemos hablando, porque hay educaciones que pueden llevar a fanatismos étnicos, nacionalistas o religiosos, o a supremacismos sociales violentos –como la violencia sexual–. La educación no son solo las socializaciones formales, escolares o familiares, sino también las informales, como son aprendizajes inconscientes de comportamiento por vicariato y mimetismo», explica.

Dicho de otra forma, ambos coinciden en que la violencia se aprende, aunque no coincidan en si es la única fuente de este tipo de comportamientos o estos puedan estar ya arraigados en el individuo. «En el caso de los niños –continúa el coronel Vega– puede que sus conductas violentas de bajo nivel se consideren más aceptables porque se asume que su socialización, su aprendizaje social, no puede ser todavía completo».

El profesor Díez considera por su parte que la violencia, como «producción humana», puede erradicarse de la sociedad.

«Actualmente condenamos actos de violencia que antaño eran tolerados o no reprochados, como ejemplo la violencia de género o la esclavitud. Educamos a los niños y niñas para que la agresividad como forma de expresión de sentimientos o frustraciones vaya siendo sustituida por el diálogo, la expresión de sentimientos y necesidades y la negociación y el consenso para conseguir los objetivos que se pretenden», explica, «pero no todo depende de la educación. También son necesarias leyes y normas que regulen la convivencia democrática de las sociedades».

Si la violencia es el problema y la educación es parte importante de la respuesta, la atención recae entonces en cómo se educa y en qué elementos contribuyen a socavar dicha educación.

Dado que esa peculiar batalla socializadora se libra a edades tempranas, la forma en que los niños construyen su visión del mundo cobra especial importancia. Por eso de un tiempo a esta parte se ha vivido con cierta intensidad el debate acerca de ciertas prácticas de ocio, tales como los juegos de rol.

Quizá el primer caso en nuestro país fuera el conocido como asesino de la katana, que mató a sus padres siendo adolescente. El perfil de aquel joven que elaboraron entonces los medios se esforzaba en destacar lo aficionado que era al rol y a la fantasía épica, como si algo así pudiera justificar sus actos. Dos décadas después su historia se contó en formato documental y se vendió a través de sucursales de esos mismos medios.

Más de una década atrás ya se advertía acerca del contenido violento para niños, en especial en el ámbito de la pujante industria de los videojuegos. Por ese motivo incluso se legisló al respecto, al tiempo que siguieron llegaron investigaciones acerca de los efectos de naturalizar la violencia –aunque sea ficticia– como forma de ocio.

En el otro lado de la balanza, un nada despreciable volumen de investigaciones en sentido contrario que echan por tierra los supuestos efectos negativos de la exposición a productos culturales y de ocio de tipo violento. Ni siquiera estaría claro que las representaciones violentas en la cultura popular tengan relación directa con un aumento de la violencia social, siempre según los investigadores.

Toda una generación en este país ha crecido jugando a juegos violentos, escuchando letras subversivas y viendo ficción oriental y no ha habido una oleada violenta que despunte en las estadísticas.

El riesgo reside quizá en trivializar esa relación y desatender algo que subyace: la naturalización de la violencia no conlleva que la vayas a practicar, pero sí que puedas cambiar tu consideración al respecto.

Las administraciones, sin embargo, siguen usando el argumento de la violencia en videojuegos como justificación de expresiones violentas en la vida real, tal y como pasó con un controvertido vídeo usado por la administración Trump en la Casa Blanca.

«Es otro de los mitos que se venden: la violencia fantástica como espacio de catarsis, una válvula de escape para descargar tensiones y agresividad contenida en la vida real, y así reducir la agresividad en la vida real», describe el profesor Díez.

«Esto parte del supuesto no demostrado y rechazado en psicología de que practicar la violencia de forma ficticia conlleva que no se haga en la realidad. Lo que se ha demostrado es que eso te habitúa a la violencia. Esos videojuegos trivializan la violencia real y los niños y niñas acaban volviéndose inmunes a su horror».

«El mayor peligro no es la generación o no de comportamientos violentos, sino la insensibilización ante la violencia: se presenta una violencia sin consecuencias para la persona que la perpetra o para la víctima, enviando el mensaje de que la violencia es un modo aceptable de alcanzar objetivos», explica.

Bajo su punto de vista todo eso sería, sin embargo, la consecuencia de otro problema al que se presta menos atención.

«El verdadero problema es que la violencia vende. No es solamente un problema de la gente joven, sino que es un problema en general de la sociedad. El mercado se ha convertido en el gran regulador del consumo en función de la oferta y la demanda. Es el sujeto individual quien ha de decidir qué es bueno y qué es malo. Esto significa que la socialización de la que hablábamos antes está siendo dirigida esencialmente por el mercado», analiza.

«Se argumenta, por ejemplo, que los niños comprenden que la violencia que ven es ficticia. Pero el problema no es el control que tengas sobre la violencia, ni que esta sea una válvula de escape o no, sino el aprendizaje de la violencia como forma de resolver los conflictos y que se termine considerándola como un elemento cotidiano más de la realidad».

Como con todo, tampoco podría aplicarse a todo esto una brocha absoluta y unidireccional. De hecho, quizá para encajar mejor en las precauciones de la sociedad actual, la violencia ficticia también ha evolucionado.

De hecho, se suele presentar en la mayoría de ocasiones como un hecho inevitable e innegable, producto de una elección muy sencilla. Los buenos de las películas matan solo cuando no hay más remedio, por ejemplo.

Es más, no se suele matar a otros seres humanos, sino a toda suerte de criaturas deshumanizadas –extraterrestres, demonios o seres irracionales–, cuya muerte es la única vía de supervivencia. La violencia se presenta de forma incuestionable, quizá a modo de liberación de conciencia, para hacerla más digerible. Un canon que cumplían hasta los primeros títulos clásicos de la industria, como el mítico Wolfenstein, un shooter en el que el objetivo era abatir a soldados nazis.

https://twitter.com/Afilamazas/status/1011259593152978944

https://twitter.com/Marron121/status/1011257517337391105

Los videojuegos, o los productos culturales con contenido violento, no serían en cualquier caso la única variable de la ecuación. No pocas veces se describen otros comportamientos sociales como formas aceptables de violencia controlada, como puede ser la práctica de un deporte como una escenificación de una lucha incruenta.

«No me parece que el deporte deba considerarse una forma de violencia, sino de competición», explica el coronel Vega. «De igual forma, el uso de la violencia es también una forma de competición. Son dos medios distintos que buscan el mismo fin: imponerse. La diferencia podría estar en que el primero, el deporte, lo buscaría sin intención de dañar al oponente, mientras que el segundo, la violencia, lo hace buscando expresamente el daño», resume.

«Lo mismo pienso respecto a los juegos, sean en el formato que sean. Otra cosa es que en la competición bien intencionada –deporte o juego– se cuele con frecuencia la violencia, llevando el aprendizaje de que la violencia es el medio idóneo para alcanzar ciertos fines», concluye. «La violencia solo puede entenderse en función de para qué se usa y no es, por tanto, ni buena ni mala en términos éticos. Lo que puede ser bueno o malo es la causa, la razón que la motiva».

En los rincones más oscuros de las librerías siempren ha habido hueco para obras extrañas, a caballo entre la superstición y el mito, con todo tipo de temáticas paranormales y supercherías varias.

Pero, de un tiempo a esta parte, han empezado a aflorar en esas mismas secciones una legión de libros de autoayuda si cabe más inquietantes todavía. Se trata de obras según las cuales todo conspira a nuestro favor –aunque no haya pruebas de ello– y en las que todos somos capaces de cualquier cosa. Un billete de ida hacia la frustración a través del levantamiento de expectativas, especialmente para el público objetivo de ese tipo de ficción.

Junto a tan desazonador catálogo, y a lomos de cierto movimiento new age, han proliferado los libros que explotan una especie de furia de la educación positiva para niños.

Conceptos como tiempo de calidad, mindfulness yoga para niños, con portadas de fondo blanco y tipografía prima hermana de la Comic Sans intentando transmitir un catálogo de respuestas únicas a una serie de problemas comunes: a grandes rasgos, que se puede educar sin castigar, que no hay niños malos sino adultos que no les entienden y que, en definitiva, ser madre o padre se ha convertido en un trabajo más exigente que el más duro de los castigos, pero que la sociedad moderna espera que sea sobrellevado con alegría plena.

La educación ha cambiado, y mucho, casi tanto como la idea de paternidad y maternidad. Prácticas que antaño eran cotidianas hoy son impensables, y viceversa: el castigo físico en el colegio o en casa son ahora repudiados, de la misma forma que las contestaciones y comportamientos de muchos niños –y progenitores– de hoy habrían sido impensables años atrás.

Hay cierta evolución social en todo eso, pero también un cambio de naturaleza más arbitraria: tenemos hijos mucho más tarde, lo que hace que el concepto de familia sea muy distinto, y con unas limitaciones y características mucho más particulares. Y todo eso influye, y de qué manera, en la educación de los niños: padres mayores, sobrecargados de obligaciones laborales, escudados por abuelos reconvertidos en progenitores y creciendo en la cultura del consumismo exacerbado el consentimiento ritual.

Pese a todo, y con los matices propios de tanto cambio, hay problemáticas que siguen latentes. Una es, por ejemplo, la gestión de la violencia en esas etapas infantiles de cara a su limitación en sociedad adulta.

Basta pasear por las inmediaciones de un centro educativo para comprobar que pocas cosas hay más crueles que el patio de un colegio. Burlas despiadadas, intimidaciones, violencia verbal y hasta marginación social.

Todo eso que siempre ha existido, pero que ahora, envuelto de un nombre anglosajón, se vigila, persigue y teme. El bullying, para algunos, es la expresión más lineal de que la condición humana no es distinta de la de un animal salvaje, y que solo a través de la educación se desprende para homologarse a una sociedad más cívica. Para otros, sin embargo, la violencia no es una cuestión connatural al ser humano, sino más bien una expresión errónea de un sentimiento insatisfecho.

No es difícil adivinar por qué resulta tan relevante en el ámbito psicosocial investigar la violencia. Sus consecuencias son una de las mayores amenazas al orden social y a nuestra propia civilización.

Quizá por eso la UNESCO editaba tiempo atrás un manual acerca de las posibles causas de la violencia colectiva –la política, religiosa o económica–, aunque en él no haya una resolución clara de qué es lo que provoca dicha violencia en el humano individual.

Sabemos que hay niños que expresan sus necesidades, miedos y deseos de forma violenta, y sabemos que hay adultos que hacen lo propio. Sabemos que la educación social atenúa dichos comportamientos. La cuestión es dilucidar si esa pulsión es parte de nuestro ser o no y, en cualquier caso, de qué formas se puede controlar.

El escritor Víctor Montoya trazaba en un artículo una cronología de teorías entrelazadas con argumentos contrapuestos acerca de si el carácter violento es una condición propia del ser humano o si, por el contrario, es un comportamiento adquirido y ajeno a su naturaleza. La conclusión, con todo, es que no hay acuerdo al respecto. Y el desencuentro no se queda en el pasado, sino que sigue a día de hoy, con todas las particularidades actuales y todo lo distintas que son las familias de nuestra sociedad.

El coronel Enrique Vega, que ha desarrollado una prolija actividad investigadora acerca de los conflictos armados desde el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, vinculado a la UNED, entiende que la violencia es innata al ser humano.

Advierte, sin embargo, de que las conductas violentas «son un medio, no un fin, y que no parecen estar relacionadas con ningún instinto básico como las conductas de alimentación o reproducción». Por tanto, dichas conductas «pueden ser condicionadas –para bien o para mal– por la socialización», en referencia a la educación.

La otra cara de la moneda la ilustra Enrique Díez, profesor de Educación en la Universidad de León, que considera que la violencia no es innata al ser humano.

«No hay datos científicos ni documentales de ninguna clase que prueben que el comportamiento agresivo del ser humano sea instintivo. Sin embargo, hay muchas pruebas de que todo comportamiento agresivo –como todo comportamiento humano– es aprendido», sostiene.

Según su visión, las primeras sociedades humanas sobrevivieron precisamente porque colaboraron para sobrevivir. En su opinión, «el mito de la violencia instintiva de la especie humana es una elaborada justificación que nos libera de culpabilidad y nos exime de la responsabilidad de hacer todo lo que podamos para reducirla».

Habla de que esa perspectiva lleva a pensar que ‘a quien nace así predestinado no se le puede culpar’, de forma que alguien que no haya sido educado socialmente durante los primeros años de su vida «puede padecer un proceso de deshumanización que le lleve hacia comportamientos destructivos, aprendidos en un intento desordenado y equivocado de adaptarse». Quizá por eso la actual sea la época con menos muertes violentas de la historia.

Donde sí coinciden es que la educación, o socialización, es un contrapeso a esa violencia, pero también una incitación», puntualiza el coronel Vega.

«Depende de qué educación estemos hablando, porque hay educaciones que pueden llevar a fanatismos étnicos, nacionalistas o religiosos, o a supremacismos sociales violentos –como la violencia sexual–. La educación no son solo las socializaciones formales, escolares o familiares, sino también las informales, como son aprendizajes inconscientes de comportamiento por vicariato y mimetismo», explica.

Dicho de otra forma, ambos coinciden en que la violencia se aprende, aunque no coincidan en si es la única fuente de este tipo de comportamientos o estos puedan estar ya arraigados en el individuo. «En el caso de los niños –continúa el coronel Vega– puede que sus conductas violentas de bajo nivel se consideren más aceptables porque se asume que su socialización, su aprendizaje social, no puede ser todavía completo».

El profesor Díez considera por su parte que la violencia, como «producción humana», puede erradicarse de la sociedad.

«Actualmente condenamos actos de violencia que antaño eran tolerados o no reprochados, como ejemplo la violencia de género o la esclavitud. Educamos a los niños y niñas para que la agresividad como forma de expresión de sentimientos o frustraciones vaya siendo sustituida por el diálogo, la expresión de sentimientos y necesidades y la negociación y el consenso para conseguir los objetivos que se pretenden», explica, «pero no todo depende de la educación. También son necesarias leyes y normas que regulen la convivencia democrática de las sociedades».

Si la violencia es el problema y la educación es parte importante de la respuesta, la atención recae entonces en cómo se educa y en qué elementos contribuyen a socavar dicha educación.

Dado que esa peculiar batalla socializadora se libra a edades tempranas, la forma en que los niños construyen su visión del mundo cobra especial importancia. Por eso de un tiempo a esta parte se ha vivido con cierta intensidad el debate acerca de ciertas prácticas de ocio, tales como los juegos de rol.

Quizá el primer caso en nuestro país fuera el conocido como asesino de la katana, que mató a sus padres siendo adolescente. El perfil de aquel joven que elaboraron entonces los medios se esforzaba en destacar lo aficionado que era al rol y a la fantasía épica, como si algo así pudiera justificar sus actos. Dos décadas después su historia se contó en formato documental y se vendió a través de sucursales de esos mismos medios.

Más de una década atrás ya se advertía acerca del contenido violento para niños, en especial en el ámbito de la pujante industria de los videojuegos. Por ese motivo incluso se legisló al respecto, al tiempo que siguieron llegaron investigaciones acerca de los efectos de naturalizar la violencia –aunque sea ficticia– como forma de ocio.

En el otro lado de la balanza, un nada despreciable volumen de investigaciones en sentido contrario que echan por tierra los supuestos efectos negativos de la exposición a productos culturales y de ocio de tipo violento. Ni siquiera estaría claro que las representaciones violentas en la cultura popular tengan relación directa con un aumento de la violencia social, siempre según los investigadores.

Toda una generación en este país ha crecido jugando a juegos violentos, escuchando letras subversivas y viendo ficción oriental y no ha habido una oleada violenta que despunte en las estadísticas.

El riesgo reside quizá en trivializar esa relación y desatender algo que subyace: la naturalización de la violencia no conlleva que la vayas a practicar, pero sí que puedas cambiar tu consideración al respecto.

Las administraciones, sin embargo, siguen usando el argumento de la violencia en videojuegos como justificación de expresiones violentas en la vida real, tal y como pasó con un controvertido vídeo usado por la administración Trump en la Casa Blanca.

«Es otro de los mitos que se venden: la violencia fantástica como espacio de catarsis, una válvula de escape para descargar tensiones y agresividad contenida en la vida real, y así reducir la agresividad en la vida real», describe el profesor Díez.

«Esto parte del supuesto no demostrado y rechazado en psicología de que practicar la violencia de forma ficticia conlleva que no se haga en la realidad. Lo que se ha demostrado es que eso te habitúa a la violencia. Esos videojuegos trivializan la violencia real y los niños y niñas acaban volviéndose inmunes a su horror».

«El mayor peligro no es la generación o no de comportamientos violentos, sino la insensibilización ante la violencia: se presenta una violencia sin consecuencias para la persona que la perpetra o para la víctima, enviando el mensaje de que la violencia es un modo aceptable de alcanzar objetivos», explica.

Bajo su punto de vista todo eso sería, sin embargo, la consecuencia de otro problema al que se presta menos atención.

«El verdadero problema es que la violencia vende. No es solamente un problema de la gente joven, sino que es un problema en general de la sociedad. El mercado se ha convertido en el gran regulador del consumo en función de la oferta y la demanda. Es el sujeto individual quien ha de decidir qué es bueno y qué es malo. Esto significa que la socialización de la que hablábamos antes está siendo dirigida esencialmente por el mercado», analiza.

«Se argumenta, por ejemplo, que los niños comprenden que la violencia que ven es ficticia. Pero el problema no es el control que tengas sobre la violencia, ni que esta sea una válvula de escape o no, sino el aprendizaje de la violencia como forma de resolver los conflictos y que se termine considerándola como un elemento cotidiano más de la realidad».

Como con todo, tampoco podría aplicarse a todo esto una brocha absoluta y unidireccional. De hecho, quizá para encajar mejor en las precauciones de la sociedad actual, la violencia ficticia también ha evolucionado.

De hecho, se suele presentar en la mayoría de ocasiones como un hecho inevitable e innegable, producto de una elección muy sencilla. Los buenos de las películas matan solo cuando no hay más remedio, por ejemplo.

Es más, no se suele matar a otros seres humanos, sino a toda suerte de criaturas deshumanizadas –extraterrestres, demonios o seres irracionales–, cuya muerte es la única vía de supervivencia. La violencia se presenta de forma incuestionable, quizá a modo de liberación de conciencia, para hacerla más digerible. Un canon que cumplían hasta los primeros títulos clásicos de la industria, como el mítico Wolfenstein, un shooter en el que el objetivo era abatir a soldados nazis.

https://twitter.com/Afilamazas/status/1011259593152978944

https://twitter.com/Marron121/status/1011257517337391105

Los videojuegos, o los productos culturales con contenido violento, no serían en cualquier caso la única variable de la ecuación. No pocas veces se describen otros comportamientos sociales como formas aceptables de violencia controlada, como puede ser la práctica de un deporte como una escenificación de una lucha incruenta.

«No me parece que el deporte deba considerarse una forma de violencia, sino de competición», explica el coronel Vega. «De igual forma, el uso de la violencia es también una forma de competición. Son dos medios distintos que buscan el mismo fin: imponerse. La diferencia podría estar en que el primero, el deporte, lo buscaría sin intención de dañar al oponente, mientras que el segundo, la violencia, lo hace buscando expresamente el daño», resume.

«Lo mismo pienso respecto a los juegos, sean en el formato que sean. Otra cosa es que en la competición bien intencionada –deporte o juego– se cuele con frecuencia la violencia, llevando el aprendizaje de que la violencia es el medio idóneo para alcanzar ciertos fines», concluye. «La violencia solo puede entenderse en función de para qué se usa y no es, por tanto, ni buena ni mala en términos éticos. Lo que puede ser bueno o malo es la causa, la razón que la motiva».

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  • Hola: tras un vistazo rápìdo, yo diría que la violencia forma parte de la naturaleza humana, lo mismo que la solidaridad, y que las condiciones del entorno modulan en buena medida la resultante, pero con muchas variaciones individuales. Yo diría que hay que buscar la respuesta, como una de las fuentes fundamentales, en la antropología. Por poner un ejemplo, las sociedades en las que la supervivencia de la cultura es precaria, pueden ser tremendamente violentas, mientras otras, que tienen una población baja para los recursos de la zona, pueden ser muy pacíficos. Léase al respecto Armas, Gérmenes y Acero, de Jared Diamond: en la agrícola y superpoblada Nueva Guinea, dos personos desconocidas que se encuentran dialogan en busca de una excusa para no matarase. O véase el caso del genocidio perpetrado por los maoríes sobre unos pacíficos forrajeros de una isla vecina. En todo caso, eso echa por tierra tanto los que piensan que somos violentos por naturaleza como los que tienen la visión beatífica, visiones ambas que seguramente a los condicionantes descritos por Lakoff en No pienses en un elefante.

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