20 de julio 2021    /   IDEAS
por
 

Visibilizando al contrario: ¿Es legítimo silenciar opiniones radicales para asegurar la convivencia?

20 de julio 2021    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

El 7 de octubre de 2018 Vox llenó Vistalegre. Unas diez mil personas abarrotaban las gradas de un pabellón deportivo desde el que el PSOE de Zapatero celebraba los días de amplia base social y años después Pablo Iglesias intentaba quedársela a lomos del caballo demoscópico de Podemos. Dos izquierdas, una extinta y otra emergente, se disputaban el simbolismo de aquella suerte de plaza roja, pero se la llevó la ultraderecha.

Aquel día centenares de personas se quedaron sin poder entrar. Nadie vio venir aquello, pero al día siguiente ya se hacía hueco en las portadas de diarios conservadores como El Mundo o La Razón.

cordón sanitario político

Vox no era un partido nuevo. De hecho, intentó irrumpir al socaire del descontento con el sistema en aquellas europeas de 2014 en las que Podemos y Ciudadanos lograron representación por primera vez. Perdieron aquel asalto, con Alejo Vidal-Quadras como cara visible y Cristina Seguí como tertuliana de cabecera, y la salida traumática de ambos dejó a Santiago Abascal como frontman de un proyecto que parecía languidecer.

¿Qué pasó en aquellos cuatro años? Muchas cosas. El triunfo del ideario trumpista llegó a Europa. El PP entró en proceso de combustión. Los partidos emergentes empezaron a mostrar síntomas de desgaste. Muchos perdedores de la crisis vieron en el nacionalismo y la antinmigración una vía de escape. El procés catalán. La moción de censura. La exhumación de Franco. 

Todo se fue alineando para que eclosionara lo que algunos han definido como un Podemos de derechas: un fenómeno populista en las formas y radical en lo ideológico que busca acomodo en los votantes desencantados de la derecha y en los más desencantados aún integrantes de la llamada clase trabajadora. Pero el punto de inflexión, el pico de visibilidad, arrancó tras aquel mítin de octubre.

Una vez ante los focos, el camino se ha hecho casi solo: un año, un mes y dos días después Vox sumaba 3,6 millones de votos y se convertía en la tercera fuerza del país. Meses antes ya había pasado a ser un socio necesario para varias autonomías y ayuntamientos de derechas. Los sondeos actuales pronostican que, tras la caída de Ciudadanos y su absorción de facto por el PP, ambas fuerzas podrían sumar mayoría absoluta para gobernar.

Para que eso haya sido posible, el techo de atención de octubre de 2018 se tuvo que ir convirtiendo en muchos momentos en el suelo desde el que partir. Lo intuitivo es deducir que dar visibilidad a ciertas ideas, en lo que medios de comunicación y redes sociales tienen un enorme peso, fomenta que la ciudadanía las conozca y, en último término, las apoye.

MÁS ALLÁ DE VOX: TRUMP, EL NACIONALISMO O EL COMUNISMO

Pero esa lógica funciona también al contrario, donde se vuelve algo más fangosa: quienes piden invisibilizar o incluso ilegalizar posiciones para evitar esa especie de efecto llamada ideológica. Es algo que sucede hacia a ambos extremos del espectro ideológico e incluso se ha dado como factor de fondo en la lucha contra el terrorismo de ETA o el nacionalismo catalán. O, citando un ejemplo inminente, la reforma legal que busca ilegalizar a la Fundación Francisco Franco.

Pero más allá de lo intuitivo está la pregunta clave: ¿triunfan determinadas ideas porque son visibles o se vuelven visibles porque están suficientemente extendidas como para triunfar? «Esas ideas existen en la sociedad y se difunden si calan en un sector de ella», considera Borja Adsuara, doctor en Derecho. Según su visión, un sistema democrático debe velar por visibilizar cualquier opción política, aunque esta pueda poner en riesgo sus valores esenciales: «Si tiene interés público informativo, por supuesto que sí. Incluso para prevenir sobre ellas. Especialmente los medios de comunicación públicos, obligados por el artículo 20 de la Constitución», explica.

Pero no solo se trata de medios públicos, sino de actores activos en el proceso de comunicación masiva. «Una empresa, por privada que sea, no puede hacer cosas que vayan contra las leyes y contra los derechos fundamentales», dice en referencia al artículo 16 de la LSSI española al referirse a la controvertida decisión de una empresa privada como Twitter de silenciar a Donald Trump, un representante público electo, tras el asalto al Capitolio. «No se puede defender la democracia negando uno de sus pilares esenciales, como es la libertad de expresión, cuyo único límite es la ley».

«La expansión de las redes sociales ha dado combustible para la reactivación ideológica», dice Pep Lobera

Ignacio Molina, analista del Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política, incide en la diferencia «entre la defensa del discurso radical que puede hacerse desde una base liberal —dar voz a las minorías y, por tanto, libertad de expresión— o desde una base democrático-populista —que se escuche un discurso defendido por masas más o menos relevantes que quieren ser acalladas por las élites liberales—». En su opinión, «dar visibilidad a ciertas ideas hace que se normalicen», lo que puede desencadenar un proceso de retroalimentación como el antes citado de Vox.

Pep Lobera, investigador y profesor de Sociología, lleva esa visibilización de lo que denomina «ideologías fuertes» más allá de los medios. «La expansión de las redes sociales ha dado combustible para la reactivación ideológica», explica. «Las evidencias son claras en que las redes sociales han dado gasolina a la radicalización y la confrontación ideológica. Por un lado, recibimos ahora más información afín, que confirma nuestra visión del mundo; por otro, recibimos las expresiones más grotescas de la posición ideológica contraria, aquellas que se viralizan entre los nuestros para confirmar y expandir nuestra creencia de que son un peligro real», explica.

Desde Pew Research Center, por ejemplo, sucesivas investigaciones han ido mostrando la forma en que la polarización se ha ido acentuando de forma intensa en los últimos años.

Esas «ideologías fuertes», en las que incluye posiciones ideológicas extremas, nacionalismos varios o cuestiones tan concretas como el ecologismo o el feminismo, comparten un patrón: «proponen un lectura total de lo que sucede en nuestra vida» y «señalan a un culpable fácilmente identificable de tus problemas cotidianos». Soluciones sencillas y rápidas a problemas complejos y transversales.

EL INCENTIVO DEL RUIDO

En su opinión, el problema no está tanto en la visibilización o no de ideas, sino en «la exageración» y el control de la veracidad de las fuentes de información. «La exageración y el alarmismo se han vuelto tan cotidianos que ya no sabemos distinguirlos. Muchas personas están desconectando de las fuentes de noticias como autoprotección frente a esa hiperexcitación de la agenda pública, permanentemente cambiante. Pasamos de una noticia exagerada a otra, sin tiempo a debatir en profundidad sobre ella», critica. «Esa desconexión tiene el riesgo de aislar a muchas personas de los debates importantes. Pero también el alarmismo permanente nos aísla, a menudo, de los debates importantes y reales, a pesar de que tengamos la sensación de todo lo contrario». 

«Puede que exista la verdad», apunta Borja Adsuara, «pero desde el punto de vista de la convivencia nadie tiene toda la verdad y todos tienen una parte, por lo que hay que crear consensos sobre ella»

¿Cómo delimitar, entonces, lo que es legítimamente matizable de lo que merece ser difundido? «Puede que exista la verdad», apunta Adsuara, «pero desde el punto de vista de la convivencia nadie tiene toda la verdad y todos tienen una parte, por lo que hay que crear consensos sobre ella. Me preocupa más que alguien quiera controlar la verdad o establecer una verdad oficial que el hecho de que existan varias verdades y se defiendan y critiquen con la libertad de expresión», considera.

«Es mejor no hacer cordones sanitarios para que los populismos se desgasten solos en sus contradicciones», propone Molina, que apunta a la violencia como excepción. «Las razones para excluir a una opción radical deberían estar también tasadas por Ley; por ejemplo, partidos que defienden la violencia. Pero, en general, un sistema democrático ha de ser tolerante, aceptar la libertad de expresión y respetar el pluralismo. Cosa distinta es promocionar opciones políticas radicales, pero es complicado negarse cuando la radicalidad se acerca o supera al 50%», indica, señalando casos como los del citado Trump, los Le Pen o el Brexit. «De hecho, solo en Francia y Alemania hay hoy auténticos cordones sanitarios y no está claro que sean efectivos. Tengo mis dudas», cuestiona.

El problema es que en muchas ocasiones tampoco es fácil acordar cuándo un mensaje político puede ampararse bajo la libertad de expresión o cuándo puede impugnarse por llamar a la violencia. Un fiscal de La Haya, por ejemplo, reclama castigar el elogio actual a los autores de la masacre de Srebrenica de 1995. En España es delito el enaltecimiento del terrorismo, como también las injurias a la Corona o la discriminación en diversas dimensiones. Pero una cosa es la legalidad y otra la legitimidad. «No hay una respuesta universal —señala Molina—, sino que está relacionada con los pilares concretos de legitimidad de cada sistema político».

Eso ha hecho posible que se censuraran determinadas ideas a lo largo de la historia, incluso dentro de sistemas políticos de tradición democrática. «En EEUU se dejó fuera a las fuerzas esclavistas tras la Guerra de Secesión y en Alemania, tras 1945, se excluyó al fascismo y, de modo algo más matizado, también al comunismo», enumera. «En otros casos, la opción excluida será otra. Por ejemplo, no causa tanto rechazo el comunismo en España y tampoco la derecha populista en el este de Europa, en ambos casos porque la dictadura fue de signo político contrario. El problema es cuando se excluye a opciones sin tacha de radicalidad porque existe una hegemonía ideológica contraria, que a mi juicio no solo modula, sino que directamente viola la idea de pluralismo necesaria en toda democracia liberal».

«El problema no tiene fácil solución —reconoce Lobera— pero es importante fomentar el debate sobre la calidad de la información que recibimos y sobre la que construimos nuestra percepción deformada del adversario ideológico. Quizás no nos separen tantas cosas como creemos. Cuando dejemos de percibir al adversario a través de las declaraciones más exageradas y memes y empecemos a escuchar realmente su punto de vista, empezará el verdadero debate político sobre cómo solucionar los problemas reales. Actualmente, el debate público es un diálogo de sordos y ciegos».

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

El 7 de octubre de 2018 Vox llenó Vistalegre. Unas diez mil personas abarrotaban las gradas de un pabellón deportivo desde el que el PSOE de Zapatero celebraba los días de amplia base social y años después Pablo Iglesias intentaba quedársela a lomos del caballo demoscópico de Podemos. Dos izquierdas, una extinta y otra emergente, se disputaban el simbolismo de aquella suerte de plaza roja, pero se la llevó la ultraderecha.

Aquel día centenares de personas se quedaron sin poder entrar. Nadie vio venir aquello, pero al día siguiente ya se hacía hueco en las portadas de diarios conservadores como El Mundo o La Razón.

cordón sanitario político

Vox no era un partido nuevo. De hecho, intentó irrumpir al socaire del descontento con el sistema en aquellas europeas de 2014 en las que Podemos y Ciudadanos lograron representación por primera vez. Perdieron aquel asalto, con Alejo Vidal-Quadras como cara visible y Cristina Seguí como tertuliana de cabecera, y la salida traumática de ambos dejó a Santiago Abascal como frontman de un proyecto que parecía languidecer.

¿Qué pasó en aquellos cuatro años? Muchas cosas. El triunfo del ideario trumpista llegó a Europa. El PP entró en proceso de combustión. Los partidos emergentes empezaron a mostrar síntomas de desgaste. Muchos perdedores de la crisis vieron en el nacionalismo y la antinmigración una vía de escape. El procés catalán. La moción de censura. La exhumación de Franco. 

Todo se fue alineando para que eclosionara lo que algunos han definido como un Podemos de derechas: un fenómeno populista en las formas y radical en lo ideológico que busca acomodo en los votantes desencantados de la derecha y en los más desencantados aún integrantes de la llamada clase trabajadora. Pero el punto de inflexión, el pico de visibilidad, arrancó tras aquel mítin de octubre.

Una vez ante los focos, el camino se ha hecho casi solo: un año, un mes y dos días después Vox sumaba 3,6 millones de votos y se convertía en la tercera fuerza del país. Meses antes ya había pasado a ser un socio necesario para varias autonomías y ayuntamientos de derechas. Los sondeos actuales pronostican que, tras la caída de Ciudadanos y su absorción de facto por el PP, ambas fuerzas podrían sumar mayoría absoluta para gobernar.

Para que eso haya sido posible, el techo de atención de octubre de 2018 se tuvo que ir convirtiendo en muchos momentos en el suelo desde el que partir. Lo intuitivo es deducir que dar visibilidad a ciertas ideas, en lo que medios de comunicación y redes sociales tienen un enorme peso, fomenta que la ciudadanía las conozca y, en último término, las apoye.

MÁS ALLÁ DE VOX: TRUMP, EL NACIONALISMO O EL COMUNISMO

Pero esa lógica funciona también al contrario, donde se vuelve algo más fangosa: quienes piden invisibilizar o incluso ilegalizar posiciones para evitar esa especie de efecto llamada ideológica. Es algo que sucede hacia a ambos extremos del espectro ideológico e incluso se ha dado como factor de fondo en la lucha contra el terrorismo de ETA o el nacionalismo catalán. O, citando un ejemplo inminente, la reforma legal que busca ilegalizar a la Fundación Francisco Franco.

Pero más allá de lo intuitivo está la pregunta clave: ¿triunfan determinadas ideas porque son visibles o se vuelven visibles porque están suficientemente extendidas como para triunfar? «Esas ideas existen en la sociedad y se difunden si calan en un sector de ella», considera Borja Adsuara, doctor en Derecho. Según su visión, un sistema democrático debe velar por visibilizar cualquier opción política, aunque esta pueda poner en riesgo sus valores esenciales: «Si tiene interés público informativo, por supuesto que sí. Incluso para prevenir sobre ellas. Especialmente los medios de comunicación públicos, obligados por el artículo 20 de la Constitución», explica.

Pero no solo se trata de medios públicos, sino de actores activos en el proceso de comunicación masiva. «Una empresa, por privada que sea, no puede hacer cosas que vayan contra las leyes y contra los derechos fundamentales», dice en referencia al artículo 16 de la LSSI española al referirse a la controvertida decisión de una empresa privada como Twitter de silenciar a Donald Trump, un representante público electo, tras el asalto al Capitolio. «No se puede defender la democracia negando uno de sus pilares esenciales, como es la libertad de expresión, cuyo único límite es la ley».

«La expansión de las redes sociales ha dado combustible para la reactivación ideológica», dice Pep Lobera

Ignacio Molina, analista del Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política, incide en la diferencia «entre la defensa del discurso radical que puede hacerse desde una base liberal —dar voz a las minorías y, por tanto, libertad de expresión— o desde una base democrático-populista —que se escuche un discurso defendido por masas más o menos relevantes que quieren ser acalladas por las élites liberales—». En su opinión, «dar visibilidad a ciertas ideas hace que se normalicen», lo que puede desencadenar un proceso de retroalimentación como el antes citado de Vox.

Pep Lobera, investigador y profesor de Sociología, lleva esa visibilización de lo que denomina «ideologías fuertes» más allá de los medios. «La expansión de las redes sociales ha dado combustible para la reactivación ideológica», explica. «Las evidencias son claras en que las redes sociales han dado gasolina a la radicalización y la confrontación ideológica. Por un lado, recibimos ahora más información afín, que confirma nuestra visión del mundo; por otro, recibimos las expresiones más grotescas de la posición ideológica contraria, aquellas que se viralizan entre los nuestros para confirmar y expandir nuestra creencia de que son un peligro real», explica.

Desde Pew Research Center, por ejemplo, sucesivas investigaciones han ido mostrando la forma en que la polarización se ha ido acentuando de forma intensa en los últimos años.

Esas «ideologías fuertes», en las que incluye posiciones ideológicas extremas, nacionalismos varios o cuestiones tan concretas como el ecologismo o el feminismo, comparten un patrón: «proponen un lectura total de lo que sucede en nuestra vida» y «señalan a un culpable fácilmente identificable de tus problemas cotidianos». Soluciones sencillas y rápidas a problemas complejos y transversales.

EL INCENTIVO DEL RUIDO

En su opinión, el problema no está tanto en la visibilización o no de ideas, sino en «la exageración» y el control de la veracidad de las fuentes de información. «La exageración y el alarmismo se han vuelto tan cotidianos que ya no sabemos distinguirlos. Muchas personas están desconectando de las fuentes de noticias como autoprotección frente a esa hiperexcitación de la agenda pública, permanentemente cambiante. Pasamos de una noticia exagerada a otra, sin tiempo a debatir en profundidad sobre ella», critica. «Esa desconexión tiene el riesgo de aislar a muchas personas de los debates importantes. Pero también el alarmismo permanente nos aísla, a menudo, de los debates importantes y reales, a pesar de que tengamos la sensación de todo lo contrario». 

«Puede que exista la verdad», apunta Borja Adsuara, «pero desde el punto de vista de la convivencia nadie tiene toda la verdad y todos tienen una parte, por lo que hay que crear consensos sobre ella»

¿Cómo delimitar, entonces, lo que es legítimamente matizable de lo que merece ser difundido? «Puede que exista la verdad», apunta Adsuara, «pero desde el punto de vista de la convivencia nadie tiene toda la verdad y todos tienen una parte, por lo que hay que crear consensos sobre ella. Me preocupa más que alguien quiera controlar la verdad o establecer una verdad oficial que el hecho de que existan varias verdades y se defiendan y critiquen con la libertad de expresión», considera.

«Es mejor no hacer cordones sanitarios para que los populismos se desgasten solos en sus contradicciones», propone Molina, que apunta a la violencia como excepción. «Las razones para excluir a una opción radical deberían estar también tasadas por Ley; por ejemplo, partidos que defienden la violencia. Pero, en general, un sistema democrático ha de ser tolerante, aceptar la libertad de expresión y respetar el pluralismo. Cosa distinta es promocionar opciones políticas radicales, pero es complicado negarse cuando la radicalidad se acerca o supera al 50%», indica, señalando casos como los del citado Trump, los Le Pen o el Brexit. «De hecho, solo en Francia y Alemania hay hoy auténticos cordones sanitarios y no está claro que sean efectivos. Tengo mis dudas», cuestiona.

El problema es que en muchas ocasiones tampoco es fácil acordar cuándo un mensaje político puede ampararse bajo la libertad de expresión o cuándo puede impugnarse por llamar a la violencia. Un fiscal de La Haya, por ejemplo, reclama castigar el elogio actual a los autores de la masacre de Srebrenica de 1995. En España es delito el enaltecimiento del terrorismo, como también las injurias a la Corona o la discriminación en diversas dimensiones. Pero una cosa es la legalidad y otra la legitimidad. «No hay una respuesta universal —señala Molina—, sino que está relacionada con los pilares concretos de legitimidad de cada sistema político».

Eso ha hecho posible que se censuraran determinadas ideas a lo largo de la historia, incluso dentro de sistemas políticos de tradición democrática. «En EEUU se dejó fuera a las fuerzas esclavistas tras la Guerra de Secesión y en Alemania, tras 1945, se excluyó al fascismo y, de modo algo más matizado, también al comunismo», enumera. «En otros casos, la opción excluida será otra. Por ejemplo, no causa tanto rechazo el comunismo en España y tampoco la derecha populista en el este de Europa, en ambos casos porque la dictadura fue de signo político contrario. El problema es cuando se excluye a opciones sin tacha de radicalidad porque existe una hegemonía ideológica contraria, que a mi juicio no solo modula, sino que directamente viola la idea de pluralismo necesaria en toda democracia liberal».

«El problema no tiene fácil solución —reconoce Lobera— pero es importante fomentar el debate sobre la calidad de la información que recibimos y sobre la que construimos nuestra percepción deformada del adversario ideológico. Quizás no nos separen tantas cosas como creemos. Cuando dejemos de percibir al adversario a través de las declaraciones más exageradas y memes y empecemos a escuchar realmente su punto de vista, empezará el verdadero debate político sobre cómo solucionar los problemas reales. Actualmente, el debate público es un diálogo de sordos y ciegos».

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
¿Cómo sueña alguien que nunca ha visto?
Los Levi's más ecológicos en stop motion
¿Vale un récord del mundo el sacrificio de tres tiburones?
Un año viviendo con productos Open Source
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp