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9 de julio 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Ser un vivalavirgen

9 de julio 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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¿Se considera usted una persona despreocupada e informal? ¿Le acusan sus jefes de indolente? ¿Su madre se pone de los nervios porque le califica como exasperantemente tranquilo? ¿Es usted uno de esos a los que todo le da lo mismo? Pues sí, es usted un vivalavirgen.

Hay quienes dicen que no siempre fue este el estereotipo, sino que se aplicaba al hombre sencillo y candoroso, tirando a bobo. Pero nuestro gran José María Iribarren discrepaba totalmente de esto.
En su opinión, de las dos versiones que recoge, solo una le parece verdadera y es la que tiene un origen marinero. Parece ser que se le llamaba así al marino más torpe de la tripulación, que acudía el último a la llamada a formar. Así lo contaban, según él, Fernando Villamil (Viaje de circunnavegación de la corbeta «Nautilus», de 1895) y el comandante de la Armada y escritor folclorista José Gella Iturriaga.
Pero es en un foro de marinos mercantes donde explican un poco más en qué consistía esto. Parece ser que los contramaestres llamaban a los marineros a su cargo a golpe de silbato. Cada uno tenía su señal (recordad la escena de Sonrisas y lágrimas donde el capitán Von Trapp llamaba a sus hijos a golpe de pitido, para espanto de Julia Andrews. Algo así debía ser lo que hacían los contramaestres en un barco), y cuando la escuchaban acudían al lugar de la cubierta donde eran llamados, gritando su nombre y número de formación. Tal práctica ayudaba a estos oficiales a contabilizar a sus subordinados y estar seguros de que ninguno había caído por la borda, ya que estas llamadas, que tenían por finalidad agilizar las maniobras de navegación, podían ocurrir de día o de noche y el barco no disponía de ninguna iluminación que ayudara a identificarles.
El último en acudir a la llamada solía ser el grumete o el marinero más torpe y descuidado, a quien todo daba igual, y para señalar a su superior que él era el último en la formación, además de su nombre y número, gritaba como conclusión: «¡… y Viva la Virgen!», invocando su protección y agradeciéndole que no faltara ningún tripulante. Por este motivo se solía llamar así, vivalavirgen, al más informal y torpe.
Pero nos dice Iribarren que hay otra versión, a la que no da mucho crédito, que leyó en la revista Alrededor del mundo. La historia le debió parecer curiosa y por eso la reseña.
Según esta publicación de principios del siglo XX (ha llovido, sí), «cuando las costas americanas eran atacadas por piratas ingleses y holandeses, los españoles armaron a los indígenas, quienes montaban guardia en playas y acantilados». Así, cuando los malvados corsarios llegaban a la playa, los indios que estaban recién bautizados y tenían muy frescas las enseñanzas religiosas, salían al ataque al grito de «¡Viva la virgen!».
Pero estos ataques no eran muy frecuentes, nos cuentan, por lo que los buenos nativos se dedicaban todo el día a hacer lo que habían hecho toda su vida hasta que vinieron los colonizadores españoles (y de otros lares) a jorobarles la existencia: tumbarse a la bartola debajo de una palmera y dejar que la vida pasase tranquilamente.
Así pues, los ajetreados colonizadores acabaron extendiendo el significado de la expresión para insultarles y llamarles indolentes.
Lo que opinara la Virgen de su invocación y del estrés colonizador no consta en la revista. No lo busquéis.
 

¿Se considera usted una persona despreocupada e informal? ¿Le acusan sus jefes de indolente? ¿Su madre se pone de los nervios porque le califica como exasperantemente tranquilo? ¿Es usted uno de esos a los que todo le da lo mismo? Pues sí, es usted un vivalavirgen.

Hay quienes dicen que no siempre fue este el estereotipo, sino que se aplicaba al hombre sencillo y candoroso, tirando a bobo. Pero nuestro gran José María Iribarren discrepaba totalmente de esto.
En su opinión, de las dos versiones que recoge, solo una le parece verdadera y es la que tiene un origen marinero. Parece ser que se le llamaba así al marino más torpe de la tripulación, que acudía el último a la llamada a formar. Así lo contaban, según él, Fernando Villamil (Viaje de circunnavegación de la corbeta «Nautilus», de 1895) y el comandante de la Armada y escritor folclorista José Gella Iturriaga.
Pero es en un foro de marinos mercantes donde explican un poco más en qué consistía esto. Parece ser que los contramaestres llamaban a los marineros a su cargo a golpe de silbato. Cada uno tenía su señal (recordad la escena de Sonrisas y lágrimas donde el capitán Von Trapp llamaba a sus hijos a golpe de pitido, para espanto de Julia Andrews. Algo así debía ser lo que hacían los contramaestres en un barco), y cuando la escuchaban acudían al lugar de la cubierta donde eran llamados, gritando su nombre y número de formación. Tal práctica ayudaba a estos oficiales a contabilizar a sus subordinados y estar seguros de que ninguno había caído por la borda, ya que estas llamadas, que tenían por finalidad agilizar las maniobras de navegación, podían ocurrir de día o de noche y el barco no disponía de ninguna iluminación que ayudara a identificarles.
El último en acudir a la llamada solía ser el grumete o el marinero más torpe y descuidado, a quien todo daba igual, y para señalar a su superior que él era el último en la formación, además de su nombre y número, gritaba como conclusión: «¡… y Viva la Virgen!», invocando su protección y agradeciéndole que no faltara ningún tripulante. Por este motivo se solía llamar así, vivalavirgen, al más informal y torpe.
Pero nos dice Iribarren que hay otra versión, a la que no da mucho crédito, que leyó en la revista Alrededor del mundo. La historia le debió parecer curiosa y por eso la reseña.
Según esta publicación de principios del siglo XX (ha llovido, sí), «cuando las costas americanas eran atacadas por piratas ingleses y holandeses, los españoles armaron a los indígenas, quienes montaban guardia en playas y acantilados». Así, cuando los malvados corsarios llegaban a la playa, los indios que estaban recién bautizados y tenían muy frescas las enseñanzas religiosas, salían al ataque al grito de «¡Viva la virgen!».
Pero estos ataques no eran muy frecuentes, nos cuentan, por lo que los buenos nativos se dedicaban todo el día a hacer lo que habían hecho toda su vida hasta que vinieron los colonizadores españoles (y de otros lares) a jorobarles la existencia: tumbarse a la bartola debajo de una palmera y dejar que la vida pasase tranquilamente.
Así pues, los ajetreados colonizadores acabaron extendiendo el significado de la expresión para insultarles y llamarles indolentes.
Lo que opinara la Virgen de su invocación y del estrés colonizador no consta en la revista. No lo busquéis.
 

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