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29 de marzo 2019    /   IDEAS
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Personas que eligieron volver al campo

29 de marzo 2019    /   IDEAS     por          
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Ante la tendencia a vivir en el campo, a menudo en busca de bienestar, es inevitable hacerse la pregunta: ¿se ha idealizado en exceso la vida en entornos rurales? Muchos son los que dejan la ciudad en busca de lo que han convertido en panacea tras conocerlo los domingos. Ante la decepción, vuelven a la ciudad.

Quienes sí fueron conscientes, antes de partir, de lo bueno y lo malo siguen adelante sin perder de vista que, si bien su calidad de vida ha mejorado, vivir en el campo no significa pasarse el día sin ropa tumbado en una hamaca. Hablamos con algunos de los que residen en entornos agrestes, desde donde compaginan teletrabajo con huerto y rebaño.

Marc Badal estudió Ciencias Ambientales e investigó el neorruralismo en su trabajo final de máster. «Y, al final, me convertí en mi propio objeto de estudio», cuenta Badal, que ha publicado recientemente el libro Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino (Pepitas de calabaza).

Para él, regresar al campo no es una moda ni se ha dado de manera repentina, sino que más bien se trata de «un goteo constante» históricamente poco visibilizado, salvo en algunos momentos puntuales en los que estos movimientos han alcanzado mayor repercusión. Los narotniki rusos, el anarquismo clásico en Italia y Suiza y las comunidades utópicas son algunos de sus precedentes. «Había autores que escribían las obras, pero es que también había gente que, inspirada por esas obras, se iba al campo», explica.

vivir en el campo

Después de mayo del 68, renació la tendencia de regresar al pueblo. Recuerda Badal que «la gente salió de París con toda la decepción y Francia se llenó de experiencias comunitarias». Por lo que no considera que en los últimos 20 años haya ocurrido de manera repentina: «Siempre hay gente dando ese paso».

El desalojo de Sasé, en Huesca, fue uno de los momentos que marcaron su experiencia. Situaciones de este tipo en los Pirineos, a menudo relacionadas con la construcción de pantanos, le llevaron a dedicar el trabajo de máster al movimiento neorrural que se había instalado en terrenos tanto abandonados como expropiados en pos de proyectos desarrollistas fallidos.

Hasta que decidió dejar la ciudad porque «sin relación fisiológica con el objeto de la reflexión no le veía sentido». Se fue al campo, por tanto, en busca de la coherencia entre sus intereses intelectuales y su forma de vida.

Vivir en el campo

Desde que dejó Barcelona, Badal ha vivido en varios pueblos abandonados y actualmente comparte con su pareja un caserío en Navarra, muy cerca de Luzaide, donde tiene huerto, árboles frutales y un pequeño rebaño de ovejas.

A diario, Badal compagina todo este trabajo en el campo con la escritura, charlas y otros proyectos relacionados con la okupación rural y el neorruralismo. Parece un oxímoron, pero Badal habla de «estrés rural». Contra quienes visitan el campo los domingos y lo imaginan como un lugar paradisíaco y relajante, la vida allí, asegura, requiere un gran esfuerzo.

Badal considera que, «aunque tú eres tu patrón y marcas tus horarios», la única forma de vivir a «un ritmo más tranquilo» pasa por pertenecer a un grupo relativamente amplio de unas quince personas que puedan repartirse los trabajos, pero no es posible cuando se trata de proyectos individuales o familiares.

«Ni siquiera he dado el paso a la producción económica porque quiero ese tiempo para poder seguir escribiendo. Llevar un ritmo tranquilo es poco habitual, la verdad. Pero no digo que no exista», matiza.

También por coherencia, Rubén Hernández y Emilia Lope dejaron Madrid y se fueron al campo. Su casa actual está en la comarca de la Vera, Cáceres, a varios kilómetros del vecino más cercano. Ambos son editores de Errata Naturae, responsables de haber incitado a otros a regresar al campo con su colección Libros Salvajes.

Por resumir: han publicado Walden y otros libros de Thoreau, el gran impulsor del regreso al campo y de la búsqueda del contacto con la naturaleza. Cuando lanzaron su colección, la nature writing ya llenaba estanterías en Estados Unidos, pero en España era aún un género relativamente desconocido. Leían en inglés y en francés y, a medida que los títulos sobre la vida en plena naturaleza iban aumentando, se vieron empujados a seguir los pasos de sus autores y dejaron la ciudad.

Cada mañana, Rubén Hernández se levanta alrededor de las 6.00, escribe, lee y lleva a su hija al colegio en bici. Recorren varios kilómetros, pero le compensa: «En Madrid, llevarla a la guardería, aunque estaba cerca, al final suponía 40 minutos para ir y otros tantos para volver», recuerda.

vivir en el campo

Desde hace dos años, recogen agua de un manantial, tienen el teléfono fijo conectado a través de internet porque no hay línea telefónica y utilizan placa solar. Cada invierno, calcula, necesitan unas cinco toneladas de leña. Su hija, de cuatro años, pasa las tardes jugando en el campo con una yegua y dos perros, pero también juega en las calles del pueblo más cercano, donde se encuentra con sus compañeros de colegio.

«La decisión la tomamos por acumulación y por el deseo de recuperar la relación con la naturaleza. Llevábamos muchos años con la sensación de que Madrid exigía mucho y que compensaba poco. Tanto por el tiempo como económicamente. El alquiler no paraba de subir y cada vez dejaba menos espacio público para disfrutar», recuerda el editor.

No se fueron de golpe. Durante un tiempo, cada fin de semana alquilaban una cabaña en Gredos. Pero su sensación de que ese era el entorno en el que querían estar, no solo de viernes a domingo, les llevó a elegir una nueva forma de vida.

«Empecé a hacer muchas lecturas que tenían que ver con esto. Es un interés personal que al final se va a lo profesional y es fundamental que haya una relación entre lo que uno dice y hace. Vas confeccionando un discurso en el catálogo y ya es imposible no aunar el interés práctico con el personal», explica Hernández.

La crianza de su hija fue otro factor decisivo, puesto que tanto él como la madre querían que la niña tuviera la oportunidad de crecer en otro ambiente, pero también de conocer tanto el campo como la ciudad.

Al menos una vez al mes se desplazan hasta Madrid, que solo queda a dos horas. Van al cine, al teatro, y así compensan lo único que echan de menos de la vida en una ciudad. «Aquí, ahora, tiene más oportunidades. A los 16 querrá hacer otro tipo de cosas que el pueblo limitará, pero ya nos enfrentaremos a eso. Ahora está encantada y ha sido mucho más sencillo que en nuestras previsiones», añade.

Tener gallinas no es solo tener gallinas

Como Hernández, Belén Pardos solo echa de menos la oferta cultural de la ciudad y las posibilidades de ver a sus amigos. «Nos hemos ido a un sitio muy cercano a un pueblo pequeño y puedo ir en bici o andando en un momento. Si algo echo de menos es la vida social. Allí bajas y ya está; aquí ya dependes del coche para acercarte a tu gente. O el rollo cultural: si te quieres ir a un concierto o al cine; pero ya está. Solo echamos eso de menos porque somos jóvenes y nos gusta alternar», comenta.

Belén Pardos nació en la ciudad, pero creció en el campo. Cuando quiso independizarse, solo encontró una opción asequible: un piso en Elche. Vivió allí durante 8 años, hasta que decidió que volvería al campo en busca de una vida más tranquila. Desde 2017 convive con su chico y con sus gallinas entre Alicante y Torrellano. Aunque ha encontrado lo que buscaba, no idealiza su nueva forma de vida, entre otras cosas, porque sabe que tener gallinas es mucho más que tener gallinas.

«Me apetecía poder producir cosas y comérmelas de mi casa. Todo eso tan romántico y maravilloso de vivir en el campo… ¿Cuál ha sido la realidad? Que requiere un trabajo tremendo. Mi chico y yo no nos dedicamos a eso, tenemos nuestros trabajos y es complicado compatibilizarlo».

vivir en el campo

«Que sí, es maravilloso tener gallinas y es muy satisfactorio coger el huevo calentico y hacerse una tortilla, pero requiere que vayas todos los días a verlas, las alimentes, les limpies la caca, controles los huevos, mires si están incubando o no, que no se peleen», explica. Por todo ese trabajo, solo se plantea a largo plazo tener un huerto y una cabra para hacer queso.

Como mujer, Pardos se siente más empoderada desde que vive en el campo. Allí ha descubierto que en ese contexto puede sentirse «fuerte, poderosa y autónoma». «También me permite ser capaz de hacer más cosas con mis propias manos. Cuando trabajas delante de un ordenador escribiendo o haciendo cosas de secretaria, es chulo ver esa parte más artesanal, por así decirlo», dice.

A pesar de la multiplicación de tareas, la vida en el campo le ha aportado un bienestar que le  compensa. Y no solo a ella. Una de las razones por las que tomó esta decisión fue la libertad de sus perras y, concretamente, la salud de una de ellas. «Tenemos una galga que tenía ansiedad por separación y destrozaba la casa cuando no estábamos. Ahora está feliz. Va corriendo por el campo y se le ha ido la ansiedad».

¿De verdad se puede desconectar?

Según Hernández, es posible llegar al campo y ser «competente a nivel personal», pero sin dejar de estar «inmerso en algunas dinámicas de la ciudad». Se refiere, en concreto, a la necesidad constante de revisar el e-mail y a la saturación de los grupos de WhatsApp, entre otras cuestiones similares.

Aunque no tiene vecinos ni teléfono móvil, Marc Badal es consciente de que la desconexión absoluta no es posible. La idealización de la vida en el campo llega a crear espejismos tales como la posibilidad de vivir fuera del sistema y sin dinero, pero Badal asegura que es una «absoluta mentira».

«Al final, siempre necesitas el coche, o herramientas, o materiales. Vale, cortas tu leña, sí. Pero ¿quién corta leña sin motosierra?».

 

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Ante la tendencia a vivir en el campo, a menudo en busca de bienestar, es inevitable hacerse la pregunta: ¿se ha idealizado en exceso la vida en entornos rurales? Muchos son los que dejan la ciudad en busca de lo que han convertido en panacea tras conocerlo los domingos. Ante la decepción, vuelven a la ciudad.

Quienes sí fueron conscientes, antes de partir, de lo bueno y lo malo siguen adelante sin perder de vista que, si bien su calidad de vida ha mejorado, vivir en el campo no significa pasarse el día sin ropa tumbado en una hamaca. Hablamos con algunos de los que residen en entornos agrestes, desde donde compaginan teletrabajo con huerto y rebaño.

Marc Badal estudió Ciencias Ambientales e investigó el neorruralismo en su trabajo final de máster. «Y, al final, me convertí en mi propio objeto de estudio», cuenta Badal, que ha publicado recientemente el libro Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino (Pepitas de calabaza).

Para él, regresar al campo no es una moda ni se ha dado de manera repentina, sino que más bien se trata de «un goteo constante» históricamente poco visibilizado, salvo en algunos momentos puntuales en los que estos movimientos han alcanzado mayor repercusión. Los narotniki rusos, el anarquismo clásico en Italia y Suiza y las comunidades utópicas son algunos de sus precedentes. «Había autores que escribían las obras, pero es que también había gente que, inspirada por esas obras, se iba al campo», explica.

vivir en el campo

Después de mayo del 68, renació la tendencia de regresar al pueblo. Recuerda Badal que «la gente salió de París con toda la decepción y Francia se llenó de experiencias comunitarias». Por lo que no considera que en los últimos 20 años haya ocurrido de manera repentina: «Siempre hay gente dando ese paso».

El desalojo de Sasé, en Huesca, fue uno de los momentos que marcaron su experiencia. Situaciones de este tipo en los Pirineos, a menudo relacionadas con la construcción de pantanos, le llevaron a dedicar el trabajo de máster al movimiento neorrural que se había instalado en terrenos tanto abandonados como expropiados en pos de proyectos desarrollistas fallidos.

Hasta que decidió dejar la ciudad porque «sin relación fisiológica con el objeto de la reflexión no le veía sentido». Se fue al campo, por tanto, en busca de la coherencia entre sus intereses intelectuales y su forma de vida.

Vivir en el campo

Desde que dejó Barcelona, Badal ha vivido en varios pueblos abandonados y actualmente comparte con su pareja un caserío en Navarra, muy cerca de Luzaide, donde tiene huerto, árboles frutales y un pequeño rebaño de ovejas.

A diario, Badal compagina todo este trabajo en el campo con la escritura, charlas y otros proyectos relacionados con la okupación rural y el neorruralismo. Parece un oxímoron, pero Badal habla de «estrés rural». Contra quienes visitan el campo los domingos y lo imaginan como un lugar paradisíaco y relajante, la vida allí, asegura, requiere un gran esfuerzo.

Badal considera que, «aunque tú eres tu patrón y marcas tus horarios», la única forma de vivir a «un ritmo más tranquilo» pasa por pertenecer a un grupo relativamente amplio de unas quince personas que puedan repartirse los trabajos, pero no es posible cuando se trata de proyectos individuales o familiares.

«Ni siquiera he dado el paso a la producción económica porque quiero ese tiempo para poder seguir escribiendo. Llevar un ritmo tranquilo es poco habitual, la verdad. Pero no digo que no exista», matiza.

También por coherencia, Rubén Hernández y Emilia Lope dejaron Madrid y se fueron al campo. Su casa actual está en la comarca de la Vera, Cáceres, a varios kilómetros del vecino más cercano. Ambos son editores de Errata Naturae, responsables de haber incitado a otros a regresar al campo con su colección Libros Salvajes.

Por resumir: han publicado Walden y otros libros de Thoreau, el gran impulsor del regreso al campo y de la búsqueda del contacto con la naturaleza. Cuando lanzaron su colección, la nature writing ya llenaba estanterías en Estados Unidos, pero en España era aún un género relativamente desconocido. Leían en inglés y en francés y, a medida que los títulos sobre la vida en plena naturaleza iban aumentando, se vieron empujados a seguir los pasos de sus autores y dejaron la ciudad.

Cada mañana, Rubén Hernández se levanta alrededor de las 6.00, escribe, lee y lleva a su hija al colegio en bici. Recorren varios kilómetros, pero le compensa: «En Madrid, llevarla a la guardería, aunque estaba cerca, al final suponía 40 minutos para ir y otros tantos para volver», recuerda.

vivir en el campo

Desde hace dos años, recogen agua de un manantial, tienen el teléfono fijo conectado a través de internet porque no hay línea telefónica y utilizan placa solar. Cada invierno, calcula, necesitan unas cinco toneladas de leña. Su hija, de cuatro años, pasa las tardes jugando en el campo con una yegua y dos perros, pero también juega en las calles del pueblo más cercano, donde se encuentra con sus compañeros de colegio.

«La decisión la tomamos por acumulación y por el deseo de recuperar la relación con la naturaleza. Llevábamos muchos años con la sensación de que Madrid exigía mucho y que compensaba poco. Tanto por el tiempo como económicamente. El alquiler no paraba de subir y cada vez dejaba menos espacio público para disfrutar», recuerda el editor.

No se fueron de golpe. Durante un tiempo, cada fin de semana alquilaban una cabaña en Gredos. Pero su sensación de que ese era el entorno en el que querían estar, no solo de viernes a domingo, les llevó a elegir una nueva forma de vida.

«Empecé a hacer muchas lecturas que tenían que ver con esto. Es un interés personal que al final se va a lo profesional y es fundamental que haya una relación entre lo que uno dice y hace. Vas confeccionando un discurso en el catálogo y ya es imposible no aunar el interés práctico con el personal», explica Hernández.

La crianza de su hija fue otro factor decisivo, puesto que tanto él como la madre querían que la niña tuviera la oportunidad de crecer en otro ambiente, pero también de conocer tanto el campo como la ciudad.

Al menos una vez al mes se desplazan hasta Madrid, que solo queda a dos horas. Van al cine, al teatro, y así compensan lo único que echan de menos de la vida en una ciudad. «Aquí, ahora, tiene más oportunidades. A los 16 querrá hacer otro tipo de cosas que el pueblo limitará, pero ya nos enfrentaremos a eso. Ahora está encantada y ha sido mucho más sencillo que en nuestras previsiones», añade.

Tener gallinas no es solo tener gallinas

Como Hernández, Belén Pardos solo echa de menos la oferta cultural de la ciudad y las posibilidades de ver a sus amigos. «Nos hemos ido a un sitio muy cercano a un pueblo pequeño y puedo ir en bici o andando en un momento. Si algo echo de menos es la vida social. Allí bajas y ya está; aquí ya dependes del coche para acercarte a tu gente. O el rollo cultural: si te quieres ir a un concierto o al cine; pero ya está. Solo echamos eso de menos porque somos jóvenes y nos gusta alternar», comenta.

Belén Pardos nació en la ciudad, pero creció en el campo. Cuando quiso independizarse, solo encontró una opción asequible: un piso en Elche. Vivió allí durante 8 años, hasta que decidió que volvería al campo en busca de una vida más tranquila. Desde 2017 convive con su chico y con sus gallinas entre Alicante y Torrellano. Aunque ha encontrado lo que buscaba, no idealiza su nueva forma de vida, entre otras cosas, porque sabe que tener gallinas es mucho más que tener gallinas.

«Me apetecía poder producir cosas y comérmelas de mi casa. Todo eso tan romántico y maravilloso de vivir en el campo… ¿Cuál ha sido la realidad? Que requiere un trabajo tremendo. Mi chico y yo no nos dedicamos a eso, tenemos nuestros trabajos y es complicado compatibilizarlo».

vivir en el campo

«Que sí, es maravilloso tener gallinas y es muy satisfactorio coger el huevo calentico y hacerse una tortilla, pero requiere que vayas todos los días a verlas, las alimentes, les limpies la caca, controles los huevos, mires si están incubando o no, que no se peleen», explica. Por todo ese trabajo, solo se plantea a largo plazo tener un huerto y una cabra para hacer queso.

Como mujer, Pardos se siente más empoderada desde que vive en el campo. Allí ha descubierto que en ese contexto puede sentirse «fuerte, poderosa y autónoma». «También me permite ser capaz de hacer más cosas con mis propias manos. Cuando trabajas delante de un ordenador escribiendo o haciendo cosas de secretaria, es chulo ver esa parte más artesanal, por así decirlo», dice.

A pesar de la multiplicación de tareas, la vida en el campo le ha aportado un bienestar que le  compensa. Y no solo a ella. Una de las razones por las que tomó esta decisión fue la libertad de sus perras y, concretamente, la salud de una de ellas. «Tenemos una galga que tenía ansiedad por separación y destrozaba la casa cuando no estábamos. Ahora está feliz. Va corriendo por el campo y se le ha ido la ansiedad».

¿De verdad se puede desconectar?

Según Hernández, es posible llegar al campo y ser «competente a nivel personal», pero sin dejar de estar «inmerso en algunas dinámicas de la ciudad». Se refiere, en concreto, a la necesidad constante de revisar el e-mail y a la saturación de los grupos de WhatsApp, entre otras cuestiones similares.

Aunque no tiene vecinos ni teléfono móvil, Marc Badal es consciente de que la desconexión absoluta no es posible. La idealización de la vida en el campo llega a crear espejismos tales como la posibilidad de vivir fuera del sistema y sin dinero, pero Badal asegura que es una «absoluta mentira».

«Al final, siempre necesitas el coche, o herramientas, o materiales. Vale, cortas tu leña, sí. Pero ¿quién corta leña sin motosierra?».

 

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Opiniones 22
  • Excelente reportaje, objetivo. Hay mucha gente que no sabe lo que es vivir en el campo, las jornadas de 12 horas (mientras hay sol), sin sábados ni domingos (los animales comen todos los días), expuestos a mil eventualidades (plagas, enfermedad del ganado, …). Es bonito, resulta gratificante, sin duda, pero hay que ser realista.

    • Bueno, estás hablando de la vida en una granja, y como empleado de una granja (los dueños viven otra cosa). Yo he conocido gente que no pasa precisamente 12 horas trabajando. Y no hablo sólo de los funcionarios o laborales destinados en pueblos, tengan o no casa en el pueblo. Otra cosa es el aislamiento de las zonas rurales. Tanto por carretera, como telemáticamente. En cuanto al tema de la belleza, solo cada cual sabe, es obvio. A veces, de sitios muy feos (realmente feos, no aldeas con encanto), se sabe ver la belleza. Evidentemente la hay. Y esto no siempre lo sabe ver «el de la capi que le gusta el silencio del campo», ni tampoco «esa morenita del caribe tan cariñosa».

  • Bonito artículo. Nosotros vivimos en un pueblo desde hace 6 años. Tenemos una pequeña granja de autoconsumo, con animales y huertas, también teletrabajamos, y hemos sido capaces de encontrar tiempo, con respecto a nuestra antigua vida en Madrid.

    • A mi me encantaría también irme, pero no se donde contactar, pero me encantaría vivir en el campo y poder trabajar, no me importa de que… aparte de escribir que es lo que me gusta.

      • Pregunta en cualquier pueblo de España, que te contestarán. Y los alquileres son perfectamente asumibles. Normalmente se prefieren mujeres fértiles, y en edad laboral, para los machos solteros o solos de la zona, pues son zonas muy masculinizadas, donde es frecuente el negocio del hotel «ése, de las chicas morenitas, ésas que a su madre no les gusta». Las mujeres «españolas o europeas normales» son bienvenidas. Por lo demás, un pueblo o comarca rural, es relativamente barato, si bien, no es extraño encontrarse buenas casas en las mejores zonas del pueblo, donde los herederos emigraron a otros lugares «mejores», aunque dejaron la casa del pueblo y siguen con la propiedad (con su terreno, vistas, etc). Aparte de esto, un pueblo es relativamente económico barato para vivir, dado que puedes tener un terreno donde cultivar al menos una pequeña huerta, o bien, tener un pequeño corral con gallinas y patos. Ésta fue la solución de toda la vida para miles de personas que optaban por la vida en pueblos; mientras otros muchos optaban por emigrar a las ciudades industriales, o bien las ciudades más turísticas, en busca de algo mejor. Es algo que existe de siempre. Se habla mucho del teletrabajo como posible solución a las zonas rurales, para evitar la despoblación femenina. (Sí, has leido bien: Despoblación femenina). Pero Internet no llega a todas las zonas rurales, o al menos a las zonas donde se pida algo más que chatear desde el ayuntamiento. Después de todo esto, y esperando que no te creas que la vida rural no es la vida de Heidi en el campo, y que Hacienda también te pide pagar, en el campo, a pesar de los evidentes retrasos y escasez en temas de Sanidad (falta de médicos de atención primaria, especialistas, enfermeros, ambulancias, urgencias, o de ambulatorios), Falta de atención en cuanto a temas de protección (policía, guardia civil); Comunicación (falta de autobuses, taxis, trenes, etc), Telecomunicación (falta de Internet, o bien solo cerca de las grandes capitales; falta de teléfono), Ocio (solo en manos de personas particulares), etc etc. La vida en el ámbito rural es bonita. Y el ámbito rural es bonito.

      • Hola tengo un proyecto iniciado en una pequeña finca en la provincia de Girona es un lugar precioso si te gustan los animales y la naturaleza escribeme un saludo

  • Muy interesante, tengo bastante experiencia en el tema y siempre hemos tenido el mismo problema, el choque entre la forma de ver el campo los oriundos y los urbanitas ( entre los que me encuentro, aunque desconectado de la ciudad desde hace 15 años) los primeros solo ven recursos para explotar los segundos una imagen idealizada de la vida salvaje y normalmente se hace incompatible la convivencia entre las dos visiones, el asunto de la caza tan en boga últimamente es un ejemplo de ello. Saludos a los compañeros que se atrevieron a dar el salto.

    • Eso de la caza me parece que solo es en las zonas de la Castilla del Sur, Extremadura, etc. Respecto a quienes solo ven recursos para explotar, de acuerdo, ojalá vieran recursos en la Cultura, y no solamente para vender patrimonio. Quien busca turismo cultural, no es la misma persona que busca «Caza» o similar. No en el mismo porcentaje. Estamos en 2020, y el amante de la caza puede ser tan solo un curioso, no solamente gente de las altas esferas. Saludos.

  • Que duda cabe que la migración masiva del campo a la ciudad que empezó hace cientos de años y sigue ahora imparable se debe a algo. Y supongo que todos tenemos claro todas la razones, que son muchas. Más complicado es pensar en las razones del camino contrario, más allá de ese intangible que es la calidad de vida en contacto con la naturaleza (y como dice Eduardo, teniendo en cuenta que los nativos rurales solo la ven como un recurso a explotar, sin más romanticismo), está el hastío de la vida artificial de la ciudad.
    Supongo que la clave está en la balance entre la dureza de la vida rural y la gratificación que produce.

    • Todas estas cosas siempre cambian. Tan solo opino desde el punto de vista de que conozco el medio rural o «medio rural» (pueblo grande). Puedo comprender tanto el punto de vista de las personas «de pueblo», como de «quienes emigraron en busca de algo mejor». Y entre tanto, también puedo comprender perfectamente y sin problema, el punto de vista de las personas que «volvían», como el punto de vista de las personas «que volvían, y se volvían a la capi, porque no les resultaba rentable el campo». Ya ven. Cuántas medidas.

    • Tú lo has dicho: «La dureza de la vida rural». Esto no quiere decir en cómo es de dura la vida Rural, porque no se trata solo de tener cerca un Centro Comercial. Cualquier vida en el entorno rural, como bien se conoce en el entorno urbano, se basa en la vida de las mujeres. Y las mujeres no son eso que algunos ven en los pclubs a cambio de unas monedas, ni tampoco en «la mamma», a cambio de un plato de garbanzos. Ni tan siquiera en «la vecina del chalet de al lado». La vida rural, como la vida misma, (como cualquier hembra «viva «de cualquier especie), busca «vivir mejor». Lo mejor para ellas, que alguna vez desearon como niñas lo mejor, así como lo mejor para sus hijos e hijas, o descendientes (sí); y por supuesto, lo mejor para los machos que deseen cuidar de hembras que quieren compañeros, amigos y Hombres, junto a ellas, y no simplemente ser «nueras» o similares. Quienes lean esto, saben.

  • La vida en el campo tiene muchísimas ventajas a la de la ciudad, una de las más valiosas es el tiempo. Lástima que los partidos políticos nos tengan tan abandonados y ahora que llegan las elecciones se llenen la boca con la España vaciada…
    Preciosa la foto de Gistaín (Huesca), tercera foto del artículo.

    • Te dejo mi comentario dado que prefiero preservar mi intimidad. La vida en pueblos estando 15 ó 30 días de vacaciones puede ser muy bonita, siempre y cuando el urbanita no se ponga a quejarse de que no hay señal de tf o de internet, y se vaya al bar y descubra que no tiene todos los refrescos con alcohol que le gustaría, o bien que le pique una culebra, y descubra que no hay enfermeros o voluntarios de la Cruz Roja ese finde. O tal vez, que el supermercado Día, ese día precisamente no tenga anti-picaduras. Así un largo etcétera. Al margen de esas pequeñitas cosas, uno se organiza en el campo, como igualmente, en la ciudad.

    • Si te sirve igual la vida en una provincia rural de Armenia, o de Senegal. Dentro de la España de la Unión Europea te sorprendería «eso de la vida rural». Lo han denunciado incluso políticos no precisamente del socialismo, ni precisamente del neoliberalismo. Ni tampoco personas que emigraron a las capis. Tampoco hablan de esto personas que sepan de las teleco. En fin. Si te conformas con cuidar un huerto de tomates, adelante: El Tomate es una clase de cultivo con el que no te morirás de hambre, siempre y cuando cultives sólo tomates (tú verás). Bueno, existe la patata, un cultivo bien fácil que en Irlanda salvó del hambre etc. Aparte de esto, tú verás si desde la capi aguantas más de un año con patata y tomate. (Hay más)

    • Se agradece saber «dónde». Es importante saberlo, pues cualquiera sabe dónde es buena tierra para labrar, y dónde no. Supongo que en las películas de Mad Max en un futuro hipotético, cualquier tierra será buena. Thanks.

  • Buenas Tardes me llamo Victoria.Llevo tiempo buscando como escapar de la ciudad,poder trabajar y vivir en el campo.Una vez a la semana necesito estar en contacto,salir a la montaña a patear,escuchar lo necesario ect.Me a parecido una pagina interesante,donde poder compartir y escuchar otras vivencias y opiniones.Gracias

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