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18 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Viv(r)e la Vie! o cómo bailar hasta que se apague la música

18 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Ni los implantes de cadera, ni la diabetes, ni las cataratas. El riesgo más común de la vejez es la invisibilidad. No puede ser detectada por un médico, los psicólogos tienen poco que hacer aquí pues la invisibilidad no aparece en ningún tratado de psicología o medicina, pero es real. Nace como una angustia atávica e imprecisa, una sensación que se disfraza de miedo y cansancio, de vergüenza y hastío. Y recluye al afectado en rincones cada vez más recónditos de la sociedad.
Ana Galán ha decidido luchar contra la invisibilidad. Su proyecto fotográfico ‘Viv(r)e la Vie!’ constituye «un homenaje a las personas que deciden no volverse invisibles, a las personas que viven el momento». Para realizarlo Galán se puso en contacto con distintos talleres de baile para mayores alrededor del mundo y se fue a retratar a sus alumnos. Parejas de ancianos que bailan, se tocan, se ríen y se enamoran. Personas que se niegan a ser invisibles, que están dispuestas a disfrutar de la vida hasta que la música deje de sonar.
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Los retratos de los bailarines están realizados en un estudio y son superpuestos posteriormente sobre el paisaje de su región. Nubes aborregadas y bulbosas, campos reventando de verde, árboles de hoja perenne, amontonados, desordenados, vivos. En las fotos de ‘Viv(r)e la Vie!’ la simbología del fondo es tan importante como la escena que se desarrolla en un primer plano, donde las parejas han sido congeladas en un momento del baile. Aquí lo importante no es el movimiento interrumpido, sino el lenguaje de los cuerpos, las miradas y las sonrisas mal disimuladas.
‘Viv(r)e la Vie!’ empezó a tomar forma en 2010, sin embargo la génesis de este proyecto viene de mucho antes. Quizá la semilla fuera la abuela de la propia Galán, «una mujer con mucha vida» que se negó a recluirse en casa cuando enviudó, a los 45 años. Rechazó la invisibilidad impuesta y se apuntó a clases de baile, incluso volvió a enamorarse a los 65 años. «Estuvo bailando hasta el final, siempre con una sonrisa» recuerda Galán. El segundo referente de esta serie fotográfica se encuentra, a nivel estético, en los retratos de quattrocento, en los primeros pintores flamencos y en cuadros como ‘El díptico de los señores de Urbino‘.
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Con estos referentes como telón de fondo, Galán empezó a tomar fotos en Guadalajara, España. Después le seguirían Filipinas, EE.UU. y Finlandia. Durante cuatro años, aprovechando vacaciones y residencias de artistas, Galán recorrió medio mundo fotografiando similitudes y diferencias de la vejez en cada cultura. «En España fue muy fácil», comenta divertida, «tú le dices a un hombre que agarre a una mujer y va corriendo a por ella». En EE.UU fue completamente diferente: «los americanos no se tocan, bailan completamente separados».
Este fue un comportamiento que se repitió en Finlandia, («los ancianos allí no salen mucho, en la facultad enseñan tango para fomentar el contacto físico») y no tuvo oportunidad de comprobar en Filipinas pues la mayoría de parejas de baile son parejas en la vida real. «Son muy católicos», comenta Galán, «allí una mujer solo baila con su marido». Lo que permanecía inalterable independientemente del país era la invisibilidad a la que se condenaba a los mayores, con la excepción quizá de Filipinas. «Allí son más visibles», explica Galán, «puede que sea por esa tradición oriental, que da más importancia a la familia y de venerar un poco la sabiduría de los ancianos».
En estos cuatro años de bailes, paisajes y fotografía, Ana Galán ha ido coleccionando anécdotas y amistades, de todas ellas se queda con una que representa muy bien la finalidad de este trabajo. «Después de una sesión de fotografía, una mujer me cogió, me abrazó y me dijo ‘I love you’», relata Galán con cara de sorpresa, «yo le pregunté por qué y me contestó que había sido miss fotogenia en un concurso de belleza de los años cincuenta. Pensé que a lo mejor nadie le había prestado tanta atención desde entonces».
Puede que su experiencia sea extrapolable al resto de modelos. España, Francia, Birmania, Italia… El trabajo de Ana Galán está recorriendo ferias de fotografía por todo el mundo. También se ha convertido en un exquisito libro autoeditado. Y continúa ganando adeptos, vistiendo de visible lo invisible, celebrando la fuerza de estas personas que están dispuestas a disfrutar de la vida hasta que la música deje de sonar.
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Ni los implantes de cadera, ni la diabetes, ni las cataratas. El riesgo más común de la vejez es la invisibilidad. No puede ser detectada por un médico, los psicólogos tienen poco que hacer aquí pues la invisibilidad no aparece en ningún tratado de psicología o medicina, pero es real. Nace como una angustia atávica e imprecisa, una sensación que se disfraza de miedo y cansancio, de vergüenza y hastío. Y recluye al afectado en rincones cada vez más recónditos de la sociedad.
Ana Galán ha decidido luchar contra la invisibilidad. Su proyecto fotográfico ‘Viv(r)e la Vie!’ constituye «un homenaje a las personas que deciden no volverse invisibles, a las personas que viven el momento». Para realizarlo Galán se puso en contacto con distintos talleres de baile para mayores alrededor del mundo y se fue a retratar a sus alumnos. Parejas de ancianos que bailan, se tocan, se ríen y se enamoran. Personas que se niegan a ser invisibles, que están dispuestas a disfrutar de la vida hasta que la música deje de sonar.
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Los retratos de los bailarines están realizados en un estudio y son superpuestos posteriormente sobre el paisaje de su región. Nubes aborregadas y bulbosas, campos reventando de verde, árboles de hoja perenne, amontonados, desordenados, vivos. En las fotos de ‘Viv(r)e la Vie!’ la simbología del fondo es tan importante como la escena que se desarrolla en un primer plano, donde las parejas han sido congeladas en un momento del baile. Aquí lo importante no es el movimiento interrumpido, sino el lenguaje de los cuerpos, las miradas y las sonrisas mal disimuladas.
‘Viv(r)e la Vie!’ empezó a tomar forma en 2010, sin embargo la génesis de este proyecto viene de mucho antes. Quizá la semilla fuera la abuela de la propia Galán, «una mujer con mucha vida» que se negó a recluirse en casa cuando enviudó, a los 45 años. Rechazó la invisibilidad impuesta y se apuntó a clases de baile, incluso volvió a enamorarse a los 65 años. «Estuvo bailando hasta el final, siempre con una sonrisa» recuerda Galán. El segundo referente de esta serie fotográfica se encuentra, a nivel estético, en los retratos de quattrocento, en los primeros pintores flamencos y en cuadros como ‘El díptico de los señores de Urbino‘.
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Con estos referentes como telón de fondo, Galán empezó a tomar fotos en Guadalajara, España. Después le seguirían Filipinas, EE.UU. y Finlandia. Durante cuatro años, aprovechando vacaciones y residencias de artistas, Galán recorrió medio mundo fotografiando similitudes y diferencias de la vejez en cada cultura. «En España fue muy fácil», comenta divertida, «tú le dices a un hombre que agarre a una mujer y va corriendo a por ella». En EE.UU fue completamente diferente: «los americanos no se tocan, bailan completamente separados».
Este fue un comportamiento que se repitió en Finlandia, («los ancianos allí no salen mucho, en la facultad enseñan tango para fomentar el contacto físico») y no tuvo oportunidad de comprobar en Filipinas pues la mayoría de parejas de baile son parejas en la vida real. «Son muy católicos», comenta Galán, «allí una mujer solo baila con su marido». Lo que permanecía inalterable independientemente del país era la invisibilidad a la que se condenaba a los mayores, con la excepción quizá de Filipinas. «Allí son más visibles», explica Galán, «puede que sea por esa tradición oriental, que da más importancia a la familia y de venerar un poco la sabiduría de los ancianos».
En estos cuatro años de bailes, paisajes y fotografía, Ana Galán ha ido coleccionando anécdotas y amistades, de todas ellas se queda con una que representa muy bien la finalidad de este trabajo. «Después de una sesión de fotografía, una mujer me cogió, me abrazó y me dijo ‘I love you’», relata Galán con cara de sorpresa, «yo le pregunté por qué y me contestó que había sido miss fotogenia en un concurso de belleza de los años cincuenta. Pensé que a lo mejor nadie le había prestado tanta atención desde entonces».
Puede que su experiencia sea extrapolable al resto de modelos. España, Francia, Birmania, Italia… El trabajo de Ana Galán está recorriendo ferias de fotografía por todo el mundo. También se ha convertido en un exquisito libro autoeditado. Y continúa ganando adeptos, vistiendo de visible lo invisible, celebrando la fuerza de estas personas que están dispuestas a disfrutar de la vida hasta que la música deje de sonar.
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