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9 de enero 2019    /   IDEAS
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La burbuja de la vocación: entre la trascendencia vital y la estafa

9 de enero 2019    /   IDEAS     por          
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Cristina Martínez, valenciana de 30 años, tuvo que engañar a su jefe para dejar el trabajo. Le dijo que había encontrado un contrato estable, buenos horarios, horas extras apoquinadas… Quería escapar, ya lo había planteado otras veces. «Él no me dejaba irme. Se reía, me decía que dónde iba a estar mejor que allí, que yo había nacido para esto».

Estudió Administración, pero le asignaron una tarea colindante: gestionar el caos del transporte de mercancías, dulcificar los retrasos en las entregas, embaucar a los clientes. Embaucar era trocear las iras, sufrirlas a plazos, y que eso exigiera doce horas de dedicación diaria y llamadas de madrugada y en vacaciones. Aquel «tú has nacido para esto», fue un intento de soborno. El jefe trató de compensar la explotación ofreciendo una identidad.

Esa frase pudo ser el principio de un viaje emocional que acabara con ella, Cristina Martínez, sintiéndose una mujer que sacrificaba su subsistencia y sus nervios no porque la obligaran, sino por una vocación. Pero ella zanjó ese intento de poetizar con su precariedad de la forma más coherente y honesta: «Tú flipas», respondió.

Precariedad lírica

La idea de vocación se ha expandido hasta instalarse dentro del individuo como una forma de justificación, y a veces de lucimiento, de una situación vital insostenible.

El filósofo Zygmunt Bauman, en su ensayo Trabajo, consumismo y nuevos pobres, desgranó el tipo de actividades que se vinculaban a la vocación: refinadas, prestigiosas, no rutinarias, con ingredientes de elitismo y aventura. Ocupaciones tan fascinantes que el hecho de tomárselas como un sustento material (como un trabajo) traiciona su propia épica.

Pero Bauman escribió esto antes del inicio de la campaña colonizadora de la vocación. El sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Carlos de Castro explica la evolución actual: «La idea de trabajo como vocación hasta hace poco se restringía a determinados estilos profesionales. Ahora se ha reinterpretado y se ha hecho transversal».

«Presentar como vocación cualquier ocupación, cualificada o no, forma parte de un proyecto identitario», razona De Castro. «Esa idea sirve para justificar la precariedad y el tiempo y el dinero invertido en una formación; legitima tu biografía».

La vocación no es una predisposición vacía, está preñada de directrices sobre cómo debe articularse la personalidad y el modus vivendi de un profesional. «La identidad se ha convertido en un recurso revalorizable en el mercado. En los trabajadores no se buscan solo competencias técnicas, estudios y experiencia, sino también una cierta configuración emocional».  

Los sujetos, precisa el sociólogo, tienen que incidir en sí mismos para poder ser atractivos al mercado: «Se transforman en sus aspectos más íntimos».

El caso de Cristina Martínez ayuda a escenificar la trama de intereses que se agazapan tras la idea de vocación de una forma desnuda ya que se trata de un oficio logístico, sin una pretensión de discurso que sí se despliega en ocupaciones de corte artístico, creativo, ético y solidario.

Un ejemplo: el periodismo. El periodista es un ser que cuando no habla de qué es ser periodista, lo exhibe. Hay una revisión continua de qué significa este oficio: se abrillantan unos compromisos morales que, en un segundo plano, llevan aparejados unos compromisos estéticos y performativos.

Cabría preguntarse: ¿es la de periodista una de las vocaciones más puras, de las que mejor metaboliza la precariedad o la dedicación absoluta? ¿O acaso es que, al tratarse de una profesión comunicativa, construye de forma más convincente su propia narración? ¿Son más despiadados (más ficcionales) consigo mismos quienes desempeñan trabajos creativos y manejan bien la lengua?

Es difícil responder y sería espurio generalizar. Pero la confrontación entre aspiración y realidad ha causado muchas frustraciones. Toni Juliá, diseñador web a día de hoy, soñaba desde niño con ser periodista. Pero: «Con tu primer trabajo, se va todo a la mierda. De la ficción a la realidad hay un gran camino», recuerda. Antes adentrarse en una redacción, pensaba que el periodismo «era cualquier cosa menos estar doce horas picando teletipos y haciendo temas que no le importaban a nadie».

El choque dolió: «Te obligan a hacer ciertas cosas y las haces porque quieres mantener el trabajo. Al final, te genera desencanto. Yo caí hasta en la depresión y en ciertas sustancias».

Cambió de rumbo, empezó como diseñador web y, ahora, con el tiempo, lo tiene claro: «No hay ningún drama en eso». Llegado el momento, apearse de la ilusión de su vida no le supuso un trauma: «Me da igual si el lenguaje es escrito, visual o si es código; he aprendido que si tienes algo que contar, lo vas a contar de una manera u otra».

vocación

Esperanzados y dolidos

El libro El entusiasmo, de Remedios Zafra, disecciona este vínculo entre trascendencia vital y desempeño profesional, y cuenta cómo el sistema productivo aprovecha esa idea de misión. El sistema cultural, escribe Zafra, se vale de multitud de «personas creativas desarticuladas políticamente»: becarios, colaboradores, «solitarios escritores de gran vocación, autónomos errantes», críticos culturales y «jóvenes permanentemente conectados». Y todos compiten entre sí.

El espejismo de internet y las redes sociales habilita una «posibilidad de pago afectivo o de un pago inmaterial»: en seguidores, en exposición, en halagos y compartidos; clics como caricias. «[Es] Una generación de personas conectadas que navegan en este inicio de siglo entre la precariedad laboral y una pasión que les punza (por sentirla, por haberla sentido, por estar perdiéndola)», sintetizaba la autora.

Se persigue un horizonte profesional, un estado idílico de cosas que parece al alcance de la mano pero casi nunca llega.

El entusiasta se frustra, tropieza en baches de desencanto que le hacen dudar de su determinación. Asumimos la vocación como una actitud sin desalientos, o en la que, al menos, el desaliento asfixia, si acaso, morbosamente. Así lo han mostrado el cine y en la televisión.

Las redes alojan un relato deformado. Uno lee a sus compañeros de oficio hablar de cómo disfrutan de lo que hacen, de los días de curro que confirman cuánto merece la pena partirse el lomo en un cometido sagrado. Uno lee y siente vergüenza de sus altibajos y no sabe (o sí lo sabe, pero vale más el impacto de lo escrito que la obviedad no pronunciada) que ellos también sufren, dudan y decaen.

¿Nos salva de algo una vocación?

¿Es mejor tener una vocación o no tenerla? Quizá el debate no esté en la conveniencia o no, sino en la posibilidad de ejercerla con dignidad. Lucía Solla Sobral (tele)trabaja como talent manager. Disfruta de su trabajo, «es como comer pizza todos los días». «Tener una vocación hace que la vida sea más manejable. Incluso los fracasos son más tolerables», opina.

Para Solla, solapar pasión y trabajo «puede generar algo de estrés, pero nada comparado con el que sienten las personas que van a un trabajo que no valoran o en el que no se sienten reconocidos».

Ella maneja un concepto de vocación convertible: «Nuestra vocación puede ir cambiando; no se trata de una meta, sino de un proceso que nos permite vivir de acuerdo a lo que nos apasiona. Las nuevas generaciones ya no buscamos tanto estar en un mismo trabajo para toda la vida».

El catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá aporta su definición: «Una vocación profesional es encontrar sentido y justificación a una tarea que te aporta la satisfacción y el orgullo del trabajo bien hecho». Permite ir «más allá del estricto cumplimiento de las obligaciones».  

Ve con buenos ojos la extensión del concepto a todo tipo de trabajos, pero percibe una «instrumentalización por parte de determinadas instancias empresariales». Carratalá diferencia entre rigor y vocación. En ciertos trabajos, como el caso de un repartidor de Amazon, ve difícil hablar de vocación.

Vicente Millán, técnico de urbanismo y violinista, cuestiona la existencia de un sentido de misión como motor necesario para el éxito. Cree que no es necesario sentir vocación para ejecutar una tarea con excelencia. «Que tengas vocación no tiene por qué ir acompañado con ser bueno, y viceversa». E ironiza: «Es una casualidad que se suela tener vocación por las profesiones que gozan de prestigio social».

Al verbalizar tu vocación construyes una armadura que ayuda a resistir. Quebrar la barrera del elitismo supone trasladar esa capacidad de sacrificio a cualquier tarea. Ocurre en el sector servicios. Las multinacionales del textil interrogan a quienes se presentan a una entrevista en busca, ya no de vocación de atención al público, sino de amor a la ropa y, más aún, a la marca concreta. Piden adoración para poder ejercer durante tres semanas en rebajas.

¿Es necesario? No. Lo necesario es asegurarse de que transiges, de que puedes rebajarte e inventar un salmo sumiso para ellos porque cada día transcurrirá bajo la dictadura de las comisiones y las horas extra sin pagar. En resumen: ellos flipan, pueden permitirse flipar y que los empleados finjan que su flipada es una cosa razonable. 

 

Cristina Martínez, valenciana de 30 años, tuvo que engañar a su jefe para dejar el trabajo. Le dijo que había encontrado un contrato estable, buenos horarios, horas extras apoquinadas… Quería escapar, ya lo había planteado otras veces. «Él no me dejaba irme. Se reía, me decía que dónde iba a estar mejor que allí, que yo había nacido para esto».

Estudió Administración, pero le asignaron una tarea colindante: gestionar el caos del transporte de mercancías, dulcificar los retrasos en las entregas, embaucar a los clientes. Embaucar era trocear las iras, sufrirlas a plazos, y que eso exigiera doce horas de dedicación diaria y llamadas de madrugada y en vacaciones. Aquel «tú has nacido para esto», fue un intento de soborno. El jefe trató de compensar la explotación ofreciendo una identidad.

Esa frase pudo ser el principio de un viaje emocional que acabara con ella, Cristina Martínez, sintiéndose una mujer que sacrificaba su subsistencia y sus nervios no porque la obligaran, sino por una vocación. Pero ella zanjó ese intento de poetizar con su precariedad de la forma más coherente y honesta: «Tú flipas», respondió.

Precariedad lírica

La idea de vocación se ha expandido hasta instalarse dentro del individuo como una forma de justificación, y a veces de lucimiento, de una situación vital insostenible.

El filósofo Zygmunt Bauman, en su ensayo Trabajo, consumismo y nuevos pobres, desgranó el tipo de actividades que se vinculaban a la vocación: refinadas, prestigiosas, no rutinarias, con ingredientes de elitismo y aventura. Ocupaciones tan fascinantes que el hecho de tomárselas como un sustento material (como un trabajo) traiciona su propia épica.

Pero Bauman escribió esto antes del inicio de la campaña colonizadora de la vocación. El sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Carlos de Castro explica la evolución actual: «La idea de trabajo como vocación hasta hace poco se restringía a determinados estilos profesionales. Ahora se ha reinterpretado y se ha hecho transversal».

«Presentar como vocación cualquier ocupación, cualificada o no, forma parte de un proyecto identitario», razona De Castro. «Esa idea sirve para justificar la precariedad y el tiempo y el dinero invertido en una formación; legitima tu biografía».

La vocación no es una predisposición vacía, está preñada de directrices sobre cómo debe articularse la personalidad y el modus vivendi de un profesional. «La identidad se ha convertido en un recurso revalorizable en el mercado. En los trabajadores no se buscan solo competencias técnicas, estudios y experiencia, sino también una cierta configuración emocional».  

Los sujetos, precisa el sociólogo, tienen que incidir en sí mismos para poder ser atractivos al mercado: «Se transforman en sus aspectos más íntimos».

El caso de Cristina Martínez ayuda a escenificar la trama de intereses que se agazapan tras la idea de vocación de una forma desnuda ya que se trata de un oficio logístico, sin una pretensión de discurso que sí se despliega en ocupaciones de corte artístico, creativo, ético y solidario.

Un ejemplo: el periodismo. El periodista es un ser que cuando no habla de qué es ser periodista, lo exhibe. Hay una revisión continua de qué significa este oficio: se abrillantan unos compromisos morales que, en un segundo plano, llevan aparejados unos compromisos estéticos y performativos.

Cabría preguntarse: ¿es la de periodista una de las vocaciones más puras, de las que mejor metaboliza la precariedad o la dedicación absoluta? ¿O acaso es que, al tratarse de una profesión comunicativa, construye de forma más convincente su propia narración? ¿Son más despiadados (más ficcionales) consigo mismos quienes desempeñan trabajos creativos y manejan bien la lengua?

Es difícil responder y sería espurio generalizar. Pero la confrontación entre aspiración y realidad ha causado muchas frustraciones. Toni Juliá, diseñador web a día de hoy, soñaba desde niño con ser periodista. Pero: «Con tu primer trabajo, se va todo a la mierda. De la ficción a la realidad hay un gran camino», recuerda. Antes adentrarse en una redacción, pensaba que el periodismo «era cualquier cosa menos estar doce horas picando teletipos y haciendo temas que no le importaban a nadie».

El choque dolió: «Te obligan a hacer ciertas cosas y las haces porque quieres mantener el trabajo. Al final, te genera desencanto. Yo caí hasta en la depresión y en ciertas sustancias».

Cambió de rumbo, empezó como diseñador web y, ahora, con el tiempo, lo tiene claro: «No hay ningún drama en eso». Llegado el momento, apearse de la ilusión de su vida no le supuso un trauma: «Me da igual si el lenguaje es escrito, visual o si es código; he aprendido que si tienes algo que contar, lo vas a contar de una manera u otra».

vocación

Esperanzados y dolidos

El libro El entusiasmo, de Remedios Zafra, disecciona este vínculo entre trascendencia vital y desempeño profesional, y cuenta cómo el sistema productivo aprovecha esa idea de misión. El sistema cultural, escribe Zafra, se vale de multitud de «personas creativas desarticuladas políticamente»: becarios, colaboradores, «solitarios escritores de gran vocación, autónomos errantes», críticos culturales y «jóvenes permanentemente conectados». Y todos compiten entre sí.

El espejismo de internet y las redes sociales habilita una «posibilidad de pago afectivo o de un pago inmaterial»: en seguidores, en exposición, en halagos y compartidos; clics como caricias. «[Es] Una generación de personas conectadas que navegan en este inicio de siglo entre la precariedad laboral y una pasión que les punza (por sentirla, por haberla sentido, por estar perdiéndola)», sintetizaba la autora.

Se persigue un horizonte profesional, un estado idílico de cosas que parece al alcance de la mano pero casi nunca llega.

El entusiasta se frustra, tropieza en baches de desencanto que le hacen dudar de su determinación. Asumimos la vocación como una actitud sin desalientos, o en la que, al menos, el desaliento asfixia, si acaso, morbosamente. Así lo han mostrado el cine y en la televisión.

Las redes alojan un relato deformado. Uno lee a sus compañeros de oficio hablar de cómo disfrutan de lo que hacen, de los días de curro que confirman cuánto merece la pena partirse el lomo en un cometido sagrado. Uno lee y siente vergüenza de sus altibajos y no sabe (o sí lo sabe, pero vale más el impacto de lo escrito que la obviedad no pronunciada) que ellos también sufren, dudan y decaen.

¿Nos salva de algo una vocación?

¿Es mejor tener una vocación o no tenerla? Quizá el debate no esté en la conveniencia o no, sino en la posibilidad de ejercerla con dignidad. Lucía Solla Sobral (tele)trabaja como talent manager. Disfruta de su trabajo, «es como comer pizza todos los días». «Tener una vocación hace que la vida sea más manejable. Incluso los fracasos son más tolerables», opina.

Para Solla, solapar pasión y trabajo «puede generar algo de estrés, pero nada comparado con el que sienten las personas que van a un trabajo que no valoran o en el que no se sienten reconocidos».

Ella maneja un concepto de vocación convertible: «Nuestra vocación puede ir cambiando; no se trata de una meta, sino de un proceso que nos permite vivir de acuerdo a lo que nos apasiona. Las nuevas generaciones ya no buscamos tanto estar en un mismo trabajo para toda la vida».

El catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá aporta su definición: «Una vocación profesional es encontrar sentido y justificación a una tarea que te aporta la satisfacción y el orgullo del trabajo bien hecho». Permite ir «más allá del estricto cumplimiento de las obligaciones».  

Ve con buenos ojos la extensión del concepto a todo tipo de trabajos, pero percibe una «instrumentalización por parte de determinadas instancias empresariales». Carratalá diferencia entre rigor y vocación. En ciertos trabajos, como el caso de un repartidor de Amazon, ve difícil hablar de vocación.

Vicente Millán, técnico de urbanismo y violinista, cuestiona la existencia de un sentido de misión como motor necesario para el éxito. Cree que no es necesario sentir vocación para ejecutar una tarea con excelencia. «Que tengas vocación no tiene por qué ir acompañado con ser bueno, y viceversa». E ironiza: «Es una casualidad que se suela tener vocación por las profesiones que gozan de prestigio social».

Al verbalizar tu vocación construyes una armadura que ayuda a resistir. Quebrar la barrera del elitismo supone trasladar esa capacidad de sacrificio a cualquier tarea. Ocurre en el sector servicios. Las multinacionales del textil interrogan a quienes se presentan a una entrevista en busca, ya no de vocación de atención al público, sino de amor a la ropa y, más aún, a la marca concreta. Piden adoración para poder ejercer durante tres semanas en rebajas.

¿Es necesario? No. Lo necesario es asegurarse de que transiges, de que puedes rebajarte e inventar un salmo sumiso para ellos porque cada día transcurrirá bajo la dictadura de las comisiones y las horas extra sin pagar. En resumen: ellos flipan, pueden permitirse flipar y que los empleados finjan que su flipada es una cosa razonable. 

 

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Opiniones 1
  • Muy interesante la reflexión, este discurso muchas veces se utiliza para «abusar» del becario o del profesional en ciertas empresas. Además, muchos de los trabajos actuales (marketing digital, youtuber y un largo etcétera) ni siquiere existían hace unos años. ¿Es posible sentir vocación por algo que ni siquiera se conocía hace unos años?

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