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24 de mayo 2017    /   IDEAS
por
ilustracion  Rocío Cañero

Tener una vocación puede ser una mala idea

24 de mayo 2017    /   IDEAS     por        ilustracion  Rocío Cañero
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Cada vez que escuchamos a un artista, un periodista, un arquitecto o un emprendedor afirmando que la vocación es lo más importante y esencial de sus vidas, solo deberíamos pensar una cosa: no os atreváis a decirle a la gente que sigan vuestro camino.

Los ejemplos abundan y no merece la pena extenderse mucho más. Aquí tenemos a los escritores que viven únicamente para leer y escribir, a los emprendedores visionarios que solo saben, imagino, emprender y visionar… o a los periodistas que sienten que depende de ellos la salvación de la democracia y la libertad. De los arquitectos geniales para los que únicamente existen los proyectos que, normalmente, no han construido es casi mejor no hablar.  

Vivir sometido a la vocación, en la mayoría de los casos, es digno de lástima porque nos encontramos, por lo general, ante alguien que está convencido de que puede hacer exclusivamente una cosa en la vida y que debe dejarse el alma en ella. Cree, sinceramente, que nunca será feliz ni encontrará sentido a su existencia sin esa actividad y que su misión hay que asumirla, para bien y para mal, como un destino irrevocable. Por supuesto, no se cansa de decir que no le preocupa lo que hagan o digan los demás, pero, en realidad, le obsesiona su reconocimiento porque sabe que esa es la única forma de conseguir lo que ansía: dejar su huella.

Todas las premisas mencionadas son excepcionalmente inadecuadas para el mundo en el que nos ha tocado nadar y naufragar. Peor aún, les van a ser útiles a muy pocos y, por eso mismo, animar, como se está animando, a millones de personas a identificar una vocación vitalicia y perseguirla hasta el final es un error a medio camino entre la crueldad, la puerilidad y la estupidez.  

La vocación asociada a una profesión es un lujo que la mayoría no se puede permitir, porque el mercado laboral es cada vez más inestable y exige, cada vez más rápido, que desarrollemos nuevos talentos y nos adaptemos a nuevas actividades e incluso sectores. Es evidente que la disrupción tecnológica está transformando el mundo como lo conocimos, que la automatización masiva ha comenzado, que en el 60% de las ocupaciones no se paga por pensar y que se extinguen a toda velocidad los empleos para toda la vida o la concepción de la empresa como una gran familia que, en general, te nutre y que, a veces, niño malo, tiene que castigarte.

Al obligar a millones de personas a ser vocacionales, las forzamos también a contemplar el mundo, esencialmente, a través de su trabajo. Es habitual que el deportista de élite sea celebrado por vivir por y para su disciplina, que un periodista salga de cena con los viejos amigos del colegio y solo hable de actualidad, que un economista nos explique a todos cómo buscar y encontrar pareja es una cuestión de mercado, que un psicólogo sea incapaz de ver más allá del narcisismo y falta de empatía en las redes sociales o que un emprendedor valore la vida en clave de proyectos (empezando por considerar a sus hijos otro proyecto).

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Esa peculiar forma de ver el mundo deja espacio para la curiosidad en una minoría pero, para otros muchos, puede recortarla aún más. La riqueza y diversidad de la vida rara vez se podrán apreciar, ni remotamente, si se abusa de un punto de vista y menos si se hace inconscientemente. Además, corremos el riesgo de considerar que ese punto de vista es el único válido. Nuestro trabajo se convertiría así en la medida de todas las cosas. Cuánta prepotencia. Cuánto provincianismo de oficina. Cuánta pobreza.

La curiosidad, cuanto más amplia y transversal mejor, y la capacidad de absorber distintas perspectivas dentro y fuera de nuestra área de especialización son dos de las claves del éxito de cualquier profesional en una economía flexible que gira en torno a la innovación. Poner en peligro el alcance de nuestra curiosidad es poner en peligro nuestra capacidad para adaptarnos al medio.

Desconectar y soñar

Olvidamos con demasiada frecuencia que la vocación también es una excusa ideal para no desconectar nunca del mundo laboral y multiplicar así el estrés, la angustia por la falta de tiempo y la sensación de que no podemos conciliar la oficina con nuestras familias. Nos anima, además, a dar prioridad en nuestro mundo íntimo a los colegas profesionales (¡la tribu!). Hay pocas situaciones más empobrecedoras que las reuniones incesantes en las que nadie sabe hablar más que de trabajo, desde la óptica del trabajo o con la sabrosa ayuda de ese genuino y ramplón cotilleo profesional que, a veces, llamamos networking.

La obesidad mórbida en la que se ha convertido la exaltación de la propia importancia también despliega sus alas de buitre bien cebado sobre los vocacionales obligados a serlo. Aunque suene paradójico, es difícil darse importancia por lo que uno es (un profesional llamado a hacer grandes cosas) y seguir esforzándose todos los días por conseguirlo. Los psicólogos han demostrado hace tiempo que soñar despierto y creerse los propios sueños es, muchas veces, una receta ideal para no luchar por alcanzarlos. ¡Pero si ya los hemos saboreado sin levantarnos de la cama!

Nada pasa porque sí. La obsesión de convertir a la gente en un ejército de vocacionales corre en paralelo con la idea de convertir a todos los niños en genios o a toda la sociedad en emprendedores. Y no debería sorprendernos.

Como escribió Viktor Frankl, psicólogo y superviviente de los campos de exterminio nazis, una de las necesidades más íntimas del ser humano es la búsqueda del sentido de su vida y, muy especialmente, en momentos de angustia. Pues bien, nos encontramos en medio de una profunda y a veces angustiosa transformación, hemos perdido muchas de nuestras viejas referencias religiosas, ideológicas y morales y, para reordenar el mundo, estamos reemplazándolas por otras igual de viejas como, por ejemplo, la vocación, que es una llamada del destino o la divinidad para cumplir una misión intransferible y sagrada.

Nos estamos equivocando, porque la búsqueda de sentido, como decía Frankl, es espiritual, adaptable a las circunstancias e individual. Las recetas materialistas, laborales, rígidas, permanentes y colectivas solo servirán para frustrar a la inmensa mayoría. No deberíamos añadir a la ansiedad de millones de personas el mandato de ser genios. Hay que animarlas a encontrar su propio camino, a escoger varios a la vez y a abandonarlos por otros siempre que lo necesiten y les hagan sentirse más felices, seguras y plenas.      

Cada vez que escuchamos a un artista, un periodista, un arquitecto o un emprendedor afirmando que la vocación es lo más importante y esencial de sus vidas, solo deberíamos pensar una cosa: no os atreváis a decirle a la gente que sigan vuestro camino.

Los ejemplos abundan y no merece la pena extenderse mucho más. Aquí tenemos a los escritores que viven únicamente para leer y escribir, a los emprendedores visionarios que solo saben, imagino, emprender y visionar… o a los periodistas que sienten que depende de ellos la salvación de la democracia y la libertad. De los arquitectos geniales para los que únicamente existen los proyectos que, normalmente, no han construido es casi mejor no hablar.  

Vivir sometido a la vocación, en la mayoría de los casos, es digno de lástima porque nos encontramos, por lo general, ante alguien que está convencido de que puede hacer exclusivamente una cosa en la vida y que debe dejarse el alma en ella. Cree, sinceramente, que nunca será feliz ni encontrará sentido a su existencia sin esa actividad y que su misión hay que asumirla, para bien y para mal, como un destino irrevocable. Por supuesto, no se cansa de decir que no le preocupa lo que hagan o digan los demás, pero, en realidad, le obsesiona su reconocimiento porque sabe que esa es la única forma de conseguir lo que ansía: dejar su huella.

Todas las premisas mencionadas son excepcionalmente inadecuadas para el mundo en el que nos ha tocado nadar y naufragar. Peor aún, les van a ser útiles a muy pocos y, por eso mismo, animar, como se está animando, a millones de personas a identificar una vocación vitalicia y perseguirla hasta el final es un error a medio camino entre la crueldad, la puerilidad y la estupidez.  

La vocación asociada a una profesión es un lujo que la mayoría no se puede permitir, porque el mercado laboral es cada vez más inestable y exige, cada vez más rápido, que desarrollemos nuevos talentos y nos adaptemos a nuevas actividades e incluso sectores. Es evidente que la disrupción tecnológica está transformando el mundo como lo conocimos, que la automatización masiva ha comenzado, que en el 60% de las ocupaciones no se paga por pensar y que se extinguen a toda velocidad los empleos para toda la vida o la concepción de la empresa como una gran familia que, en general, te nutre y que, a veces, niño malo, tiene que castigarte.

Al obligar a millones de personas a ser vocacionales, las forzamos también a contemplar el mundo, esencialmente, a través de su trabajo. Es habitual que el deportista de élite sea celebrado por vivir por y para su disciplina, que un periodista salga de cena con los viejos amigos del colegio y solo hable de actualidad, que un economista nos explique a todos cómo buscar y encontrar pareja es una cuestión de mercado, que un psicólogo sea incapaz de ver más allá del narcisismo y falta de empatía en las redes sociales o que un emprendedor valore la vida en clave de proyectos (empezando por considerar a sus hijos otro proyecto).

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Esa peculiar forma de ver el mundo deja espacio para la curiosidad en una minoría pero, para otros muchos, puede recortarla aún más. La riqueza y diversidad de la vida rara vez se podrán apreciar, ni remotamente, si se abusa de un punto de vista y menos si se hace inconscientemente. Además, corremos el riesgo de considerar que ese punto de vista es el único válido. Nuestro trabajo se convertiría así en la medida de todas las cosas. Cuánta prepotencia. Cuánto provincianismo de oficina. Cuánta pobreza.

La curiosidad, cuanto más amplia y transversal mejor, y la capacidad de absorber distintas perspectivas dentro y fuera de nuestra área de especialización son dos de las claves del éxito de cualquier profesional en una economía flexible que gira en torno a la innovación. Poner en peligro el alcance de nuestra curiosidad es poner en peligro nuestra capacidad para adaptarnos al medio.

Desconectar y soñar

Olvidamos con demasiada frecuencia que la vocación también es una excusa ideal para no desconectar nunca del mundo laboral y multiplicar así el estrés, la angustia por la falta de tiempo y la sensación de que no podemos conciliar la oficina con nuestras familias. Nos anima, además, a dar prioridad en nuestro mundo íntimo a los colegas profesionales (¡la tribu!). Hay pocas situaciones más empobrecedoras que las reuniones incesantes en las que nadie sabe hablar más que de trabajo, desde la óptica del trabajo o con la sabrosa ayuda de ese genuino y ramplón cotilleo profesional que, a veces, llamamos networking.

La obesidad mórbida en la que se ha convertido la exaltación de la propia importancia también despliega sus alas de buitre bien cebado sobre los vocacionales obligados a serlo. Aunque suene paradójico, es difícil darse importancia por lo que uno es (un profesional llamado a hacer grandes cosas) y seguir esforzándose todos los días por conseguirlo. Los psicólogos han demostrado hace tiempo que soñar despierto y creerse los propios sueños es, muchas veces, una receta ideal para no luchar por alcanzarlos. ¡Pero si ya los hemos saboreado sin levantarnos de la cama!

Nada pasa porque sí. La obsesión de convertir a la gente en un ejército de vocacionales corre en paralelo con la idea de convertir a todos los niños en genios o a toda la sociedad en emprendedores. Y no debería sorprendernos.

Como escribió Viktor Frankl, psicólogo y superviviente de los campos de exterminio nazis, una de las necesidades más íntimas del ser humano es la búsqueda del sentido de su vida y, muy especialmente, en momentos de angustia. Pues bien, nos encontramos en medio de una profunda y a veces angustiosa transformación, hemos perdido muchas de nuestras viejas referencias religiosas, ideológicas y morales y, para reordenar el mundo, estamos reemplazándolas por otras igual de viejas como, por ejemplo, la vocación, que es una llamada del destino o la divinidad para cumplir una misión intransferible y sagrada.

Nos estamos equivocando, porque la búsqueda de sentido, como decía Frankl, es espiritual, adaptable a las circunstancias e individual. Las recetas materialistas, laborales, rígidas, permanentes y colectivas solo servirán para frustrar a la inmensa mayoría. No deberíamos añadir a la ansiedad de millones de personas el mandato de ser genios. Hay que animarlas a encontrar su propio camino, a escoger varios a la vez y a abandonarlos por otros siempre que lo necesiten y les hagan sentirse más felices, seguras y plenas.      

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Opiniones 12
  • Estupendo artículo Gonzalo, ya es hora de que se ponga un poco de sentido común a toda esta ideología que circula, sobre todo en según que ámbitos profesionales, por los medios de desinformación oficiales.
    He sido muchas cosas en mi vida, he probado de todo, y nunca he encontrado mi verdadera vocación. Esto lo digo porque quiero enlazar con eso que dicen algunos psicólogos -deben de ser los psicólogos listos, que de los adictos a la eugenesia, el mundo esta lleno – acerca de el soñar despierto. Efectivamente, el sueño. o mejor dicho la imaginación, es la primera herramienta del espíritu. Nos sosiega, nos hace gozar y nos proporciona una vivencia íntima que es casi imposible encontrar en la realidad, donde la crudeza de la subsistencia obliga o determina que la fantasía imaginativa es una pérdida de tiempo. Nos llaman ilusos a los que tenemos ilusión y creen que el iluso siempre es alguien marginado, un tonto que vagabundea por los territorios de la ociosidad.
    También esa es otra palabreja, la ociosidad, que convendría dilucidar. Yo soy vago, pero no ocioso.
    El ocioso no sabe lo que hacer, el vago quizás no lo hace aunque lo sepa.
    No quiero irme del contexto, Regresaré a la vocación. La vocación puede ser un don, pero yo lo veo más bien como un trabajo. Considerarlo un don resulta ciertamente catastrófico, pues hay pocos casos. En cuanto a considerarlo un trabajo, también ofrece dudas, pero en la duda esta la libertad, y ahí es donde lo enlazo con la imaginación. El trabajo, que no en vano la palabreja proviene de una antigua tortura italiana, cansa. Yo me canso de trabajar, creo que como yo todo el mundo, Gracias a ese cansancio, uno trata de escapar por medio de la imaginación, y es ahí donde encuentra todo un mundo de posibilidades, que se pueden aplicar a ese trabajo, o que al menos permiten, confrontada con la utopía del sueño, un escape al mecanicismo actual.
    La vocación bien entendida, es solo una capacidad de concentración en lo que se hace, y esa concentración proviene del vislumbre producido por la ensoñación. Es ese vislumbrar lo que hace que conectemos con nuestra parte profunda, justo allí donde se ha obtenido ese gozo de ser lo que se sueña. Por lo tanto, la vocación es también una ensoñación, lo malo es que darle continuidad de forma inercial acaba con ese sentir profundo.
    Estoy de acuerdo en que la evolución en los roles sociales, debido a los cambios de todo tipo a los que nos vemos sometidos, puede producir, cuando es la sociedad la que lo exige, una angustia enorme. Falta espacio para volver a soñar en nosotros mismos, porque en el interregno entre una ocupación y la otra, lo que hay es una gran precariedad económica en la mayoría de los casos.
    Esta sociedad no es humana y la psicología aplicada a la producción, el mayor de los fraudes.

  • Enhorabuena por el artículo.

    Imaginemos que alguien tiene la creencia de que está destinado a ser pintor y de que sólo es bueno pintando. Si no encuentra trabajo y se ve «forzado» a trabajar de cualquier otra cosa para poder sustentarse, se sentirá siempre infeliz y frustrado. Está muy bien tener gustos y aficiones, y si las mismas te permiten vivir (el ejemplo del arquitecto apasionado del artículo) ya lo tienes casi todo en la vida. Pero es una minoría de privilegiados. No todos somos «buenos» o tenemos las ganas de hacer cosas que el mercado laboral demanda (entre los sectores con menor paro y mejor remuneración: medicina, ingeniería, programación, diseño de apps, marketing, impuestos…). Ser un fanático de la vocación en estos casos sólo genera frustración y depresiones, ya que uno no siempre puede elegir (por falta de dinero, tiempo, apoyo o incluso, teniendo esto, por falta de oportunidades laborales) y es injusto pensar que entonces está condenado a ser infeliz toda su vida.

  • Pues ahí estamos, que ando más perdida que un pulpo en un garaje, y aunque tú artículo no me va a dar la chispa para ver que rumbo toma mi vida en estos momentos de paro obligatorio y adentrándome cada vez más en la cuarentena (en contra de mi voluntad), si que me ha hecho reflexionar un poco, y ver que a fin de cuentas, no tener una vocación determinante en mi vida, me ha permitido aprender muchas cosas y tener experiencias que de otra forma no habrían sido posibles.
    Pero también me queda un regusto ácido (que no amargo), al ver que si no tienes un vocación o una pasión por algo, vas un poco a la deriva.

    Así que, te felicito por tú artículo. Siempre es un placer leeros.

  • Excelente artículo, indudablemente. Sin embargo, me salta naturalmente una duda de segundo orden: si el sentido de la vida ha de ser espiritual, entonces acaso se pretende sugerir que todos debemos volvernos «espirituales» para hallar el sentido de la vida? Esto llevaría a pensar que alguien nacido con un don para hacer algo concreto en forma extraordinaria no podría hallar el sentido de la vida en el desarrollo de su don? Pero la pregunta clave aquí es si el ser humano necesita dar un sentido a su vida, sino podría dejar de sentirse humano. Es tan humana está vocación del ser humano de dar sentido a su vida? Deberían suicidarse o al menos sentirse melancólicas las personas que no han encontrado un sentido a la vida? Y qué si no hay sentido a la vida! Acaso es tan malo «vivir por vivir»? Estoy convencido de que en alguna parte remota de este planeta debe existir una tribu no contactada o con poco roce con la «civilización» quienes viven exactamente igual que el resto de fauna y flora a su alrededor, sin preguntarse si en esta vida tienen que hacer algo o dejar de hacerlo para encontrar sentido a su «incivilizada» existencia. Que esto tampoco quita ni pone nada en lo que respecta a pensar en el mundo de los muertos, de los dioses y de las estrellas.

    Sucede que hay un problemita con la búsqueda espiritual, ya que gran parte de la Humanidad confunde esto con filiación a denominaciones religiosas. Debería haber una especie de «espiritualidad pura» que no dependa de constructos teóricos (más bien lugares comunes) como «Dios», «cielo», «doctrina», «crimen», «castigo», «virtud», «defecto», «bien», «mal» y otros muchos etcétera? Esta «espiritualidad pura» debería ser el camino hacia el sentido de la vida? En este mundo únicamente, o incluso más allá, en mundos metafísicos?

  • Muy interesante el artículo Gonzalo!
    La verdad es que es una lástima que no haya más difusión de los artículos que escribís los colaboradores de yorokobu. Desde que descubrí este página web, de vez en cuando me paso por aquí y rara es la vez que no me lea unos cuantos artículos con interesantes puntos de vista acerca de muchas temáticas diferentes.

  • ¿Qué tiene que ver tener unaa vocación con creerse (o ser) un genio? El autor del artículo mezcla churras con merinas con muy poquita gracia. Me imagino que detrás de este texto se esconde una vocación frustrada…

  • La verdad que una maravilla el asunto. Simplemente la vocación, ese llamado para el q estas hecho, es una idea obsesiva, que en mi caso me llevo a la disconformidad constante y a no terminar nada por no considerarlo mi vocación. Ahora renuncie a la idea de tener una vocación y les puedo asegurar que me siento mucho más estable y más tranquilo

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