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21 de abril 2016    /   BRANDED CONTENT
 

Se ha quedado un buen viernes para cambiar la historia de la física

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Para compensar la desgracia de que todas las semanas tengan un lunes, el universo se equilibra colocando un viernes cuatro días después. Este detalle, clave para entender que la mente humana no estalle más a menudo, es una señal del sentido con el que están engarzados todos los engranajes del cosmos.

El viernes, ya lo conocen, es el día de llegar al trabajo con resaca a poco que uno sea tendente a abrazarse a la irresponsabilidad; el día de hacer #FollowFriday en Twitter si se es amante de los anacronismos digitales; o, qué diablos, el típico día idóneo para descubrir el material que cambiará la manera de entender el mundo.

Eso, que no es complicado si tienes un potente equipo humano, una mente privilegiada con potencial de Nobel y un laboratorio, es lo que le ocurrió a Andre Konstantin Geim, a Konstantín Novosiólov, a sus privilegiadas mentes y al potente equipo humano con el que trabajaban. Ambos recibieron el Premio Nobel de Física en el año 2010 como reconocimiento a las labores que dieron como resultado el descubrimiento del grafeno.

Geim y Novosiólov reservaban los viernes en el laboratorio para realizar experimentos que se saliesen un poco de sus líneas de trabajo cotidianas. Ya saben lo que pasa en estos casos. Se te pasa por la cabeza crear una capa extremadamente fina de grafito y ¡tachán! Ya lo tienes: el grafeno. ¿A quién no le ha pasado algo parecido?

El grafeno, ese material que cambiará nuestras vidas según los más optimistas, es una capa de carbono de un solo átomo de grosor. Es extremadamente flexible, extremadamente resistente, extremadamente ligero y además es un superconductor.

grafeno

Las aplicaciones de este material son deslumbrantes debido a, sobre todo, su transversalidad. No se ciñen exclusivamente al ámbito de la tecnología, por mencionar uno. El grafeno servirá, por ejemplo, para contribuir a la limpieza del planeta ya que es capaz de, en un determinada configuración, atrapar los residuos bituminosos o los nucleares. Servirá también para convertir la luz solar en energía eléctrica de una manera infinitamente más eficiente que la que proporcionan las actuales placas solares. Una derivación del grafeno será capaz de convertir el agua del mar en potable e incluso se podrá emplear para detectar el cáncer.

La investigación acerca de sus múltiples posibilidades está dando aún sus primero pasos y cada día es una nueva aventura que replantea parcelas de conocimiento humano tales como la biología, la medicina o las telecomunicaciones. Lo más excitante de todo es el infinito número de viernes que quedan por delante. Y que después de ellos vienen fines de semana llenos de horas para dejar que la mente vuele. Todo encaja. El universo sigue en equilibrio.

Para compensar la desgracia de que todas las semanas tengan un lunes, el universo se equilibra colocando un viernes cuatro días después. Este detalle, clave para entender que la mente humana no estalle más a menudo, es una señal del sentido con el que están engarzados todos los engranajes del cosmos.

El viernes, ya lo conocen, es el día de llegar al trabajo con resaca a poco que uno sea tendente a abrazarse a la irresponsabilidad; el día de hacer #FollowFriday en Twitter si se es amante de los anacronismos digitales; o, qué diablos, el típico día idóneo para descubrir el material que cambiará la manera de entender el mundo.

Eso, que no es complicado si tienes un potente equipo humano, una mente privilegiada con potencial de Nobel y un laboratorio, es lo que le ocurrió a Andre Konstantin Geim, a Konstantín Novosiólov, a sus privilegiadas mentes y al potente equipo humano con el que trabajaban. Ambos recibieron el Premio Nobel de Física en el año 2010 como reconocimiento a las labores que dieron como resultado el descubrimiento del grafeno.

Geim y Novosiólov reservaban los viernes en el laboratorio para realizar experimentos que se saliesen un poco de sus líneas de trabajo cotidianas. Ya saben lo que pasa en estos casos. Se te pasa por la cabeza crear una capa extremadamente fina de grafito y ¡tachán! Ya lo tienes: el grafeno. ¿A quién no le ha pasado algo parecido?

El grafeno, ese material que cambiará nuestras vidas según los más optimistas, es una capa de carbono de un solo átomo de grosor. Es extremadamente flexible, extremadamente resistente, extremadamente ligero y además es un superconductor.

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Las aplicaciones de este material son deslumbrantes debido a, sobre todo, su transversalidad. No se ciñen exclusivamente al ámbito de la tecnología, por mencionar uno. El grafeno servirá, por ejemplo, para contribuir a la limpieza del planeta ya que es capaz de, en un determinada configuración, atrapar los residuos bituminosos o los nucleares. Servirá también para convertir la luz solar en energía eléctrica de una manera infinitamente más eficiente que la que proporcionan las actuales placas solares. Una derivación del grafeno será capaz de convertir el agua del mar en potable e incluso se podrá emplear para detectar el cáncer.

La investigación acerca de sus múltiples posibilidades está dando aún sus primero pasos y cada día es una nueva aventura que replantea parcelas de conocimiento humano tales como la biología, la medicina o las telecomunicaciones. Lo más excitante de todo es el infinito número de viernes que quedan por delante. Y que después de ellos vienen fines de semana llenos de horas para dejar que la mente vuele. Todo encaja. El universo sigue en equilibrio.

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