1 de diciembre 2016    /   IDEAS
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Volveremos: una memoria de los que se fueron durante la crisis

1 de diciembre 2016    /   IDEAS     por          
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Un día saltó la chispa y se fueron a otro país. Ocurrió por un cortocircuito. Desde pequeños, les habían dicho que eran la generación mejor preparada de la historia. Parecía que el futuro les esperaba con los brazos abiertos pero, cuando llegó el momento de pasar al mercado laboral, la realidad les dio con las puertas en las narices.

Eran cientos de miles de jóvenes que abandonaron España en busca del futuro prometido. O, al menos, de un sueldo con el que poder vivir. Leonor Otero, de 37 años, fue una de ellos: «Mi generación, creo, solía pensar que para mejorar, para prosperar, estaba bien tener cierta experiencia internacional, pero no que eso fuese una necesidad, no que la migración se convirtiese en una necesidad».

Esta doctora en Filología viajó a Luxemburgo en 2008, cuando empezaban a sonar los primeros cantos de la crisis. Allí tenía un contrato posdoctoral pero en 2015 volvió para trabajar como profesora en la Universidad Complutense de Madrid y, de paso, cobrar cuatro veces menos.

El testimonio de Otero habla de una época en la que el Gobierno del país apretó tanto las tuercas que unos 700.000 jóvenes salieron despedidos por los aires. O por avión. Todos esos veinteañeros y treintañeros juntos forman una «memoria oral de los que se fueron durante la crisis». Una «memoria oral» escrita por las periodistas Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos en Volveremos.

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España, durante su historia, ha funcionado como un fuelle. De tanto en tanto le gusta expulsar talento. Y hace apenas unos años lo volvió a hacer. Emilio Sánchez Mediavilla, socio fundador de Libros del K.O., observaba el nuevo exilio y pensó que los artículos de prensa no podían ser el único testigo. Había que contar lo que estaba pasando con otra mirada.

Ese empeño le llevó a editar este libro. Tenía la idea, el título y la dirección de e-mail de las autoras que quería que aparecieran en la portada de Volveremos. El mensaje salió un día del pasado otoño desde Baréin, donde residía Sánchez Mediavilla, hacia Manchester, la residencia eventual de las dos periodistas.

«Emilio decía que no se estaba hablando del día a día de esas personas», explica Noemí López Trujillo, en un café de Madrid. «Nos buscó como reporteras. Quería que hablaran los protagonistas y pusiéramos el acento en la primera persona. Teníamos que contar sus recuerdos porque es lo que muestra lo que te ha dejado marca. No buscaba a dos periodistas para que interpretaran la situación».

En diciembre de 2015 López Trujillo y Vasconcellos empezaron a buscar las voces de este testimonio histórico. Rastrearon las redes sociales y las vidas de las personas que tenían alrededor para encontrar algunos protagonistas de la nueva remesa de emigrantes que ha dado España a la humanidad. La historia se repetía. Aunque en la resaca de la prepotencia de nuevos ricos habíamos olvidado que no hace tanto, en los años 60, se produjo otra estampida a Alemania, Francia y otros países en busca de empleo.

Pero, esta vez, ¿eran emigrantes? ¿Inmigrantes? ¿Exiliados? Pero si los emigrantes eran los otros. Ni ellos mismos lo sabían. «Al tercer o cuarto día de llegar a Montevideo tuvimos que ir a la Dirección General de Migraciones. Había una fila enorme de gente. Cuando nos atendieron nos faltaban documentos, pero nos trataron bien. Qué cojones, nos trataron mejor de lo que tratan a alguien en una comisaría de extranjería en España. Aun así, en ese momento fue cuando pensé: “Sí, soy emigrante con todas las de la ley”», relata Jorge Castrillón, en Volveremos.

Otros, como Berni Stalenhoef, que marchó a Inglaterra en 2015, no piensan así. «Emigrar dentro de Europa no me parece emigrar, estamos dentro de un espacio común. Aunque estos hayan votado salirse de Europa, para mí siguen estando en Europa», indica el santanderino.

El libro dedica un capítulo a este asunto: la identidad. No es lo mismo sentirse emigrante (el que se va), que inmigrante (el que llega), que ‘exiliado económico’ (al que, más o menos, lo han echado del país porque no había forma de encontrar trabajo). «Al usar una palabra estás generando una identidad», explica Estefanía S. Vasconcellos. «Es un tema sobre el que no habían reflexionado. Hasta que hablamos con ellos no habían pensado siquiera qué echaban de menos».

Las conversaciones con los protagonistas del libro empezaron en un cuestionario escrito. De ahí siguieron por skype y por mensajes. Así formaron el relato completo y, a continuación, clasificaron las declaraciones por capítulos: ‘La chispa’, ‘Despegue y aterrizaje’, ‘Recursos humanos’, ‘Identidad’, ‘La década perdida’, ‘Skype’ y la gran pregunta: ‘¿Volveremos?’.

«Transcribimos todo. Después marcamos los párrafos en temáticas con distintos colores. Los cortamos y los amontonamos en varios tacos encima de la cama», recuerda Vasconcellos. «Ya teníamos todas las declaraciones. Ahora había que decidir cómo organizarlos. Yo me obsesioné con el orden. Pero al final fue apareciendo el hilo que los conectaba todos».

En este «retrato coral», como lo denomina López Trujillo, suenan las voces de muchos que se fueron y muchos que se quedaron. De hijos y de padres. «A menudo el que sufre más no es el que se va, sino el que se queda. Los padres son los más afectados», indica la reportera. «Es a los padres a quienes les queda un hueco. Y por ahí entra frío», añade Vasconcellos.

Un frío que pela y que irradia a toda la familia. También a los abuelos. Soraya Gonzalo, una licenciada en Filología Hispánica de 34 años, se había quedado embarazada. Imaginaba a su bebé rodeada de su familia, pero, según cuenta en Volveremos, se tuvo que marchar. Su madre, Pili Romero, estaba deseando ser abuela, una abuela de toda la vida, pero el destino hizo un giro inesperado y la convirtió en abuela digital. Ahora sólo ve a sus nietas a través de Skype y piensa que hay un hombre que tiene la culpa: «Quiero escribirle una carta a Rajoy para decirle: es usted un sinvergüenza».

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Un día saltó la chispa y se fueron a otro país. Ocurrió por un cortocircuito. Desde pequeños, les habían dicho que eran la generación mejor preparada de la historia. Parecía que el futuro les esperaba con los brazos abiertos pero, cuando llegó el momento de pasar al mercado laboral, la realidad les dio con las puertas en las narices.

Eran cientos de miles de jóvenes que abandonaron España en busca del futuro prometido. O, al menos, de un sueldo con el que poder vivir. Leonor Otero, de 37 años, fue una de ellos: «Mi generación, creo, solía pensar que para mejorar, para prosperar, estaba bien tener cierta experiencia internacional, pero no que eso fuese una necesidad, no que la migración se convirtiese en una necesidad».

Esta doctora en Filología viajó a Luxemburgo en 2008, cuando empezaban a sonar los primeros cantos de la crisis. Allí tenía un contrato posdoctoral pero en 2015 volvió para trabajar como profesora en la Universidad Complutense de Madrid y, de paso, cobrar cuatro veces menos.

El testimonio de Otero habla de una época en la que el Gobierno del país apretó tanto las tuercas que unos 700.000 jóvenes salieron despedidos por los aires. O por avión. Todos esos veinteañeros y treintañeros juntos forman una «memoria oral de los que se fueron durante la crisis». Una «memoria oral» escrita por las periodistas Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos en Volveremos.

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España, durante su historia, ha funcionado como un fuelle. De tanto en tanto le gusta expulsar talento. Y hace apenas unos años lo volvió a hacer. Emilio Sánchez Mediavilla, socio fundador de Libros del K.O., observaba el nuevo exilio y pensó que los artículos de prensa no podían ser el único testigo. Había que contar lo que estaba pasando con otra mirada.

Ese empeño le llevó a editar este libro. Tenía la idea, el título y la dirección de e-mail de las autoras que quería que aparecieran en la portada de Volveremos. El mensaje salió un día del pasado otoño desde Baréin, donde residía Sánchez Mediavilla, hacia Manchester, la residencia eventual de las dos periodistas.

«Emilio decía que no se estaba hablando del día a día de esas personas», explica Noemí López Trujillo, en un café de Madrid. «Nos buscó como reporteras. Quería que hablaran los protagonistas y pusiéramos el acento en la primera persona. Teníamos que contar sus recuerdos porque es lo que muestra lo que te ha dejado marca. No buscaba a dos periodistas para que interpretaran la situación».

En diciembre de 2015 López Trujillo y Vasconcellos empezaron a buscar las voces de este testimonio histórico. Rastrearon las redes sociales y las vidas de las personas que tenían alrededor para encontrar algunos protagonistas de la nueva remesa de emigrantes que ha dado España a la humanidad. La historia se repetía. Aunque en la resaca de la prepotencia de nuevos ricos habíamos olvidado que no hace tanto, en los años 60, se produjo otra estampida a Alemania, Francia y otros países en busca de empleo.

Pero, esta vez, ¿eran emigrantes? ¿Inmigrantes? ¿Exiliados? Pero si los emigrantes eran los otros. Ni ellos mismos lo sabían. «Al tercer o cuarto día de llegar a Montevideo tuvimos que ir a la Dirección General de Migraciones. Había una fila enorme de gente. Cuando nos atendieron nos faltaban documentos, pero nos trataron bien. Qué cojones, nos trataron mejor de lo que tratan a alguien en una comisaría de extranjería en España. Aun así, en ese momento fue cuando pensé: “Sí, soy emigrante con todas las de la ley”», relata Jorge Castrillón, en Volveremos.

Otros, como Berni Stalenhoef, que marchó a Inglaterra en 2015, no piensan así. «Emigrar dentro de Europa no me parece emigrar, estamos dentro de un espacio común. Aunque estos hayan votado salirse de Europa, para mí siguen estando en Europa», indica el santanderino.

El libro dedica un capítulo a este asunto: la identidad. No es lo mismo sentirse emigrante (el que se va), que inmigrante (el que llega), que ‘exiliado económico’ (al que, más o menos, lo han echado del país porque no había forma de encontrar trabajo). «Al usar una palabra estás generando una identidad», explica Estefanía S. Vasconcellos. «Es un tema sobre el que no habían reflexionado. Hasta que hablamos con ellos no habían pensado siquiera qué echaban de menos».

Las conversaciones con los protagonistas del libro empezaron en un cuestionario escrito. De ahí siguieron por skype y por mensajes. Así formaron el relato completo y, a continuación, clasificaron las declaraciones por capítulos: ‘La chispa’, ‘Despegue y aterrizaje’, ‘Recursos humanos’, ‘Identidad’, ‘La década perdida’, ‘Skype’ y la gran pregunta: ‘¿Volveremos?’.

«Transcribimos todo. Después marcamos los párrafos en temáticas con distintos colores. Los cortamos y los amontonamos en varios tacos encima de la cama», recuerda Vasconcellos. «Ya teníamos todas las declaraciones. Ahora había que decidir cómo organizarlos. Yo me obsesioné con el orden. Pero al final fue apareciendo el hilo que los conectaba todos».

En este «retrato coral», como lo denomina López Trujillo, suenan las voces de muchos que se fueron y muchos que se quedaron. De hijos y de padres. «A menudo el que sufre más no es el que se va, sino el que se queda. Los padres son los más afectados», indica la reportera. «Es a los padres a quienes les queda un hueco. Y por ahí entra frío», añade Vasconcellos.

Un frío que pela y que irradia a toda la familia. También a los abuelos. Soraya Gonzalo, una licenciada en Filología Hispánica de 34 años, se había quedado embarazada. Imaginaba a su bebé rodeada de su familia, pero, según cuenta en Volveremos, se tuvo que marchar. Su madre, Pili Romero, estaba deseando ser abuela, una abuela de toda la vida, pero el destino hizo un giro inesperado y la convirtió en abuela digital. Ahora sólo ve a sus nietas a través de Skype y piensa que hay un hombre que tiene la culpa: «Quiero escribirle una carta a Rajoy para decirle: es usted un sinvergüenza».

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Opiniones 2
  • Soy una más que dejó España a los 30, en plena crisis. Ahora, 7 años después, cuando voy a España por vacaciones siento que ya no encajo en mi país, en mi casa, en mi medio, entre los amigos de toda la vida… Salir de mi zona de confort fue lo mejor que me pudo pasar y se ha convertido en algo altamente adictivo. Pretendo cambiar de país cada dos o tres años para continuar aprendiendo, para seguir viviendo experiencias inolvidables. Para mi, regresar ya no es una opción.

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