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22 de noviembre 2016    /   IDEAS
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¿Votamos mal?

22 de noviembre 2016    /   IDEAS     por          
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Las encuestas últimamente no dan pie con bola. Casi parece que el votante se empeñe en llevarles la contraria. De un tiempo a esta parte, lo que se pronostica no se cumple. Fallaron con el referendum colombiano sobre el acuerdo de paz con las FARC. Fallaron con el referéndum del brexit. Fallaron con el sorpasso en España. Fallaron con la elección de Donald Trump en EEUU. Y todas las opciones que se han elegido parecen, ideologías aparte, las peores.

Hay varias teorías sociológicas que suelen usarse para explicar que esto sucede. La de la espiral del silencio, que explica el ‘voto oculto’ sugiriendo que siempre hay gente que camufla su opinión verdadera si puede considerarse incómoda. O la del ‘caballo ganador’, esta más propia del ámbito político, por lo que un candidato fuerte siempre tendrá ventaja inicial frente a uno con pocas posibilidades.

Pero la pregunta no es tanto por qué se equivocan las encuestas, porque cada caso tiene su propia intrahistoria. En el caso del referéndum de las FARC, la oposición política al presidente del Gobierno. En el caso del brexit, el discurso nacionalista que ha calado en una población con miedo al contexto internacional actual. En el caso español, el rechazo del votante de IU a ir con Podemos. Y en el caso de Trump, la oposición al establishment que encarnaba la candidata favorita. La pregunta es por qué se elige la que aparentemente es la peor opción.

De entrada, el politólogo Xavier Peytibi rechaza que se trate de una elección errónea. «No estoy de acuerdo en que sean los peores candidatos. De hecho, son los mejores para mucha gente y para muchos otros, los menos malos. Y ambas cosas son válidas a la hora de votar», señala. La clave en este punto es el voto de rechazo. «En un contexto de desafección, donde la valoración sobre la política es baja y sobre los políticos es aún peor, mucha gente elige por ideología, pero también por liderazgo. Y en muchos casos, cuando el líder de la oposición es ‘menos líder’, o se percibe menos capacidad, o que puede ser incluso peor que el actual, se vota por lo malo conocido».

Un voto contra el sistema más irracional que ideológico

Eso se podría aplicar, por ejemplo, al caso de Mariano Rajoy en España. Más allá de debates ideológicos, resulta inaudito en una democracia moderna que se apoye de forma inequívoca al líder de un partido encausado por corrupción y con sombras más que razonables de financiación ilegal.

De nuevo, entran otros componentes —la división de la izquierda o la falta de un candidato alternativo que movilice el voto—. En el caso de Trump se podría aplicar una lógica similar. «A los europeos nos puede parecer malo, igual que para los habitantes de las grandes ciudades norteamericanas, pero para mucha gente él era el único que decía, sin pelos en la lengua, lo que ellos pensaban. Y eso no es ser mal candidato, sino más bien lo contrario si quieres que esas personas te voten», señala Peytibi.

Desde Los Angeles, Fernando Mexía, editor de la división digital de Univisión, el mayor grupo latino de comunicación en EEUU, coincide con Peytibi. «No creo que los ciudadanos voten mal. Pienso que eligen aquello que creen que va a mejorar su situación o, al menos, permitirles mantener su calidad de vida, y están dispuestos a asumir los costes asociados con su elección. Es decir, consideran que los aspectos positivos del líder compensan los negativos, ya sea corrupción, inexperiencia u otros». La cuestión entonces es si el voto de protesta es suficiente como para unos ‘costes’ tan significativos como la corrupción o la inexperiencia.

En ese sentido, Mexía apunta a una situación anómala que, en su opinión, da pie a toda esa cantidad de resultados imprevisibles y aparentemente contraproducentes. «Estamos observando lo que parece el fin de un ciclo político, que coincide con el hartazgo del ciudadano occidental hacia el proceso globalizador. Esa mundialización produjo una riqueza, o al menos una sensación de riqueza, en Europa y Estados Unidos, pero el desmantelamiento de las antiguas estructuras económicas en el primer mundo que vino de la mano de la deslocalización ocurrió sin que surgieran nuevas vías de empleo para una gran masa de trabajadores. Esto fue la semilla de un clima de descontento y frustración que ha ido creciendo a medida que la clase media se fue dando cuenta de que la posibilidad de mejorar su calidad de vida era un espejismo», sostiene Mexía. «A esto hay que sumar el desencanto de los jóvenes que nacieron en un período de bonanza y que cuando alcanzan la mayoría de edad el futuro les dibuja una madurez insatisfactoria».

Más que una protesta, el voto cobra entonces un sentido de directa oposición al sistema combatiéndolo con sus armas: votar ideas o candidatos que de alguna manera trolean al establishment. «La frustración condujo a la pérdida de fe en el sistema y sus políticos», considera Mexía. «Hasta entonces, se imponía la estabilidad del régimen de partidos sin importar en exceso el carisma de su líder. Los ciudadanos votaban continuidad, aunque fuera con caras nuevas. Desde el crash bursátil de 2008, muchos electores que están experimentando el fin de la clase media —que constituye el corazón del sistema— han empezado a votar antisistema. Esto ha abierto la puerta a líderes con discursos populistas que durante décadas han sido residuales en el primer mundo: la gente está ansiosa y está buscando un guía que sea capaz de sacarles de este atolladero. Se imponen las personalidades fuertes a los partidos o surgen partidos que se identifican con su líder. Paralelamente, se ve un hundimiento del paradigma ideológico frente a una corriente de consolidación identitaria —las sociedades sienten que su propia supervivencia está amenazada—, lo que recuerda al auge de los nacionalismos que condujeron a las grandes guerras del siglo pasado».

De ese modo, más que un voto de oposición a un partido o a una idea se trataría de un voto contra el propio sistema, no tanto en clave ideológica como de protesta por los frutos de la globalización. El nacionalismo en sus diversas formas sería la respuesta ante una crisis.

«No existe el candidato perfecto, sino el adecuado»

«Victorias como la de Trump van más allá de la radicalidad ideológica», señala el investigador político Dídac Gutiérrez desde Londres. «En realidad, provocan un cuestionamiento del propio concepto de representatividad». Según su visión, «Trump es un pequeño recordatorio de que el liberalismo, e incluso el propio régimen democrático, no puede sobrevivir sin ciudadanos y sin instituciones que estén dispuestos a ‘jugar el juego’. El sistema se aguanta por una serie de ‘a prioris‘ de los que nunca hablamos porque se dan por hechos, pero que han ido deteriorándose hasta el punto de poner al régimen democrático y parlamentario al límite».

Desde Nueva York, el consultor político Yuri Morejon apunta que de la manera que no hay una sola forma de comunicar, tampoco hay un sólo tipo de respuesta ante este fenómeno. «No existe el candidato perfecto, sino el adecuado», señala. «Tendrá más opciones el que mejor encaje y conecte con el momento, los problemas, inquietudes, sueños y estado de ánimo de un elector que, por su propia coyuntura personal, se revuelca al no sentirse atendido, escuchado o protegido, y que tenderá progresivamente a no atender a mensajes racionales, a desconfiar de los visiblemente emocionales y a activarse en definitiva ante aquellos más viscerales», reconoce. «La batalla, no obstante, sigue siendo la misma: cerebro, corazón y estómago».

Una enumeración similar hace Mexía: «En las urnas habitualmente confluyen dos emociones, la esperanza y el miedo. Mientras los políticos en el poder sean capaces de mantener viva la llama del progreso —lento pero seguro—, es muy complicado que se produzcan drásticos cambios de liderazgo político. Cuando los electores pierden el miedo, bien porque el statu quo les resulta insostenible y ya no creen que tengan nada que perder, o bien porque aparece un candidato o una idea ilusionante, entonces los votantes son más atrevidos en los comicios y apuestan por lo desconocido».

Y lo desconocido para el sistema han sido los euroescépticos o el magnate norteamericano. «En otro momento, los votantes hubieran rechazado a Trump por miedo a que destruyera su bienestar. Hoy, lo que da miedo es la continua pérdida de bienestar y la falta de ilusión en el futuro. Los electores culpan al sistema de la situación. Trump representa esa fuerza rupturista y su discurso de maverick, de outsider, genera esperanza. Muchos lo votaron con ilusión y otros por considerarlo un mal necesario».

Dídac Gutiérrez pone nombre a esos ‘a prioris’ que se vienen abajo con el rupturismo imperante. « ‘Los ciudadanos votan racionalmente’, ‘los programas están para cumplirlos’, ‘la rendición de cuentas es el principal criterio que organiza nuestras alternancias’, ‘gobernar es una profesión y hay que estar preparado y formado para ello’, ‘los gobernantes son responsables y perseguibles por sus delitos y abusos’, ‘la política es el mejor instrumento para organizar y avanzar hacia nuevas cuotas de progreso común’…. Todo esto hoy se tambalea», considera. La idea misma de progreso ya no es monolítica y «se ha roto el monopolio que tenían los ‘políticos’ para saber qué ‘es mejor’ para el futuro de la sociedad», zanja.

Pero todo esto puede tener consecuencias, más allá de la toma de algunas decisiones como desconectar al Reino Unido de la Unión Europea o de elegir a Donald Trump como líder de occidente: la reacción del sistema contra un voto irracional. «Se vuelven a legitimar por parte de gente cabal y formada otras formas de representación que parecían extintas. Hay un verdadero debate sobre temas como el retorno de modelos de democracia censitaria ilustrada, donde el voto está precedido de una ‘garantía’ como una formación cívica. A lo ateniense vaya, cuando utilizaban los dos años de servicio militar y cívico como puerta de entrada a la ‘ciudadanía’ «, critica Gutiérrez. «En la misma línea se debate abiertamente sobre la obligatoriedad del voto, forzando supuestamente a los ‘free riders’ del bienestar global a cumplir con sus ‘responsabilidades’ hacia el sistema. Un debate que tiene sin embargo sus límites, porque no es lo mismo ‘participación’ que ‘compromiso’ o ‘responsabilización’».

El futuro se presenta incierto, tanto por saber si este giro antisistema del primer mundo es algo pasajero o si tendrá consecuencias mayores. «En todo esto esconde un desafío, pero también una oportunidad», considera Gutiérrez. «¿Sabremos reinventarnos o reformarnos en los próximos cincuenta años? Espero que sí, porque tener que aguantar a gente desempolvando la idea de una democracia censitaria ilustrada da algo de pavor».

Las encuestas últimamente no dan pie con bola. Casi parece que el votante se empeñe en llevarles la contraria. De un tiempo a esta parte, lo que se pronostica no se cumple. Fallaron con el referendum colombiano sobre el acuerdo de paz con las FARC. Fallaron con el referéndum del brexit. Fallaron con el sorpasso en España. Fallaron con la elección de Donald Trump en EEUU. Y todas las opciones que se han elegido parecen, ideologías aparte, las peores.

Hay varias teorías sociológicas que suelen usarse para explicar que esto sucede. La de la espiral del silencio, que explica el ‘voto oculto’ sugiriendo que siempre hay gente que camufla su opinión verdadera si puede considerarse incómoda. O la del ‘caballo ganador’, esta más propia del ámbito político, por lo que un candidato fuerte siempre tendrá ventaja inicial frente a uno con pocas posibilidades.

Pero la pregunta no es tanto por qué se equivocan las encuestas, porque cada caso tiene su propia intrahistoria. En el caso del referéndum de las FARC, la oposición política al presidente del Gobierno. En el caso del brexit, el discurso nacionalista que ha calado en una población con miedo al contexto internacional actual. En el caso español, el rechazo del votante de IU a ir con Podemos. Y en el caso de Trump, la oposición al establishment que encarnaba la candidata favorita. La pregunta es por qué se elige la que aparentemente es la peor opción.

De entrada, el politólogo Xavier Peytibi rechaza que se trate de una elección errónea. «No estoy de acuerdo en que sean los peores candidatos. De hecho, son los mejores para mucha gente y para muchos otros, los menos malos. Y ambas cosas son válidas a la hora de votar», señala. La clave en este punto es el voto de rechazo. «En un contexto de desafección, donde la valoración sobre la política es baja y sobre los políticos es aún peor, mucha gente elige por ideología, pero también por liderazgo. Y en muchos casos, cuando el líder de la oposición es ‘menos líder’, o se percibe menos capacidad, o que puede ser incluso peor que el actual, se vota por lo malo conocido».

Un voto contra el sistema más irracional que ideológico

Eso se podría aplicar, por ejemplo, al caso de Mariano Rajoy en España. Más allá de debates ideológicos, resulta inaudito en una democracia moderna que se apoye de forma inequívoca al líder de un partido encausado por corrupción y con sombras más que razonables de financiación ilegal.

De nuevo, entran otros componentes —la división de la izquierda o la falta de un candidato alternativo que movilice el voto—. En el caso de Trump se podría aplicar una lógica similar. «A los europeos nos puede parecer malo, igual que para los habitantes de las grandes ciudades norteamericanas, pero para mucha gente él era el único que decía, sin pelos en la lengua, lo que ellos pensaban. Y eso no es ser mal candidato, sino más bien lo contrario si quieres que esas personas te voten», señala Peytibi.

Desde Los Angeles, Fernando Mexía, editor de la división digital de Univisión, el mayor grupo latino de comunicación en EEUU, coincide con Peytibi. «No creo que los ciudadanos voten mal. Pienso que eligen aquello que creen que va a mejorar su situación o, al menos, permitirles mantener su calidad de vida, y están dispuestos a asumir los costes asociados con su elección. Es decir, consideran que los aspectos positivos del líder compensan los negativos, ya sea corrupción, inexperiencia u otros». La cuestión entonces es si el voto de protesta es suficiente como para unos ‘costes’ tan significativos como la corrupción o la inexperiencia.

En ese sentido, Mexía apunta a una situación anómala que, en su opinión, da pie a toda esa cantidad de resultados imprevisibles y aparentemente contraproducentes. «Estamos observando lo que parece el fin de un ciclo político, que coincide con el hartazgo del ciudadano occidental hacia el proceso globalizador. Esa mundialización produjo una riqueza, o al menos una sensación de riqueza, en Europa y Estados Unidos, pero el desmantelamiento de las antiguas estructuras económicas en el primer mundo que vino de la mano de la deslocalización ocurrió sin que surgieran nuevas vías de empleo para una gran masa de trabajadores. Esto fue la semilla de un clima de descontento y frustración que ha ido creciendo a medida que la clase media se fue dando cuenta de que la posibilidad de mejorar su calidad de vida era un espejismo», sostiene Mexía. «A esto hay que sumar el desencanto de los jóvenes que nacieron en un período de bonanza y que cuando alcanzan la mayoría de edad el futuro les dibuja una madurez insatisfactoria».

Más que una protesta, el voto cobra entonces un sentido de directa oposición al sistema combatiéndolo con sus armas: votar ideas o candidatos que de alguna manera trolean al establishment. «La frustración condujo a la pérdida de fe en el sistema y sus políticos», considera Mexía. «Hasta entonces, se imponía la estabilidad del régimen de partidos sin importar en exceso el carisma de su líder. Los ciudadanos votaban continuidad, aunque fuera con caras nuevas. Desde el crash bursátil de 2008, muchos electores que están experimentando el fin de la clase media —que constituye el corazón del sistema— han empezado a votar antisistema. Esto ha abierto la puerta a líderes con discursos populistas que durante décadas han sido residuales en el primer mundo: la gente está ansiosa y está buscando un guía que sea capaz de sacarles de este atolladero. Se imponen las personalidades fuertes a los partidos o surgen partidos que se identifican con su líder. Paralelamente, se ve un hundimiento del paradigma ideológico frente a una corriente de consolidación identitaria —las sociedades sienten que su propia supervivencia está amenazada—, lo que recuerda al auge de los nacionalismos que condujeron a las grandes guerras del siglo pasado».

De ese modo, más que un voto de oposición a un partido o a una idea se trataría de un voto contra el propio sistema, no tanto en clave ideológica como de protesta por los frutos de la globalización. El nacionalismo en sus diversas formas sería la respuesta ante una crisis.

«No existe el candidato perfecto, sino el adecuado»

«Victorias como la de Trump van más allá de la radicalidad ideológica», señala el investigador político Dídac Gutiérrez desde Londres. «En realidad, provocan un cuestionamiento del propio concepto de representatividad». Según su visión, «Trump es un pequeño recordatorio de que el liberalismo, e incluso el propio régimen democrático, no puede sobrevivir sin ciudadanos y sin instituciones que estén dispuestos a ‘jugar el juego’. El sistema se aguanta por una serie de ‘a prioris‘ de los que nunca hablamos porque se dan por hechos, pero que han ido deteriorándose hasta el punto de poner al régimen democrático y parlamentario al límite».

Desde Nueva York, el consultor político Yuri Morejon apunta que de la manera que no hay una sola forma de comunicar, tampoco hay un sólo tipo de respuesta ante este fenómeno. «No existe el candidato perfecto, sino el adecuado», señala. «Tendrá más opciones el que mejor encaje y conecte con el momento, los problemas, inquietudes, sueños y estado de ánimo de un elector que, por su propia coyuntura personal, se revuelca al no sentirse atendido, escuchado o protegido, y que tenderá progresivamente a no atender a mensajes racionales, a desconfiar de los visiblemente emocionales y a activarse en definitiva ante aquellos más viscerales», reconoce. «La batalla, no obstante, sigue siendo la misma: cerebro, corazón y estómago».

Una enumeración similar hace Mexía: «En las urnas habitualmente confluyen dos emociones, la esperanza y el miedo. Mientras los políticos en el poder sean capaces de mantener viva la llama del progreso —lento pero seguro—, es muy complicado que se produzcan drásticos cambios de liderazgo político. Cuando los electores pierden el miedo, bien porque el statu quo les resulta insostenible y ya no creen que tengan nada que perder, o bien porque aparece un candidato o una idea ilusionante, entonces los votantes son más atrevidos en los comicios y apuestan por lo desconocido».

Y lo desconocido para el sistema han sido los euroescépticos o el magnate norteamericano. «En otro momento, los votantes hubieran rechazado a Trump por miedo a que destruyera su bienestar. Hoy, lo que da miedo es la continua pérdida de bienestar y la falta de ilusión en el futuro. Los electores culpan al sistema de la situación. Trump representa esa fuerza rupturista y su discurso de maverick, de outsider, genera esperanza. Muchos lo votaron con ilusión y otros por considerarlo un mal necesario».

Dídac Gutiérrez pone nombre a esos ‘a prioris’ que se vienen abajo con el rupturismo imperante. « ‘Los ciudadanos votan racionalmente’, ‘los programas están para cumplirlos’, ‘la rendición de cuentas es el principal criterio que organiza nuestras alternancias’, ‘gobernar es una profesión y hay que estar preparado y formado para ello’, ‘los gobernantes son responsables y perseguibles por sus delitos y abusos’, ‘la política es el mejor instrumento para organizar y avanzar hacia nuevas cuotas de progreso común’…. Todo esto hoy se tambalea», considera. La idea misma de progreso ya no es monolítica y «se ha roto el monopolio que tenían los ‘políticos’ para saber qué ‘es mejor’ para el futuro de la sociedad», zanja.

Pero todo esto puede tener consecuencias, más allá de la toma de algunas decisiones como desconectar al Reino Unido de la Unión Europea o de elegir a Donald Trump como líder de occidente: la reacción del sistema contra un voto irracional. «Se vuelven a legitimar por parte de gente cabal y formada otras formas de representación que parecían extintas. Hay un verdadero debate sobre temas como el retorno de modelos de democracia censitaria ilustrada, donde el voto está precedido de una ‘garantía’ como una formación cívica. A lo ateniense vaya, cuando utilizaban los dos años de servicio militar y cívico como puerta de entrada a la ‘ciudadanía’ «, critica Gutiérrez. «En la misma línea se debate abiertamente sobre la obligatoriedad del voto, forzando supuestamente a los ‘free riders’ del bienestar global a cumplir con sus ‘responsabilidades’ hacia el sistema. Un debate que tiene sin embargo sus límites, porque no es lo mismo ‘participación’ que ‘compromiso’ o ‘responsabilización’».

El futuro se presenta incierto, tanto por saber si este giro antisistema del primer mundo es algo pasajero o si tendrá consecuencias mayores. «En todo esto esconde un desafío, pero también una oportunidad», considera Gutiérrez. «¿Sabremos reinventarnos o reformarnos en los próximos cincuenta años? Espero que sí, porque tener que aguantar a gente desempolvando la idea de una democracia censitaria ilustrada da algo de pavor».

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