20 de noviembre 2017    /   IDEAS
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¿Qué tal se llevan tu voz y tu rostro?

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Habrá que empezar aclarando que eres la persona menos cualificada para responder a esta pregunta. Primero, porque eres la única que escucha tu voz desde dentro (esa es la razón por que te cuesta tanto reconocerla cuando la oyes grabada). Y segundo, porque también eres la única que jamás podrá ver en directo tu propio rostro.

De hecho, si la imagen de nuestro rostro nos resulta tan familiar y al mismo tiempo tan enigmática es por esa razón. Porque siempre la vemos a través de algún sistema de reproducción y, dependiendo de cuál sea, la percepción que tendremos de nosotros mismos se verá alterada.

Narciso no se reconoció al verse reflejado en el agua. Por eso se enamoró de su propio rostro tras un primer y único impacto. Pero con la llegada del espejo, las personas nos enfrentamos a una nueva imagen: esa que envejece con nosotros. Una despiadada presencia que trastornó la mente de la reina de Blancanieves hasta enfermarla.

La fotografía fue otro salto. Gracias a ella comenzamos a ver nuestro rostro fuera del tiempo real. Lo cual, de inmediato, nos sumergió en una nueva emoción: la añoranza del pasado. Un sentimiento tan vigoroso que igualmente puede llegar a perturbarnos, como le sucedió a Dorian Gray en la novela de Wilde.

Más tarde, la imagen del cine mudo acrecentó esa disociación temporal al mostrarnos con tanta viveza hechos ya sucedidos. Y añadiendo, además, una nueva degeneración perceptiva: el movimiento sin sonido, el habla sin voz.

Por eso fue la llegada del sonoro, al resolver este último problema, la que nos trajo la constatación de que imagen y sonido siempre han de ir de la mano. Y que de no ser así, el resultado será, cuando menos, desconcertante.

Las primeras en pagarlo fueron las estrellas del cine mudo. Muchas no sobrevivieron al test audiovisual. Un casting despiadado que no evaluaba el rostro de los actores ni la bondad de sus voces. Lo que medían era el encaje entre ambos.

Y ese maridaje ha llegado hasta nuestros días. Son decenas de miles los actores que fracasan en su carrera por esa falta de encaje. Y lo mismo les sucede a políticos honrados que jamás ganarán su escaño. O a líderes de cualquier causa cuya brillantez nunca se verá recompensada.

Pero lo peor del caso es que este sigue siendo un tema casi imperceptible. Podemos diferenciar sin problema un rostro interesante de otro que no lo es cuando miramos a alguien. También podemos discernir lo seductora que puede resultar una voz con tan solo escucharla. Pero nos resulta mucho más difícil ser conscientes del mayor o menor nivel de atracción o rechazo que compone la fusión entre estos dos elementos.

Y eso es especialmente complicado cuando se trata de nosotros mismos. Porque nunca podremos vernos ni oírnos como nos ve o nos oye el resto de la gente. Así que encajar la gestualidad de nuestro rostro con la entonación de nuestra voz será una ardua labor que tan solo podremos ir mejorando a base de mirarnos en el único espejo eficaz: la cara que ponen los demás, cuando nos escuchan mirando.

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De hecho, si la imagen de nuestro rostro nos resulta tan familiar y al mismo tiempo tan enigmática es por esa razón. Porque siempre la vemos a través de algún sistema de reproducción y, dependiendo de cuál sea, la percepción que tendremos de nosotros mismos se verá alterada.

Narciso no se reconoció al verse reflejado en el agua. Por eso se enamoró de su propio rostro tras un primer y único impacto. Pero con la llegada del espejo, las personas nos enfrentamos a una nueva imagen: esa que envejece con nosotros. Una despiadada presencia que trastornó la mente de la reina de Blancanieves hasta enfermarla.

La fotografía fue otro salto. Gracias a ella comenzamos a ver nuestro rostro fuera del tiempo real. Lo cual, de inmediato, nos sumergió en una nueva emoción: la añoranza del pasado. Un sentimiento tan vigoroso que igualmente puede llegar a perturbarnos, como le sucedió a Dorian Gray en la novela de Wilde.

Más tarde, la imagen del cine mudo acrecentó esa disociación temporal al mostrarnos con tanta viveza hechos ya sucedidos. Y añadiendo, además, una nueva degeneración perceptiva: el movimiento sin sonido, el habla sin voz.

Por eso fue la llegada del sonoro, al resolver este último problema, la que nos trajo la constatación de que imagen y sonido siempre han de ir de la mano. Y que de no ser así, el resultado será, cuando menos, desconcertante.

Las primeras en pagarlo fueron las estrellas del cine mudo. Muchas no sobrevivieron al test audiovisual. Un casting despiadado que no evaluaba el rostro de los actores ni la bondad de sus voces. Lo que medían era el encaje entre ambos.

Y ese maridaje ha llegado hasta nuestros días. Son decenas de miles los actores que fracasan en su carrera por esa falta de encaje. Y lo mismo les sucede a políticos honrados que jamás ganarán su escaño. O a líderes de cualquier causa cuya brillantez nunca se verá recompensada.

Pero lo peor del caso es que este sigue siendo un tema casi imperceptible. Podemos diferenciar sin problema un rostro interesante de otro que no lo es cuando miramos a alguien. También podemos discernir lo seductora que puede resultar una voz con tan solo escucharla. Pero nos resulta mucho más difícil ser conscientes del mayor o menor nivel de atracción o rechazo que compone la fusión entre estos dos elementos.

Y eso es especialmente complicado cuando se trata de nosotros mismos. Porque nunca podremos vernos ni oírnos como nos ve o nos oye el resto de la gente. Así que encajar la gestualidad de nuestro rostro con la entonación de nuestra voz será una ardua labor que tan solo podremos ir mejorando a base de mirarnos en el único espejo eficaz: la cara que ponen los demás, cuando nos escuchan mirando.

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