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29 de agosto 2012    /   CINE/TV
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Héroes corrientes en ‘The Walking Dead’

29 de agosto 2012    /   CINE/TV     por          
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Gary Cooper dijo en Juan Nadie (Capra, 1941) : “Somos una gran familia los Juan Nadie. Estamos en todas partes: cosechamos, excavamos las minas, trabajamos en las fábricas, llevamos los libros, hacemos volar los aviones, conducimos los autobuses…”

Estas palabras resuenan en mi cabeza tras haber visionado el último capítulo de la segunda temporada de The Walking Dead. Los héroes de la serie de la AMC son Juanes y Juanas Nadies: amas de casa, una maestra, un repartidor de pizza, una funcionaria, un cerrajero, un conserje… liderados por un policía de pueblo.

Podríamos decir que, con toda seguridad, los Juanes y Juanas Nadie resistiríamos un holocausto zombie. Ciertamente sobrevivimos a la peste negra en la Edad Media y a sucesivas pandemias, a siglos de guerras, a regímenes totalitarios y permaneceremos de pie a pesar de la miserización a la que, al parecer, nos conducen los poderes económicos.

Con la mente en las facturas y los recortes podríamos pensar que algunos críticos aciertan al describir The Walking Dead como una metáfora del capitalismo que se desmorona. Discrepamos. George A. Romero explotó la epidemia zombie durante toda su carrera cinematográfica, y Danny Boyle retomó el legado con 28 días después (2002), mucho antes de que términos como crédito subprime y prima de riesgo llegaran al lenguaje popular.

Podríamos explicar el éxito de The Walking Dead diciendo que el terror es un género que repunta en las épocas difíciles (la taquilla cinematográfica no miente), y que nunca antes se había hecho una serie de zombies, al menos no con los medios de AMC. Ambos son argumentos válidos. Sin embargo, hay otra no menos importante que pasa desapercibida: los héroes de The Walking Dead son personas normales; son amas de casa, un repartidor de pizza, una funcionaria, un cerrajero, un conserje… los representantes de oficios profesiones tan humildes como necesarias.

Queremos a los protagonistas, y esta querencia permite que perdonemos los agujeros lógicos y dramáticos, los baches de ritmo, los argumentos erráticos y los diálogos de brocha gorda. Nos identificamos con la lucha. Por todo ello, The Walking Dead debería considerarse como una serie sobre la superación ante las catástrofes. Es posible que nuestro comportamiento no distara de nuestros héroes de la ficción de AMC.

Se podrá argumentar que no es la primera vez que «una persona normal» se convierta en héroe, pero a menudo sucede porque el héroe recibe un don o elemento mágico, hereda una incalculable fortuna o tiene los poderes en la sangre. Pocas veces el héroe es un tipo corriente que no tiene más arma que su cerebro y herramientas comunes, y no más instrucción que su experiencia cotidiana.

Los protagonistas de The Walking Dead son héroes entre los héroes de televisión. Lo eran mucho antes de la debacle de la civilización. Ciertamente, un héroe es quien se levanta para trabajar duro y sacar a una familia con un sueldo cada vez más pequeño, vive con el miedo al futuro, y finge ante los más pequeños que todo está bien.

Gary Cooper dijo en Juan Nadie (Capra, 1941) : “Somos una gran familia los Juan Nadie. Estamos en todas partes: cosechamos, excavamos las minas, trabajamos en las fábricas, llevamos los libros, hacemos volar los aviones, conducimos los autobuses…”

Estas palabras resuenan en mi cabeza tras haber visionado el último capítulo de la segunda temporada de The Walking Dead. Los héroes de la serie de la AMC son Juanes y Juanas Nadies: amas de casa, una maestra, un repartidor de pizza, una funcionaria, un cerrajero, un conserje… liderados por un policía de pueblo.

Podríamos decir que, con toda seguridad, los Juanes y Juanas Nadie resistiríamos un holocausto zombie. Ciertamente sobrevivimos a la peste negra en la Edad Media y a sucesivas pandemias, a siglos de guerras, a regímenes totalitarios y permaneceremos de pie a pesar de la miserización a la que, al parecer, nos conducen los poderes económicos.

Con la mente en las facturas y los recortes podríamos pensar que algunos críticos aciertan al describir The Walking Dead como una metáfora del capitalismo que se desmorona. Discrepamos. George A. Romero explotó la epidemia zombie durante toda su carrera cinematográfica, y Danny Boyle retomó el legado con 28 días después (2002), mucho antes de que términos como crédito subprime y prima de riesgo llegaran al lenguaje popular.

Podríamos explicar el éxito de The Walking Dead diciendo que el terror es un género que repunta en las épocas difíciles (la taquilla cinematográfica no miente), y que nunca antes se había hecho una serie de zombies, al menos no con los medios de AMC. Ambos son argumentos válidos. Sin embargo, hay otra no menos importante que pasa desapercibida: los héroes de The Walking Dead son personas normales; son amas de casa, un repartidor de pizza, una funcionaria, un cerrajero, un conserje… los representantes de oficios profesiones tan humildes como necesarias.

Queremos a los protagonistas, y esta querencia permite que perdonemos los agujeros lógicos y dramáticos, los baches de ritmo, los argumentos erráticos y los diálogos de brocha gorda. Nos identificamos con la lucha. Por todo ello, The Walking Dead debería considerarse como una serie sobre la superación ante las catástrofes. Es posible que nuestro comportamiento no distara de nuestros héroes de la ficción de AMC.

Se podrá argumentar que no es la primera vez que «una persona normal» se convierta en héroe, pero a menudo sucede porque el héroe recibe un don o elemento mágico, hereda una incalculable fortuna o tiene los poderes en la sangre. Pocas veces el héroe es un tipo corriente que no tiene más arma que su cerebro y herramientas comunes, y no más instrucción que su experiencia cotidiana.

Los protagonistas de The Walking Dead son héroes entre los héroes de televisión. Lo eran mucho antes de la debacle de la civilización. Ciertamente, un héroe es quien se levanta para trabajar duro y sacar a una familia con un sueldo cada vez más pequeño, vive con el miedo al futuro, y finge ante los más pequeños que todo está bien.

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