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23 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El doble rasero de Obama

23 de octubre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Todos los periodistas del mundo saben quién es Benjamin Bradlee, aunque sólo sea porque han visto Todos los hombres del presidente. El que fuera director del Post entre 1965 y 1991 pasará a la historia como una de las figuras centrales del escándalo del «Watergate», junto con sus periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward. Sus revelaciones sobre el espionaje al Partido Demócrata condujeron a la única dimisión presidencial de la historia de Estados Unidos: la de Richard Nixon en 1974.
Un post de El Diario.

También fue el responsable de la publicación de los papeles del Pentágono, los documentos clasificados sobre las mentiras que el gobierno de los EEUU había contado sobre la guerra de Vietnam. Los papeles fueron filtrados a la prensa por el funcionario del Pentágono Daniel Ellsberg, una figura equivalente a la de Edward Snowden, y uno de sus más fieros defensores.

Su muerte ha sido un evento nacional. Tanto es así, que el último presidente de los Estados Unidos Barack Obama ha encontrado tiempo para celebrar la vida de Bradlee y elogiar su trabajo: «Contó historias que necesitaban ser contadas, historias que nos ayudaron a entender nuestro mundo y a nosotros un poco mejor. Los estándares de honestidad, objetividad y meticulosidad que estableció animaron a muchos a entrar en la profesión».

«Para él el periodismo era más que una profesión, era un bien público imprescindible de nuestra democracia», añadió el mandatario, que el año pasado honró a Bradlee con la Medalla de la Libertad, el más alto mérito civil reconocido en EE.UU. Irónicamente, los últimos receptores del premio Pulitzer, los estadounidenses Glenn Greenwald y Laura Poitras, viven un exilio forzoso tras sus revelaciones sobre el espionaje de la administración del propio Obama a través de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Wikileaks, otra organización comprometida con el mismo bien público impresncindible para la democracia, está siendo sometida a una investigación criminal.

Un canalla encantador, un director formidable

La carrera de Bradlee empezó del revés: asumió la dirección del Post en 1965, dos años después del suicidio de Phil Graham, marido de Katharine Graham, hija del fundador. Graham estuvo al frente de la empresa que había creado su padre hasta 1979 y se dice que nunca se llevaron del todo bien. Bradlee fue un director a la antigua, un hombre de estilo brusco que ponía los pies sobre la mesa y no tenía reparos a la hora de embestir a sus redactores con palabras malsonantes (entre los momentos favoritos de la película: «Quita lo de la teta y a la máquina»). Su primer hit llegó con los papeles del Pentágono, unos documentos filtrados por el analista de sistemas Daniel Ellsberg, donde se revelaba que la administración Nixon había mentido sobre los desastres del conflicto y la convicción entre los militares de que era una contienda perdida.

Su presencia fue formidablemente efectiva, tanto en el periódico como en el resto de la prensa nacional. Consiguió un régimen de disciplina en la redacción, cambió estilos y elevó la calidad con la contratación de nuevos valores, consiguiendo 23 de los 47 Pulitzer que ha ganado el Post en toda su historia. Duplicó su nómina de empleados hasta alcanzar los 600 trabajadores y el presupuesto dedicado a la información se incrementó de tres a sesenta millones de dólares. En los últimos 23 años con él al frente, la tirada del diario pasó de 446.000 ejemplares a 802.000. Su muerte llega en un momento de crisis en la que fuera su casa: Jeff Bezos, CEO de Amazon, compró el Post for 250 millones de dólares en efectivo el pasado 2013.

Todos los periodistas del mundo saben quién es Benjamin Bradlee, aunque sólo sea porque han visto Todos los hombres del presidente. El que fuera director del Post entre 1965 y 1991 pasará a la historia como una de las figuras centrales del escándalo del «Watergate», junto con sus periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward. Sus revelaciones sobre el espionaje al Partido Demócrata condujeron a la única dimisión presidencial de la historia de Estados Unidos: la de Richard Nixon en 1974.
Un post de El Diario.

También fue el responsable de la publicación de los papeles del Pentágono, los documentos clasificados sobre las mentiras que el gobierno de los EEUU había contado sobre la guerra de Vietnam. Los papeles fueron filtrados a la prensa por el funcionario del Pentágono Daniel Ellsberg, una figura equivalente a la de Edward Snowden, y uno de sus más fieros defensores.

Su muerte ha sido un evento nacional. Tanto es así, que el último presidente de los Estados Unidos Barack Obama ha encontrado tiempo para celebrar la vida de Bradlee y elogiar su trabajo: «Contó historias que necesitaban ser contadas, historias que nos ayudaron a entender nuestro mundo y a nosotros un poco mejor. Los estándares de honestidad, objetividad y meticulosidad que estableció animaron a muchos a entrar en la profesión».

«Para él el periodismo era más que una profesión, era un bien público imprescindible de nuestra democracia», añadió el mandatario, que el año pasado honró a Bradlee con la Medalla de la Libertad, el más alto mérito civil reconocido en EE.UU. Irónicamente, los últimos receptores del premio Pulitzer, los estadounidenses Glenn Greenwald y Laura Poitras, viven un exilio forzoso tras sus revelaciones sobre el espionaje de la administración del propio Obama a través de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Wikileaks, otra organización comprometida con el mismo bien público impresncindible para la democracia, está siendo sometida a una investigación criminal.

Un canalla encantador, un director formidable

La carrera de Bradlee empezó del revés: asumió la dirección del Post en 1965, dos años después del suicidio de Phil Graham, marido de Katharine Graham, hija del fundador. Graham estuvo al frente de la empresa que había creado su padre hasta 1979 y se dice que nunca se llevaron del todo bien. Bradlee fue un director a la antigua, un hombre de estilo brusco que ponía los pies sobre la mesa y no tenía reparos a la hora de embestir a sus redactores con palabras malsonantes (entre los momentos favoritos de la película: «Quita lo de la teta y a la máquina»). Su primer hit llegó con los papeles del Pentágono, unos documentos filtrados por el analista de sistemas Daniel Ellsberg, donde se revelaba que la administración Nixon había mentido sobre los desastres del conflicto y la convicción entre los militares de que era una contienda perdida.

Su presencia fue formidablemente efectiva, tanto en el periódico como en el resto de la prensa nacional. Consiguió un régimen de disciplina en la redacción, cambió estilos y elevó la calidad con la contratación de nuevos valores, consiguiendo 23 de los 47 Pulitzer que ha ganado el Post en toda su historia. Duplicó su nómina de empleados hasta alcanzar los 600 trabajadores y el presupuesto dedicado a la información se incrementó de tres a sesenta millones de dólares. En los últimos 23 años con él al frente, la tirada del diario pasó de 446.000 ejemplares a 802.000. Su muerte llega en un momento de crisis en la que fuera su casa: Jeff Bezos, CEO de Amazon, compró el Post for 250 millones de dólares en efectivo el pasado 2013.

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