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23 de junio 2014    /   CINE/TV
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Así combate China la 'heroína electrónica'

23 de junio 2014    /   CINE/TV     por          
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«Es fácil decir ‘Te quiero’ mil veces. Solo tienes que pulsar Control + C y Control + V», dice un adolescente chino a sus compañeros de litera, con un tono neutral que oculta la posibilidad de ironía en sus palabras. Casi con total seguridad practican por vez primera una convivencia con otros chicos de su edad sin recurrir al mundo virtual. Son adictos a internet, como otros tantos millones de compatriotas. Su país, con su competitivo sistema educativo, no está dispuesto a alimentar la existencia de ninis y tiene un par de ideas para enfrentarse al problema.
Un día terminaron entre rejas, en un centro militar enfocado a su rehabilitación. Sus padres les llevaron allí engañados. Les montaron en el coche y les dijeron que se iban a esquiar a Rusia. O les drogaron con las pastillas que el propio centro les había facilitado y ellos despertaron sabiendo que no iban a salir de allí en, al menos, los siguientes tres meses.
Antes de llegar a ese sitio pasaban cuarenta horas seguidas absorbidos en juegos online. Llegaban incluso a llevar pañal para no alejarse de la pantalla ni tan siquiera cuando necesitaban ir al baño. Algunos incluso morían en cibercafés sin que nadie lo notara hasta pasado medio día. Su patología es evidente hasta para quien no es médico. Hace cinco años el número de adictos a internet en China alcanzaba los 24 millones, estimaba la Asociación de la Juventud China para el Desarrollo de la Red (CYAND). En este tiempo se calcula que esa cifra se ha duplicado.
No es extraño que la nación líder en esta enfermedad y la primera en reconocerla oficialmente como tal sea China. El Gobierno regula desde hace años la natalidad de las familias y multa con 164.000 euros a las que conciban un segundo niño, generando así millones de hijos únicos. Tampoco es raro que sea precisamente el país que ha bloqueado el uso de YouTube y Facebook el más interesado en combatir la situación. «Es cierto que la adicción está destruyendo a una gran parte de su juventud, pero también lo es que muchos de esos jóvenes saben evitar esos bloqueos y que en los juegos online entran en contacto con personas de todo el mundo», apuntan desde el Festival de Cine de Moscú las israelitas Hilla Medalia y Shosh Shlam, directoras del documental Web Junkie.
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Aprovecharon la sed de propaganda internacional del director de uno de estos centros, el profesor Tao Ran, para colarse durante meses en las instalaciones y rodar sin pedir permiso a las autoridades públicas. Presenciar la marcha militar de chicos que apenas han visto la luz del día en meses y cuyo únicos músculos ejercitados están en las manos resulta cómico, propio del Chino Cudeiro de Humor Amarillo, pero lo que pasa entre las paredes de uno de los 400 centros que China tiene abiertos dan ganas de no refrescar el timeline de tus redes sociales durante unos días.
El centro del profesor Tao, que tuvo que cerrar cuando el Gobierno se enteró de la existencia del documental, no ha llegado a practicar electroshock con sus pacientes y sus métodos para curar lo que llaman adición a la heroína electrónica parecen algo más amables. Y puede que hasta den resultados positivos. Incluyen en la terapia psicológica a los padres, quienes en muchos casos son responsables de la soledad que sufren sus hijos. «Vivo en un mundo virtual porque la realidad es demasiado falsa», argumenta, no sin algo de razón, uno de estos jóvenes adictos.
¿Intentan estos campamentos militares que los adolescentes pasen de depender de internet a hacerlo del Gobierno? «No es lo que vimos. Su intención está más cerca de la idea de desarrollar la terapia en grupo en vez de forma individual», defienden las directoras. Para ellas es importante que veamos a China como «un espejo de varios problemas a los que ya nos estamos enfrentando en Occidente» y anuncian un doble problema que para muchos puede pasar desapercibido: «Por vez primera nos enfrentamos ante la adicción a algo de lo que no podemos escapar. Estar online es inevitable para que seamos funcionales, a diferencia del alcohol o las drogas. Hay que vivir con internet sin la posibilidad de desecharlo de nuestras vidas por completo».

«Es fácil decir ‘Te quiero’ mil veces. Solo tienes que pulsar Control + C y Control + V», dice un adolescente chino a sus compañeros de litera, con un tono neutral que oculta la posibilidad de ironía en sus palabras. Casi con total seguridad practican por vez primera una convivencia con otros chicos de su edad sin recurrir al mundo virtual. Son adictos a internet, como otros tantos millones de compatriotas. Su país, con su competitivo sistema educativo, no está dispuesto a alimentar la existencia de ninis y tiene un par de ideas para enfrentarse al problema.
Un día terminaron entre rejas, en un centro militar enfocado a su rehabilitación. Sus padres les llevaron allí engañados. Les montaron en el coche y les dijeron que se iban a esquiar a Rusia. O les drogaron con las pastillas que el propio centro les había facilitado y ellos despertaron sabiendo que no iban a salir de allí en, al menos, los siguientes tres meses.
Antes de llegar a ese sitio pasaban cuarenta horas seguidas absorbidos en juegos online. Llegaban incluso a llevar pañal para no alejarse de la pantalla ni tan siquiera cuando necesitaban ir al baño. Algunos incluso morían en cibercafés sin que nadie lo notara hasta pasado medio día. Su patología es evidente hasta para quien no es médico. Hace cinco años el número de adictos a internet en China alcanzaba los 24 millones, estimaba la Asociación de la Juventud China para el Desarrollo de la Red (CYAND). En este tiempo se calcula que esa cifra se ha duplicado.
No es extraño que la nación líder en esta enfermedad y la primera en reconocerla oficialmente como tal sea China. El Gobierno regula desde hace años la natalidad de las familias y multa con 164.000 euros a las que conciban un segundo niño, generando así millones de hijos únicos. Tampoco es raro que sea precisamente el país que ha bloqueado el uso de YouTube y Facebook el más interesado en combatir la situación. «Es cierto que la adicción está destruyendo a una gran parte de su juventud, pero también lo es que muchos de esos jóvenes saben evitar esos bloqueos y que en los juegos online entran en contacto con personas de todo el mundo», apuntan desde el Festival de Cine de Moscú las israelitas Hilla Medalia y Shosh Shlam, directoras del documental Web Junkie.
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Aprovecharon la sed de propaganda internacional del director de uno de estos centros, el profesor Tao Ran, para colarse durante meses en las instalaciones y rodar sin pedir permiso a las autoridades públicas. Presenciar la marcha militar de chicos que apenas han visto la luz del día en meses y cuyo únicos músculos ejercitados están en las manos resulta cómico, propio del Chino Cudeiro de Humor Amarillo, pero lo que pasa entre las paredes de uno de los 400 centros que China tiene abiertos dan ganas de no refrescar el timeline de tus redes sociales durante unos días.
El centro del profesor Tao, que tuvo que cerrar cuando el Gobierno se enteró de la existencia del documental, no ha llegado a practicar electroshock con sus pacientes y sus métodos para curar lo que llaman adición a la heroína electrónica parecen algo más amables. Y puede que hasta den resultados positivos. Incluyen en la terapia psicológica a los padres, quienes en muchos casos son responsables de la soledad que sufren sus hijos. «Vivo en un mundo virtual porque la realidad es demasiado falsa», argumenta, no sin algo de razón, uno de estos jóvenes adictos.
¿Intentan estos campamentos militares que los adolescentes pasen de depender de internet a hacerlo del Gobierno? «No es lo que vimos. Su intención está más cerca de la idea de desarrollar la terapia en grupo en vez de forma individual», defienden las directoras. Para ellas es importante que veamos a China como «un espejo de varios problemas a los que ya nos estamos enfrentando en Occidente» y anuncian un doble problema que para muchos puede pasar desapercibido: «Por vez primera nos enfrentamos ante la adicción a algo de lo que no podemos escapar. Estar online es inevitable para que seamos funcionales, a diferencia del alcohol o las drogas. Hay que vivir con internet sin la posibilidad de desecharlo de nuestras vidas por completo».

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