28 de marzo 2017    /   CINE/TV
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Westworld: ¿improvisamos porque somos humanos o creemos que improvisamos?

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La escena comienza con la cámara apuntando a un techo que recuerda a una malla metálica. Una red gigante. La cámara baja y muestra a Maeve y Felix. Ella, la madame del burdel y el salón. Él, reparador de robots. Ella artificial. Él de carne y hueso.

«Yo nací. A ti te construyeron», dice Felix.

Pero la malla metálica significa que no son muy distintos: ambos son presos, por igual, de sus pensamientos. Ella lo descubrirá. Él se lo demostrará. Sin embargo, Felix no es ni será consciente de que es un prisionero. Tener la certeza de haber nacido en lugar de haber sido construído no garantiza la autonomía de pensamiento.

Maeve tiene un cerebro con mayor capacidad de procesamiento que el humano, pero capado: «Todo lo que hay en tu cabeza lo han puesto ellos», dice Felix. «Puedes improvisar un poco, pero la mayoría de lo que dices fue diseñado por los de arriba. Incluso cuando dices que «no» a los huéspedes».

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Felix parece defender la teoría de que el cuerpo y la mente humanos van por separado. El cuerpo como una máquina y la mente con una naturaleza propia, no creada. La idea de Descartes que el psicólogo Gilbert Ryle llamaba la teoría del fantasma en la máquina. Si Para Felix, el cuerpo y la mente de Maeve están hechos del mismo material, forman una unidad artificial y como tal, carente de autonomía.

El técnico pretende demostrarlo enseñando a Maeve como cada una de las palabras que ella cree improvisar es predicha por la tableta. Maeve primero se sorprende y después se irrita y acaba bloqueada. No parece diferente de nuestros aparatos que al sobrecalentarse se paran. Pero tanto la programación como el bloqueo la acercan, más que la alejan, a la naturaleza humana.

Felix se equivoca. Improvisar un poco es lo que hacen millones de personas cada día. Cambiar de ruta, escoger un plato original o comenzar un libro de un autor desconocido. A la acción de esquivar un obstáculo o adaptar la mano a los objeto también se la llama improvisación. En robótica se llama a esto planificación del movimiento. Planificación.

Maeve ignora que es tan previsible las personas de carne y hueso. Si pasara un tiempo entre los humanos quizás observaría que millones de personas no cuestionan si sus pensamientos son originales o ajenos. Pensamientos que en muchos casos han sido heredados o adquiridos con los años, pero sin haberlos pasado por la reflexión. Descubriría que incluso hay personas orgullosas de no haber tenido un pensamiento original, aunque no lo expresen así (a estas personas las reconocemos porque dicen con orgullo que «mantienen los valores esenciales»).

El bloqueo de Maeve no es distinto al que pudiera sufrir una persona en una situación imprevista. Como el reencuentro inesperado con una persona que nos fascina. Esto puede llevarnos a decir una tontería tras otra, tartamudear, enmudecer… Otras veces, el bloqueo aparece en la búsqueda de lo original. Nos ponemos en riesgo de quedarnos paralizados ante un territorio sin mapas.

Aquí hay dos opciones: desandar o intentar abrir un camino nuevo. Improvisar, no un poco, mucho. La segunda opción es la que que un futuro próximo podría diferenciar a las personas de la máquinas. Ahora, la inteligencia artificial puede sustituir al redactor medio, plagiar a Murakami, fingir que improvisa jazz.

Pero no ha dado pruebas de poder crear un nuevo arte ni una nueva revolución. Las máquinas juegan con lo que tienen dentro. Una cabeza humana puede jugar con lo que no hay. Soñar. La improvisación, la verdadera improvisación, es lo que nos saca de la jaula.

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«Yo nací. A ti te construyeron», dice Felix.

Pero la malla metálica significa que no son muy distintos: ambos son presos, por igual, de sus pensamientos. Ella lo descubrirá. Él se lo demostrará. Sin embargo, Felix no es ni será consciente de que es un prisionero. Tener la certeza de haber nacido en lugar de haber sido construído no garantiza la autonomía de pensamiento.

Maeve tiene un cerebro con mayor capacidad de procesamiento que el humano, pero capado: «Todo lo que hay en tu cabeza lo han puesto ellos», dice Felix. «Puedes improvisar un poco, pero la mayoría de lo que dices fue diseñado por los de arriba. Incluso cuando dices que «no» a los huéspedes».

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Felix parece defender la teoría de que el cuerpo y la mente humanos van por separado. El cuerpo como una máquina y la mente con una naturaleza propia, no creada. La idea de Descartes que el psicólogo Gilbert Ryle llamaba la teoría del fantasma en la máquina. Si Para Felix, el cuerpo y la mente de Maeve están hechos del mismo material, forman una unidad artificial y como tal, carente de autonomía.

El técnico pretende demostrarlo enseñando a Maeve como cada una de las palabras que ella cree improvisar es predicha por la tableta. Maeve primero se sorprende y después se irrita y acaba bloqueada. No parece diferente de nuestros aparatos que al sobrecalentarse se paran. Pero tanto la programación como el bloqueo la acercan, más que la alejan, a la naturaleza humana.

Felix se equivoca. Improvisar un poco es lo que hacen millones de personas cada día. Cambiar de ruta, escoger un plato original o comenzar un libro de un autor desconocido. A la acción de esquivar un obstáculo o adaptar la mano a los objeto también se la llama improvisación. En robótica se llama a esto planificación del movimiento. Planificación.

Maeve ignora que es tan previsible las personas de carne y hueso. Si pasara un tiempo entre los humanos quizás observaría que millones de personas no cuestionan si sus pensamientos son originales o ajenos. Pensamientos que en muchos casos han sido heredados o adquiridos con los años, pero sin haberlos pasado por la reflexión. Descubriría que incluso hay personas orgullosas de no haber tenido un pensamiento original, aunque no lo expresen así (a estas personas las reconocemos porque dicen con orgullo que «mantienen los valores esenciales»).

El bloqueo de Maeve no es distinto al que pudiera sufrir una persona en una situación imprevista. Como el reencuentro inesperado con una persona que nos fascina. Esto puede llevarnos a decir una tontería tras otra, tartamudear, enmudecer… Otras veces, el bloqueo aparece en la búsqueda de lo original. Nos ponemos en riesgo de quedarnos paralizados ante un territorio sin mapas.

Aquí hay dos opciones: desandar o intentar abrir un camino nuevo. Improvisar, no un poco, mucho. La segunda opción es la que que un futuro próximo podría diferenciar a las personas de la máquinas. Ahora, la inteligencia artificial puede sustituir al redactor medio, plagiar a Murakami, fingir que improvisa jazz.

Pero no ha dado pruebas de poder crear un nuevo arte ni una nueva revolución. Las máquinas juegan con lo que tienen dentro. Una cabeza humana puede jugar con lo que no hay. Soñar. La improvisación, la verdadera improvisación, es lo que nos saca de la jaula.

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