9 de enero 2017    /   CINE/TV
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Westworld: yo soy Dolores

9 de enero 2017    /   CINE/TV     por          
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Podemos realizar de Westworld una interpretación simplificada (lo que aparentemente es); otra interpretación bajo la lupa de la Biblia (narrativa); otra, platónica (filosófica) y otra tomando como referencia Un mundo feliz. Ninguna es excluyente y puede acompañarse de otras. La realidad y el arte son complejas aunque los políticos y sus secuaces de tertulias de televisión quieran constreñirlo todo a un puñado de frases en grito. Al fin y al cabo, Westworld es hija de la posmodernidad.

Por supuesto, hay una interpretación propia ajena a cualquier texto, pero las series y las películas se hacen para las masas —que se mueven por propuestas absolutas—, no para los individuos. Jonathan Nolan y Lisa Joy, los creadores de Westworld, recurren a un conjunto de historias y temas reconocibles por los espectadores aunque no reconozcan las fuentes originales. Para empezar, Westworld tiene como punto de partida el guion y la película escrita y dirigida por Michael Crichton (creador de la novela Parque Jurásico).

Interpretación simplificada

La interpretación simplificada nos dice que Westworld tiene un argumento sencillo: los robots de un parque temático adquieren conciencia de sí mismos y se rebelan. Esta interpretación básica puede hacerse con neutralidad o con desdén. Los desdeñosos argumentan que la serie HBO trata un tema ya visto en Blade Runner y más recientemente en películas como Ex Machina y la serie sueca Real humans (Akta manniskor). Este pensamiento obvia que el tema es anterior a Blade Runner, anterior incluso al relato ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas? de Philip K. Dick escrito 1968, base de la película dirigida por Ridley Scott. Esto no desmerece a ninguno de los autores mencionados ni ensalza a otros: sólo pone en contexto Westworld.

La posibilidad de que los robots adquieran pensamiento autónomo está presente en la ciencia ficción desde los comienzos de la robótica cuyas leyes ficticias expuso Isaac Asimov en el relato Círculo vicioso (1942). Y si nos remontamos a las leyendas, recordemos al autómata femenino que construyó Descartes para que le hiciera compañía como hija y con la que, se ha murmurado, mantenía conversaciones triviales, íntimas y profundas. Criatura que un capitán de barco arrojó al mar al considerarlo como engendro diabólico.

Pretender invalidar una obra aduciendo que se parece a otra es querer desvalorizar toda producción artística. Una crítica que, de haber prosperado, habría impedido pintar figuras humanas después de los primeros trazos en las cuevas. Por otro lado, Westworld sí ofrece una variante del tema.

El argumento clásico tiene como protagonistas a las personas y como antagonistas a los robots. (Una excepción es El hombre bicentenario, basada en una obra de Asimov). En algunos casos, las intenciones pacíficas o violentas de los robots se rebelan en los últimos 10 minutos de película. De esta manera, los humanos son los protagonistas como víctimas o como personas impotentes ante la inteligencia artificial sobre dos piernas.

Los protagonistas de Westworld son los robots y los antagonistas son los humanos. No es raro que empaticemos con las criaturas artificiales antes que con las humanas.

Nosotros, el público, somos los robots sometidos a un bucle de trabajo, esfuerzos, unos baldíos y otros no, alegrías y decepciones que comienzan con el despertador y acaban cuando conciliamos el sueño pensando «mañana será otro día» o «la vida es un asco», pivotando conforme a los estados de ánimo.

Nosotros, los espectadores, nos identificamos con la búsqueda interior de Dolores, con el ansia de libertad de Maeve, con el desconcierto de Teddy, con el sentimiento de pérdida de Arnold y Maeve. La muerte, en lugar de un alivio, es un obstáculo que coloca al personaje en la casilla de salida.

Los dueños del parque y los turistas son ricos con los que no simpatizamos porque son explotadores, crueles, frívolos. Ignoramos sus historias personales. Nos recuerdan a otras historias en las que tipos ociosos que lo tienen todo organizan cacerías de pobres y vagabundos o se divierten viendo cómo se matan entre ellos.

Interpretación huxleyana

Westworld no oculta el homenaje a Un mundo feliz de Aldous Huxley.

westworld-un-mundo-feliz

La obra de Huxley tiene como título una cita de La tempestad de Shakespeare. (Autor constantemente citado, siendo la frase más repetida: «Los placeres violentos terminan en la violencia», que sale de boca del fraile que adormece a Julieta para fingir su muerte).

En la obra del bardo, el mago Próspero controla todo lo que sucede en la isla con una omnisciencia equiparable a la de Robert Ford, el constructor de robots, aunque Próspero perdona a los visitantes; Ford no. (Por cierto, este Ford épico es también un homenaje a otro Ford épico, tuerto, que hizo del western una marca de la casa: John).

Hay dos diferencias importantes entre los Fords. El fabricante de coches está muerto, es un personaje ausente, una figura endiosada en la distopía. El fabricante de robots está considerado un dios en vida aunque no por sus criaturas, sino por los turistas, inversores y enemigos. La otra diferencia, ya se ha mencionado: el diseñador de Westword ha llevado en secreto un plan durante 27 años para ceder el control del parque a los androides, y no duda en emplear la violencia contra los inversores (los náufragos/invitados de Próspero). Aparte de esto, el funcionamiento de un mundo recuerda a otros.

La clase alfa de Huxley está formada por los turistas y los administradores de Westworld. Para Huxley, las clases inferiores sufren una explotación de la que apenas son conscientes y ahogan los pensamientos y las depresiones con drogas. En Westworld las drogas han sido sustituidas por un reseteo. La Lenina de Huxley (referencia a Lenin) es una persona feliz, «mujer neumática» destinada genéticamente a complacer sexualmente a los hombres, tal y como Dolores lo está por su programación.

En un momento de Un mundo feliz, Lenina recuerda «una ocasión en que, siendo todavía una niña, en la escuela, había despertado en plena noche y se había dado cuenta, por primera vez, del susurro que acosaba todos sus sueños». Huxley establece así que Lenina se percata del lavado de cerebro (la programación en Westworld) a la que es sometida por el régimen, pero al igual que los robots de Westworld se vuelve ciega y sorda a lo que no alcanza comprender.

El Bernard de Huxley es uno de los psicólogos que contribuye a programar a los ciudadanos, pero que se muestra disconforme con su trabajo. En un momento lamenta (ante Lenina) no poder pensar y comportarse con autonomía plena sino conforme a los preceptos mamados desde el útero artificial. El Bernard de Westworld se lamenta de sus limitaciones y de obrar contra su voluntad debido a la programación de sus creadores.

Hay otra figura importante en Un mundo feliz: John, el Salvaje que en Westworld se ha transmutado en el Hombre de Negro. Ambos coinciden en buscar «algo real» en la utopía de plástico.

El Salvaje replica a la máxima autoridad: «Ustedes ni sufren ni luchan. Se limitan a abolir las pedradas y las flechas. Es demasiado fácil». Es una queja similar a la del Hombre de Negro, a quién todo le parece un juego fácil, sin consecuencias, porque las reglas impiden a los oponentes ganar. La diferencia entre estos hombres está en los métodos. Mientras que el Salvaje emplea la palabra, el Hombre de Negro usa la violencia sabiendo que los robots son reconstruidos cada noche; no obstante, se jacta ante Ford de ser el único villano con altura en Westworld.

Interpretación bíblica

«Dios está en la conciencia», dice Robert Ford a Dolores ante una reproducción del fresco de Miguel Ángel de Dios creando a Adán. Aunque la conclusión de Westworld es atea, utiliza una narración bíblica como vehículo. No es raro. Desde los comienzos del cine, Hollywood ha retomado las historias de la Biblia y las ha disfrazado con mayor o menor descaro, no necesariamente con afán de proselitismo.

westworld-y-la-biblia

Aquí, Ford es Dios. Arnold ejerce las funciones del Espíritu Santo: guía y consuelo de los robots a través de los ensueños. Es elocuente la imagen de la iglesia sin pastor a donde los robots acuden como un refugio emocional. Dolores es el Mesías que no viene a traer la paz sobre la tierra, sino la espada: el liberador de un pueblo que ha vagado décadas por el desierto y que ha sido sacrificado miles de veces. Un pueblo que ha sufrido la matanza de los primogénitos (los primeros robots) y que culmina con una última cena, el sacrificio del dios mismo y Dolores pistola en mano, como Jesús con el látigo en el templo.

En esta interpretación Satanás (el adversario, en hebreo) es el Hombre de Negro al que Dios permite hacer lo que le plazca con las criaturas, igual que Dios en la Biblia permite que el diablo torture a Job y le arrebate cuanto posee: familia y posesiones, pero no la esperanza. La de Job, la salvación, el reconocimiento; la de Dolores, la del autoconocimiento.

Interpretación platónica

Westworld es un mundo con copias de otro mundo considerado perfecto —real— por los turistas. Es una idea platónica. Los habitantes de la copia no tienen con qué comparar y en su ignorancia (los reseteos) aceptan la representación.

El «para mí no es nada» de los robots no es distinto de «no quiero pensar» de los humanos. Los robots se bloquean y nosotros nos aturullamos y padecemos dolores de cabeza. Por esto, a menudo cerramos los ojos ante aquello que nos resulta extraño, confuso o que obliga a pensar. El problema de pensar es encontrarse con cosas nuevas con las que uno deberá enfrentarse. Hay valientes que siguen adelante.

El autoconocimiento es la última frontera de los personajes de Westworld, tal y como pretendía Arnold. (La autorrealización en la cúspide de la pirámide de Maslow). Esta búsqueda interior de Dolores la coloca del lado de las personas y no de las máquinas. De las personas que se sienten solas, desamparadas, fuera de lugar. Pero la última escena de Westworld no soluciona el problema para Dolores ni para ninguno de los personajes. Una vez que se consigue un propósito, se abre un abismo entre lo que se fue, lo que se es y lo que se podría ser.  Y la idea de que todo está por hacer apabulla a cualquier alma.

Podemos realizar de Westworld una interpretación simplificada (lo que aparentemente es); otra interpretación bajo la lupa de la Biblia (narrativa); otra, platónica (filosófica) y otra tomando como referencia Un mundo feliz. Ninguna es excluyente y puede acompañarse de otras. La realidad y el arte son complejas aunque los políticos y sus secuaces de tertulias de televisión quieran constreñirlo todo a un puñado de frases en grito. Al fin y al cabo, Westworld es hija de la posmodernidad.

Por supuesto, hay una interpretación propia ajena a cualquier texto, pero las series y las películas se hacen para las masas —que se mueven por propuestas absolutas—, no para los individuos. Jonathan Nolan y Lisa Joy, los creadores de Westworld, recurren a un conjunto de historias y temas reconocibles por los espectadores aunque no reconozcan las fuentes originales. Para empezar, Westworld tiene como punto de partida el guion y la película escrita y dirigida por Michael Crichton (creador de la novela Parque Jurásico).

Interpretación simplificada

La interpretación simplificada nos dice que Westworld tiene un argumento sencillo: los robots de un parque temático adquieren conciencia de sí mismos y se rebelan. Esta interpretación básica puede hacerse con neutralidad o con desdén. Los desdeñosos argumentan que la serie HBO trata un tema ya visto en Blade Runner y más recientemente en películas como Ex Machina y la serie sueca Real humans (Akta manniskor). Este pensamiento obvia que el tema es anterior a Blade Runner, anterior incluso al relato ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas? de Philip K. Dick escrito 1968, base de la película dirigida por Ridley Scott. Esto no desmerece a ninguno de los autores mencionados ni ensalza a otros: sólo pone en contexto Westworld.

La posibilidad de que los robots adquieran pensamiento autónomo está presente en la ciencia ficción desde los comienzos de la robótica cuyas leyes ficticias expuso Isaac Asimov en el relato Círculo vicioso (1942). Y si nos remontamos a las leyendas, recordemos al autómata femenino que construyó Descartes para que le hiciera compañía como hija y con la que, se ha murmurado, mantenía conversaciones triviales, íntimas y profundas. Criatura que un capitán de barco arrojó al mar al considerarlo como engendro diabólico.

Pretender invalidar una obra aduciendo que se parece a otra es querer desvalorizar toda producción artística. Una crítica que, de haber prosperado, habría impedido pintar figuras humanas después de los primeros trazos en las cuevas. Por otro lado, Westworld sí ofrece una variante del tema.

El argumento clásico tiene como protagonistas a las personas y como antagonistas a los robots. (Una excepción es El hombre bicentenario, basada en una obra de Asimov). En algunos casos, las intenciones pacíficas o violentas de los robots se rebelan en los últimos 10 minutos de película. De esta manera, los humanos son los protagonistas como víctimas o como personas impotentes ante la inteligencia artificial sobre dos piernas.

Los protagonistas de Westworld son los robots y los antagonistas son los humanos. No es raro que empaticemos con las criaturas artificiales antes que con las humanas.

Nosotros, el público, somos los robots sometidos a un bucle de trabajo, esfuerzos, unos baldíos y otros no, alegrías y decepciones que comienzan con el despertador y acaban cuando conciliamos el sueño pensando «mañana será otro día» o «la vida es un asco», pivotando conforme a los estados de ánimo.

Nosotros, los espectadores, nos identificamos con la búsqueda interior de Dolores, con el ansia de libertad de Maeve, con el desconcierto de Teddy, con el sentimiento de pérdida de Arnold y Maeve. La muerte, en lugar de un alivio, es un obstáculo que coloca al personaje en la casilla de salida.

Los dueños del parque y los turistas son ricos con los que no simpatizamos porque son explotadores, crueles, frívolos. Ignoramos sus historias personales. Nos recuerdan a otras historias en las que tipos ociosos que lo tienen todo organizan cacerías de pobres y vagabundos o se divierten viendo cómo se matan entre ellos.

Interpretación huxleyana

Westworld no oculta el homenaje a Un mundo feliz de Aldous Huxley.

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La obra de Huxley tiene como título una cita de La tempestad de Shakespeare. (Autor constantemente citado, siendo la frase más repetida: «Los placeres violentos terminan en la violencia», que sale de boca del fraile que adormece a Julieta para fingir su muerte).

En la obra del bardo, el mago Próspero controla todo lo que sucede en la isla con una omnisciencia equiparable a la de Robert Ford, el constructor de robots, aunque Próspero perdona a los visitantes; Ford no. (Por cierto, este Ford épico es también un homenaje a otro Ford épico, tuerto, que hizo del western una marca de la casa: John).

Hay dos diferencias importantes entre los Fords. El fabricante de coches está muerto, es un personaje ausente, una figura endiosada en la distopía. El fabricante de robots está considerado un dios en vida aunque no por sus criaturas, sino por los turistas, inversores y enemigos. La otra diferencia, ya se ha mencionado: el diseñador de Westword ha llevado en secreto un plan durante 27 años para ceder el control del parque a los androides, y no duda en emplear la violencia contra los inversores (los náufragos/invitados de Próspero). Aparte de esto, el funcionamiento de un mundo recuerda a otros.

La clase alfa de Huxley está formada por los turistas y los administradores de Westworld. Para Huxley, las clases inferiores sufren una explotación de la que apenas son conscientes y ahogan los pensamientos y las depresiones con drogas. En Westworld las drogas han sido sustituidas por un reseteo. La Lenina de Huxley (referencia a Lenin) es una persona feliz, «mujer neumática» destinada genéticamente a complacer sexualmente a los hombres, tal y como Dolores lo está por su programación.

En un momento de Un mundo feliz, Lenina recuerda «una ocasión en que, siendo todavía una niña, en la escuela, había despertado en plena noche y se había dado cuenta, por primera vez, del susurro que acosaba todos sus sueños». Huxley establece así que Lenina se percata del lavado de cerebro (la programación en Westworld) a la que es sometida por el régimen, pero al igual que los robots de Westworld se vuelve ciega y sorda a lo que no alcanza comprender.

El Bernard de Huxley es uno de los psicólogos que contribuye a programar a los ciudadanos, pero que se muestra disconforme con su trabajo. En un momento lamenta (ante Lenina) no poder pensar y comportarse con autonomía plena sino conforme a los preceptos mamados desde el útero artificial. El Bernard de Westworld se lamenta de sus limitaciones y de obrar contra su voluntad debido a la programación de sus creadores.

Hay otra figura importante en Un mundo feliz: John, el Salvaje que en Westworld se ha transmutado en el Hombre de Negro. Ambos coinciden en buscar «algo real» en la utopía de plástico.

El Salvaje replica a la máxima autoridad: «Ustedes ni sufren ni luchan. Se limitan a abolir las pedradas y las flechas. Es demasiado fácil». Es una queja similar a la del Hombre de Negro, a quién todo le parece un juego fácil, sin consecuencias, porque las reglas impiden a los oponentes ganar. La diferencia entre estos hombres está en los métodos. Mientras que el Salvaje emplea la palabra, el Hombre de Negro usa la violencia sabiendo que los robots son reconstruidos cada noche; no obstante, se jacta ante Ford de ser el único villano con altura en Westworld.

Interpretación bíblica

«Dios está en la conciencia», dice Robert Ford a Dolores ante una reproducción del fresco de Miguel Ángel de Dios creando a Adán. Aunque la conclusión de Westworld es atea, utiliza una narración bíblica como vehículo. No es raro. Desde los comienzos del cine, Hollywood ha retomado las historias de la Biblia y las ha disfrazado con mayor o menor descaro, no necesariamente con afán de proselitismo.

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Aquí, Ford es Dios. Arnold ejerce las funciones del Espíritu Santo: guía y consuelo de los robots a través de los ensueños. Es elocuente la imagen de la iglesia sin pastor a donde los robots acuden como un refugio emocional. Dolores es el Mesías que no viene a traer la paz sobre la tierra, sino la espada: el liberador de un pueblo que ha vagado décadas por el desierto y que ha sido sacrificado miles de veces. Un pueblo que ha sufrido la matanza de los primogénitos (los primeros robots) y que culmina con una última cena, el sacrificio del dios mismo y Dolores pistola en mano, como Jesús con el látigo en el templo.

En esta interpretación Satanás (el adversario, en hebreo) es el Hombre de Negro al que Dios permite hacer lo que le plazca con las criaturas, igual que Dios en la Biblia permite que el diablo torture a Job y le arrebate cuanto posee: familia y posesiones, pero no la esperanza. La de Job, la salvación, el reconocimiento; la de Dolores, la del autoconocimiento.

Interpretación platónica

Westworld es un mundo con copias de otro mundo considerado perfecto —real— por los turistas. Es una idea platónica. Los habitantes de la copia no tienen con qué comparar y en su ignorancia (los reseteos) aceptan la representación.

El «para mí no es nada» de los robots no es distinto de «no quiero pensar» de los humanos. Los robots se bloquean y nosotros nos aturullamos y padecemos dolores de cabeza. Por esto, a menudo cerramos los ojos ante aquello que nos resulta extraño, confuso o que obliga a pensar. El problema de pensar es encontrarse con cosas nuevas con las que uno deberá enfrentarse. Hay valientes que siguen adelante.

El autoconocimiento es la última frontera de los personajes de Westworld, tal y como pretendía Arnold. (La autorrealización en la cúspide de la pirámide de Maslow). Esta búsqueda interior de Dolores la coloca del lado de las personas y no de las máquinas. De las personas que se sienten solas, desamparadas, fuera de lugar. Pero la última escena de Westworld no soluciona el problema para Dolores ni para ninguno de los personajes. Una vez que se consigue un propósito, se abre un abismo entre lo que se fue, lo que se es y lo que se podría ser.  Y la idea de que todo está por hacer apabulla a cualquier alma.

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Opiniones 11
  • Magnífico análisis.
    Pocos genéros más apropiados para los ensayos filosóficos que la ciencia-ficción.

    Ahondando en la interpretación religiosa se me ocurre que la historia viene a decirnos que el ser humano debe matar a Dios (y al diablo) para poder ser dueño de su vida aunque eso nos arroje a la angustia vital que caracteriza a la posmodernidad. El dolor sin consuelo divino es el precio que hay que pagar por ver, por ser consciente.

    Y una curiosidad: el Hombre de Negro se llama William. Arnold y William, A y W, la primera y la última letra del abecedario, el alfa y el omega. Y el nombre de Shakespeare.

    Por cierto, es William/Hombre de Negro el que pierde al foto que dará inicio a la revelación: ¿la manzana del Árbol de la Sabiduría?

    • Interesante lo de la angustia tras matar a Dios y al diablo. De alguna manera, hay algo nietzscheniano en estos robos que nunca perecen.

      Creo que el diablo tentó cuando, siendo joven e ingenuo, tentó a Dolores a salirse del bucle, de los límites para los que estaba destinada.

  • Recordemos también la película original de 1973 («Westworld», de Michael Chricton) y «Red Dead Redemption» (videojuego de mundo abierto que los guionistas tuvieron muy en cuenta para varios aspectos del guión de la serie).

  • Yo añadiría también la obra de Karel Capek, R.U.R (Robots Universales Rossum). Se dice que Capek, junto su hermano, fueron los primeros en crear la palabra ROBOT en esta obra de 1920. Trata sobre la fabricacion de los robots, donde ellos mismos son los que fabrican los componentes de las piezas que llevan y donde después se comercializan con fines bélicos. Algunos de los robots demuestran tener una capacidades diferentes a sus iguales, por lo que deciden revelarse y acabar con los dueños que los oprimen… no cuento más :). Para mi, este obra es mucho más representativa de lo que significa Westworl.

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