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22 de julio 2014    /   IDEAS
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‘La revolución sexual’ de Wilhelm Reich

22 de julio 2014    /   IDEAS     por          
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En 1968, los estudiantes franceses gritaban un nombre mientras la policía les hacía brechas de siete puntos en la cabeza: ¡Wilhelm Reich! ¡Wilhelm Reich! En pleno apogeo de las teorías políticas y filosóficas, entre espesas discusiones sobre si Mao, Bakunin o Sartre, la juventud parisina también levantaba el puño reivindicando el referente ideológico que les había dado la consigna sin lugar a dudas más clara, inequívoca y atractiva: los jóvenes, para ser libres, lo que tenían que hacer era follar.
Como en todas las revoluciones de la segunda mitad del siglo XX, la acción fue sucedida por la comercialización. Y en este caso, el primer avispado que echó mano de la obra del heterodoxo psicoanalista y sexólogo austrohúngaro fue un italiano, Riccardo Ghione, que ya en julio del 68 se puso a filmar en Grosseto La rivoluzione sessuale para estrenarla rápido, como mandan los cánones del marketing, en noviembre del mismo año.
La cinta recogía las principales ideas y trabajos de Reich «sin ánimo de ser didáctica», declaró a la prensa internacional su director. En la historia un profesor propone una serie de intercambios de pareja por sorteo entre un grupo de siete hombres y siete mujeres. Si se superan los tabúes, les explica, el sexo puede acabar con el malestar existencial del ser humano. A la excitación inicial le sigue la culpabilidad, conflictos sentimentales y finalmente la tragedia, un suicidio. Ni dos meses habían tardado en difundir la idea de que la revolución sexual de Wilhelm Reich no solo no era posible, sino que era mortalmente peligrosa hasta en un hotel a las afueras.
No obstante, el sexólogo nunca citó en su obra que las orgías o una amplia agenda de follamigos fueran los fundamentos de la salud sexual deseable. Más bien al contrario, la inclinación hacia comportamientos compulsivos formaban parte, precisamente, del desorden. A Reich no le pasaron desapercibidos los incontables ejemplos en todas las latitudes de burgueses que mandaban a la mujer a bañar al niño y se iban de putas más contentos que un San Luis. Eran, de hecho, la máxima expresión del patriarcado, un enemigo más represor que el capitalismo, advirtió.
Pero la confusión es recurrente. Han sido frecuentes los casos de pseudosectas y curanderos que haciendo apología de la obra de Reich entendida de aquella manera captaron a incautos, desequilibrados y solitarios, y para desplumarlos cobrando por sesiones de ‘bioenergía’ en las que terminaban sirviendo de carne de cañón para orgías en beneficio del supuesto terapeuta. El diario La Vanguardia denunció a las que operaban en Cataluña en el verano de 1987.
Volviendo atrás, mucho más respetuoso con el autor, pero no con el espectador, fue el cineasta yugoslavo Dusan Makavejev. Este belgradense era uno de los directores más destacados de la Ola Negra, el movimiento cinematográfico yugoslavo equivalente a la Nouvelle Vague francesa. El cine de Makavejev siempre había estado atento a los conflictos sexuales y las contradicciones que planteaban en el mundo anterior al 68. Sus películas hacían gala de un exquisito humor ácido y corrosivo, de modo que cuando abordó con estas premisas en su cuarta película el trabajo de Reich, que fue un crítico feroz con la configuración autoritaria en todos los órdenes de la vida que habían tomado los estados comunistas, pues tuvo que salir por piernas de Yugoslavia.
En su cinta Los misterios del organismo se desplazó hasta Estados Unidos para entrevistar a los vecinos de Reich cuando fue perseguido por la implacable Caza de brujas del senador McCarthy. El sexólogo alemán tuvo el preciado don de no agradar a nadie. Tuvo que huir a la carrera del nazismo, fue expulsado del Partido Comunista y en la tierra de la libertad le encarcelaron en la prisión de Lweisburg, Pennsylvania, hasta su  muerte en 1957.
Hay que señalar que por aquellas fechas estaba trabajando en su pintoresco Acumulador de Energía Orgónica, parecido a la Máquina del Orgasmo del Dormilón de Woody Allen, y en teorías de dudoso rigor científico. Cuentan las crónicas que el hecho de que el gobierno estadounidense incinerara todos sus manuscritos añadió valor e interés a su leyenda, pero la realidad, el hecho es que el mensaje de su obra más importante, La revolución sexual, escrita en 1936, aún podría estar vigente en muchos aspectos.
En lo referente a la masturbación, la verdad sea dicha, sería complicado. Haber, habrá padres hoy en día que culpabilicen a sus hijos por masturbarse, pero difícilmente tendrán el valor de admitirlo en público so pena de quedar como energúmenos antediluvianos. Reich, en su día, se quejó de la situación de una amplia mayoría de adolescentes que se veían obligados a combatir su inclinación natural a la masturbación «con mayor o menor fortuna». En algunos casos, se lamentaba, con prácticas nocivas como retener la eyaculación. Adentrarse en la madurez sexual consistía en una lucha desesperada contra la excitación, un forcejeo constante contra la propia sexualidad.
El asunto no haría más que empeorar con la unión «antisexual» del matrimonio. Una contradicción entre los intereses económicos y los sexuales. Una institución en la que se obtiene «rutina acomodaticia» a cambio de «miseria sexual, imposiciones y un tremendo vacío». Es decir, una vida sexual «ordenada desde el exterior».
La mujer, con una vida sexualmente vacía y sin independencia económica, daba sentido a su existencia entregándose al cuidado de los hijos. «Toda restricción que atentara contra estas relaciones, aunque fuese para bien de los hijos, ella la sentía como una grave privación y se defendía con tenacidad». A esto había quedado relegada.
La revolución soviética, en una primera etapa, quiso dinamitar esta clase de existencia lacerante para la mayoría de los individuos, pero fracasó y volvió al modelo arcaico de, en palabras de Reich, «moralizar en lugar de comprender y dominar los problemas». Digamos que los estudiantes rusos de los años 20 habían entendido la liberación sexual del modo orgiástico de la aludida película de Ghione. Era una fase necesaria de desorden antes del equilibrio deseado, dijo Reich, pero se volvió al modelo anterior malinterpretando declaraciones de Lenin sobre la libertad del amor de forma no muy distinta de la que hizo una célebre organización con los Evangelios.
En la URSS comenzó a difundirse el temor a viejos fantasmas, que la humanidad se extinguiría, que la familia debía ser protegida y que había que alentar la voluntad de tener niños. Pero Reich puntualizó que la sociedad que no pueda o no quiera tomar a su cargo a los niños no tenía derecho a exigir que las madres dieran a luz a unos hijos no deseados.
Efectivamente, la primera batalla que se libró es harto conocida hoy en día, fue volver a la penalización del aborto, que se había permitido inicialmente por el deseo de acabar con los curanderos. Sin embargo, Reich observó que donde había mujeres económicamente independientes, bajas por maternidad y guarderías, aumentaba la natalidad, pero los «funcionarios de cierta edad» moldeados en la vieja moral optaron por controlar la demografía por la vía represiva. Era también el miedo a perder una guerra por falta de soldaditos. Así explicaron algunos generalotes franceses la caída de su país a manos de los nazis.
Los comunistas continuaron y después llegó la persecución de los homosexuales. Para Reich era una opción sexual que, innata o adquirida, no perjudicaba a nadie. Pero se la calificó de incultura bárbara o perversión burguesa. En enero de 1934 se hicieron detenciones masivas de homosexuales en Moscú, Odesa, Leningrado y Jarkov. En marzo, una ley prohibió las relaciones entre hombres con penas de tres a ocho años de cárcel.
Máximo Gorki llegó a escribir que «mientras en los países fascistas la homosexualidad, ruina de la juventud, florece por doquier impunemente, en los países donde el proletariado ha tomado, con audacia, las riendas del poder, la homosexualidad ha sido declarada crimen social y es castigada con rigor. Ya suena en Alemania esta consigna: extirpad la homosexualidad y el fascismo habrá desaparecido».
En realidad, como él mismo ya había escrito en 1933 en La psicología de masas del fascismo, la represión sexual fue la cadena de transmisión de las ideas fascistas entre las clases populares, de ese deseo aparentemente contradictorio de ser dominados. Había un tipo de hombre que «como no ha aprendido a vivir naturalmente, declina toda responsabilidad de sus actos y decisiones, y reclama que le dirijan y le frenen».
¿Cómo promover pues la igualdad de los seres humanos? ¿Cómo podrían entender y aceptar los individuos propuestas para el bienestar general? La conclusión final de Reich era de naturaleza política: «las fuerzas irracionales del pensamiento colectivo no pueden ser dominadas con la sola argumentación lógica (…) Los argumentos racionales deben asentarse sobre el fundamento estable de sentimientos sanos y naturales». ¿No les parece actual?

En 1968, los estudiantes franceses gritaban un nombre mientras la policía les hacía brechas de siete puntos en la cabeza: ¡Wilhelm Reich! ¡Wilhelm Reich! En pleno apogeo de las teorías políticas y filosóficas, entre espesas discusiones sobre si Mao, Bakunin o Sartre, la juventud parisina también levantaba el puño reivindicando el referente ideológico que les había dado la consigna sin lugar a dudas más clara, inequívoca y atractiva: los jóvenes, para ser libres, lo que tenían que hacer era follar.
Como en todas las revoluciones de la segunda mitad del siglo XX, la acción fue sucedida por la comercialización. Y en este caso, el primer avispado que echó mano de la obra del heterodoxo psicoanalista y sexólogo austrohúngaro fue un italiano, Riccardo Ghione, que ya en julio del 68 se puso a filmar en Grosseto La rivoluzione sessuale para estrenarla rápido, como mandan los cánones del marketing, en noviembre del mismo año.
La cinta recogía las principales ideas y trabajos de Reich «sin ánimo de ser didáctica», declaró a la prensa internacional su director. En la historia un profesor propone una serie de intercambios de pareja por sorteo entre un grupo de siete hombres y siete mujeres. Si se superan los tabúes, les explica, el sexo puede acabar con el malestar existencial del ser humano. A la excitación inicial le sigue la culpabilidad, conflictos sentimentales y finalmente la tragedia, un suicidio. Ni dos meses habían tardado en difundir la idea de que la revolución sexual de Wilhelm Reich no solo no era posible, sino que era mortalmente peligrosa hasta en un hotel a las afueras.
No obstante, el sexólogo nunca citó en su obra que las orgías o una amplia agenda de follamigos fueran los fundamentos de la salud sexual deseable. Más bien al contrario, la inclinación hacia comportamientos compulsivos formaban parte, precisamente, del desorden. A Reich no le pasaron desapercibidos los incontables ejemplos en todas las latitudes de burgueses que mandaban a la mujer a bañar al niño y se iban de putas más contentos que un San Luis. Eran, de hecho, la máxima expresión del patriarcado, un enemigo más represor que el capitalismo, advirtió.
Pero la confusión es recurrente. Han sido frecuentes los casos de pseudosectas y curanderos que haciendo apología de la obra de Reich entendida de aquella manera captaron a incautos, desequilibrados y solitarios, y para desplumarlos cobrando por sesiones de ‘bioenergía’ en las que terminaban sirviendo de carne de cañón para orgías en beneficio del supuesto terapeuta. El diario La Vanguardia denunció a las que operaban en Cataluña en el verano de 1987.
Volviendo atrás, mucho más respetuoso con el autor, pero no con el espectador, fue el cineasta yugoslavo Dusan Makavejev. Este belgradense era uno de los directores más destacados de la Ola Negra, el movimiento cinematográfico yugoslavo equivalente a la Nouvelle Vague francesa. El cine de Makavejev siempre había estado atento a los conflictos sexuales y las contradicciones que planteaban en el mundo anterior al 68. Sus películas hacían gala de un exquisito humor ácido y corrosivo, de modo que cuando abordó con estas premisas en su cuarta película el trabajo de Reich, que fue un crítico feroz con la configuración autoritaria en todos los órdenes de la vida que habían tomado los estados comunistas, pues tuvo que salir por piernas de Yugoslavia.
En su cinta Los misterios del organismo se desplazó hasta Estados Unidos para entrevistar a los vecinos de Reich cuando fue perseguido por la implacable Caza de brujas del senador McCarthy. El sexólogo alemán tuvo el preciado don de no agradar a nadie. Tuvo que huir a la carrera del nazismo, fue expulsado del Partido Comunista y en la tierra de la libertad le encarcelaron en la prisión de Lweisburg, Pennsylvania, hasta su  muerte en 1957.
Hay que señalar que por aquellas fechas estaba trabajando en su pintoresco Acumulador de Energía Orgónica, parecido a la Máquina del Orgasmo del Dormilón de Woody Allen, y en teorías de dudoso rigor científico. Cuentan las crónicas que el hecho de que el gobierno estadounidense incinerara todos sus manuscritos añadió valor e interés a su leyenda, pero la realidad, el hecho es que el mensaje de su obra más importante, La revolución sexual, escrita en 1936, aún podría estar vigente en muchos aspectos.
En lo referente a la masturbación, la verdad sea dicha, sería complicado. Haber, habrá padres hoy en día que culpabilicen a sus hijos por masturbarse, pero difícilmente tendrán el valor de admitirlo en público so pena de quedar como energúmenos antediluvianos. Reich, en su día, se quejó de la situación de una amplia mayoría de adolescentes que se veían obligados a combatir su inclinación natural a la masturbación «con mayor o menor fortuna». En algunos casos, se lamentaba, con prácticas nocivas como retener la eyaculación. Adentrarse en la madurez sexual consistía en una lucha desesperada contra la excitación, un forcejeo constante contra la propia sexualidad.
El asunto no haría más que empeorar con la unión «antisexual» del matrimonio. Una contradicción entre los intereses económicos y los sexuales. Una institución en la que se obtiene «rutina acomodaticia» a cambio de «miseria sexual, imposiciones y un tremendo vacío». Es decir, una vida sexual «ordenada desde el exterior».
La mujer, con una vida sexualmente vacía y sin independencia económica, daba sentido a su existencia entregándose al cuidado de los hijos. «Toda restricción que atentara contra estas relaciones, aunque fuese para bien de los hijos, ella la sentía como una grave privación y se defendía con tenacidad». A esto había quedado relegada.
La revolución soviética, en una primera etapa, quiso dinamitar esta clase de existencia lacerante para la mayoría de los individuos, pero fracasó y volvió al modelo arcaico de, en palabras de Reich, «moralizar en lugar de comprender y dominar los problemas». Digamos que los estudiantes rusos de los años 20 habían entendido la liberación sexual del modo orgiástico de la aludida película de Ghione. Era una fase necesaria de desorden antes del equilibrio deseado, dijo Reich, pero se volvió al modelo anterior malinterpretando declaraciones de Lenin sobre la libertad del amor de forma no muy distinta de la que hizo una célebre organización con los Evangelios.
En la URSS comenzó a difundirse el temor a viejos fantasmas, que la humanidad se extinguiría, que la familia debía ser protegida y que había que alentar la voluntad de tener niños. Pero Reich puntualizó que la sociedad que no pueda o no quiera tomar a su cargo a los niños no tenía derecho a exigir que las madres dieran a luz a unos hijos no deseados.
Efectivamente, la primera batalla que se libró es harto conocida hoy en día, fue volver a la penalización del aborto, que se había permitido inicialmente por el deseo de acabar con los curanderos. Sin embargo, Reich observó que donde había mujeres económicamente independientes, bajas por maternidad y guarderías, aumentaba la natalidad, pero los «funcionarios de cierta edad» moldeados en la vieja moral optaron por controlar la demografía por la vía represiva. Era también el miedo a perder una guerra por falta de soldaditos. Así explicaron algunos generalotes franceses la caída de su país a manos de los nazis.
Los comunistas continuaron y después llegó la persecución de los homosexuales. Para Reich era una opción sexual que, innata o adquirida, no perjudicaba a nadie. Pero se la calificó de incultura bárbara o perversión burguesa. En enero de 1934 se hicieron detenciones masivas de homosexuales en Moscú, Odesa, Leningrado y Jarkov. En marzo, una ley prohibió las relaciones entre hombres con penas de tres a ocho años de cárcel.
Máximo Gorki llegó a escribir que «mientras en los países fascistas la homosexualidad, ruina de la juventud, florece por doquier impunemente, en los países donde el proletariado ha tomado, con audacia, las riendas del poder, la homosexualidad ha sido declarada crimen social y es castigada con rigor. Ya suena en Alemania esta consigna: extirpad la homosexualidad y el fascismo habrá desaparecido».
En realidad, como él mismo ya había escrito en 1933 en La psicología de masas del fascismo, la represión sexual fue la cadena de transmisión de las ideas fascistas entre las clases populares, de ese deseo aparentemente contradictorio de ser dominados. Había un tipo de hombre que «como no ha aprendido a vivir naturalmente, declina toda responsabilidad de sus actos y decisiones, y reclama que le dirijan y le frenen».
¿Cómo promover pues la igualdad de los seres humanos? ¿Cómo podrían entender y aceptar los individuos propuestas para el bienestar general? La conclusión final de Reich era de naturaleza política: «las fuerzas irracionales del pensamiento colectivo no pueden ser dominadas con la sola argumentación lógica (…) Los argumentos racionales deben asentarse sobre el fundamento estable de sentimientos sanos y naturales». ¿No les parece actual?

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