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11 de julio 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Wonder Woman y otras armas del feminismo del siglo XXI

11 de julio 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El feminismo ha entrado en la agenda casi a patadas porque había quien se empeñaba en mantenerlo bajo tierra. Más allá del activismo militante político, el movimiento cuenta con algunas armas que están intentando que tus hijos vivan en un mundo menos machista.

La mancha se extiende irrefrenable a través de todos los estratos. En el más cercano y cotidiano del currito de a pie, Antonio «ayuda» a su Paqui poniendo la mesa mientras de reojo mira cómo el partido de liga se acerca al descanso. Ambos acaban de llegar de trabajar de la misma fábrica, en Puertollano (Ciudad Real). En ella, Antonio manipula piezas metálicas en la cadena de montaje y Paqui empuja el carrito de la limpieza durante todo el día, de arriba abajo.

Al llegar a casa, él percibe esa sensación de relax que se experimenta cuando se ve el sofá en el horizonte. Ella pone la sartén con aceite en el fuego y saca las pechugas de pollo que dejó empanadas por la mañana. Así, día tras día. Así, noche tras noche.

No muy lejos de Puertollano y ese mismo día, Rafael, diputado de las cortes españolas, interviene en un debate parlamentario en el que se está llevando a cabo una moción de censura contra el actual presidente del gobierno.

—Hay quien dice que [en el día anterior, en el debate] estuvo mejor la señora Montero que usted —espeta Rafael Hernando, portavoz del Partido Popular a Pablo Iglesias—, pero no diré yo esto porque si no, no sé qué voy a provocar en esa relación.

Rafael Hernando sacó pecho y dejó caer en la Cámara Baja que sería un bochorno para el diputado Iglesias que su pareja sentimental, la diputada Irene Montero, lo hubiese hecho mejor que él.

Uno de estos dos relatos es ficcionado aunque se repita miles de veces cada día en todo el mundo. Los dos relatos sirven para ilustrar que el movimiento feminista tiene mucho trabajo por hacer.

La misión de llevar a cabo un cambio de paradigma en la sociedad de todo el planeta no tiene garantizado el éxito. Ni siquiera basta con la voluntad ya que la inmensa mayoría de la ciudadanía está contaminada por una programación social basada en el patriarcado y en un buen puñado de privilegios ancestrales escasamente justificados. Los hombres llevan grabado en el disco duro lo normal que es que «las mujeres se ocupen de sus cosas y los hombres de las suyas». Es más duro aún constatar cómo millones de mujeres dieron la propuesta por buena y se resignan al devenir del mundo.

Revertir la situación no es un proceso rápido. De hecho, no bastará con una o dos generaciones y, siendo pesimistas, puede que sea algo que nunca ocurra. Pero los que no cejen en el empeño cuentan con diversas herramientas capaces de hacer frente a la discriminación. Wonder Woman es una de esas herramientas. O más que Wonder Woman, su estudiada identidad basada en el empoderamiento femenino y el inspirador icono cultural en el que se ha convertido.

Elisa McCausland (Madrid, 1983) es periodista, crítica e investigadora especializada en feminismo y cultura popular. Acaba de lanzar Wonder Woman, el feminismo como superpoder, un libro editado por Errata Naturae que analiza la figura de la heroína como portadora de los superpoderes de un feminismo propagado a través de los códigos de la cultura contemporánea de masas.

Portada del libro / Natacha Bustos y Carla Berrocal
Portada del libro / Natacha Bustos y Carla Berrocal

Wonder Woman y el superpoder de la cultura popular

En 1941, y mientras las fuerzas aéreas japonesas arrasaban Pearl Harbor, nacía el personaje de Wonder Woman. Su primera aventura se incluía en el número 8 de All Star Comics a petición del editor Max Gaines. Wonder Woman es producto de la imaginación y la investigación de William Moulton Marston, su esposa Elizabeth Holloway y su compañera Olive Byrne. El primer guionista fue el propio Marston, que creó sus historias hasta que decidió pasar a mejor vida en 1947. El primer dibujante de Wonder Woman y el responsable del aspecto icónico que conocemos fue Harry G. Peter, que siguió ilustrando los cómics hasta 1958, el año en que falleció.

El éxito de este nuevo personaje fue evidente y fulgurante y, por ello, en junio de 1942, Wonder Woman se hizo con su propia cabecera mensual en la editora predecesora de la actual DC Comics.

Wonder Woman abanderó los postulados feministas desde su inicio y su forma de ser era, en parte, una proyección de los avanzados valores con los que vivían tanto Marston como su esposa y su compañera. Los tres mantuvieron una relación poliamorosa e, incluso, a la muerte de Marston, Holloway y Byrne siguieron cohabitando durante décadas como unidad familiar bien avenida.

Como explica Elisa McCausland en su libro, el feminismo explícito en los guiones de Wonder Woman era producto directo de la sensibilidad del autor, de su inusual modelo de convivencia social y familiar y de su cotidianeidad. Sin ir más lejos, una de las armas de la amazona, el lazo de la verdad, está íntimamente relacionado con un invento de William Marston que ha llegado hasta nuestros días: el polígrafo.

Por supuesto, el contexto histórico fue crucial en un país que «arrojó a millones de hombres a la guerra y la muerte, y propició sin pretenderlo un fugaz empoderamiento laboral, sexual y cultural de las mujeres norteamericanas con el que arrasarían en los años 50».

Ilustración de Natacha Bustos
Ilustración de Natacha Bustos

Wonder Woman siguió manteniendo un éxito casi equiparable al de Superman. En contra de lo que pudiera parecer, la sociedad estadounidense —o al menos una buena parte de ella— aceptaba sin dudar las propuestas narrativas de las historietas de la amazona. «La verdad es que William Marston, Elizabeth Holloway y Olive Byrne crearon a Wonder Woman en un momento especial, desde luego, la Segunda Guerra Mundial, con todo lo que ello implicó en cuanto a un revolcón coyuntural del sistema. Eso ocurrió en el seno de un mercado cultural que algunos podrán tachar de cosificado, pero en el que fue posible la existencia del personaje. Durante más de un lustro, Wonder Woman tuvo una potencia en sus discursos que luego no se ha vuelto a repetir, no ya en su cabecera, sino en la historia del cómic». Tampoco se produjo una fagocitación del mensaje feminista por la maquinaria comercial y capitalista de la industria del cómic.

Ese es el poso en el que Wonder Woman se desarrolla como personaje. Hablamos de Diana de Themyscira, una amazona criada en una isla, en el seno de una civilización formada exclusivamente por mujeres y definida por la paz y el progreso. Los faros de la civilización Themyscira son Afrodita, diosa de la belleza, y Atenea, diosa de la sabiduría.

Marston tenía la intención de que Wonder Woman fuese fuente de inspiración para todas las mujeres, quería que tuvieran el arrojo de lanzarse a conquistar el mundo y a ser ellas mismas sin necesidad de supeditar su desarrollo al de otra persona. Como explica McCausland en su ensayo, «todo en la primera etapa de Wonder Woman, entre 1941 y 1947, es política feminista, sin igual en la historia de la cultura popular, en el desarrollo del cómic industrial o el instalado en los márgenes», en los sectores menos comerciales.

El autor contó con la complicidad de Max Gaines. De hecho, los cómics de esa Edad de Oro de Wonder Woman incluían unos cuadernos centrales bautizados como The Wonder Women of History. Esos cuadernos narraban la historias de mujeres ejemplares reales y sus logros. Florence Nightingale, Juana de Arco, Marie Curie o Sarah Bernhardt formaron parte de sus páginas. «Gaines era feminista o, al menos, tenía una visión muy libre de las relaciones entre las personas», explica la investigadora. «Era cómplice del clan Marston. Siempre, por supuesto, desde los parámetros ideológicos que podían llegar a manejarse en la época».

Cuando Marston murió, en 1947, Robert Kanigher se ocupó de determinar el destino de Wonder Woman. La perspectiva del personaje cambió a pesar de Max Gaines. «Tampoco puede negarse que Gaines deseaba hacer dinero con su actividad. Es, al fin y al cabo, lo que impulsó la cabecera de Wonder Woman en sus primeros años y, con ello, lo que sembró las ideas entre muchos de sus lectores y lectoras. Las feministas de segunda ola que reivindicaron al personaje a principios de los años 70 se hicieron fans de la amazona leyendo los comic books industriales auspiciados por Gaines», explica McCausland.

Sin embargo, los años de Kanigher fueron el inicio de una nueva etapa en la que, como muestra del signo de los tiempos, los cuadernos de The Wonder Women of History fueron sustituidos por una sección titulada Marriage à la Mode, unos reportajes que mostraban las costumbres nupciales en todo el mundo. Los enemigos de Wonder Woman, sus detractores en el mundo real, que siempre los tuvo, pudieron celebrar una pírrica victoria.

Ilustración de Carla Berrocal
Ilustración de Carla Berrocal

El feminismo en la Wonder Woman de 2017

Al cómic se unieron otras manifestaciones culturales de masas capaces de hacer llegar determinados mensajes a ciudadanos de todo el planeta. Hace años, era impensable que un personaje femenino pudiese abanderar los postulados del feminismo para establecerse como vanguardia de la lucha de las mujeres.

Elisa McCausland, que ha centrado una buena parte de su carrera investigadora en el mundo del cómic, dice que ahora sí se pueden encontrar personajes sugerentes en ese imaginario. «La Thor de Jason Aaron, la Lobezna de Marjorie Liu o la Capitana Marvel de Kelly Sue DeConnick son tres ejemplos. También Harley Quinn y Poison Ivy, que no son heroínas y, por ello, son quizás hasta más interesantes; o la Power Girl de Amanda Conner. Editoriales medianas como Image están trabajando con relecturas que suponen interesantes retos —como la que lleva a cabo el guionista Matt Fraction en ODY-C o la transgresión a muchos niveles de las que son responsables Emma Ríos y Hwei Lim en Mirror—. En cine y televisión, la Agente Carter, Hit-Girl, Supergirl o Jessica Jones. No podemos quejarnos».

Elisa McCausland afirma que «un cínico podría pensar que es el momento de publicar un libro sobre Wonder Woman porque se estrena una película sobre ella». Sin embargo, según la autora madrileña, lo reseñable va por otros derroteros. «¿Por qué ha podido ser producida una película sobre Wonder Woman justo ahora? La respuesta, tanto a mi libro como a la película, está en una sensibilidad que se respira en el ambiente. El feminismo parece que ha vuelto a ser una prioridad. En ese marco, es obvio que la superheroína más feminista del mundo del cómic, la que de hecho sirve aún como canon para determinar hasta qué punto lo son todas las demás, iba a hacer acto de aparición a nivel mayoritario antes o después. El interrogante más preocupante en este aspecto, como me decía Trina Robbins cuando la entrevisté, es que hayan tenido que pasar tantos años para que un icono superheroico y feminista como Wonder Woman pueda gozar de una superproducción propia».

La investigadora afirma que no ha visto la nueva película y que «aunque las críticas en Estados Unidos han sido muy positivas, está claro que se habrán hecho concesiones. El tema, en realidad, consiste en qué podemos aprovechar como espectadores y críticos de la película, teniendo en cuenta que se va a estrenar en todo el mundo y tiene el potencial de alcanzar a una audiencia de cientos de millones de personas», señala.

La fuerza de un espectáculo como el cine reside precisamente ahí, en el alcance universal y, por eso, McCausland da por buenas algunas concesiones. «A lo mejor no es la Wonder Woman que a mí me gustaría exactamente, pero seguro que se habrá intentado honrar lo mejor del personaje y tendrá muchas cosas interesantes. Lo más inteligente y constructivo es verla con generosidad y confiar en que irá abriendo camino».

Ilustración de Natacha Bustos
Ilustración de Natacha Bustos

El feminismo vive en una isla desierta

El cine o el cómic son propuestas de ocio capaces de entregar un mensaje empaquetado bajo una receta sencilla de digerir. Aunque Elisa McCausland afirma que rechaza que la ficción acabe convertida en una herramienta pedagógica sin más, sí se muestra positiva al valorar «fenómenos que logren derribar barreras entre niños y niñas a la hora de representar y verse representados, como el de Frozen o el de Wonder Woman».

Por supuesto, a su juicio existen elementos criticables como «cierta superficialidad, estar atravesados por el consumo o por un capitalismo material y de las emociones que tan solo pretende satisfacer sensibilidades entendidas como nichos de mercado». Sin embargo, la periodista e investigadora afirma que es mucho más importante «educar política y socialmente a los niños y a las niñas en un espíritu crítico, que les permita apreciar y disfrutar de la cultura y de todo lo demás sin tener miedo a convertirse en víctimas ni sentir la obligación de erigirse en jueces. La cultura ha de ser libre en todos los aspectos y la mente de los niños y las niñas, también». Las cosas no van bien cuando alguien no decide por sí mismo lo que tiene que apoyar o lo que se tiene que dejar de consumir.

¿Misión Imposible?

La RAE define el feminismo como «la ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres». El corolario de esa definición es que si no se es feminista solo quedan dos posibilidades.

Se puede apostar por la hegemonía de la mujer sobre el hombre. La palabra que define ese comportamiento sería algo cercano al hembrismo o la misandria, que son un desprecio al hombre y lo masculino, pero no necesariamente una discriminación. Es algo muy diferente a la utilización de la discriminación positiva como herramienta para neutralizar un desequilibrio histórico. Lo cierto es que, aunque eso ocurra, la magnitud del problema no lo convierte en una preocupación para ninguna sociedad.

La otra posibilidad es la de ser machista y eso, por desgracia, sí es un problema social de escala mundial que causa muertas, sonrojantes diferencias salariales o que condicionan todo el comportamiento cotidiano del 50% de la población: «No son horas de que una mujer vaya sola por la calle» o «le dices que no y luego ni quieres que te llamen calientapolllas». Algún día, esas conductas desaparecerán. Pero no lo harán sin esfuerzo ni voluntad.

Ilustración de Carla Berrocal
Ilustración de Carla Berrocal

El feminismo ha entrado en la agenda casi a patadas porque había quien se empeñaba en mantenerlo bajo tierra. Más allá del activismo militante político, el movimiento cuenta con algunas armas que están intentando que tus hijos vivan en un mundo menos machista.

La mancha se extiende irrefrenable a través de todos los estratos. En el más cercano y cotidiano del currito de a pie, Antonio «ayuda» a su Paqui poniendo la mesa mientras de reojo mira cómo el partido de liga se acerca al descanso. Ambos acaban de llegar de trabajar de la misma fábrica, en Puertollano (Ciudad Real). En ella, Antonio manipula piezas metálicas en la cadena de montaje y Paqui empuja el carrito de la limpieza durante todo el día, de arriba abajo.

Al llegar a casa, él percibe esa sensación de relax que se experimenta cuando se ve el sofá en el horizonte. Ella pone la sartén con aceite en el fuego y saca las pechugas de pollo que dejó empanadas por la mañana. Así, día tras día. Así, noche tras noche.

No muy lejos de Puertollano y ese mismo día, Rafael, diputado de las cortes españolas, interviene en un debate parlamentario en el que se está llevando a cabo una moción de censura contra el actual presidente del gobierno.

—Hay quien dice que [en el día anterior, en el debate] estuvo mejor la señora Montero que usted —espeta Rafael Hernando, portavoz del Partido Popular a Pablo Iglesias—, pero no diré yo esto porque si no, no sé qué voy a provocar en esa relación.

Rafael Hernando sacó pecho y dejó caer en la Cámara Baja que sería un bochorno para el diputado Iglesias que su pareja sentimental, la diputada Irene Montero, lo hubiese hecho mejor que él.

Uno de estos dos relatos es ficcionado aunque se repita miles de veces cada día en todo el mundo. Los dos relatos sirven para ilustrar que el movimiento feminista tiene mucho trabajo por hacer.

La misión de llevar a cabo un cambio de paradigma en la sociedad de todo el planeta no tiene garantizado el éxito. Ni siquiera basta con la voluntad ya que la inmensa mayoría de la ciudadanía está contaminada por una programación social basada en el patriarcado y en un buen puñado de privilegios ancestrales escasamente justificados. Los hombres llevan grabado en el disco duro lo normal que es que «las mujeres se ocupen de sus cosas y los hombres de las suyas». Es más duro aún constatar cómo millones de mujeres dieron la propuesta por buena y se resignan al devenir del mundo.

Revertir la situación no es un proceso rápido. De hecho, no bastará con una o dos generaciones y, siendo pesimistas, puede que sea algo que nunca ocurra. Pero los que no cejen en el empeño cuentan con diversas herramientas capaces de hacer frente a la discriminación. Wonder Woman es una de esas herramientas. O más que Wonder Woman, su estudiada identidad basada en el empoderamiento femenino y el inspirador icono cultural en el que se ha convertido.

Elisa McCausland (Madrid, 1983) es periodista, crítica e investigadora especializada en feminismo y cultura popular. Acaba de lanzar Wonder Woman, el feminismo como superpoder, un libro editado por Errata Naturae que analiza la figura de la heroína como portadora de los superpoderes de un feminismo propagado a través de los códigos de la cultura contemporánea de masas.

Portada del libro / Natacha Bustos y Carla Berrocal
Portada del libro / Natacha Bustos y Carla Berrocal

Wonder Woman y el superpoder de la cultura popular

En 1941, y mientras las fuerzas aéreas japonesas arrasaban Pearl Harbor, nacía el personaje de Wonder Woman. Su primera aventura se incluía en el número 8 de All Star Comics a petición del editor Max Gaines. Wonder Woman es producto de la imaginación y la investigación de William Moulton Marston, su esposa Elizabeth Holloway y su compañera Olive Byrne. El primer guionista fue el propio Marston, que creó sus historias hasta que decidió pasar a mejor vida en 1947. El primer dibujante de Wonder Woman y el responsable del aspecto icónico que conocemos fue Harry G. Peter, que siguió ilustrando los cómics hasta 1958, el año en que falleció.

El éxito de este nuevo personaje fue evidente y fulgurante y, por ello, en junio de 1942, Wonder Woman se hizo con su propia cabecera mensual en la editora predecesora de la actual DC Comics.

Wonder Woman abanderó los postulados feministas desde su inicio y su forma de ser era, en parte, una proyección de los avanzados valores con los que vivían tanto Marston como su esposa y su compañera. Los tres mantuvieron una relación poliamorosa e, incluso, a la muerte de Marston, Holloway y Byrne siguieron cohabitando durante décadas como unidad familiar bien avenida.

Como explica Elisa McCausland en su libro, el feminismo explícito en los guiones de Wonder Woman era producto directo de la sensibilidad del autor, de su inusual modelo de convivencia social y familiar y de su cotidianeidad. Sin ir más lejos, una de las armas de la amazona, el lazo de la verdad, está íntimamente relacionado con un invento de William Marston que ha llegado hasta nuestros días: el polígrafo.

Por supuesto, el contexto histórico fue crucial en un país que «arrojó a millones de hombres a la guerra y la muerte, y propició sin pretenderlo un fugaz empoderamiento laboral, sexual y cultural de las mujeres norteamericanas con el que arrasarían en los años 50».

Ilustración de Natacha Bustos
Ilustración de Natacha Bustos

Wonder Woman siguió manteniendo un éxito casi equiparable al de Superman. En contra de lo que pudiera parecer, la sociedad estadounidense —o al menos una buena parte de ella— aceptaba sin dudar las propuestas narrativas de las historietas de la amazona. «La verdad es que William Marston, Elizabeth Holloway y Olive Byrne crearon a Wonder Woman en un momento especial, desde luego, la Segunda Guerra Mundial, con todo lo que ello implicó en cuanto a un revolcón coyuntural del sistema. Eso ocurrió en el seno de un mercado cultural que algunos podrán tachar de cosificado, pero en el que fue posible la existencia del personaje. Durante más de un lustro, Wonder Woman tuvo una potencia en sus discursos que luego no se ha vuelto a repetir, no ya en su cabecera, sino en la historia del cómic». Tampoco se produjo una fagocitación del mensaje feminista por la maquinaria comercial y capitalista de la industria del cómic.

Ese es el poso en el que Wonder Woman se desarrolla como personaje. Hablamos de Diana de Themyscira, una amazona criada en una isla, en el seno de una civilización formada exclusivamente por mujeres y definida por la paz y el progreso. Los faros de la civilización Themyscira son Afrodita, diosa de la belleza, y Atenea, diosa de la sabiduría.

Marston tenía la intención de que Wonder Woman fuese fuente de inspiración para todas las mujeres, quería que tuvieran el arrojo de lanzarse a conquistar el mundo y a ser ellas mismas sin necesidad de supeditar su desarrollo al de otra persona. Como explica McCausland en su ensayo, «todo en la primera etapa de Wonder Woman, entre 1941 y 1947, es política feminista, sin igual en la historia de la cultura popular, en el desarrollo del cómic industrial o el instalado en los márgenes», en los sectores menos comerciales.

El autor contó con la complicidad de Max Gaines. De hecho, los cómics de esa Edad de Oro de Wonder Woman incluían unos cuadernos centrales bautizados como The Wonder Women of History. Esos cuadernos narraban la historias de mujeres ejemplares reales y sus logros. Florence Nightingale, Juana de Arco, Marie Curie o Sarah Bernhardt formaron parte de sus páginas. «Gaines era feminista o, al menos, tenía una visión muy libre de las relaciones entre las personas», explica la investigadora. «Era cómplice del clan Marston. Siempre, por supuesto, desde los parámetros ideológicos que podían llegar a manejarse en la época».

Cuando Marston murió, en 1947, Robert Kanigher se ocupó de determinar el destino de Wonder Woman. La perspectiva del personaje cambió a pesar de Max Gaines. «Tampoco puede negarse que Gaines deseaba hacer dinero con su actividad. Es, al fin y al cabo, lo que impulsó la cabecera de Wonder Woman en sus primeros años y, con ello, lo que sembró las ideas entre muchos de sus lectores y lectoras. Las feministas de segunda ola que reivindicaron al personaje a principios de los años 70 se hicieron fans de la amazona leyendo los comic books industriales auspiciados por Gaines», explica McCausland.

Sin embargo, los años de Kanigher fueron el inicio de una nueva etapa en la que, como muestra del signo de los tiempos, los cuadernos de The Wonder Women of History fueron sustituidos por una sección titulada Marriage à la Mode, unos reportajes que mostraban las costumbres nupciales en todo el mundo. Los enemigos de Wonder Woman, sus detractores en el mundo real, que siempre los tuvo, pudieron celebrar una pírrica victoria.

Ilustración de Carla Berrocal
Ilustración de Carla Berrocal

El feminismo en la Wonder Woman de 2017

Al cómic se unieron otras manifestaciones culturales de masas capaces de hacer llegar determinados mensajes a ciudadanos de todo el planeta. Hace años, era impensable que un personaje femenino pudiese abanderar los postulados del feminismo para establecerse como vanguardia de la lucha de las mujeres.

Elisa McCausland, que ha centrado una buena parte de su carrera investigadora en el mundo del cómic, dice que ahora sí se pueden encontrar personajes sugerentes en ese imaginario. «La Thor de Jason Aaron, la Lobezna de Marjorie Liu o la Capitana Marvel de Kelly Sue DeConnick son tres ejemplos. También Harley Quinn y Poison Ivy, que no son heroínas y, por ello, son quizás hasta más interesantes; o la Power Girl de Amanda Conner. Editoriales medianas como Image están trabajando con relecturas que suponen interesantes retos —como la que lleva a cabo el guionista Matt Fraction en ODY-C o la transgresión a muchos niveles de las que son responsables Emma Ríos y Hwei Lim en Mirror—. En cine y televisión, la Agente Carter, Hit-Girl, Supergirl o Jessica Jones. No podemos quejarnos».

Elisa McCausland afirma que «un cínico podría pensar que es el momento de publicar un libro sobre Wonder Woman porque se estrena una película sobre ella». Sin embargo, según la autora madrileña, lo reseñable va por otros derroteros. «¿Por qué ha podido ser producida una película sobre Wonder Woman justo ahora? La respuesta, tanto a mi libro como a la película, está en una sensibilidad que se respira en el ambiente. El feminismo parece que ha vuelto a ser una prioridad. En ese marco, es obvio que la superheroína más feminista del mundo del cómic, la que de hecho sirve aún como canon para determinar hasta qué punto lo son todas las demás, iba a hacer acto de aparición a nivel mayoritario antes o después. El interrogante más preocupante en este aspecto, como me decía Trina Robbins cuando la entrevisté, es que hayan tenido que pasar tantos años para que un icono superheroico y feminista como Wonder Woman pueda gozar de una superproducción propia».

La investigadora afirma que no ha visto la nueva película y que «aunque las críticas en Estados Unidos han sido muy positivas, está claro que se habrán hecho concesiones. El tema, en realidad, consiste en qué podemos aprovechar como espectadores y críticos de la película, teniendo en cuenta que se va a estrenar en todo el mundo y tiene el potencial de alcanzar a una audiencia de cientos de millones de personas», señala.

La fuerza de un espectáculo como el cine reside precisamente ahí, en el alcance universal y, por eso, McCausland da por buenas algunas concesiones. «A lo mejor no es la Wonder Woman que a mí me gustaría exactamente, pero seguro que se habrá intentado honrar lo mejor del personaje y tendrá muchas cosas interesantes. Lo más inteligente y constructivo es verla con generosidad y confiar en que irá abriendo camino».

Ilustración de Natacha Bustos
Ilustración de Natacha Bustos

El feminismo vive en una isla desierta

El cine o el cómic son propuestas de ocio capaces de entregar un mensaje empaquetado bajo una receta sencilla de digerir. Aunque Elisa McCausland afirma que rechaza que la ficción acabe convertida en una herramienta pedagógica sin más, sí se muestra positiva al valorar «fenómenos que logren derribar barreras entre niños y niñas a la hora de representar y verse representados, como el de Frozen o el de Wonder Woman».

Por supuesto, a su juicio existen elementos criticables como «cierta superficialidad, estar atravesados por el consumo o por un capitalismo material y de las emociones que tan solo pretende satisfacer sensibilidades entendidas como nichos de mercado». Sin embargo, la periodista e investigadora afirma que es mucho más importante «educar política y socialmente a los niños y a las niñas en un espíritu crítico, que les permita apreciar y disfrutar de la cultura y de todo lo demás sin tener miedo a convertirse en víctimas ni sentir la obligación de erigirse en jueces. La cultura ha de ser libre en todos los aspectos y la mente de los niños y las niñas, también». Las cosas no van bien cuando alguien no decide por sí mismo lo que tiene que apoyar o lo que se tiene que dejar de consumir.

¿Misión Imposible?

La RAE define el feminismo como «la ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres». El corolario de esa definición es que si no se es feminista solo quedan dos posibilidades.

Se puede apostar por la hegemonía de la mujer sobre el hombre. La palabra que define ese comportamiento sería algo cercano al hembrismo o la misandria, que son un desprecio al hombre y lo masculino, pero no necesariamente una discriminación. Es algo muy diferente a la utilización de la discriminación positiva como herramienta para neutralizar un desequilibrio histórico. Lo cierto es que, aunque eso ocurra, la magnitud del problema no lo convierte en una preocupación para ninguna sociedad.

La otra posibilidad es la de ser machista y eso, por desgracia, sí es un problema social de escala mundial que causa muertas, sonrojantes diferencias salariales o que condicionan todo el comportamiento cotidiano del 50% de la población: «No son horas de que una mujer vaya sola por la calle» o «le dices que no y luego ni quieres que te llamen calientapolllas». Algún día, esas conductas desaparecerán. Pero no lo harán sin esfuerzo ni voluntad.

Ilustración de Carla Berrocal
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