1 de julio 2022    /   CINE/TV
por
Ilustración  Celia Ribeiro Duarte Pérez

Wong Kar-wai conjuga su cine en modo condicional: lo que pudo haber sido y no fue

Wong Kar-wai es un cineasta de festivales más que de grandes audiencias. Las filmotecas son el hogar de sus películas. Su cine despliega la acción que emana de un susurro. Historias tan delicadas como estéticas. Tramas inconexas e incompletas construidas a partir de imágenes melancólicamente poéticas en las que los protagonistas están solos por amar a destiempo en un Hong Kong convertido en una guarida urbana en la que esas almas en pena deambulan y comparten su soledad.

1 de julio 2022    /   CINE/TV     por        Ilustración  Celia Ribeiro Duarte Pérez
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Nunca se pierde la esperanza de volver a vivir ese instante que tanta felicidad nos proporcionó. Un momento fugaz que se agarra a la memoria como lo recordamos, no como un hito cronológico. Un destello de luz que no se olvida y que no se deja de buscar, a pesar de saber que jamás lo volveremos a encontrar.

Vivimos esperando a que suceda lo que ya sucedió y no volverá a suceder, excepto en nuestra imaginación. En ese evocador mundo imaginario, en el que el presente es un punto de partida hacia el pasado y el futuro, es en el que se mueven los desamparados personajes que dan vida a las historias que plasma en sus películas Wong Kar-wai. Un lírico director de cine nacido en Shanghái y que ha pasado la mayor parte de su vida en Hong Kong, la musa de su filmografía.

EL PARAÍSO DE LA INFANCIA PERDIDA

Es la ciudad a la que llegó con cinco años en 1963 junto a su madre y en la que incuba un fuerte sentimiento de pérdida, escribe el historiador y crítico de cine Carlos F. Heredero, autor del libro Wong Kar-wai, publicado por Cátedra. Pérdida que tiene que ver con la ausencia de su padre y con la pérdida de identidad que sufren los hongkoneses y Hong Kong.

Hablamos de un territorio compuesto por la península de Kowloon y varias islas que dejó de ser parte de China en 1842 para convertirse en colonia británica hasta 1997 (vean, por favor, la película La Caja China, de Wayne Wang), año en el que, a la vez que se descolonizaba, empezaba la reunificación con la China continental, cuya consumación está prevista para 2047.

Mucho antes, el pequeño Wong Kar-wai y su madre, al no tener ni parientes ni amigos a los que visitar, dedicaban gran parte de su tiempo libre a ir al cine. Además de ver películas locales, de Taiwán, de Hollywood y de Europa, su madre le enseñó a jugar al mahjong, al pai gow y a las cartas en general, de ahí que en muchas de sus películas aparezcan jugadores; Days of being wild, In the mood for love, 2046 y My blueberry nights, esta última rodada en los Estados Unidos y protagonizada por actores y actrices no asiáticos.

Es la manera que tiene de recuperar lo que él mismo reconoce como su paraíso de la infancia perdida. Porque para WKW, Hong Kong es un lugar emocional más que geográfico.

Deseando amar. Imagen cedida por Avalon

Un paisaje íntimo y urbano que muestra por medio de callejones oscuros, locales y puestos callejeros de comida, tugurios, bares, habitaciones de hoteles y pensiones con las paredes forradas de papel pintado, redacciones de periódicos, talleres textiles, aeropuertos, centros comerciales laberínticos, muros como metáfora de la soledad y angostas escaleras en las que las personas que las suben y bajan están predestinadas a congelar en su memoria el roce de sus antebrazos.

LA NARRATIVA DE WONG KAR-WAI

Aunque oculta sus ojos detrás de unas gafas de cristales tintados, Wong Kar-wai nos regala su particular mirada a través de sus películas. Largometrajes influidos por el mundo de la publicidad y del videoclip y que ilustran un universo de imágenes granulosas, de textura brumosa y de colores saturados, iluminadas por luces de neón y tungsteno, en las que hay tanto caos como belleza y en las que la música pop (hay que escuchar la versión que la cantante china Faye Wong hace del tema Dreams de The Cranberries) y los boleros que suenan se corresponden con los estados anímicos de unos introvertidos personajes que hablan por medio de una voz en off más que a través de diálogos, y que siempre están planeando un viaje. Una huida.

Dice Wong Kar-wai que una película es como un viaje que nunca sabes muy bien adónde te va a llevar. Una aventura creativa y experimental más que un rodaje prefijado que emprende rodeado de un equipo que entiende el cine como él: el director de fotografía Christopher Doyle, el director artístico y diseñador de vestuario William Chang, el actor Tony Leung y la actriz Maggie Cheung. Círculo de confianza al que, a veces, les hace saber qué ritmo quiere que tenga su historia por medio de fotografías y música. Otras veces, en cambio, apenas les dice nada antes de ponerse a rodar.

Happy Together. Imagen cedida por Avalon

Wong Kar-wai no es un narrador convencional. Más que el contenido, le interesa la manera de contar las historias, algo que le viene dado por su admiración de la literatura de Manuel Puig, autor, entre otros libros, de La tradición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas y The Buenos Aires affair, publicados por Seix Barral.

Esa manera de narrar de este peculiar escritor argentino en la que corta la narración para ordenar las partes de manera diferente le hizo ver que podía intercalar en el desarrollo de sus inconexas e inacabadas historias pensamientos, recuerdos, sueños y fantasías de los personajes. Aprendió que la forma de contar una historia es el fondo de lo que se cuenta. Una forma de contar la suya tan personal que una historia sugiere otros relatos, algunos desarrollados en la misma película y otros en otras. De esta manera, por ejemplo, escenas que grabó para la película Chungking Express acabó usándolas para Fallen Angels. Dos películas que son tres historias que WKW pensó que podían haber sido una sola película.

El orden que siguen la mayoría de directores de cine a la hora de realizar una película, escritura, rodaje y montaje, a él no le sirve para realizar las suyas. Rompe las reglas para explorar nuevas posibilidades cinematográficas que le permitan transmitir una emoción. WKW dirige como si tuviera acceso a la tecla de borrar, algo que en el cine no es tan sencillo de hacer. Lo que ocurre es que, en vez de borrar, lo que hace es volver a grabar una y otra y otra y otra vez, porque el guion solo existe en su cabeza y va mutando.

Chungking Express. Imagen cedida por Avalon

WKW parte de una vaga idea a partir de unos personajes y luego desarrolla la historia basándose en lo que imagina que harían. Los personajes y sus emociones son más importantes que la acción, que la historia. Una historia que está influenciada por el lugar. El director dice al respecto que no puede escribir sin conocer el espacio, que necesita saber dónde sucederá la trama, cómo sucederá la misma y entre quién.

Apunta Carlos F. Heredero en su ya mencionado libro que el concepto de creación de WKW está abierto a lo que pueda proporcionar una localización, una luz, un decorado, un ambiente. La película se crea en el proceso de hacerla, luego se la juega en cada instante del rodaje. Por no hablar de la paciencia que tienen que tener sus productores.

CONTAR HISTORIAS A PARTIR DE UNA EMOCIÓN

Para contar por medio de imágenes esas historias suyas que surgen a partir de una emoción, se vale de una serie de recursos técnicos y artísticos que han hecho que su cine sea reconocible. A parte de que muchas de sus historias discontinuas empiezan en una habitación con alguien sentado y fumando haciendo volutas y/o rizos de humo, su cine se caracteriza por la mezcla de encuadres.

Parece gustarle medio ocultar a sus personajes tras columnas, puertas y paredes, colocándolos en uno u otro extremo del encuadre. También es muy común que gran parte del plano lo ocupe el reflejo que proyecta un espejo o un cristal. Los desenfoques selectivos, los ángulos extremos, la alternancia de la movilidad nerviosa de la cámara con una tensa quietud, los colores saturados, la sobrexposición de ciertas imágenes y movimientos ralentizados y difuminados que casi congelan la acción.

Al respecto del uso del ralentí, Carlos F. Heredero escribe que es un recurso para que los personajes y los espectadores disfruten de una mirada, de un ruido o de una luz. Para WKW, el uso de la cámara lenta le permite contener un delicado instante que se corresponde con lo que él desearía ver. El documentalista audiovisual Timur Tugalev explica todo esto en su perfil de Instagram, analizando una escena de In the mood for love. Película en la que, entre otros elementos, hay que destacar los qipaos que viste y dotan de personalidad al personaje que interpreta una elegantísima Maggie Cheung, y el tema musical Yumeji´s Theme de Shigeru Umebayashi.

Su experimental manera de rodar prolonga los rodajes durante mucho más tiempo del recomendable. La versión definitiva nunca es la última, WKW siempre cree que existen nuevas posibilidades narrativas que explorar. 2046 la presentó en el Festival de Cine de Cannes sin haberla visto previamente montada. La vio por primera vez terminada al tiempo que lo hicieron el resto de espectadores de la sala.

LOS TEMAS HABITUALES EN SU FILMOGRAFÍA

2046, además de una película, es el año en el que se cumple una promesa: la que le hizo China a Hong Kong de no absorberla hasta 2047. Eso hace que en Hong Kong sus habitantes vivan una cuenta atrás traumática que les angustia, inquieta y les haga preguntarse sobre el futuro.

Esa, la relación entre China y Hong Kong, es uno de los temas habituales en la filmografía de WKW. A pesar de ser dos territorios que forman parte del mismo país y de la misma cultura, Hong Kong desarrolló unas tradiciones y valores comerciales, políticos y sociales propios al convertirse en colonia británica en 1842. La ciudad asiática es musa y un personaje más en el cine de WKW, testigo de que nada es inmutable.

El tiempo es otro de los temas del director hongkonés de origen chino. Ese tiempo que se va para no volver, cuyo paso en sus películas muestra por medio de referencias históricas y datos precisos, además de fechas, relojes y espejos. En la película Chungking Express, un personaje a través de una voz en off dice: «No sabía nada sobre ella. Seis horas después, se enamoró de otro hombre».

Todos estos recursos cronológicos reflejan un paso del tiempo hacia atrás y hacia delante, como ese tren de la película 2046 que viaja rumbo a ese mismo año, un destino en el que los pasajeros esperan recuperar la memoria perdida.

Chungking Express. Imagen cedida por Avalon

Los personajes de WKW viven anclados en un presente en el que solo les queda lamentarse de un amor no consumado; y, si lo ha hecho, ha sido en su imaginación. Su otro tema recurrente es el desamor, las relaciones frustradas entre amantes que se aman a destiempo. Amantes no correspondidos y, a la vez, alérgicos al compromiso, que andan buscando desesperadamente algo, lo que ocurre es que ese algo ya pasó. Por eso se inundan de nostalgia, culpa y dolor que supone la ausencia, la pérdida de algo que solo existe en su imaginación.

Persiguen el fantasma inalcanzable de un amor imposible, de ahí que el título de una de sus películas sea más un anhelo que una realidad: Happy together, rodada en Buenos Aires, casi en las antípodas de Hong Kong, pero a la vez tan presente en esta historia protagonizada por dos hombres que no son felices ni cuando están juntos ni cuando están separados.

Los temas del paso del tiempo y las relaciones amorosas frustradas por amar a destiempo los trabaja tanto en sus películas románticas urbanas como en sus largometrajes sobre la mafia hongkonesa y las artes marciales: As tears go by, Ashes of time y The Grandmaster. Las dos últimas poco tienen que ver con las de Bruce Lee y Jackie Chang. Es un agitador de géneros, como si un pinchadiscos pusiera a bailar a un club con sesiones de música con suites y sonatas de Bach como bases.

El cine de WKW se mueve en el ámbito de los recuerdos, reales o imaginados. El motor de la imaginación de WKW es imaginar la vida que no se ha vivido. El personaje que interpreta Tony Leung en In the mood for love dice que el amor requiere el momento oportuno. No es bueno conocer a la persona ni antes ni después.

Wong Kar-wai es un cineasta que trabaja la forma verbal condicional, hace películas a partir de lo que podría haber sido y no fue.

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Nunca se pierde la esperanza de volver a vivir ese instante que tanta felicidad nos proporcionó. Un momento fugaz que se agarra a la memoria como lo recordamos, no como un hito cronológico. Un destello de luz que no se olvida y que no se deja de buscar, a pesar de saber que jamás lo volveremos a encontrar.

Vivimos esperando a que suceda lo que ya sucedió y no volverá a suceder, excepto en nuestra imaginación. En ese evocador mundo imaginario, en el que el presente es un punto de partida hacia el pasado y el futuro, es en el que se mueven los desamparados personajes que dan vida a las historias que plasma en sus películas Wong Kar-wai. Un lírico director de cine nacido en Shanghái y que ha pasado la mayor parte de su vida en Hong Kong, la musa de su filmografía.

EL PARAÍSO DE LA INFANCIA PERDIDA

Es la ciudad a la que llegó con cinco años en 1963 junto a su madre y en la que incuba un fuerte sentimiento de pérdida, escribe el historiador y crítico de cine Carlos F. Heredero, autor del libro Wong Kar-wai, publicado por Cátedra. Pérdida que tiene que ver con la ausencia de su padre y con la pérdida de identidad que sufren los hongkoneses y Hong Kong.

Hablamos de un territorio compuesto por la península de Kowloon y varias islas que dejó de ser parte de China en 1842 para convertirse en colonia británica hasta 1997 (vean, por favor, la película La Caja China, de Wayne Wang), año en el que, a la vez que se descolonizaba, empezaba la reunificación con la China continental, cuya consumación está prevista para 2047.

Mucho antes, el pequeño Wong Kar-wai y su madre, al no tener ni parientes ni amigos a los que visitar, dedicaban gran parte de su tiempo libre a ir al cine. Además de ver películas locales, de Taiwán, de Hollywood y de Europa, su madre le enseñó a jugar al mahjong, al pai gow y a las cartas en general, de ahí que en muchas de sus películas aparezcan jugadores; Days of being wild, In the mood for love, 2046 y My blueberry nights, esta última rodada en los Estados Unidos y protagonizada por actores y actrices no asiáticos.

Es la manera que tiene de recuperar lo que él mismo reconoce como su paraíso de la infancia perdida. Porque para WKW, Hong Kong es un lugar emocional más que geográfico.

Deseando amar. Imagen cedida por Avalon

Un paisaje íntimo y urbano que muestra por medio de callejones oscuros, locales y puestos callejeros de comida, tugurios, bares, habitaciones de hoteles y pensiones con las paredes forradas de papel pintado, redacciones de periódicos, talleres textiles, aeropuertos, centros comerciales laberínticos, muros como metáfora de la soledad y angostas escaleras en las que las personas que las suben y bajan están predestinadas a congelar en su memoria el roce de sus antebrazos.

LA NARRATIVA DE WONG KAR-WAI

Aunque oculta sus ojos detrás de unas gafas de cristales tintados, Wong Kar-wai nos regala su particular mirada a través de sus películas. Largometrajes influidos por el mundo de la publicidad y del videoclip y que ilustran un universo de imágenes granulosas, de textura brumosa y de colores saturados, iluminadas por luces de neón y tungsteno, en las que hay tanto caos como belleza y en las que la música pop (hay que escuchar la versión que la cantante china Faye Wong hace del tema Dreams de The Cranberries) y los boleros que suenan se corresponden con los estados anímicos de unos introvertidos personajes que hablan por medio de una voz en off más que a través de diálogos, y que siempre están planeando un viaje. Una huida.

Dice Wong Kar-wai que una película es como un viaje que nunca sabes muy bien adónde te va a llevar. Una aventura creativa y experimental más que un rodaje prefijado que emprende rodeado de un equipo que entiende el cine como él: el director de fotografía Christopher Doyle, el director artístico y diseñador de vestuario William Chang, el actor Tony Leung y la actriz Maggie Cheung. Círculo de confianza al que, a veces, les hace saber qué ritmo quiere que tenga su historia por medio de fotografías y música. Otras veces, en cambio, apenas les dice nada antes de ponerse a rodar.

Happy Together. Imagen cedida por Avalon

Wong Kar-wai no es un narrador convencional. Más que el contenido, le interesa la manera de contar las historias, algo que le viene dado por su admiración de la literatura de Manuel Puig, autor, entre otros libros, de La tradición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas y The Buenos Aires affair, publicados por Seix Barral.

Esa manera de narrar de este peculiar escritor argentino en la que corta la narración para ordenar las partes de manera diferente le hizo ver que podía intercalar en el desarrollo de sus inconexas e inacabadas historias pensamientos, recuerdos, sueños y fantasías de los personajes. Aprendió que la forma de contar una historia es el fondo de lo que se cuenta. Una forma de contar la suya tan personal que una historia sugiere otros relatos, algunos desarrollados en la misma película y otros en otras. De esta manera, por ejemplo, escenas que grabó para la película Chungking Express acabó usándolas para Fallen Angels. Dos películas que son tres historias que WKW pensó que podían haber sido una sola película.

El orden que siguen la mayoría de directores de cine a la hora de realizar una película, escritura, rodaje y montaje, a él no le sirve para realizar las suyas. Rompe las reglas para explorar nuevas posibilidades cinematográficas que le permitan transmitir una emoción. WKW dirige como si tuviera acceso a la tecla de borrar, algo que en el cine no es tan sencillo de hacer. Lo que ocurre es que, en vez de borrar, lo que hace es volver a grabar una y otra y otra y otra vez, porque el guion solo existe en su cabeza y va mutando.

Chungking Express. Imagen cedida por Avalon

WKW parte de una vaga idea a partir de unos personajes y luego desarrolla la historia basándose en lo que imagina que harían. Los personajes y sus emociones son más importantes que la acción, que la historia. Una historia que está influenciada por el lugar. El director dice al respecto que no puede escribir sin conocer el espacio, que necesita saber dónde sucederá la trama, cómo sucederá la misma y entre quién.

Apunta Carlos F. Heredero en su ya mencionado libro que el concepto de creación de WKW está abierto a lo que pueda proporcionar una localización, una luz, un decorado, un ambiente. La película se crea en el proceso de hacerla, luego se la juega en cada instante del rodaje. Por no hablar de la paciencia que tienen que tener sus productores.

CONTAR HISTORIAS A PARTIR DE UNA EMOCIÓN

Para contar por medio de imágenes esas historias suyas que surgen a partir de una emoción, se vale de una serie de recursos técnicos y artísticos que han hecho que su cine sea reconocible. A parte de que muchas de sus historias discontinuas empiezan en una habitación con alguien sentado y fumando haciendo volutas y/o rizos de humo, su cine se caracteriza por la mezcla de encuadres.

Parece gustarle medio ocultar a sus personajes tras columnas, puertas y paredes, colocándolos en uno u otro extremo del encuadre. También es muy común que gran parte del plano lo ocupe el reflejo que proyecta un espejo o un cristal. Los desenfoques selectivos, los ángulos extremos, la alternancia de la movilidad nerviosa de la cámara con una tensa quietud, los colores saturados, la sobrexposición de ciertas imágenes y movimientos ralentizados y difuminados que casi congelan la acción.

Al respecto del uso del ralentí, Carlos F. Heredero escribe que es un recurso para que los personajes y los espectadores disfruten de una mirada, de un ruido o de una luz. Para WKW, el uso de la cámara lenta le permite contener un delicado instante que se corresponde con lo que él desearía ver. El documentalista audiovisual Timur Tugalev explica todo esto en su perfil de Instagram, analizando una escena de In the mood for love. Película en la que, entre otros elementos, hay que destacar los qipaos que viste y dotan de personalidad al personaje que interpreta una elegantísima Maggie Cheung, y el tema musical Yumeji´s Theme de Shigeru Umebayashi.

Su experimental manera de rodar prolonga los rodajes durante mucho más tiempo del recomendable. La versión definitiva nunca es la última, WKW siempre cree que existen nuevas posibilidades narrativas que explorar. 2046 la presentó en el Festival de Cine de Cannes sin haberla visto previamente montada. La vio por primera vez terminada al tiempo que lo hicieron el resto de espectadores de la sala.

LOS TEMAS HABITUALES EN SU FILMOGRAFÍA

2046, además de una película, es el año en el que se cumple una promesa: la que le hizo China a Hong Kong de no absorberla hasta 2047. Eso hace que en Hong Kong sus habitantes vivan una cuenta atrás traumática que les angustia, inquieta y les haga preguntarse sobre el futuro.

Esa, la relación entre China y Hong Kong, es uno de los temas habituales en la filmografía de WKW. A pesar de ser dos territorios que forman parte del mismo país y de la misma cultura, Hong Kong desarrolló unas tradiciones y valores comerciales, políticos y sociales propios al convertirse en colonia británica en 1842. La ciudad asiática es musa y un personaje más en el cine de WKW, testigo de que nada es inmutable.

El tiempo es otro de los temas del director hongkonés de origen chino. Ese tiempo que se va para no volver, cuyo paso en sus películas muestra por medio de referencias históricas y datos precisos, además de fechas, relojes y espejos. En la película Chungking Express, un personaje a través de una voz en off dice: «No sabía nada sobre ella. Seis horas después, se enamoró de otro hombre».

Todos estos recursos cronológicos reflejan un paso del tiempo hacia atrás y hacia delante, como ese tren de la película 2046 que viaja rumbo a ese mismo año, un destino en el que los pasajeros esperan recuperar la memoria perdida.

Chungking Express. Imagen cedida por Avalon

Los personajes de WKW viven anclados en un presente en el que solo les queda lamentarse de un amor no consumado; y, si lo ha hecho, ha sido en su imaginación. Su otro tema recurrente es el desamor, las relaciones frustradas entre amantes que se aman a destiempo. Amantes no correspondidos y, a la vez, alérgicos al compromiso, que andan buscando desesperadamente algo, lo que ocurre es que ese algo ya pasó. Por eso se inundan de nostalgia, culpa y dolor que supone la ausencia, la pérdida de algo que solo existe en su imaginación.

Persiguen el fantasma inalcanzable de un amor imposible, de ahí que el título de una de sus películas sea más un anhelo que una realidad: Happy together, rodada en Buenos Aires, casi en las antípodas de Hong Kong, pero a la vez tan presente en esta historia protagonizada por dos hombres que no son felices ni cuando están juntos ni cuando están separados.

Los temas del paso del tiempo y las relaciones amorosas frustradas por amar a destiempo los trabaja tanto en sus películas románticas urbanas como en sus largometrajes sobre la mafia hongkonesa y las artes marciales: As tears go by, Ashes of time y The Grandmaster. Las dos últimas poco tienen que ver con las de Bruce Lee y Jackie Chang. Es un agitador de géneros, como si un pinchadiscos pusiera a bailar a un club con sesiones de música con suites y sonatas de Bach como bases.

El cine de WKW se mueve en el ámbito de los recuerdos, reales o imaginados. El motor de la imaginación de WKW es imaginar la vida que no se ha vivido. El personaje que interpreta Tony Leung en In the mood for love dice que el amor requiere el momento oportuno. No es bueno conocer a la persona ni antes ni después.

Wong Kar-wai es un cineasta que trabaja la forma verbal condicional, hace películas a partir de lo que podría haber sido y no fue.

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