12 de noviembre 2013    /   DIGITAL
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¿Y si el futuro de nuestra comida está en nuestras manos?

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Un camión cargado de huevos parte de Italia con dirección a Francia mientras que una hora más tarde un camión idéntico al anterior y con la misma cantidad de huevos parte de Francia con dirección Italia. No se trata de discurrir de forma matemática en qué punto se van a encontrar ambos camiones. “Algo va mal en la industria alimenticia cuando algo así ocurre”, opina la periodista y representante del movimiento italiano slow food Luciana Castellina. “Hay hoteles en Pekín inundados de agua Evian. ¿Es que no hay agua en China?”, se pregunta.

Italia se plantea privatizar el agua. Nuestra relación con la comida es cada vez más extraña, a todos los niveles posibles. O bien nos conformamos con alimentarnos con los productos más baratos -aunque estén plastificados o tengan que venir de otro país- o bien la tratamos como a un objeto de consumo. La solución, opinan expertos en el sector en su encuentro durante el Festival de Cine de Reikiavik, puede estar en nuestras manos. Al menos en parte. A continuación, algunas de sus sugerencias o recordatorios para enfrentarnos a la industria de la alimentación.

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Exigir derechos como consumidor. Es posible aprovechar que vivimos en una sociedad de consumo y que, como clientes, podemos y debemos decir lo que pensamos. “Creo honestamente que funciona. Las empresas al final terminan por escuchar al consumidor”, asegura Sigurður Eyþórsson, director de la Asociación Nacional de Pastores (en Islandia, un país con más ovejas que personas, aún quedan de esos). Lo que propone es que hagamos más a menudo sugerencias, mostremos nuestras quejas que hagan que las empresas que nos venden la comida se vean obligadas a tomar nota, y así exigirse ciertos estándares de calidad a sí mismos y a sus distribuidores.

Conectar con el productor local. En esa misma línea se encuentran los cineastas británicos Andy Heathcote y Heike Bachelier. Opinan que es importante que volvamos a conectar con el origen de la comida que tomamos, que conozcamos al lechero que nos la suministra como hacíamos antes. Es evidente que los supermercados son parte responsable de esa fractura, pero son inevitables teniendo en cuenta que la idílica forma de granja que muestran en su documental The Moo Man no puede alimentar a una nación entera. Hacer que el supermercado se convierta en punto de conexión entre esos productores (a ser posible también los pequeños) y nuestras neveras puede ayudarnos a no perder la noción de lo que estamos ingiriendo.

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Gastarse el dinero. “Hace años las familias invertían un tanto por ciento de sus ingresos en comida mucho más alto de lo que lo hacen ahora. El movimiento slow food no lo compone un grupo de gourmets. No se trata de invertir dinero en comida de lujo, sino en comida real”, destaca la italiana Luciana Castellina. “En nuestra generación nos hemos acostumbrado a pagar poco por comer, mientras gastamos cientos de euros en smartphones y demás gadgets”, confirma la islandesa Anna Björnsdóttir empresaria impulsora de una marca de comida biológica fundada en Los Ángeles y trasladada a su país de origen.

La opción orgánica. Para el que piense que la comida orgánica es una moda, Anna Björnsdóttir sugiere consumirla con objetividad, verificando ciertos estándares oficiales del producto y del lugar que lo vende. Entre sus argumentos a favor de esta opción alimenticia está una simple regla de mercado. Cuanta más comida orgánica se consuma más barata se venderá. Sus fábricas no originan tanta polución y genera menos enfermedades que la comida basura, lo que se traduce en ahorro indirecto en presupuestos de Sanidad y Medio Ambiente. ¿A quién no le interesaría prevenir enfermedades y dejar de invertir dinero en la industria sanitaria? Al ciudadano seguro que no. Con respecto a los alimentos genéticamente modificados (GMO), mejor dejar que los científicos los investiguen a fondo antes de ponerlos en nuestro plato, opina Ragnar Unnarsson, de la Asociación de Consumidores Orgánicos islandesa.

El poder de la gente. Las redes sociales deben existir para algo más que colgar fotos de nuestras piernas. “Son una de las grandes mejoras de la democracia. Si sabemos utilizarlas podemos informarnos de un modo veraz, agruparnos, luchar por nuestros derechos”, dice la empresaria islandesa.

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Un camión cargado de huevos parte de Italia con dirección a Francia mientras que una hora más tarde un camión idéntico al anterior y con la misma cantidad de huevos parte de Francia con dirección Italia. No se trata de discurrir de forma matemática en qué punto se van a encontrar ambos camiones. “Algo va mal en la industria alimenticia cuando algo así ocurre”, opina la periodista y representante del movimiento italiano slow food Luciana Castellina. “Hay hoteles en Pekín inundados de agua Evian. ¿Es que no hay agua en China?”, se pregunta.

Italia se plantea privatizar el agua. Nuestra relación con la comida es cada vez más extraña, a todos los niveles posibles. O bien nos conformamos con alimentarnos con los productos más baratos -aunque estén plastificados o tengan que venir de otro país- o bien la tratamos como a un objeto de consumo. La solución, opinan expertos en el sector en su encuentro durante el Festival de Cine de Reikiavik, puede estar en nuestras manos. Al menos en parte. A continuación, algunas de sus sugerencias o recordatorios para enfrentarnos a la industria de la alimentación.

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Exigir derechos como consumidor. Es posible aprovechar que vivimos en una sociedad de consumo y que, como clientes, podemos y debemos decir lo que pensamos. “Creo honestamente que funciona. Las empresas al final terminan por escuchar al consumidor”, asegura Sigurður Eyþórsson, director de la Asociación Nacional de Pastores (en Islandia, un país con más ovejas que personas, aún quedan de esos). Lo que propone es que hagamos más a menudo sugerencias, mostremos nuestras quejas que hagan que las empresas que nos venden la comida se vean obligadas a tomar nota, y así exigirse ciertos estándares de calidad a sí mismos y a sus distribuidores.

Conectar con el productor local. En esa misma línea se encuentran los cineastas británicos Andy Heathcote y Heike Bachelier. Opinan que es importante que volvamos a conectar con el origen de la comida que tomamos, que conozcamos al lechero que nos la suministra como hacíamos antes. Es evidente que los supermercados son parte responsable de esa fractura, pero son inevitables teniendo en cuenta que la idílica forma de granja que muestran en su documental The Moo Man no puede alimentar a una nación entera. Hacer que el supermercado se convierta en punto de conexión entre esos productores (a ser posible también los pequeños) y nuestras neveras puede ayudarnos a no perder la noción de lo que estamos ingiriendo.

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Gastarse el dinero. “Hace años las familias invertían un tanto por ciento de sus ingresos en comida mucho más alto de lo que lo hacen ahora. El movimiento slow food no lo compone un grupo de gourmets. No se trata de invertir dinero en comida de lujo, sino en comida real”, destaca la italiana Luciana Castellina. “En nuestra generación nos hemos acostumbrado a pagar poco por comer, mientras gastamos cientos de euros en smartphones y demás gadgets”, confirma la islandesa Anna Björnsdóttir empresaria impulsora de una marca de comida biológica fundada en Los Ángeles y trasladada a su país de origen.

La opción orgánica. Para el que piense que la comida orgánica es una moda, Anna Björnsdóttir sugiere consumirla con objetividad, verificando ciertos estándares oficiales del producto y del lugar que lo vende. Entre sus argumentos a favor de esta opción alimenticia está una simple regla de mercado. Cuanta más comida orgánica se consuma más barata se venderá. Sus fábricas no originan tanta polución y genera menos enfermedades que la comida basura, lo que se traduce en ahorro indirecto en presupuestos de Sanidad y Medio Ambiente. ¿A quién no le interesaría prevenir enfermedades y dejar de invertir dinero en la industria sanitaria? Al ciudadano seguro que no. Con respecto a los alimentos genéticamente modificados (GMO), mejor dejar que los científicos los investiguen a fondo antes de ponerlos en nuestro plato, opina Ragnar Unnarsson, de la Asociación de Consumidores Orgánicos islandesa.

El poder de la gente. Las redes sociales deben existir para algo más que colgar fotos de nuestras piernas. “Son una de las grandes mejoras de la democracia. Si sabemos utilizarlas podemos informarnos de un modo veraz, agruparnos, luchar por nuestros derechos”, dice la empresaria islandesa.

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Opiniones 3
  • ¿Hace falta utilizar las redes sociales para denunciar que merecemos comer mejor y cambiar hábitos de la industria alimentaria? Igual con el simple hecho de acudir más asiduamente al mercado del barrio a comprar es suficiente. Eso si, los mercados igual deberían adaptarse un poco más a la demanda actual: empezando por horarios y servicio 🙂 ¿que tal no poner pegas a entregar medio kilo de boquerones limpios y a abrir más de una tarde a la semana?

  • También pasa por organizar mejor los llamados circuitos cortos (mercados, compra directa a la granja o grupos de consumo). Desde nuestra iniciativa queremos contribuir a recuperar el control sobre la calidad y origen de los alimentos que consumimos organizando redes ciudadanas de distribución. Favorecemos los productos locales de temporada y queremos reconectar el consumidor con el productor con criterios de comercio justo donde es el productor que se lleva la mayor parte de los beneficios. No nos tenemos que ir tan lejos para buscar ejemplos… ahora hay iniciativas en España también!! Gracias por tratar este tema tan importante para nuestra salud.

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