28 de febrero 2022    /   CREATIVIDAD
por
Fotos  portada: Carol M. Highsmith

¿Y si el minimalismo no fuese a cambiarte la vida?

28 de febrero 2022    /   CREATIVIDAD     por        Fotos  portada: Carol M. Highsmith
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Escribir minimalismo en el cajetín de búsqueda de Google arroja más de 400 millones de resultados en inglés, más de 12 millones en castellano. El tema está a la orden del día. Los resultados abarcan desde marcarse un origami textil al estilo Marie Kondo a reducir las pertenencias hasta que entren en una mochila. En un mundo lleno de ruido, exceso y opciones, cada vez más personas se plantean que quizá la solución sea menos en vez de más.

Kyle Chayka en el CCCB en 2022. ©Andreu Adrover/CCCB.

Cuenta Kyle Chayka (Portland, 1988), crítico de arte y periodista de The New Yorker que, en su caso, el interés por el término vino de detectar cómo el minimalismo se abría paso en las vidas de otros. «La palabra minimalismo comenzó a aparecer en todas partes. Podías tener un restaurante minimalista, una dieta minimalista… incluso una amistad minimalista». Para él, sin embargo, el término estaba firmemente asociado a «un movimiento artístico que tuvo lugar en torno a los años 60 en EEUU». Fue esta desconexión entre lo que inspiraba la obra de artistas como Donald Judd o arquitectos como Philip Johnson y el minimalismo de pisos diáfanos y paredes de vacío quirúrgico la que se convirtió en el germen de Desear Menos. Vivir con el minimalismo, que ahora edita en España la editorial Gatopardo.

El minimalismo en su forma actual se limita a predicar en torno a un dogma muy sencillo. Tener menos permite que nos centremos en la búsqueda de una felicidad real con mucha más efectividad que hacerlo rodeados de cosas. Es una tendencia de lifestyle muy pintona para el feed de Instagram, pero extirpada de contenido real. «Es una estética, una fachada perfecta. Y se fomenta que no vayas mucho más allá de eso» me contaba Chayka hace unas semanas en el centro de Madrid. Para el escritor americano, sin embargo, esa fachada no es más que la punta de iceberg.

Por debajo de esa blancura perfecta que exhibe el minimalismo, hay toda una historia de las ideas que llega hasta el siglo tres antes de Cristo cuando el mercader ateniense Zenón de Citio renunció a sus posesiones para consagrar su existencia a la filosofía. En aquel entonces el que fuera fundador del estoicismo enunció que el camino a la felicidad se transitaba bajo una sola máxima, la de «vivir conforme». Inaugura así Zenón el estoico el viaje de Chayka, que se desarrolla a la orilla de las diferentes corrientes filosóficas, artísticas, culturales y sociales que han conformado la historia de los diferentes preceptos que pueden entenderse como minimalistas.

Escultura minimalista de Donald Judd.

Así, por las páginas del libro desfila una interminable troupe de artistas, arquitectos y pensadores que han hecho de la ausencia su carta de presentación. Chayka destaca a aquellos que, desde que surgió el movimiento artístico minimalista en Estados Unidos a finales de los 50 han intentado «ver el mundo de una forma completamente distinta». De acuerdo con el autor, la posición en cuanto a la estética de aquellos se contraponía al expresionismo abstracto de los De Koonings y Pollocks de las décadas anteriores.

Era aquel un minimalismo estético que presentaba «objetos limpios, simples, que casi quizá no se puedan calificar como arte». Es una creación que busca contestar a la necesidad del expresionismo abstracto de «reflejar toda la confusión interior y dejar constancia del drama sobre los lienzos» a través de intentar ser «todo lo frío y falto de emoción que podía». Porque, en el fondo, no pretendían que su producción fuese arte de ese con mayúsculas sino reivindicar —o conformarse con— «estar, con existir y que tú lo puedas ver».

Es el caso del compositor Erik Satie, del que habla Chayka en el libro, que componía música pensada para ser oída y no escuchada. Música “de mobiliario”, de segundo plano, creada para difuminarse entre los recovecos de la vida real y sus sonidos y rellenarlos, pero nunca para imponerse a ellos. «Les instamos a que no le presten atención y se comporten como si no existiese durante los descansos» rezaba uno de los programas de una representación durante los intermedios de la cual debía sonar la música de Satie.

En un recorrido que, además de diversos artistas encuadrados de alguna forma dentro de los confines del minimalismo, llega hasta la cultura japonesa, Chayka busca la verdad detrás del término.

La disección del arte minimalista original que nos ofrece Kyle Chayka en Desear menos parte de la premisa de que los diferentes artistas que referencia en su libro compartían algo: una mirada distinta hacia el mundo que les rodeaba. «Creo que todos ellos trataban de buscar su propia interpretación acerca de lo que es bello. Tenían una forma distinta de estar en el mundo respecto a lo que les rodeaba en su momento».

Es difícil encontrar los vestigios de esas creaciones minimalistas, pensadas para existir de una forma casi subliminal, para ser percibidas pero sin  hacerse notar, en el minimalismo que domina hoy el imaginario público. Ese que se anotó un nuevo punto en 2019 cuando Kim Kardashian y Kanye West enseñaron su mansión minimalista de Los Ángeles. En una diabólica parábola, el diseño minimalista extremo de los interiores de la casa se convertía en algo de lo que presumir en AD y Vogue casi como si dijeran «mírennos, obsérvennos, nadie entiende el minimalismo al nivel al que lo hacemos nosotros».

En ese contexto es donde probablemente el libro de Kyle Chayka tenga más sentido. Porque si para descubrir ese minimalismo maximalista de estilo de vida no tenemos más que acudir a los 12 millones de resultados en Google o a los feeds de nuestras redes sociales, quizá lo más lógico sea que para descubrir el otro, lo que tengamos que hacer sea abrir un libro.

 

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Escribir minimalismo en el cajetín de búsqueda de Google arroja más de 400 millones de resultados en inglés, más de 12 millones en castellano. El tema está a la orden del día. Los resultados abarcan desde marcarse un origami textil al estilo Marie Kondo a reducir las pertenencias hasta que entren en una mochila. En un mundo lleno de ruido, exceso y opciones, cada vez más personas se plantean que quizá la solución sea menos en vez de más.

Kyle Chayka en el CCCB en 2022. ©Andreu Adrover/CCCB.

Cuenta Kyle Chayka (Portland, 1988), crítico de arte y periodista de The New Yorker que, en su caso, el interés por el término vino de detectar cómo el minimalismo se abría paso en las vidas de otros. «La palabra minimalismo comenzó a aparecer en todas partes. Podías tener un restaurante minimalista, una dieta minimalista… incluso una amistad minimalista». Para él, sin embargo, el término estaba firmemente asociado a «un movimiento artístico que tuvo lugar en torno a los años 60 en EEUU». Fue esta desconexión entre lo que inspiraba la obra de artistas como Donald Judd o arquitectos como Philip Johnson y el minimalismo de pisos diáfanos y paredes de vacío quirúrgico la que se convirtió en el germen de Desear Menos. Vivir con el minimalismo, que ahora edita en España la editorial Gatopardo.

El minimalismo en su forma actual se limita a predicar en torno a un dogma muy sencillo. Tener menos permite que nos centremos en la búsqueda de una felicidad real con mucha más efectividad que hacerlo rodeados de cosas. Es una tendencia de lifestyle muy pintona para el feed de Instagram, pero extirpada de contenido real. «Es una estética, una fachada perfecta. Y se fomenta que no vayas mucho más allá de eso» me contaba Chayka hace unas semanas en el centro de Madrid. Para el escritor americano, sin embargo, esa fachada no es más que la punta de iceberg.

Por debajo de esa blancura perfecta que exhibe el minimalismo, hay toda una historia de las ideas que llega hasta el siglo tres antes de Cristo cuando el mercader ateniense Zenón de Citio renunció a sus posesiones para consagrar su existencia a la filosofía. En aquel entonces el que fuera fundador del estoicismo enunció que el camino a la felicidad se transitaba bajo una sola máxima, la de «vivir conforme». Inaugura así Zenón el estoico el viaje de Chayka, que se desarrolla a la orilla de las diferentes corrientes filosóficas, artísticas, culturales y sociales que han conformado la historia de los diferentes preceptos que pueden entenderse como minimalistas.

Escultura minimalista de Donald Judd.

Así, por las páginas del libro desfila una interminable troupe de artistas, arquitectos y pensadores que han hecho de la ausencia su carta de presentación. Chayka destaca a aquellos que, desde que surgió el movimiento artístico minimalista en Estados Unidos a finales de los 50 han intentado «ver el mundo de una forma completamente distinta». De acuerdo con el autor, la posición en cuanto a la estética de aquellos se contraponía al expresionismo abstracto de los De Koonings y Pollocks de las décadas anteriores.

Era aquel un minimalismo estético que presentaba «objetos limpios, simples, que casi quizá no se puedan calificar como arte». Es una creación que busca contestar a la necesidad del expresionismo abstracto de «reflejar toda la confusión interior y dejar constancia del drama sobre los lienzos» a través de intentar ser «todo lo frío y falto de emoción que podía». Porque, en el fondo, no pretendían que su producción fuese arte de ese con mayúsculas sino reivindicar —o conformarse con— «estar, con existir y que tú lo puedas ver».

Es el caso del compositor Erik Satie, del que habla Chayka en el libro, que componía música pensada para ser oída y no escuchada. Música “de mobiliario”, de segundo plano, creada para difuminarse entre los recovecos de la vida real y sus sonidos y rellenarlos, pero nunca para imponerse a ellos. «Les instamos a que no le presten atención y se comporten como si no existiese durante los descansos» rezaba uno de los programas de una representación durante los intermedios de la cual debía sonar la música de Satie.

En un recorrido que, además de diversos artistas encuadrados de alguna forma dentro de los confines del minimalismo, llega hasta la cultura japonesa, Chayka busca la verdad detrás del término.

La disección del arte minimalista original que nos ofrece Kyle Chayka en Desear menos parte de la premisa de que los diferentes artistas que referencia en su libro compartían algo: una mirada distinta hacia el mundo que les rodeaba. «Creo que todos ellos trataban de buscar su propia interpretación acerca de lo que es bello. Tenían una forma distinta de estar en el mundo respecto a lo que les rodeaba en su momento».

Es difícil encontrar los vestigios de esas creaciones minimalistas, pensadas para existir de una forma casi subliminal, para ser percibidas pero sin  hacerse notar, en el minimalismo que domina hoy el imaginario público. Ese que se anotó un nuevo punto en 2019 cuando Kim Kardashian y Kanye West enseñaron su mansión minimalista de Los Ángeles. En una diabólica parábola, el diseño minimalista extremo de los interiores de la casa se convertía en algo de lo que presumir en AD y Vogue casi como si dijeran «mírennos, obsérvennos, nadie entiende el minimalismo al nivel al que lo hacemos nosotros».

En ese contexto es donde probablemente el libro de Kyle Chayka tenga más sentido. Porque si para descubrir ese minimalismo maximalista de estilo de vida no tenemos más que acudir a los 12 millones de resultados en Google o a los feeds de nuestras redes sociales, quizá lo más lógico sea que para descubrir el otro, lo que tengamos que hacer sea abrir un libro.

 

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