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19 de enero 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Y si los nazis hubieran ganado la II GM y hubieran dividido EEUU en dos mitades?

19 de enero 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Una de las ucronías favoritas de todo candidato a augur que se precie es qué hubiera sucedido si los nazis hubiesen ganado la II Guerra Mundial. El influyente escritor de ciencia ficción Philip K. Dick lanzó en 1962 su propia propuesta en una novela titulada The man in the high castle que está últimamente de actualidad por el estreno de una serie de TV basada en esta hipótesis.

El Eje ha salido vencedor de la contienda y los ganadores se han cobrado su tributo. La Alemania nazi ha ocupado la mitad este de Estados Unidos (en realidad, dos tercios, hasta las Montañas Rocosas) y Japón se ha hecho con la costa del Pacífico, de California a Oregón. Una suerte de RDA y RFA a la americana. Hitler es un anciano que maneja los hilos del mundo desde Berlín (por tanto, en esta realidad alternativa no hay búnker ni suicidio ni (¡ay!) parodias de El Hundimiento).

La serie comienza en un Nueva York ‘nazificado’, sospechosamente parecido al real, pero en el que los anuncios de Times Square han sido reemplazados por cruces gamadas y propaganda nazi. La combinación de bajo presupuesto y poca imaginación retrata a unos nazis estereotipados, malos, de cachiporra y, lo que es peor, sin un atisbo de hibridación con la sociedad estadounidense de posguerra: los camisas pardas patrullan la Quinta Avenida como si estuvieran en el Berlín de los años 30, inmutables, ajenos a cualquier influencia.

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Ilustrador: Juan Díaz-Faes

Entre la América Nazi y la América Nipona hay una amplia franja neutral que abarca Montana, Wyoming, Colorado y, en general, esos estados del Medio Oeste en los que no quieren vivir ni las lagartijas. La zona neutral que divide a los otrora aliados no es baladí: han pasado 15 años desde que acabó la contienda y los recelos entre el Japón imperial y los nazis son crecientes.

La serie comienza en un Nueva York ‘nazificado’, sospechosamente parecido al real, pero en el que los anuncios de Times Square han sido reemplazados por cruces gamadas y propaganda nazi

Al oeste de las Rocosas se extienden los Estados Japoneses del Pacífico, cuya capital es San Francisco. A este lado de la frontera, los yankis de pura cepa parecen haberse integrado mejor con los invasores que sus (ex)compatriotas de la costa este: practican artes marciales, comen sushi y pasean por unas calles que no difieren demasiado del San Francisco que conocemos en esta realidad. Los japoneses se parecen tanto a los chinos que son casi indistinguibles.

¿Y en el resto del mundo, cómo va la cosa? La serie de TV transcurre íntegramente en territorio de lo que era EEUU, pero la novela de Dick nos da alguna pista: los alemanes han secado el Mediterráneo para convertir el fondo marino en terrenos de cultivo, han aterrizado en la Luna y en Marte y se han hecho con «un pequeño imperio en Oriente Medio», en connivencia con Italia, un aliado menor.

Entre tanto, los japoneses hacen estragos en la parte del planeta que les ha tocado tras la victoria: están talando la selva del Amazonas para construir grandes ciudades y controlan gran parte del sudeste asiático, Australia y Nueva Zelanda.

Al oeste de las Rocosas se extienden los Estados Japoneses del Pacífico, cuya capital es San Francisco

Hasta aquí el escenario geográfico de la novela y de la serie. Pero recordemos que a los mandos de la historia está el mismísimo Philip K. Dick, autor de la novela germinal Blade Runner, de quien esperamos un paso más allá de una simple ucronía.

Bingo. En la novela —aunque mucho menos que en la serie— coinciden simultáneamente tres planos distintos de realidad, digamos que tres historias virtuales que se entrecruzan. En una de ellas, los aliados han ganado la guerra y un hombre llamado Hawthorne Abendsen —El hombre en el castillo del título— intenta hacer llegar esta revelación a sus compatriotas, sometidos al yugo germano-japonés por culpa de su ignorancia.

Los personajes que protagonizan cada una de las tres tramas —Tagomi, Frank y Julián— consultan asiduamente el I Ching, el Libro de las Mutaciones, para decidir qué camino tomar en sus respectivas peripecias. El propio Dick cuenta que recurrió al oráculo confuciano para escribir The man in the high castle.

Resulta curioso cómo en plena contienda indefinida contra la hidra del «terrorismo» la ficción sigue rescatando la heroica II Guerra Mundial. Igual que sucedía con Band of brothers (mucho mejor serie, por cierto), resulta evidente que aquella contienda fue la última en la que quedaba nítidamente claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Ya no quedan nazis como los de antes.

 

Una de las ucronías favoritas de todo candidato a augur que se precie es qué hubiera sucedido si los nazis hubiesen ganado la II Guerra Mundial. El influyente escritor de ciencia ficción Philip K. Dick lanzó en 1962 su propia propuesta en una novela titulada The man in the high castle que está últimamente de actualidad por el estreno de una serie de TV basada en esta hipótesis.

El Eje ha salido vencedor de la contienda y los ganadores se han cobrado su tributo. La Alemania nazi ha ocupado la mitad este de Estados Unidos (en realidad, dos tercios, hasta las Montañas Rocosas) y Japón se ha hecho con la costa del Pacífico, de California a Oregón. Una suerte de RDA y RFA a la americana. Hitler es un anciano que maneja los hilos del mundo desde Berlín (por tanto, en esta realidad alternativa no hay búnker ni suicidio ni (¡ay!) parodias de El Hundimiento).

La serie comienza en un Nueva York ‘nazificado’, sospechosamente parecido al real, pero en el que los anuncios de Times Square han sido reemplazados por cruces gamadas y propaganda nazi. La combinación de bajo presupuesto y poca imaginación retrata a unos nazis estereotipados, malos, de cachiporra y, lo que es peor, sin un atisbo de hibridación con la sociedad estadounidense de posguerra: los camisas pardas patrullan la Quinta Avenida como si estuvieran en el Berlín de los años 30, inmutables, ajenos a cualquier influencia.

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Ilustrador: Juan Díaz-Faes

Entre la América Nazi y la América Nipona hay una amplia franja neutral que abarca Montana, Wyoming, Colorado y, en general, esos estados del Medio Oeste en los que no quieren vivir ni las lagartijas. La zona neutral que divide a los otrora aliados no es baladí: han pasado 15 años desde que acabó la contienda y los recelos entre el Japón imperial y los nazis son crecientes.

La serie comienza en un Nueva York ‘nazificado’, sospechosamente parecido al real, pero en el que los anuncios de Times Square han sido reemplazados por cruces gamadas y propaganda nazi

Al oeste de las Rocosas se extienden los Estados Japoneses del Pacífico, cuya capital es San Francisco. A este lado de la frontera, los yankis de pura cepa parecen haberse integrado mejor con los invasores que sus (ex)compatriotas de la costa este: practican artes marciales, comen sushi y pasean por unas calles que no difieren demasiado del San Francisco que conocemos en esta realidad. Los japoneses se parecen tanto a los chinos que son casi indistinguibles.

¿Y en el resto del mundo, cómo va la cosa? La serie de TV transcurre íntegramente en territorio de lo que era EEUU, pero la novela de Dick nos da alguna pista: los alemanes han secado el Mediterráneo para convertir el fondo marino en terrenos de cultivo, han aterrizado en la Luna y en Marte y se han hecho con «un pequeño imperio en Oriente Medio», en connivencia con Italia, un aliado menor.

Entre tanto, los japoneses hacen estragos en la parte del planeta que les ha tocado tras la victoria: están talando la selva del Amazonas para construir grandes ciudades y controlan gran parte del sudeste asiático, Australia y Nueva Zelanda.

Al oeste de las Rocosas se extienden los Estados Japoneses del Pacífico, cuya capital es San Francisco

Hasta aquí el escenario geográfico de la novela y de la serie. Pero recordemos que a los mandos de la historia está el mismísimo Philip K. Dick, autor de la novela germinal Blade Runner, de quien esperamos un paso más allá de una simple ucronía.

Bingo. En la novela —aunque mucho menos que en la serie— coinciden simultáneamente tres planos distintos de realidad, digamos que tres historias virtuales que se entrecruzan. En una de ellas, los aliados han ganado la guerra y un hombre llamado Hawthorne Abendsen —El hombre en el castillo del título— intenta hacer llegar esta revelación a sus compatriotas, sometidos al yugo germano-japonés por culpa de su ignorancia.

Los personajes que protagonizan cada una de las tres tramas —Tagomi, Frank y Julián— consultan asiduamente el I Ching, el Libro de las Mutaciones, para decidir qué camino tomar en sus respectivas peripecias. El propio Dick cuenta que recurrió al oráculo confuciano para escribir The man in the high castle.

Resulta curioso cómo en plena contienda indefinida contra la hidra del «terrorismo» la ficción sigue rescatando la heroica II Guerra Mundial. Igual que sucedía con Band of brothers (mucho mejor serie, por cierto), resulta evidente que aquella contienda fue la última en la que quedaba nítidamente claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Ya no quedan nazis como los de antes.

 

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