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4 de febrero 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Y tú más: ¡Canalla!

4 de febrero 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Debo reconocer que mi lado melodramático de la vida me hace tenerle especial simpatía a este insulto tan de culebrón, tan del Romanticismo, tan de serial, tan de mi abuela. ¡Canalla! Engolad la voz, sacad vuestra pose Scarlet O’Hara perfilada en la puesta de sol y gritad conmigo. ¡Canalla! ¡Bandido! ¡Aaaaaahhhh!


Porque un poco de teatro, de vez en cuando, no es malo. En mi caso, es decirlo y rememorar a la mismísima Elena Francis al otro lado del transistor que mi tía escuchaba mientras cosía.

Lo bueno de este insulto tan aparentemente trasnochado es que lo mismo se refiere a un colectivo («gente baja, ruin») que a un individuo («persona despreciable y de malos procederes»), tal y como lo define el DRAE.

No es de extrañar ese carácter colectivo, ya que canalla procede del italiano canaglia (jauría de perros), que a su vez viene de canis (perro) y que en su sentido figurado ya se usaba como insulto. Un apunte erudito más, que estoy que me salgo hoy de sabionda: la palabreja italiana se compone de can- más el sufijo despectivo –aglia. Inciso concluido, sigamos.

A pesar de la gracia que nos pueda hacer que nos lo llamen, lo cierto es que desde siempre ha estado cargado de una gran negatividad. Digamos que es la forma delicada de llamarte hijo de puta, sin necesidad de ofender a tu madre, que es una santa. Pancracio Celdrán, por ejemplo, ya dice que hace referencia a alguien vil, despreciable, que reniega de los suyos, traidor. También nos recuerda que se usa para aludir al «conjunto o coro de chusma vociferante que vocea y hace escarnio de una causa justa» o a la «turba o tumulto desordenado de gentuza de mala vida». Hala, no diréis que no se ha despachado a gusto.

Si con la descripción de Celdrán no habéis tenido bastante, ahí os dejo algunas de las definiciones que dan Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Sánchez en su Dicicionario del español actual:

«canalla: 1. Persona miserable o malvada. (…) 2. Gente vil o despreciable. (…). 3. Gente de malas costumbres. (…) 4. Vil o despreciable. (…) 5. Vulgar o soez. (…) 6. Impúdico o de malas costumbres. (…)».

Visto lo visto, ya no parece tan inocente el insulto. Salvo, claro, que seas catalán. Porque en este idioma canalla hace referencia a la chiquillería, al grupo de niños. Si son ruidosos y los quieres considerar lo peor mientras te acuerdas de su papá y de su mamá, es cosa tuya, no del idioma.

Y si eres argentino y seguidor del Club Atlético Rosario Central, lo más seguro que lo lleves a gala y presumas por el mundo entero de ser un canalla, ya que es así como se conoce a los hinchas de este equipo. ¿Por qué canallas? Internet, que es sabio, me ha chivado que por negarse, en cierta ocasión, a jugar un partido benéfico a favor de una leprosería. Por lo visto, a las nobles damas que se lo propusieron no les gustó mucho el feo, y el insulto se quedó como apelativo orgulloso del equipo. Como dice aquel, el fútbol es asín.

Debo reconocer que mi lado melodramático de la vida me hace tenerle especial simpatía a este insulto tan de culebrón, tan del Romanticismo, tan de serial, tan de mi abuela. ¡Canalla! Engolad la voz, sacad vuestra pose Scarlet O’Hara perfilada en la puesta de sol y gritad conmigo. ¡Canalla! ¡Bandido! ¡Aaaaaahhhh!


Porque un poco de teatro, de vez en cuando, no es malo. En mi caso, es decirlo y rememorar a la mismísima Elena Francis al otro lado del transistor que mi tía escuchaba mientras cosía.

Lo bueno de este insulto tan aparentemente trasnochado es que lo mismo se refiere a un colectivo («gente baja, ruin») que a un individuo («persona despreciable y de malos procederes»), tal y como lo define el DRAE.

No es de extrañar ese carácter colectivo, ya que canalla procede del italiano canaglia (jauría de perros), que a su vez viene de canis (perro) y que en su sentido figurado ya se usaba como insulto. Un apunte erudito más, que estoy que me salgo hoy de sabionda: la palabreja italiana se compone de can- más el sufijo despectivo –aglia. Inciso concluido, sigamos.

A pesar de la gracia que nos pueda hacer que nos lo llamen, lo cierto es que desde siempre ha estado cargado de una gran negatividad. Digamos que es la forma delicada de llamarte hijo de puta, sin necesidad de ofender a tu madre, que es una santa. Pancracio Celdrán, por ejemplo, ya dice que hace referencia a alguien vil, despreciable, que reniega de los suyos, traidor. También nos recuerda que se usa para aludir al «conjunto o coro de chusma vociferante que vocea y hace escarnio de una causa justa» o a la «turba o tumulto desordenado de gentuza de mala vida». Hala, no diréis que no se ha despachado a gusto.

Si con la descripción de Celdrán no habéis tenido bastante, ahí os dejo algunas de las definiciones que dan Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Sánchez en su Dicicionario del español actual:

«canalla: 1. Persona miserable o malvada. (…) 2. Gente vil o despreciable. (…). 3. Gente de malas costumbres. (…) 4. Vil o despreciable. (…) 5. Vulgar o soez. (…) 6. Impúdico o de malas costumbres. (…)».

Visto lo visto, ya no parece tan inocente el insulto. Salvo, claro, que seas catalán. Porque en este idioma canalla hace referencia a la chiquillería, al grupo de niños. Si son ruidosos y los quieres considerar lo peor mientras te acuerdas de su papá y de su mamá, es cosa tuya, no del idioma.

Y si eres argentino y seguidor del Club Atlético Rosario Central, lo más seguro que lo lleves a gala y presumas por el mundo entero de ser un canalla, ya que es así como se conoce a los hinchas de este equipo. ¿Por qué canallas? Internet, que es sabio, me ha chivado que por negarse, en cierta ocasión, a jugar un partido benéfico a favor de una leprosería. Por lo visto, a las nobles damas que se lo propusieron no les gustó mucho el feo, y el insulto se quedó como apelativo orgulloso del equipo. Como dice aquel, el fútbol es asín.

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