21 de enero 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Y tú más: ¡Imbécil!

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Este adjetivo, que el DRAE define como “alelado, escaso de razón”, no fue usado como insulto hasta el siglo XIX por obra y gracia del francés, cuyo significado –que no vocablo- hemos tomado. Para que luego digan que no se nos pegó nada del culto e ilustrado país vecino.


‘Imbécil’ proviene del latín imbecillis, que a su vez deriva de imbecillum, palabra compuesta por ‘in’ (sin) y ‘baculus’, diminutivo de cetro o bastón, es decir, “sin bastón”, como podemos leer en el Diccionario clásico-etimológico latino-español, de Francisco A. Commeleran y Gómez. Su etimología parece más clara, aunque también hay corrientes que lo derivan del griego y no del latín. Sin embargo, la explicación de la misma crea ya más problemas.

Hay teorías que señalan que imbecillis (“sin bastón, sin cetro”) aludía a la infancia y a la juventud, etapas de la vida en las que no es necesario el uso de ninguna prótesis para caminar, pero que también implicaba, por tanto, la falta de sensatez y sabiduría que se le supone a un abuelete. Basta recordar que en la época antigua, el uso del cetro implicaba autoridad e inteligencia (lo llevaban los reyes, por ejemplo, y los sabios).

Otras teorías, sin embargo, dicen que ese ‘in’ no es un privativo sino más bien hace referencia a ‘en’, es decir, que se apoya en el bastón. Y por tanto se aludiría con ello al débil y al flojo. De ahí ese significado de “flaco, débil” ya en desuso que el diccionario da como segunda acepción de la palabra imbécil.

Incluso hay terceras versiones que hacen derivar el término de ‘imbellum’, es decir, que no servían para la guerra, para luchar, por ser demasiado débiles, tontos o vaya usted a saber.

Lo que sí es importante destacar, sea cual sea la explicación que más nos convenza, es que en latín no era un insulto, sino una mera descripción. Es decir, no tenía ningún carácter peyorativo ni denigratorio. Incluso clásicos como Horacio emplean el término “imbecillis aetas” para referirse a la juventud, a la infancia.

Por influencia de esas expresiones latinas que aluden a esa etapa de la vida carente de ‘seny’, que diría un catalán, el francés toma el vocablo ‘imbécille’ como sinónimo de debilidad mental, eso sí, usado como término médico y no como insulto, allá por los siglos XVII y XVIII. A modo de curiosidad, no se pronunciaba como hoy lo hacemos, sino que el acento recaía en la última sílaba: [imbezíl]. Algunos autores creen que en español pasó a ser llana por una mala interpretación de esa tilde francesa.

Fue en el siglo XIX cuando empieza a usarse como insulto y se llena de esos matices negativos que hoy le damos, también por influencia del francés que, a su vez, ya lo empezaba a utilizar para atacar al interlocutor.

En psicología, ‘imbecilidad’ sigue siendo un grado de debilidad mental. Aunque esto es mejor que nos lo confirme algún especialista. Con la salud, ya sabéis, no se juega y no debemos automedicarnos.

Así que si un día tenemos que acudir a un médico y nos califica de ‘imbéciles’, siempre nos quedará la duda de si nos está dando un diagnóstico o nos está insultando. Claro, que el contexto de la conversación tendrá mucho que decir… esperemos.

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Este adjetivo, que el DRAE define como “alelado, escaso de razón”, no fue usado como insulto hasta el siglo XIX por obra y gracia del francés, cuyo significado –que no vocablo- hemos tomado. Para que luego digan que no se nos pegó nada del culto e ilustrado país vecino.


‘Imbécil’ proviene del latín imbecillis, que a su vez deriva de imbecillum, palabra compuesta por ‘in’ (sin) y ‘baculus’, diminutivo de cetro o bastón, es decir, “sin bastón”, como podemos leer en el Diccionario clásico-etimológico latino-español, de Francisco A. Commeleran y Gómez. Su etimología parece más clara, aunque también hay corrientes que lo derivan del griego y no del latín. Sin embargo, la explicación de la misma crea ya más problemas.

Hay teorías que señalan que imbecillis (“sin bastón, sin cetro”) aludía a la infancia y a la juventud, etapas de la vida en las que no es necesario el uso de ninguna prótesis para caminar, pero que también implicaba, por tanto, la falta de sensatez y sabiduría que se le supone a un abuelete. Basta recordar que en la época antigua, el uso del cetro implicaba autoridad e inteligencia (lo llevaban los reyes, por ejemplo, y los sabios).

Otras teorías, sin embargo, dicen que ese ‘in’ no es un privativo sino más bien hace referencia a ‘en’, es decir, que se apoya en el bastón. Y por tanto se aludiría con ello al débil y al flojo. De ahí ese significado de “flaco, débil” ya en desuso que el diccionario da como segunda acepción de la palabra imbécil.

Incluso hay terceras versiones que hacen derivar el término de ‘imbellum’, es decir, que no servían para la guerra, para luchar, por ser demasiado débiles, tontos o vaya usted a saber.

Lo que sí es importante destacar, sea cual sea la explicación que más nos convenza, es que en latín no era un insulto, sino una mera descripción. Es decir, no tenía ningún carácter peyorativo ni denigratorio. Incluso clásicos como Horacio emplean el término “imbecillis aetas” para referirse a la juventud, a la infancia.

Por influencia de esas expresiones latinas que aluden a esa etapa de la vida carente de ‘seny’, que diría un catalán, el francés toma el vocablo ‘imbécille’ como sinónimo de debilidad mental, eso sí, usado como término médico y no como insulto, allá por los siglos XVII y XVIII. A modo de curiosidad, no se pronunciaba como hoy lo hacemos, sino que el acento recaía en la última sílaba: [imbezíl]. Algunos autores creen que en español pasó a ser llana por una mala interpretación de esa tilde francesa.

Fue en el siglo XIX cuando empieza a usarse como insulto y se llena de esos matices negativos que hoy le damos, también por influencia del francés que, a su vez, ya lo empezaba a utilizar para atacar al interlocutor.

En psicología, ‘imbecilidad’ sigue siendo un grado de debilidad mental. Aunque esto es mejor que nos lo confirme algún especialista. Con la salud, ya sabéis, no se juega y no debemos automedicarnos.

Así que si un día tenemos que acudir a un médico y nos califica de ‘imbéciles’, siempre nos quedará la duda de si nos está dando un diagnóstico o nos está insultando. Claro, que el contexto de la conversación tendrá mucho que decir… esperemos.

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