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18 de julio 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Visita Yellowstone antes de que acabe con el planeta Tierra

18 de julio 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Lo que sucedió hace 2,1 millones de años, 1,3 millones de años y 630.000 años está a punto de repetirse. Pero ellos aún no lo saben.

Decenas de turistas esperan, sudorosos e impacientes. Sus miradas están clavadas en un montículo situado a 70 metros. Se escucha un murmullo de fondo.

El rumor se hace más intenso. Aún no aparece vapor de agua. Los guías del parque se miran, extrañados.

De pronto, sucede: un temblor comienza a sacudir la tierra y el montículo estalla en pedazos. Un inmenso chorro de agua y roca fundida se eleva hasta perderse de vista, en el cielo. El suelo comienza a resquebrajarse y a escupir fumarolas. La gente corre en todas direcciones.

A los pocos minutos, la gran erupción tiene lugar: una inmensa columna de lava y ceniza se eleva hasta 25 kilómetros, extendiéndose por la atmósfera y tapando la luz solar en decenas de kilómetros a la redonda. Horas después, la nube de ceniza comienza a expandirse por todo el planeta.

Ha sucedido: la caldera de Yellowstone, uno de los volcanes más grandes del mundo, ha entrado en erupción.

Yellowstone, el parque natural que es una bomba de relojería

El Parque Nacional de Yellowstone es grande, muy grande. Exactamente 900 km² más grande que la Comunidad de Madrid. Creado en 1872 –es el parque más antiguo de Estados Unidos–, Yellowstone se localiza entre los estados de Montana, Idaho y Wyoming, algo lejos de la ruta turística habitual de la Costa Oeste del país.

Yellowstone es un volcán, pero eso no es lo más inquietante de todo: con una extensión de hasta 15 km de profundidad y 90 km de largo por 30 de ancho, se trata del mayor volcán activo de América.

Activo pero durmiente. Al menos, por el momento.

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El ejemplo apocalíptico de la introducción, pese a que podría haber sido la secuencia de una película de Roland Emmerich, no se aleja mucho del titular que mostró el periódico USA Today del 12 de octubre de 2017: El supervolcán de Yellowstone podría explotar antes de lo esperado (y aniquilar toda la vida en la Tierra). Así, de frente y sin vaselina. Con lo sensibles que son los yanquis…

Esta noticia se basaba en un estudio publicado por la Geóloga Hannah Shamloo donde explicaba que los cambios previos a la última gran erupción del volcán tuvieron lugar en un plazo más corto del que se creía. Esto se tradujo en que el volcán volvería a hacer lo mismo y de forma inminente, provocando un enorme estado de alarma en la población estadounidense (ya bastante propensa a ello).

Que vaya a ocurrir de forma inminente es algo muy poco probable y que aniquile toda la vida en la Tierra, un tanto discutible, aunque sí es cierto que podría provocar grandes estragos a nivel mundial.

Las nubes de ceniza y la liberación de dióxido de azufre provocadas por la explosión de un volcán de esas dimensiones alteraría el funcionamiento del planeta y provocaría un «enorme impacto económico en todo el mundo, debido a la forma en que la economía mundial funciona ahora», como explicaba el vulcanólogo de la Universidad de Oxford, David Pyle, en un artículo para BBC.

Disfrutando del Parque Natural más peligroso de Estados Unidos

Visitar Yellowstone es una de esas cosas que todo el mundo debería añadir a su checklist de tareas vitales. Como tarde o temprano Yellowstone entrará en erupción, lo mejor es ver el lado positivo del asunto: nadie podrá hacer nada para impedirlo. Así que una de las mejores ideas es ir a visitarlo ahora mismo que, aparentemente, está más o menos tranquilo.

Incluso si se tiene mala suerte y ese día de visita es el que toca el premio gordo, puede que incluso tenga su punto excitante (es más, ese morbo es el que lleva a bastantes personas con pensamientos apocalípticos a querer visitarlo, por si ese día toca).

Yellowstone es como un enorme parque temático de magma y aguas hirvientes. Repartidos a lo largo de decenas de kilómetros, se pueden encontrar géiseres, piscinas volcánicas de colores psicodélicos, bosques petrificados, grandes llanuras donde los bisontes campan a sus anchas, cataratas masivas… Y, por supuesto, el oso Yogi. Entre la fauna autóctona de Yellowstone (Jellystone) se encuentran los (bastante menos amigables) osos grizzlie y osos negros.

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Retrocediendo a la escena del principio, la de las personas apretujadas y sudorosas, ese montículo hacia el que miraban no es otro que el famoso géiser Old Faithful. Recibe ese nombre (viejo fiel) debido a la regularidad de sus erupciones, más o menos cada 90 minutos. Esta regularidad lo convierte también en uno de los factores de monitorización de la actividad del volcán: si su ritmo cambia, algo está ocurriendo.

Igual de hirvientes, pero más peligrosas y ácidas, son las aguas de las fuentes termales, diferentes piscinas volcánicas que se esparcen por la zona sur del parque. Estas fuentes, con temperaturas de hasta 100 grados y elevada acidez, presentan una belleza hipnótica y, en algunos casos, mortal: desde 1890, 22 personas han muerto disueltas por el ácido tras haber caído en su interior. El último, un joven estadounidense de 23 años que cayó en noviembre de 2016.

De todas las fuentes termales, la más conocida y espectacular es la Great Prysmatic Spring, con 90 metros de longitud y 50 de profundidad (es la tercera más grande del mundo, detrás del lago Frying Pan en Nueva Zelanda y el lago Boiling, en Dominica).

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Conducir por Yellowstone (y, por extensión, por toda la Costa Oeste de Estados Unidos) es, a efectos comparativos, como si un niño recorriese Disney World con todo el parque para él solo: no se sabe por dónde empezar.

Es todo tan descomunal y atractivo que se produce una saturación por las infinitas posibilidades, llegando, incluso, a una especie de síndrome de Stendhal. Es tal la sensación de sobrecogimiento, de irrealidad ante los colores, las formas y las erupciones, que la impresión de que todo aquello es un enorme decorado y que hay cámaras grabando desde cualquier rincón nunca te abandona.

Mammoth Hot Springs es un ejemplo de esos lugares-maqueta. Esta parte del parque, situada en la zona norte, es uno de los sectores de actividad volcánica más antiguos de Yellowstone, un gran complejo de aguas termales formada por depósitos calcáreos. El agua cae a diferentes terrazas formando un gran macizo de roca caliza. Cuando se pasea por las pasarelas facilitadas para la visita, uno solo se puede sentir como Matt Damon deambulando sin rumbo por la superficie marciana de la película The Martian.

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Aunque si hoy día, que tenemos la oportunidad de echar un vistazo en Google, descubrir Yellowstone es una sensación desconcertante, la que debieron sentir los primeros hombres que se encontraron con sus paisajes tuvo que ser algo desquiciante. Tan desquiciante que al primer hombre que reportó sobre aquellas tierras lo tomaron por loco.

El infierno de Colter

Se conoce como la expedición de Lewis y Clark a la primera ruta llevada a cabo por estadounidenses a través del oeste del país. Entre 1803 y 1806, el capitán Meriwether Lewis y el subteniente William Clark partieron desde Pittsburgh, en el medio este, hasta Fort Clatsop, en la Costa Oeste, atravesando una tierra habitada, hasta ese momento, por los indígenas americanos.

Entre los miembros de la expedición se encontraba el trampero, comerciante de pieles y guía John Colter. Colter, pese a haber participado en esta ruta histórica, es más conocido por las expediciones en solitario que hizo entre 1807 y 1808, en las que se adentró en el territorio de Yellowstone, convirtiéndose en el primer hombre blanco que pisaba aquellas tierras y contactaba con las tribus amerindias de la zona.

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De sus escritos queda constancia que descubrió diversos lugares con actividad volcánica, describiendo lagos humeantes y ciénagas de lodo hirviente. Sin embargo, cuando regresó a Fort Raymond, pocos creyeron sus informes sobre aquel paisaje apocalíptico de aguas burbujeantes, siendo incluso ridiculizado y refiriéndose a la zona como El infierno de Colter.

Entre los lugares que recorrió el trampero norteamericano se encuentra el lago Yellowstone, el mayor de toda el área y al cual desemboca el río Yellowstone. A pocos kilómetros de su desembocadura, el río experimenta dos grandes caídas de agua, las Upper Falls y las Lower Falls, dos cascadas de 33 metros y 94 metros respectivamente, contenidas ambas en el Gran Cañón de Yellowstone, una enorme brecha de 39 kilómetros de longitud.

Es en esta zona del Gran Cañón –sobre todo en la inmensa garganta provocada por las Lower Falls– donde se puede ver el motivo por el cual el parque recibe su nombre: compuestas por un alto contenido en hierro, las rocas de Yellowstone presentan un color amarillento, producto de la alteración hidrotérmica de este mineral.

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Envuelto en ese halo terrorífico que lo liga constantemente al Día del Juicio Final, el Parque de Yellowstone salta a las noticias cada cierto tiempo debido a algún acontecimiento fuera de lo común (es uno de los espacios de Estados Unidos más monitorizados por los científicos): un temblor de tierra, un géiser que comienza a entrar en erupción con más frecuencia de lo habitual, un ser humano que muere escalfado…

Cuando Yellowstone entre en erupción, es más que probable que ninguno de los que hoy leen y escriben Yorokobu siga con vida (no se ha constatado la presencia de vampiros dentro de la redacción), por lo que solo queda desear a los futuros habitantes de la Tierra que cojan un buen sitio, sus máscaras antigás y disfruten del espectáculo.

Eso, por supuesto, si Trump no ha acabado antes con el planeta.

Lo que sucedió hace 2,1 millones de años, 1,3 millones de años y 630.000 años está a punto de repetirse. Pero ellos aún no lo saben.

Decenas de turistas esperan, sudorosos e impacientes. Sus miradas están clavadas en un montículo situado a 70 metros. Se escucha un murmullo de fondo.

El rumor se hace más intenso. Aún no aparece vapor de agua. Los guías del parque se miran, extrañados.

De pronto, sucede: un temblor comienza a sacudir la tierra y el montículo estalla en pedazos. Un inmenso chorro de agua y roca fundida se eleva hasta perderse de vista, en el cielo. El suelo comienza a resquebrajarse y a escupir fumarolas. La gente corre en todas direcciones.

A los pocos minutos, la gran erupción tiene lugar: una inmensa columna de lava y ceniza se eleva hasta 25 kilómetros, extendiéndose por la atmósfera y tapando la luz solar en decenas de kilómetros a la redonda. Horas después, la nube de ceniza comienza a expandirse por todo el planeta.

Ha sucedido: la caldera de Yellowstone, uno de los volcanes más grandes del mundo, ha entrado en erupción.

Yellowstone, el parque natural que es una bomba de relojería

El Parque Nacional de Yellowstone es grande, muy grande. Exactamente 900 km² más grande que la Comunidad de Madrid. Creado en 1872 –es el parque más antiguo de Estados Unidos–, Yellowstone se localiza entre los estados de Montana, Idaho y Wyoming, algo lejos de la ruta turística habitual de la Costa Oeste del país.

Yellowstone es un volcán, pero eso no es lo más inquietante de todo: con una extensión de hasta 15 km de profundidad y 90 km de largo por 30 de ancho, se trata del mayor volcán activo de América.

Activo pero durmiente. Al menos, por el momento.

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El ejemplo apocalíptico de la introducción, pese a que podría haber sido la secuencia de una película de Roland Emmerich, no se aleja mucho del titular que mostró el periódico USA Today del 12 de octubre de 2017: El supervolcán de Yellowstone podría explotar antes de lo esperado (y aniquilar toda la vida en la Tierra). Así, de frente y sin vaselina. Con lo sensibles que son los yanquis…

Esta noticia se basaba en un estudio publicado por la Geóloga Hannah Shamloo donde explicaba que los cambios previos a la última gran erupción del volcán tuvieron lugar en un plazo más corto del que se creía. Esto se tradujo en que el volcán volvería a hacer lo mismo y de forma inminente, provocando un enorme estado de alarma en la población estadounidense (ya bastante propensa a ello).

Que vaya a ocurrir de forma inminente es algo muy poco probable y que aniquile toda la vida en la Tierra, un tanto discutible, aunque sí es cierto que podría provocar grandes estragos a nivel mundial.

Las nubes de ceniza y la liberación de dióxido de azufre provocadas por la explosión de un volcán de esas dimensiones alteraría el funcionamiento del planeta y provocaría un «enorme impacto económico en todo el mundo, debido a la forma en que la economía mundial funciona ahora», como explicaba el vulcanólogo de la Universidad de Oxford, David Pyle, en un artículo para BBC.

Disfrutando del Parque Natural más peligroso de Estados Unidos

Visitar Yellowstone es una de esas cosas que todo el mundo debería añadir a su checklist de tareas vitales. Como tarde o temprano Yellowstone entrará en erupción, lo mejor es ver el lado positivo del asunto: nadie podrá hacer nada para impedirlo. Así que una de las mejores ideas es ir a visitarlo ahora mismo que, aparentemente, está más o menos tranquilo.

Incluso si se tiene mala suerte y ese día de visita es el que toca el premio gordo, puede que incluso tenga su punto excitante (es más, ese morbo es el que lleva a bastantes personas con pensamientos apocalípticos a querer visitarlo, por si ese día toca).

Yellowstone es como un enorme parque temático de magma y aguas hirvientes. Repartidos a lo largo de decenas de kilómetros, se pueden encontrar géiseres, piscinas volcánicas de colores psicodélicos, bosques petrificados, grandes llanuras donde los bisontes campan a sus anchas, cataratas masivas… Y, por supuesto, el oso Yogi. Entre la fauna autóctona de Yellowstone (Jellystone) se encuentran los (bastante menos amigables) osos grizzlie y osos negros.

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Retrocediendo a la escena del principio, la de las personas apretujadas y sudorosas, ese montículo hacia el que miraban no es otro que el famoso géiser Old Faithful. Recibe ese nombre (viejo fiel) debido a la regularidad de sus erupciones, más o menos cada 90 minutos. Esta regularidad lo convierte también en uno de los factores de monitorización de la actividad del volcán: si su ritmo cambia, algo está ocurriendo.

Igual de hirvientes, pero más peligrosas y ácidas, son las aguas de las fuentes termales, diferentes piscinas volcánicas que se esparcen por la zona sur del parque. Estas fuentes, con temperaturas de hasta 100 grados y elevada acidez, presentan una belleza hipnótica y, en algunos casos, mortal: desde 1890, 22 personas han muerto disueltas por el ácido tras haber caído en su interior. El último, un joven estadounidense de 23 años que cayó en noviembre de 2016.

De todas las fuentes termales, la más conocida y espectacular es la Great Prysmatic Spring, con 90 metros de longitud y 50 de profundidad (es la tercera más grande del mundo, detrás del lago Frying Pan en Nueva Zelanda y el lago Boiling, en Dominica).

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Conducir por Yellowstone (y, por extensión, por toda la Costa Oeste de Estados Unidos) es, a efectos comparativos, como si un niño recorriese Disney World con todo el parque para él solo: no se sabe por dónde empezar.

Es todo tan descomunal y atractivo que se produce una saturación por las infinitas posibilidades, llegando, incluso, a una especie de síndrome de Stendhal. Es tal la sensación de sobrecogimiento, de irrealidad ante los colores, las formas y las erupciones, que la impresión de que todo aquello es un enorme decorado y que hay cámaras grabando desde cualquier rincón nunca te abandona.

Mammoth Hot Springs es un ejemplo de esos lugares-maqueta. Esta parte del parque, situada en la zona norte, es uno de los sectores de actividad volcánica más antiguos de Yellowstone, un gran complejo de aguas termales formada por depósitos calcáreos. El agua cae a diferentes terrazas formando un gran macizo de roca caliza. Cuando se pasea por las pasarelas facilitadas para la visita, uno solo se puede sentir como Matt Damon deambulando sin rumbo por la superficie marciana de la película The Martian.

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Aunque si hoy día, que tenemos la oportunidad de echar un vistazo en Google, descubrir Yellowstone es una sensación desconcertante, la que debieron sentir los primeros hombres que se encontraron con sus paisajes tuvo que ser algo desquiciante. Tan desquiciante que al primer hombre que reportó sobre aquellas tierras lo tomaron por loco.

El infierno de Colter

Se conoce como la expedición de Lewis y Clark a la primera ruta llevada a cabo por estadounidenses a través del oeste del país. Entre 1803 y 1806, el capitán Meriwether Lewis y el subteniente William Clark partieron desde Pittsburgh, en el medio este, hasta Fort Clatsop, en la Costa Oeste, atravesando una tierra habitada, hasta ese momento, por los indígenas americanos.

Entre los miembros de la expedición se encontraba el trampero, comerciante de pieles y guía John Colter. Colter, pese a haber participado en esta ruta histórica, es más conocido por las expediciones en solitario que hizo entre 1807 y 1808, en las que se adentró en el territorio de Yellowstone, convirtiéndose en el primer hombre blanco que pisaba aquellas tierras y contactaba con las tribus amerindias de la zona.

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De sus escritos queda constancia que descubrió diversos lugares con actividad volcánica, describiendo lagos humeantes y ciénagas de lodo hirviente. Sin embargo, cuando regresó a Fort Raymond, pocos creyeron sus informes sobre aquel paisaje apocalíptico de aguas burbujeantes, siendo incluso ridiculizado y refiriéndose a la zona como El infierno de Colter.

Entre los lugares que recorrió el trampero norteamericano se encuentra el lago Yellowstone, el mayor de toda el área y al cual desemboca el río Yellowstone. A pocos kilómetros de su desembocadura, el río experimenta dos grandes caídas de agua, las Upper Falls y las Lower Falls, dos cascadas de 33 metros y 94 metros respectivamente, contenidas ambas en el Gran Cañón de Yellowstone, una enorme brecha de 39 kilómetros de longitud.

Es en esta zona del Gran Cañón –sobre todo en la inmensa garganta provocada por las Lower Falls– donde se puede ver el motivo por el cual el parque recibe su nombre: compuestas por un alto contenido en hierro, las rocas de Yellowstone presentan un color amarillento, producto de la alteración hidrotérmica de este mineral.

yellowstone-2

Envuelto en ese halo terrorífico que lo liga constantemente al Día del Juicio Final, el Parque de Yellowstone salta a las noticias cada cierto tiempo debido a algún acontecimiento fuera de lo común (es uno de los espacios de Estados Unidos más monitorizados por los científicos): un temblor de tierra, un géiser que comienza a entrar en erupción con más frecuencia de lo habitual, un ser humano que muere escalfado…

Cuando Yellowstone entre en erupción, es más que probable que ninguno de los que hoy leen y escriben Yorokobu siga con vida (no se ha constatado la presencia de vampiros dentro de la redacción), por lo que solo queda desear a los futuros habitantes de la Tierra que cojan un buen sitio, sus máscaras antigás y disfruten del espectáculo.

Eso, por supuesto, si Trump no ha acabado antes con el planeta.

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Opiniones 9
  • Una vez más… el error de siempre. El oso Yogui no vivía en Yellowstone, sino en el ficticio Jellystone. O «piedra de gelatina». Que al fin y al cabo era una parodia. Aiiiiiggggggg… qué poca memoria y cómo nos líamos con las palabras en inglés. Un saludo y a seguir.

  • Es muy ‘Marca España’ eso. Fantaseo con un mundo lleno de gente educada que, si no tiene nada bueno que decir, opte por permanecer callada…jajajaja. Saludos

  • Buen paisaje! Y el remate Trump hace sonreír. Aunque no creo que Yogui Trump acabe más que con la paciencia de algunos. En la historieta de ésta vida está para ‘distraer’.

  • Muy bien ahora estaría interesante ver como afectaría socioeconómicamente al mundo una erupción de esa magnitud a corto, media y largo plazo, la guerra y la destrucción siempre trae bajo sus brazos cambios sorprendentes para la humanidad (de seguir existiendo)

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