15 de septiembre 2016    /   IDEAS
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Yo procrastino, tú me haces perder el tiempo

15 de septiembre 2016    /   IDEAS     por          
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No es lo mismo procrastinar que perder el tiempo, como no es lo mismo un hámster que una rata, aunque ambas criaturas son roedores.

Considero que procrastino cuando, en lugar de atender a mis obligaciones, decido que el tiempo se esfume en un vicio, una afición, a la búsqueda de unas risas en YouTube o Instagram.

Considero que pierdo el tiempo, rectifico: me hacen perder el tiempo los imprevistos que me apartan de lo que he decidido hacer —esta vez, sí, palabra—: la lavadora atascada, la visita imprevista o las llamadas de vendedores de vino para coleccionistas, congelados a domicilio y garrafas de agua.

Considero que me hacen perder el tiempo los compromisos sociales y las charletas improvisadas a pie de ascensor, en el hipermercado, a la vuelta de tirar la basura… con personas con las que ni congenio ni pretendo establecer vínculos.

En el caso de los compromisos sociales, aunque haya copas y cervezas y tapas de por medio, la sensación de «pérdida de tiempo» es inevitable. Uno no dice: «Voy a procrastinar en la presentación del cortometraje de fulano». (Lo siento, fulano). De hecho, acudimos a los eventos y actos sociales con la excusa preparada para escapar. Mi favorita: «Tengo que atender a un paciente». Lástima no poder emplearla.

Así que tenemos claro que procrastinar y perder el tiempo viene a ser lo mismo como la rata y el hámster. Sin embargo, mostramos condescendencia con la procrastinación. Es inevitable. Uno procrastina por deseo propio. Fingimos que nos castigamos a nosotros mismos por no haber terminado esto o aquello por haber estado en las redes sociales o vete a saber qué, pero en el fondo, sabemos que el tiempo que se esfumó fue tiempo disfrutado. Y si nos piden explicaciones o queremos darlas, alegamos: «Necesitaba despejarme».

El lugar también etiqueta el paso del tiempo como procrastinación o pérdida, aunque las actividades sean las mismas. Un ejemplo está en la espera en el dentista o la cola para papeleo administrativo. (Cola preferible a coger una papeleta que esclaviza tu atención en un panel: B32 MESA 5, A11 MESA 7, M207 MESA 6…)

Ahí, en la cola para llegar al mostrador, muchos usamos el móvil para jugar, wasapear, usar las redes sociales o leer y contestar correos electrónicos. Si nos distraemos, cosa difícil, avanzamos con un «perdone» que suelta en nuestros oídos la persona a nuestra espalda.

Algunos que hacen cola escriben en las redes sociales: «Haciendo cola para (…). Menuda pérdida de tiempo».

Quienes seguimos al fulano que se queja sabemos que cada día de la semana, a la misma hora, esta persona comparte en las redes sociales una colección variopinta de datos y estados de ánimo. Compulsivamente. Fulano comenta las tendencias, contesta a unos y a otros, se queja por el último escándalo político (de los otros, de los que no votó), anuncia sus planes para el sábado… Finalmente, escribe: «Bueno, ha sido una mañana/tarde divertida, ahora tengo que acabar unas cosas».

Sin embargo, en la cola del banco o esperando al dentista, fulano considera que está perdiendo la mañana, aunque su actividad virtual no difiere de un día corriente. De manera que el tiempo que se esfuma en el puesto de trabajo es procrastinar. El tiempo que se esfuma fuera está visto como tiempo perdido.

Quizá porque estamos acostumbrados a las rutinas. Sabemos cómo escaquearnos en nuestro puesto y preferimos una silla rota y carente de ergonomía en un lugar conocido a formar parte de una fila de personas con sus olores y sus pintas. O quizá, y me parece más acertado, perder el tiempo en lo virtual estando en un sitio conocido, aunque poco placentero se deba a que necesitamos tener los pies en la tierra. Los pies en el suelo, porque la cabeza está lejos de allí, entre bytes.

 

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No es lo mismo procrastinar que perder el tiempo, como no es lo mismo un hámster que una rata, aunque ambas criaturas son roedores.

Considero que procrastino cuando, en lugar de atender a mis obligaciones, decido que el tiempo se esfume en un vicio, una afición, a la búsqueda de unas risas en YouTube o Instagram.

Considero que pierdo el tiempo, rectifico: me hacen perder el tiempo los imprevistos que me apartan de lo que he decidido hacer —esta vez, sí, palabra—: la lavadora atascada, la visita imprevista o las llamadas de vendedores de vino para coleccionistas, congelados a domicilio y garrafas de agua.

Considero que me hacen perder el tiempo los compromisos sociales y las charletas improvisadas a pie de ascensor, en el hipermercado, a la vuelta de tirar la basura… con personas con las que ni congenio ni pretendo establecer vínculos.

En el caso de los compromisos sociales, aunque haya copas y cervezas y tapas de por medio, la sensación de «pérdida de tiempo» es inevitable. Uno no dice: «Voy a procrastinar en la presentación del cortometraje de fulano». (Lo siento, fulano). De hecho, acudimos a los eventos y actos sociales con la excusa preparada para escapar. Mi favorita: «Tengo que atender a un paciente». Lástima no poder emplearla.

Así que tenemos claro que procrastinar y perder el tiempo viene a ser lo mismo como la rata y el hámster. Sin embargo, mostramos condescendencia con la procrastinación. Es inevitable. Uno procrastina por deseo propio. Fingimos que nos castigamos a nosotros mismos por no haber terminado esto o aquello por haber estado en las redes sociales o vete a saber qué, pero en el fondo, sabemos que el tiempo que se esfumó fue tiempo disfrutado. Y si nos piden explicaciones o queremos darlas, alegamos: «Necesitaba despejarme».

El lugar también etiqueta el paso del tiempo como procrastinación o pérdida, aunque las actividades sean las mismas. Un ejemplo está en la espera en el dentista o la cola para papeleo administrativo. (Cola preferible a coger una papeleta que esclaviza tu atención en un panel: B32 MESA 5, A11 MESA 7, M207 MESA 6…)

Ahí, en la cola para llegar al mostrador, muchos usamos el móvil para jugar, wasapear, usar las redes sociales o leer y contestar correos electrónicos. Si nos distraemos, cosa difícil, avanzamos con un «perdone» que suelta en nuestros oídos la persona a nuestra espalda.

Algunos que hacen cola escriben en las redes sociales: «Haciendo cola para (…). Menuda pérdida de tiempo».

Quienes seguimos al fulano que se queja sabemos que cada día de la semana, a la misma hora, esta persona comparte en las redes sociales una colección variopinta de datos y estados de ánimo. Compulsivamente. Fulano comenta las tendencias, contesta a unos y a otros, se queja por el último escándalo político (de los otros, de los que no votó), anuncia sus planes para el sábado… Finalmente, escribe: «Bueno, ha sido una mañana/tarde divertida, ahora tengo que acabar unas cosas».

Sin embargo, en la cola del banco o esperando al dentista, fulano considera que está perdiendo la mañana, aunque su actividad virtual no difiere de un día corriente. De manera que el tiempo que se esfuma en el puesto de trabajo es procrastinar. El tiempo que se esfuma fuera está visto como tiempo perdido.

Quizá porque estamos acostumbrados a las rutinas. Sabemos cómo escaquearnos en nuestro puesto y preferimos una silla rota y carente de ergonomía en un lugar conocido a formar parte de una fila de personas con sus olores y sus pintas. O quizá, y me parece más acertado, perder el tiempo en lo virtual estando en un sitio conocido, aunque poco placentero se deba a que necesitamos tener los pies en la tierra. Los pies en el suelo, porque la cabeza está lejos de allí, entre bytes.

 

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