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22 de mayo 2017    /   IDEAS
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¿Zoológicos? No, gracias

22 de mayo 2017    /   IDEAS     por          
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Que la revista Time haya dedicado estos días un amplio reportaje al cierre del circo más famoso y longevo del mundo, el Ringling Brothers, después de 146 años de existencia, certifica que las cosas están cambiando. Ver una hilera de elefantes haciendo malabarismos o cómo el musculoso domador restalla su látigo sobre los sufridos tigres ya no es cool.

Es ingenuo pensar que seres nacidos en la jungla o en la sabana puedan llevar una vida digna en convoyes de camiones que surcan las carreteras o en jaulas decoradas con pósters con palmeras. Por fortuna los espectáculos con animales están comenzando a estar bajo sospecha. El gitano con la cabra y la trompeta han dado paso a los shows de dudoso gusto y nulo valor pedagógico con orcas o delfines en parques temáticos, que se están viendo obligados a cancelar estas atracciones ante la presión popular.

No es casualidad que los tratantes de animales para circos han sido los principales proveedores de ejemplares para los zoos, como la desaparecida Casa de Fieras que estaba emplazada en el madrileño parque de El Retiro. Yo era muy pequeño, pero recuerdo que los mandriles arrojaban excrementos a los visitantes desde su foso circular, a modo de protesta. El foso todavía puede visitarse, como testigo mudo de una época en que los animales eran poca cosa para los humanos.

También había un tigre, y un oso en una jaula tan estrecha que el plantígrado, totalmente enajenado, había erosionado el suelo exactamente en los lugares en los que podía dar sus dos o tres pasos. La Segunda Guerra Mundial propició que muchas criaturas procedentes de los zoos de ciudades castigadas por la contienda fueran acogidos en la Casa de Fieras, que llegó a tener más de 500 ejemplares hacinados en condiciones lamentables. Se cerró en 1972, y los animales fueron trasladados al recién inaugurado Zoo de Madrid.

Como padre me encuentro ante un dilema. Quiero que mi hija de ocho años pueda ver en realidad un rinoceronte o un oso o una jirafa. Pero ¿quiero que los vea atrapados en un miserable recinto con las paredes pintadas de verde? La verdad, prefiero ponerle un documental de National Geographic. Y si cuando crezca tiene interés en ver los originales, siempre puede hacer un safari fotográfico por el Ngorongoro o el Serengeti, e invitar a su padre a dicho viaje.

En el siglo XIX los llamados Gabinetes de Curiosidades dieron lugar a los modernos museos de Ciencias Naturales. El de Madrid lo impulsó Carlos III, y aun hoy puede visitarse aquella colección inicial, cuidadosamente documentada, con numerosos esqueletos, grabados, huesos, fósiles, conchas y ejemplares taxidermizados con las técnicas de la época. Pensemos que en aquellas fechas no existía la televisión, ni siquiera la fotografía, y que los científicos o el público en general debían conformarse con observar los grabados que algunos naturalistas traían de sus viajes, o contemplar animales disecados procedentes de esas expediciones.

Por la misma razón el circo suponía un acontecimiento memorable en todas aquellas poblaciones en las que recalaba con sus tigres, elefantes o leones, pues no existía ninguna otra posibilidad de contemplarlos. Pero estamos en el siglo XXI. Hoy día un buen museo de Historia Natural puede reemplazar la función pretendidamente didáctica de los zoológicos.

¿Todos los animales sufren en un zoo? Podemos afirmar que sí, con la mera excepción de algunos reptiles e invertebrados (insectos, arañas, crustáceos) y un puñado de especies de peces. Aunque nos haga mucha gracia cómo el elefante toma con su trompa las frutas que le ofrece el cuidador o aunque hagamos cola para ver cómo el simpático oso panda roe los tallos de bambú, lo que experimentan estos animales es simple y pura resignación.

El caso de los felinos causa especial estupor, por ver reducidos a una miserable parcela los grandes territorios que acostumbran a dominar en libertad. Sus imponentes musculaturas terminan atrofiándose ante la imposibilidad de ejercitarlas con carreras para atrapar a sus víctimas. Ya no cazan, les arrojan cubos con carne, porque a menudo se considera cruel que los niños vean cómo un tigre desgarra el cuello a un cervatillo vivo, y no pocos padres pondrían el grito en el cielo ante un espectáculo tan cruento.

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En cuanto a los pájaros, no es difícil deducir que el aviario, esa gran jaula de treinta o cuarenta metros de alto y pongamos cien de diámetro, es una pesadilla para cualquier criatura que sepa volar. Por su parte, los pingüinos apenas disponen de una piscina para ejercitarse, y no pescan sardinas, sino que las reciben de manos de los cuidadores, a horarios programados para que los niños puedan ver cómo se alimentan. Pero lo que ven es una perversión, ningún pingüino en la Antártida tomaría peces de la mano de un tipo vestido con neopreno.

¿Qué decir de los grandes acuarios? Hay especies que necesitan poca extensión en su territorio, pero son minoría. Resulta muy triste, aunque sin duda espectacular, ver evolucionar sobre nuestras cabezas en esos túneles de cristal tan vistosos, peces y mamíferos marinos de gran tamaño. Lo que al visitante le parece una instalación fastuosa en la que los animales se encuentran como en su medio natural es en realidad una prisión diminuta comparada con la libertad de los mares y océanos de los que fueron arrebatados.

Pero por encima de todos estos casos, el cautiverio de los primates es una aberración que debería abolirse de inmediato. El gorila del zoo de Madrid ha hecho llorar a más niños que cualquier otra criatura. Yo fui uno de ellos. Y no solo sufren los grandes simios (chimpancés, bonobos, orangutanes y gorilas), sino también los monos capuchinos de Faunia, aunque parezca que disfrutan de su nuevo entorno artificial. Prueben a mirar a los ojos a uno de estos parientes genéticos y sentirán el estremecimiento de su conciencia.

Hay un argumento de peso más para defender esta abolición y es la paradoja climática. Si obligamos a vivir en una latitud diferente a un animal deberá sufrir los rigores de temperaturas o de grados de humedad o sequedad para los que no está adaptado. Y si solo tenemos en cautiverio animales locales para evitar este inconveniente, la visita pierde interés por cuanto esos mismos animales trotan en libertad fuera del recinto. El oso polar del zoo de Madrid causa no poca consternación, por más que disponga de un perímetro cubierto para protegerse del inclemente sol de agosto en la capital. El caso inverso lo hallamos en los penosos zoos del Reino Unido, que a menudo saltan a la prensa por noticias tan vergonzosas como la muerte por inanición o por frío de sus animales o incluso por displicencia y malos tratos.

Sin embargo, hay esperanza. Por ejemplo, en La Rioja los zoos están prohibidos, pues no hay peores escenarios que los zoológicos rurales o en pequeños pueblos o ciudades de provincia, donde el presupuesto para su mantenimiento es exiguo, y donde las sensibilidades son diferentes a las de entornos más urbanos.

Costa Rica, que es un pequeño país muy avanzado en concienciación y con una enorme biodiversidad, ha sido el primer país del mundo en prohibir los zoológicos. La medida vino acompañada de otra no menos llamativa y merecedora de elogios: prohibieron la caza deportiva. Por desgracia, la España del fusil al hombro, la montería, las fotografías con hileras de perdices muertas o el jabalí o el venado sangrando en el suelo mientras un energúmeno sonríe al objetivo (a menudo imputado en alguna causa de corrupción), es una realidad cuya erradicación ahora mismo se antoja muy lejana.

Las corridas de toros, la caza deportiva, el empleo de animales en circos y la existencia de zoológicos están más conectados de lo que podría pensarse en nuestro imaginario colectivo. Complicado será conciliar el hecho de proteger los animales de unas condiciones que no son óptimas cuando a escasos kilómetros se celebran sangrientas masacres en la arena del ruedo, con el aplauso de las estrellas del papel cuché y con amplias crónicas taurinas en los diarios. No parece muy coherente apoyar una cosa y denigrar la otra, o viceversa, sin incurrir en una cierta esquizofrenia legislativa.

El cierre de los zoológicos no podría ser inmediato ni súbito, ya que las instalaciones deberían mantenerse hasta el fallecimiento del último de sus huéspedes, pues la mayoría de estos animales cautivos no sobrevivirían si fueran liberados en su medio natural. También hay especies que ya no pueden encontrarse en libertad, y que solo viven en los zoológicos, por lo que quizá estos espacios podrían reconvertirse en asilos para estas criaturas condenadas a la extinción.

La próxima vez que sus hijos (o sobrinos) le pidan ir al zoo, mejor llévelos al museo. Y cuando crezcan, exíjales que le inviten a un safari fotográfico con todos los gastos pagados. Usted se lo merece.

Que la revista Time haya dedicado estos días un amplio reportaje al cierre del circo más famoso y longevo del mundo, el Ringling Brothers, después de 146 años de existencia, certifica que las cosas están cambiando. Ver una hilera de elefantes haciendo malabarismos o cómo el musculoso domador restalla su látigo sobre los sufridos tigres ya no es cool.

Es ingenuo pensar que seres nacidos en la jungla o en la sabana puedan llevar una vida digna en convoyes de camiones que surcan las carreteras o en jaulas decoradas con pósters con palmeras. Por fortuna los espectáculos con animales están comenzando a estar bajo sospecha. El gitano con la cabra y la trompeta han dado paso a los shows de dudoso gusto y nulo valor pedagógico con orcas o delfines en parques temáticos, que se están viendo obligados a cancelar estas atracciones ante la presión popular.

No es casualidad que los tratantes de animales para circos han sido los principales proveedores de ejemplares para los zoos, como la desaparecida Casa de Fieras que estaba emplazada en el madrileño parque de El Retiro. Yo era muy pequeño, pero recuerdo que los mandriles arrojaban excrementos a los visitantes desde su foso circular, a modo de protesta. El foso todavía puede visitarse, como testigo mudo de una época en que los animales eran poca cosa para los humanos.

También había un tigre, y un oso en una jaula tan estrecha que el plantígrado, totalmente enajenado, había erosionado el suelo exactamente en los lugares en los que podía dar sus dos o tres pasos. La Segunda Guerra Mundial propició que muchas criaturas procedentes de los zoos de ciudades castigadas por la contienda fueran acogidos en la Casa de Fieras, que llegó a tener más de 500 ejemplares hacinados en condiciones lamentables. Se cerró en 1972, y los animales fueron trasladados al recién inaugurado Zoo de Madrid.

Como padre me encuentro ante un dilema. Quiero que mi hija de ocho años pueda ver en realidad un rinoceronte o un oso o una jirafa. Pero ¿quiero que los vea atrapados en un miserable recinto con las paredes pintadas de verde? La verdad, prefiero ponerle un documental de National Geographic. Y si cuando crezca tiene interés en ver los originales, siempre puede hacer un safari fotográfico por el Ngorongoro o el Serengeti, e invitar a su padre a dicho viaje.

En el siglo XIX los llamados Gabinetes de Curiosidades dieron lugar a los modernos museos de Ciencias Naturales. El de Madrid lo impulsó Carlos III, y aun hoy puede visitarse aquella colección inicial, cuidadosamente documentada, con numerosos esqueletos, grabados, huesos, fósiles, conchas y ejemplares taxidermizados con las técnicas de la época. Pensemos que en aquellas fechas no existía la televisión, ni siquiera la fotografía, y que los científicos o el público en general debían conformarse con observar los grabados que algunos naturalistas traían de sus viajes, o contemplar animales disecados procedentes de esas expediciones.

Por la misma razón el circo suponía un acontecimiento memorable en todas aquellas poblaciones en las que recalaba con sus tigres, elefantes o leones, pues no existía ninguna otra posibilidad de contemplarlos. Pero estamos en el siglo XXI. Hoy día un buen museo de Historia Natural puede reemplazar la función pretendidamente didáctica de los zoológicos.

¿Todos los animales sufren en un zoo? Podemos afirmar que sí, con la mera excepción de algunos reptiles e invertebrados (insectos, arañas, crustáceos) y un puñado de especies de peces. Aunque nos haga mucha gracia cómo el elefante toma con su trompa las frutas que le ofrece el cuidador o aunque hagamos cola para ver cómo el simpático oso panda roe los tallos de bambú, lo que experimentan estos animales es simple y pura resignación.

El caso de los felinos causa especial estupor, por ver reducidos a una miserable parcela los grandes territorios que acostumbran a dominar en libertad. Sus imponentes musculaturas terminan atrofiándose ante la imposibilidad de ejercitarlas con carreras para atrapar a sus víctimas. Ya no cazan, les arrojan cubos con carne, porque a menudo se considera cruel que los niños vean cómo un tigre desgarra el cuello a un cervatillo vivo, y no pocos padres pondrían el grito en el cielo ante un espectáculo tan cruento.

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En cuanto a los pájaros, no es difícil deducir que el aviario, esa gran jaula de treinta o cuarenta metros de alto y pongamos cien de diámetro, es una pesadilla para cualquier criatura que sepa volar. Por su parte, los pingüinos apenas disponen de una piscina para ejercitarse, y no pescan sardinas, sino que las reciben de manos de los cuidadores, a horarios programados para que los niños puedan ver cómo se alimentan. Pero lo que ven es una perversión, ningún pingüino en la Antártida tomaría peces de la mano de un tipo vestido con neopreno.

¿Qué decir de los grandes acuarios? Hay especies que necesitan poca extensión en su territorio, pero son minoría. Resulta muy triste, aunque sin duda espectacular, ver evolucionar sobre nuestras cabezas en esos túneles de cristal tan vistosos, peces y mamíferos marinos de gran tamaño. Lo que al visitante le parece una instalación fastuosa en la que los animales se encuentran como en su medio natural es en realidad una prisión diminuta comparada con la libertad de los mares y océanos de los que fueron arrebatados.

Pero por encima de todos estos casos, el cautiverio de los primates es una aberración que debería abolirse de inmediato. El gorila del zoo de Madrid ha hecho llorar a más niños que cualquier otra criatura. Yo fui uno de ellos. Y no solo sufren los grandes simios (chimpancés, bonobos, orangutanes y gorilas), sino también los monos capuchinos de Faunia, aunque parezca que disfrutan de su nuevo entorno artificial. Prueben a mirar a los ojos a uno de estos parientes genéticos y sentirán el estremecimiento de su conciencia.

Hay un argumento de peso más para defender esta abolición y es la paradoja climática. Si obligamos a vivir en una latitud diferente a un animal deberá sufrir los rigores de temperaturas o de grados de humedad o sequedad para los que no está adaptado. Y si solo tenemos en cautiverio animales locales para evitar este inconveniente, la visita pierde interés por cuanto esos mismos animales trotan en libertad fuera del recinto. El oso polar del zoo de Madrid causa no poca consternación, por más que disponga de un perímetro cubierto para protegerse del inclemente sol de agosto en la capital. El caso inverso lo hallamos en los penosos zoos del Reino Unido, que a menudo saltan a la prensa por noticias tan vergonzosas como la muerte por inanición o por frío de sus animales o incluso por displicencia y malos tratos.

Sin embargo, hay esperanza. Por ejemplo, en La Rioja los zoos están prohibidos, pues no hay peores escenarios que los zoológicos rurales o en pequeños pueblos o ciudades de provincia, donde el presupuesto para su mantenimiento es exiguo, y donde las sensibilidades son diferentes a las de entornos más urbanos.

Costa Rica, que es un pequeño país muy avanzado en concienciación y con una enorme biodiversidad, ha sido el primer país del mundo en prohibir los zoológicos. La medida vino acompañada de otra no menos llamativa y merecedora de elogios: prohibieron la caza deportiva. Por desgracia, la España del fusil al hombro, la montería, las fotografías con hileras de perdices muertas o el jabalí o el venado sangrando en el suelo mientras un energúmeno sonríe al objetivo (a menudo imputado en alguna causa de corrupción), es una realidad cuya erradicación ahora mismo se antoja muy lejana.

Las corridas de toros, la caza deportiva, el empleo de animales en circos y la existencia de zoológicos están más conectados de lo que podría pensarse en nuestro imaginario colectivo. Complicado será conciliar el hecho de proteger los animales de unas condiciones que no son óptimas cuando a escasos kilómetros se celebran sangrientas masacres en la arena del ruedo, con el aplauso de las estrellas del papel cuché y con amplias crónicas taurinas en los diarios. No parece muy coherente apoyar una cosa y denigrar la otra, o viceversa, sin incurrir en una cierta esquizofrenia legislativa.

El cierre de los zoológicos no podría ser inmediato ni súbito, ya que las instalaciones deberían mantenerse hasta el fallecimiento del último de sus huéspedes, pues la mayoría de estos animales cautivos no sobrevivirían si fueran liberados en su medio natural. También hay especies que ya no pueden encontrarse en libertad, y que solo viven en los zoológicos, por lo que quizá estos espacios podrían reconvertirse en asilos para estas criaturas condenadas a la extinción.

La próxima vez que sus hijos (o sobrinos) le pidan ir al zoo, mejor llévelos al museo. Y cuando crezcan, exíjales que le inviten a un safari fotográfico con todos los gastos pagados. Usted se lo merece.

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