Publicado: 30 de noviembre 2023 10:06  /   BUSINESS
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La fantasía libresca: ¿Por qué soñamos con abrir una librería como solución a todos nuestros problemas?

Publicado: 30 de noviembre 2023 10:06  /   BUSINESS     por          
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abrir una librería

No importa en qué momento del año se haga el experimento. Este es una suerte de género literario de hoja bastante perenne. Solo hay que acercarse a una librería cualquiera, echar un vistazo a sus mesas de novedades y allí estarán. Son las novelas un tanto meta sobre personas que deciden cambiar de vida por una razón o por otra y abrir una librería.

A veces, son ensayos biográficos, en los que alguien cuenta cómo justamente lo hizo de verdad y cuáles han sido los resultados. Los segundos fascinan por lo que tienen de auténticos y los primeros, por lo que aportan de aspiracional. Porque, al final, la fantasía libresca es una enfermedad común, una en la que no pocas personas sueñan caer.

Los síntomas son comunes a los que muestran quienes protagonizan esas historias de ficción y realidad. Se ama muchísimo los libros y se sueña con pasarse el día con ellos (en cierto modo, durante la fantasía libresca se piensa, sobre todo, que se estará leyendo intensamente o hablando con igual intensidad sobre libros con otros amantes de la lectura y no tanto gestionando albaranes o limpiando el polvo de la tienda).

abrir una librería

De hecho, es casi una extensión natural de ser entusiasta lectora. En las novelas de la escritora escocesa Jenny Colgan no una, sino tres de sus protagonistas acaban abriendo o trabajando en una librería como solución a un golpe de mala fortuna. Nina Redmond, la primera de todas ellas, es una bibliotecaria que pierde su trabajo en una reinvención de los servicios de la biblioteca. Alguien que conoce tan bien los libros —y que los ama tanto— solo puede seguir entre ellos: entra aquí la fantasía libresca y Nina se hace con una furgoneta para abrir una librería móvil que recorre la Escocia rural.

En realidad, no hay mucho de pragmático en la fantasía libresca, sea en el marco de las novelas o en la vida real. No se piensa en abrir una librería para acumular millones, sino porque será un lugar conectado con las propias pasiones y con lo que nos hace felices. Es posible, incluso, que sea un movimiento un tanto ruinoso, pero se siente que merece la pena.

«Hemos comprado una librería», empieza Petra Hartlieb sus memorias, Mi maravillosa librería. «En Viena. Escribimos un email con unas cifras, ofreciendo una cantidad que no teníamos, y al cabo de unas semanas llegó la respuesta: acaba de comprar usted una librería», explica. Es inesperado y no les va a quedar más remedio a ella y a su pareja que «apechugar con el asunto». El asunto se convierte en una librería independiente en la ciudad, una que intenta luchar frente al empuje de las ventas online y reivindica el comercio de barrio.

abrir una librería

Quizás, lo que nos puede es la visión un tanto color de rosa del mundo de los libros. Si el algoritmo que controla el feed de Reels de Instagram detecta un interés por la cuestión, empezará a servir no pocos vídeos que hablan de esa pulsión por dejarlo todo y abrir una librería, y que son el ejemplo perfecto de este punto. Hay unas cuantas variantes. Puede que sea una por abrir una librería que también es cafetería, una que es igualmente floristería o una por hacerlo con tu mejor amiga.

Lo curioso es que esta última idea es una tendencia en el mundo real: en Reino Unido, los medios ya han detectado una emergencia de los grupos de amigas que se unen para abrir librerías independientes. «La pandemia nos dio el empujón que necesitábamos para dar este salto de fe», confiesan unas de estas amigas libreras a The Guardian. Otro par de amigas suman que lo que querían era crear un espacio que funcionase como un punto de encuentro para la comunidad.

También hablan de estar quemadas —y no son las únicas que empiezan ahí la historia de su librería— o de lo que supone estar en un mundo tan nuevo. Si los libros nos hacen tan felices como personas lectoras, asumimos que también lo harán como personas que venden libros. Lo que las novelas y los ensayos librescos nos prometen es que es posible que eso ocurra.

Pero, además, las librerías se perciben como algo más complejo. Emocionalmente, no somos capaces de hablar de ellas como una tienda más (cuando, en esencia, es lo que es), porque damos a los libros un valor intrínseco que no damos a otras cosas. Establecemos, así, una relación distinta con esos espacios, una que, pensamos, también viviremos cuando tengamos nuestra librería.

En Desde el ojo del huracán, la escritora y librera Marina Sanmartín define a su librería en Madrid, Cervantes y compañía, como «185 metros cuadrados que para mí son un mundo entero». Quien la lee y fantasea con su propia librería no puede por menos que comprender qué quiere decir con ello.

abrir una librería

Las librerías son también un refugio. No parece sorprendente que en todas esas novelas y películas en las que alguien lo deja todo para montar una librería (o sus variantes, como heredar una por sorpresa), el espacio sea parte de un viaje personal mucho más amplio. Ese lugar te cambia la vida e invita a replantearse muchas cosas.

Puede que la librería sirva para abrirse al mundo y conocer a gente, puede que permita reinventarse o hallar una paz interior o puede que logre que esa persona de vida intensa y atareada descubra una manera mucho más pausada y mejor de vivir. Quizás es pedirles demasiado, pero si existe la biblioterapia ¿por qué no soñar con esta libreroterapia?

La realidad de las librerías es mucho más compleja que lo que la fantasía libresca nos lleva a imaginar. El personal de las librerías no se pasa el día leyendo, por mucho que seguramente les gustaría, y deben gestionar catálogos, hacer facturas o responder a sus clientes, quienes no siempre —como puede jurar cualquiera que trabaje de cara al público— son los más agradables.

Eso sí, sí hay muchas librerías y son, en los últimos años, cada vez más. La pandemia ha incentivado la pasión lectora en España y, a pesar de todos los augurios que se hicieron a principios del siglo sobre su inminente cierre, estos establecimientos siguen ahí. Abren incluso librerías nuevas y llegan hasta las zonas rurales, esas de las que se han ido otros comercios.

Si, aun así, no se tiene la absoluta certeza para entregarse por completo a la fantasía libresca, siempre se puede optar por irse de vacaciones a Escocia. Allí está en Galloway, uno de esos pueblos llenos de librerías que existen por todo el mundo, The Open Book. La librería funciona también como un alojamiento y sus huéspedes tienen que atenderla mientras pasan allí sus días. Suele tener lista de espera.

No importa en qué momento del año se haga el experimento. Este es una suerte de género literario de hoja bastante perenne. Solo hay que acercarse a una librería cualquiera, echar un vistazo a sus mesas de novedades y allí estarán. Son las novelas un tanto meta sobre personas que deciden cambiar de vida por una razón o por otra y abrir una librería.

A veces, son ensayos biográficos, en los que alguien cuenta cómo justamente lo hizo de verdad y cuáles han sido los resultados. Los segundos fascinan por lo que tienen de auténticos y los primeros, por lo que aportan de aspiracional. Porque, al final, la fantasía libresca es una enfermedad común, una en la que no pocas personas sueñan caer.

Los síntomas son comunes a los que muestran quienes protagonizan esas historias de ficción y realidad. Se ama muchísimo los libros y se sueña con pasarse el día con ellos (en cierto modo, durante la fantasía libresca se piensa, sobre todo, que se estará leyendo intensamente o hablando con igual intensidad sobre libros con otros amantes de la lectura y no tanto gestionando albaranes o limpiando el polvo de la tienda).

abrir una librería

De hecho, es casi una extensión natural de ser entusiasta lectora. En las novelas de la escritora escocesa Jenny Colgan no una, sino tres de sus protagonistas acaban abriendo o trabajando en una librería como solución a un golpe de mala fortuna. Nina Redmond, la primera de todas ellas, es una bibliotecaria que pierde su trabajo en una reinvención de los servicios de la biblioteca. Alguien que conoce tan bien los libros —y que los ama tanto— solo puede seguir entre ellos: entra aquí la fantasía libresca y Nina se hace con una furgoneta para abrir una librería móvil que recorre la Escocia rural.

En realidad, no hay mucho de pragmático en la fantasía libresca, sea en el marco de las novelas o en la vida real. No se piensa en abrir una librería para acumular millones, sino porque será un lugar conectado con las propias pasiones y con lo que nos hace felices. Es posible, incluso, que sea un movimiento un tanto ruinoso, pero se siente que merece la pena.

«Hemos comprado una librería», empieza Petra Hartlieb sus memorias, Mi maravillosa librería. «En Viena. Escribimos un email con unas cifras, ofreciendo una cantidad que no teníamos, y al cabo de unas semanas llegó la respuesta: acaba de comprar usted una librería», explica. Es inesperado y no les va a quedar más remedio a ella y a su pareja que «apechugar con el asunto». El asunto se convierte en una librería independiente en la ciudad, una que intenta luchar frente al empuje de las ventas online y reivindica el comercio de barrio.

abrir una librería

Quizás, lo que nos puede es la visión un tanto color de rosa del mundo de los libros. Si el algoritmo que controla el feed de Reels de Instagram detecta un interés por la cuestión, empezará a servir no pocos vídeos que hablan de esa pulsión por dejarlo todo y abrir una librería, y que son el ejemplo perfecto de este punto. Hay unas cuantas variantes. Puede que sea una por abrir una librería que también es cafetería, una que es igualmente floristería o una por hacerlo con tu mejor amiga.

Lo curioso es que esta última idea es una tendencia en el mundo real: en Reino Unido, los medios ya han detectado una emergencia de los grupos de amigas que se unen para abrir librerías independientes. «La pandemia nos dio el empujón que necesitábamos para dar este salto de fe», confiesan unas de estas amigas libreras a The Guardian. Otro par de amigas suman que lo que querían era crear un espacio que funcionase como un punto de encuentro para la comunidad.

También hablan de estar quemadas —y no son las únicas que empiezan ahí la historia de su librería— o de lo que supone estar en un mundo tan nuevo. Si los libros nos hacen tan felices como personas lectoras, asumimos que también lo harán como personas que venden libros. Lo que las novelas y los ensayos librescos nos prometen es que es posible que eso ocurra.

Pero, además, las librerías se perciben como algo más complejo. Emocionalmente, no somos capaces de hablar de ellas como una tienda más (cuando, en esencia, es lo que es), porque damos a los libros un valor intrínseco que no damos a otras cosas. Establecemos, así, una relación distinta con esos espacios, una que, pensamos, también viviremos cuando tengamos nuestra librería.

En Desde el ojo del huracán, la escritora y librera Marina Sanmartín define a su librería en Madrid, Cervantes y compañía, como «185 metros cuadrados que para mí son un mundo entero». Quien la lee y fantasea con su propia librería no puede por menos que comprender qué quiere decir con ello.

abrir una librería

Las librerías son también un refugio. No parece sorprendente que en todas esas novelas y películas en las que alguien lo deja todo para montar una librería (o sus variantes, como heredar una por sorpresa), el espacio sea parte de un viaje personal mucho más amplio. Ese lugar te cambia la vida e invita a replantearse muchas cosas.

Puede que la librería sirva para abrirse al mundo y conocer a gente, puede que permita reinventarse o hallar una paz interior o puede que logre que esa persona de vida intensa y atareada descubra una manera mucho más pausada y mejor de vivir. Quizás es pedirles demasiado, pero si existe la biblioterapia ¿por qué no soñar con esta libreroterapia?

La realidad de las librerías es mucho más compleja que lo que la fantasía libresca nos lleva a imaginar. El personal de las librerías no se pasa el día leyendo, por mucho que seguramente les gustaría, y deben gestionar catálogos, hacer facturas o responder a sus clientes, quienes no siempre —como puede jurar cualquiera que trabaje de cara al público— son los más agradables.

Eso sí, sí hay muchas librerías y son, en los últimos años, cada vez más. La pandemia ha incentivado la pasión lectora en España y, a pesar de todos los augurios que se hicieron a principios del siglo sobre su inminente cierre, estos establecimientos siguen ahí. Abren incluso librerías nuevas y llegan hasta las zonas rurales, esas de las que se han ido otros comercios.

Si, aun así, no se tiene la absoluta certeza para entregarse por completo a la fantasía libresca, siempre se puede optar por irse de vacaciones a Escocia. Allí está en Galloway, uno de esos pueblos llenos de librerías que existen por todo el mundo, The Open Book. La librería funciona también como un alojamiento y sus huéspedes tienen que atenderla mientras pasan allí sus días. Suele tener lista de espera.

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