Publicado: 11 de julio 2023 07:00  | Actualizado: 10 de julio 2023 10:25    /   CREATIVIDAD
por
Fotos  Javier Fustel

Tenemos un superpoder que nos define y se llama lengua

Álex Herrero publica ‘Somos lengua’, un paseo entretenido y accesible por el español y nuestra relación con el idioma.

Publicado: 11 de julio 2023 07:00  | Actualizado: 10 de julio 2023 10:25    /   CREATIVIDAD     por        Fotos  Javier Fustel
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Álex Herrero

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Por mucho que la ciencia nos diga que estamos compuestos de agua y otros elementos, somos lengua. Esa es la afirmación categórica que hace Álex Herrero, editor y fundador de Pie de Página, corrector de textos, formador en Cálamo & Cran y divulgador de lengua en el programa Gente Despierta de RNE.

Las palabras, dice Herrero, son lo primero que aprendemos cuando llegamos al mundo. El lenguaje determina nuestra forma de concebir y comprender la realidad, la transforma. Pero, a la vez, nosotros transformamos la lengua.

Este «domador de palabras», como él mismo se define, siente pasión por su oficio y no duda en transmitirla en cuanto tiene ocasión. Su intención es hacer accesible a cualquier persona algo tan interesante y tan vivo como la lengua que hablamos. De ahí la publicación de su libro Somos lengua (Destino, 2023), donde el divulgador hace un recorrido por los entresijos del idioma, para presentarnos, de paso, a algunos guardianes de la lengua y hacer un descanso en el Diccionario y algunas palabras que merecen un poquito de atención.

¿Por qué ese título?, ¿por qué somos lengua?

Somos lengua porque la lengua es lo que nos define como seres humanos. Es verdad que los animales se comunican a través de una serie de códigos, pero la lengua humana nos hace especiales por la capacidad de negociar, por la capacidad de sentir, de concebir el mundo, de concebir la realidad. Y como está en todas partes, yo creo que también es lo que nos identifica como humanos, esa capacidad de decir «mis palabras definen mi realidad, definen mi mundo, y soy capaz de cambiar ese mundo y esa realidad con mis palabras».

Cuando nos llega noticia de que una lengua se extingue o está a punto de hacerlo, nos sorprendemos y nos apenamos. ¿Pero por qué debemos entender que estamos ante un proceso natural y que no pasa nada? ¿O sí pasa? Al fin y al cabo, si pierden su principal función, que es la de comunicar, pierde sentido su existencia, ¿no?

La muerte es algo natural en todos los aspectos de la vida. Que nos guste es otra cosa. Y si podemos evitar la muerte, siempre hacemos todo lo que esté en nuestra mano. Igual que hacemos con nuestra salud, con la lengua deberíamos hacer lo mismo. Principalmente, porque la lengua no es solo una herramienta para comunicarse o para transmitir intenciones, que también es uno de sus objetivos principales, sino que la lengua es identidad. Es identidad, es folclore, es tradición, es cultura… Es un elemento diferenciador de los grupos: no hay nada que aglutine más que una lengua. Cuando una lengua muere, muere todo eso.

Lo que pasa es que con la pena no podemos ir a ningún lado y tenemos que intentar poner medios para evitar que se extinga. O, al menos, aquellas que están condenadas naturalmente a extinguirse por la ausencia de hablantes, de otras macrolenguas que no dejan que sobrevivan estas pequeñas o hablantes que han dejado de utilizarla y la han cambiado por otras más prestigiosas, por ejemplo, otras más internacionales que les permiten comunicarse con una mayor parte de la población del mundo, sí que deberíamos hacer un esfuerzo por conservar todo lo que esa lengua ha transmitido: esa identidad, esa cultura… Y por eso son tan importantes todos los proyectos para digitalizar y grabar las lenguas, los acentos y todo aquello que se está perdiendo.

[pullquote]La lengua es identidad, es folclore, es tradición, es cultura… No hay nada que aglutine más que una lengua. Cuando una lengua muere, muere todo eso[/pullquote]

Dices que es algo aglutinador, y sin embargo, aquí hay tortas por las lenguas…

Exacto. Hay tortas por las lenguas, hay tortas por las variedades lingüísticas y hay tortas por la prevalencia de mi lengua frente a la tuya. Principalmente, porque la lengua también se ha utilizado, además de como un elemento cohesionador, también como un elemento de exclusión. Tú no hablas mi lengua, tú no formas parte de mi grupo, de mi tribu, de mi nación, y vemos que, tristemente, la lengua, en todos estos casos no es el motivo de gresca, de pelea, sino que se utiliza como un arma, con otros intereses que hay detrás (la supremacía individualista de un grupo frente a otro, etc.).

Y esto ¿cómo lo podemos evitar?

Es verdad que las palabras siempre están connotadas, la lengua no es inocente. Bueno, la lengua en sí puede serlo, pero el uso de la lengua nunca lo es. Es muy difícil evitar hacer un uso, en este caso, inocuo. Es muy difícil despojar a la lengua de ese asunto. ¿Qué podemos hacer? Uf, complicado. Al menos, ser conscientes de que la lengua no tiene la culpa.

Álex Herrero

Me encanta la reflexión que haces sobre la lengua materna. ¡Cuánto de sentimiento y de sentimental hay en una lengua!, ¿no?

Muchísimo. ¿Cuánto sentimiento cabe en una madre o en el sentimiento de una madre? Si ya la palabra mamá o el sentimiento que tenemos hacia nuestra madre es inconmensurable, inabarcable, con esa lengua con la que nos ha hablado ella, con la que nos ha dado; con la que nos ha regañado, pero también nos ha dicho te quiero, imagínate. De ahí que no sintamos lo mismo cuando nos lo dicen en otro idioma.

Esto me recuerda a una cosa que puse hace poco por Twiter, que se está utilizando mucho el inglés para atenuar el mensaje. Esto es una muestra de cómo en nuestra lengua materna las cosas nos llegan con mucho más sentimiento, mucho más connotadas, con mucha más pasión, podríamos decir, que cuando nos lo dicen en otro idioma, que nos despojamos de esa parte más emocional.

Háblame de la falacia del español neutro y por qué es mejor olvidarnos de él. Del español neutro y del mejor español hablado, claro.

Es verdad que Reino Unido está el inglés que habla la familia real británica, que no tiene ningún acento para intentar aglutinar a todas las variedades. Está totalmente atenuado, no tiene ninguna marca de si es de Glasgow o de Londres. Pero es totalmente artificial.

El español neutro, que es ese que todos odiamos por igual, puede ser útil en algunos casos concretos: los chatbots, los asistentes de voz, cuando una empresa necesita llegar a un gran público y utiliza la lengua meramente para transmitir una información… Ahí puede llegar a ser útil. También por una cuestión de economía, de pasta. No es lo mismo traducir a siete variedades que a una. Entonces, en casos muy concretos donde la lengua solo sirve para transmitir información puede llegar a ser útil.

Ahora bien, pensemos en el cine, en las series, que están cargadas de emociones, sentimientos… Claro, como no sean acordes esas palabras a los sentimientos que vemos, no nos van a llegar, porque no son nuestras palabras. Ahí no puede haber español neutro. Y tenemos el ejemplo de Walt Disney, que tuvo que recular con esta propuesta de español neutro.

Y esto entronca también un poco con el tema de los acentos. Ahora parece que está cambiando, pero antes, como vinieras con un acento marcado, olvídate de vida pública o de ciertos trabajos.

Y volvemos al prestigio y al desprestigio de los acentos, a la glotofobia. Cuando te vas a Andalucía, donde tienes numerosas variedades del andaluz, no te miran igual si eres un periodista, por ejemplo, con un andaluz ceceante de Cádiz a que tenga un andaluz seseante de Sevilla, que es el andaluz predominante por la cuestión de la capitalidad de Sevilla.

Uno de los mayores quebraderos de cabeza de un hablante o un estudiante de español es la ortografía. ¿Qué hacemos?, ¿la defendemos o la abolimos?

Quintiliano abogaba por que la ortografía estuviera al servicio de los hablantes. Es verdad que cuanto más enrevesada sea tu ortografía, más difícil se lo pones no a los estudiantes nativos, que algún quebradero de cabeza que otro les da, sino a aquellos que quieren adquirir el español como una segunda lengua. Es lo que nos pasa mucho con otros idiomas, como cuando queremos aprender chino, por ejemplo, que solemos tirar por las [lenguas] pidgin, donde no tenemos los caracteres chinos, además, sino el alfabeto latino.

¿La ortografía puede simplificarse? Pues habrá momentos en que sí. Es verdad que la nuestra lleva una tradición etimológica e histórica muy importante. A muchos estudiantes les puede sorprender que ermita no lleve hache y huérfano sí. Que también hay una parte muy curiosa, que es que a los hablantes, a veces, el cuerpo nos pide añadir una letra u otra.

¿Podemos llegar a simplificar nuestra ortografía como proponía García Márquez? Todo es cuestión de verlo. Es verdad que la Academia tiende siempre a la simplificación, de ahí que, por ejemplo, cuando tiene voces que se pueden escribir juntas o separadas, siempre tienda a aquellas que se puedan escribir en una sola palabra, por simplificar.

Álex Herrero

Entonces qué hacemos, ¿la mantenemos? ¿Crees que podría haber un idioma sin ortografía?

No. Crearíamos nuestras propias normas. La anarquía no funciona, porque la lengua sirve para comunicarnos. Y si no nos ponemos de acuerdo, no lo hace, así que estamos obligados a ponernos de acuerdo para entendernos.

Estoy seguro de que crearíamos otros códigos ortográficos. Es necesaria la ortografía para poder entendernos entre todos; tener un código común con unas normas comunes para poder comprendernos, no para jorobar al prójimo o al hablante. Crearíamos una neoortografía del español. ¿Simplificando, quizá, las cuestiones de las haches (haches rupestres, como decía Gabo), la g y la j, la q y la k…? Pues probablemente, a lo mejor serían esas propuestas de simplificación.

Pero pensemos en una ortografía de una lengua homógrafa, es decir, que se escribe igual que suena. Claro, si no eres ceceante ni eres seseante, no tienes ningún problema, pero si lo eres… Ahí está el problema.

[pullquote]La lengua no se puede forzar nunca. Sí que se puede intentar ayudar, achuchar un poquito el cambio. Pero si la lengua no funciona de manera natural, no lo va a adquirir[/pullquote]

Al hablar de los cambios que ha habido en el español en todos estos siglos, hablas de «semillas de cambios lingüísticos» que vamos dejando los hablantes de cada época. ¿Qué semillas estamos dejando hoy?

Estamos resignificando muchos términos, palabras que en origen significaban una cosa y que ahora vemos que significan otra muy distinta. Estamos haciendo híbridos, estamos generando numerosos neologismos. El lenguaje de internet está haciendo mucho.

Al estar las lenguas en contacto también en internet, no dejamos de ir sembrando nuevas estructuras, híbridos. Estoy pensando también en el mundo de los videojuegos (raidear y todas estas cosas). Incluso los memes también nos van dejando estructuras fijas que pueden terminar siendo perfectamente estructuras gramaticales.

Hablemos de las IA. ¿Tenemos que tener miedo? Porque las máquinas cada vez hablan mejor. Y para muestra, el texto que aparece en uno de los capítulos del libro…

No tenemos que asustarnos. La máquina no tiene una cosa que nosotros sí tenemos, que es la imaginación, la creatividad y un peso de referencias culturales e históricas de las que ella carece. Los dobles sentidos la máquina no los pilla. Tampoco los chistes; se los sabe de memoria, pero no los entiende, no va a coger nunca las referencias. Referencias del día a día, referencias humanas.

Incluso ya hay sistemas que te permiten detectar si un texto lo ha elaborado una máquina con inteligencia artificial o una persona. No hay nada más humano que un error, y esos errores que cometemos nosotros dan pie, a veces, a cambios lingüísticos.

No hay de qué asustarse. Sí tenemos que analizarla y tomarla con prudencia, pero yo no abogo por la perspectiva catastrofista.

¿Y el lenguaje de la IA podría influir en el nuestro?

Nosotros alimentamos la máquina, pero la máquina no nos puede alimentar con nada porque ya le hemos dado nosotros toda esa comida lingüística, ese alimento, esas palabras. Podrá hacer alguna que otra colocación distinta y que sea fruto del etiquetado, por ejemplo; que empiece a juntarte cosas, pero porque están mal etiquetadas por nuestra parte, como seres humanos que alimentamos a la máquina. Pero poca innovación te va a dar. A no ser que empieces a desgranar todos los elementos, le enseñes los patrones, que son los mismos patrones que nosotros tenemos en nuestra cabeza.

Creo que desde el siglo XV, todos los verbos los hacemos de la primera conjugación, en -ar o –uear. Eso sí se lo puedes enseñar a la máquina, igual que pedirle te genere un adverbio desde un adjetivo acabándolo en -mente. Eso lo tenemos ya metido nosotros.

También es verdad que nos asusta ver que la máquina es capaz de hacer lo mismo que nosotros hacemos de forma inconsciente, y eso nos pone frente al espejo. Y es una muestra, también, de lo maravillosa que es nuestra cabeza en el ámbito del lenguaje.

Álex Herrero

Género en la lengua, pensamiento inclusivo… ¿a qué apunta la lengua hoy? ¿Tendremos un tercer género en español?

La lengua no se puede forzar nunca. Sí que se puede intentar ayudar, achuchar un poquito el cambio. Pero si la lengua no funciona de manera natural, no lo va a adquirir.

Es verdad que nosotros nos encontramos ahora con un movimiento pendular en la lengua. Pasamos de una invisibilidad absoluta a través de la represión, la falta de expresión de las realidades y de las identidades y orientaciones, a exhibir una lucha social por mostrar lo que implica todo esto, esta realidad tan heterogénea, esta sociedad tan maravillosa.

Buscará su punto de equilibrio. Forzar, no se forzará. ¿Podrá incorporar un tercer género? Si hacemos que la lengua desprecie el origen del género en español, nada lo impediría. Pero entonces tendríamos que atender a unas cuestiones sociales más que lingüísticas. Es decir, las cuestiones lingüísticas vendrán motivadas más por aspectos sociales que por la propia evolución de nuestro idioma, por la tradición, por el latín, etc.

[pullquote]La norma puede cambiar, pero hay que darle tiempo. El hablante tiene que hacer lo que considere necesario para comunicarse[/pullquote]

Lo que pasa es que esa guerra va a estar siempre ahí, ¿no? Siempre va a haber alguien que mande en la lengua. Hoy es la Academia, que es la que dicta la norma, y luego estamos los hablantes, que siempre se nos dice que la lengua es nuestra y somos sus dueños. Ante eso que parece que queremos los hablantes, que es abrirnos a un tercer género y a otras cuestiones, siempre va a haber una norma que nos va a decir que no.

Pero es una norma que no es inmutable, puede cambiar. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a que todo sea tan rápido… Por ejemplo, con covid, que en 11 meses pasó de sigla a acrónimo, de acrónimo a término lexicalizado, a generar derivados y a entrar en el diccionario. Es todo tan rápido…

Pero eso son las incongruencias de la RAE…

No tiene por qué. Es un criterio lexicográfico. La cuestión es que, por ejemplo, ¿de qué beben tus criterios lexicográficos?, ¿de los corpus lingüísticos? ¿Del CORPES, por ejemplo? ¿O tal vez de los medios de comunicación? El CORPES, por ejemplo, ya incorpora textos de Instagram.

Que una palabra entre al diccionario puede surgir por muchas cuestiones, y entre ellas, por el uso. Nosotros hemos estado metidos en casa hablando de la covid, la covid, la covid… durante meses constantemente. Y esta palabra se ha asentado y ha generado derivados, que eso es lo fuerte. Lo de covidiota, la covidianidad… Igual que se hicieron ampliaciones de significados con sanitario, etc. Todo en el ámbito de la salud, que era de lo que se estaba hablando.

Entonces, esa norma puede cambiar, pero hay que darle tiempo. Pero no esperando como una especie de magnanimidad del hablante, de “bueno, a ver si cambia”. No. El hablante tiene que hacer lo que considere necesario para comunicarse. La Academia puede tener sus razones, pero, en ocasiones, pesan más otras.

Los cambios que siempre vemos más rápidos son los cambios lingüísticos semánticos: los neologismos, los nuevos significados… Y esos van de abajo hacia arriba. Por eso en la Academia tienen un papel importante los escritores, porque se considera que son baluartes de la innovación lingüística, o léxica, en este caso.

Los cambios ortográficos suelen emanar de arriba para abajo. Pero qué nos pasó con el signo de interrogación de apertura: que empezó a ir para abajo y nosotros empujamos hacia arriba, porque el hablante consideró que era útil. Ahora consideramos que no es necesario: porque el texto es más corto, porque el canal por el que solemos comunicarnos está bien delimitado… Pues cambiará y no pasará nada.

Y el cambio gramatical es el que cuesta más, pero porque ya no es solo el significado de una palabra, sino una construcción y el valor que tiene.

Los cambios necesitan tiempo. Los hablantes siempre buscaremos la forma más práctica de comunicarnos entre nosotros. En el momento en que consideremos que hay una estructura o que hay una forma preferible para comunicarnos que es o bien más sintética, o bien más corta o nos resulta más cómoda, o es más inclusiva, lo haremos.

Quién sabe, por ejemplo, si igual que nosotros, muchas veces, decíamos lo de niños y niñas, damas y caballeros, pues decimos «Buenos días a todes», y luego continuamos con un masculino genérico. ¡Quién sabe! Puede que sea, a lo mejor, uno de los primeros pasos, que esto pase del ámbito coloquial al ámbito formal, que veamos cierta coherencia que nos permita que sea productiva y que se fije esta estructura, y seguir adelante.

Entonces, ¿quién manda?

El hablante, no tengo duda.

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Por mucho que la ciencia nos diga que estamos compuestos de agua y otros elementos, somos lengua. Esa es la afirmación categórica que hace Álex Herrero, editor y fundador de Pie de Página, corrector de textos, formador en Cálamo & Cran y divulgador de lengua en el programa Gente Despierta de RNE.

Las palabras, dice Herrero, son lo primero que aprendemos cuando llegamos al mundo. El lenguaje determina nuestra forma de concebir y comprender la realidad, la transforma. Pero, a la vez, nosotros transformamos la lengua.

Este «domador de palabras», como él mismo se define, siente pasión por su oficio y no duda en transmitirla en cuanto tiene ocasión. Su intención es hacer accesible a cualquier persona algo tan interesante y tan vivo como la lengua que hablamos. De ahí la publicación de su libro Somos lengua (Destino, 2023), donde el divulgador hace un recorrido por los entresijos del idioma, para presentarnos, de paso, a algunos guardianes de la lengua y hacer un descanso en el Diccionario y algunas palabras que merecen un poquito de atención.

¿Por qué ese título?, ¿por qué somos lengua?

Somos lengua porque la lengua es lo que nos define como seres humanos. Es verdad que los animales se comunican a través de una serie de códigos, pero la lengua humana nos hace especiales por la capacidad de negociar, por la capacidad de sentir, de concebir el mundo, de concebir la realidad. Y como está en todas partes, yo creo que también es lo que nos identifica como humanos, esa capacidad de decir «mis palabras definen mi realidad, definen mi mundo, y soy capaz de cambiar ese mundo y esa realidad con mis palabras».

Cuando nos llega noticia de que una lengua se extingue o está a punto de hacerlo, nos sorprendemos y nos apenamos. ¿Pero por qué debemos entender que estamos ante un proceso natural y que no pasa nada? ¿O sí pasa? Al fin y al cabo, si pierden su principal función, que es la de comunicar, pierde sentido su existencia, ¿no?

La muerte es algo natural en todos los aspectos de la vida. Que nos guste es otra cosa. Y si podemos evitar la muerte, siempre hacemos todo lo que esté en nuestra mano. Igual que hacemos con nuestra salud, con la lengua deberíamos hacer lo mismo. Principalmente, porque la lengua no es solo una herramienta para comunicarse o para transmitir intenciones, que también es uno de sus objetivos principales, sino que la lengua es identidad. Es identidad, es folclore, es tradición, es cultura… Es un elemento diferenciador de los grupos: no hay nada que aglutine más que una lengua. Cuando una lengua muere, muere todo eso.

Lo que pasa es que con la pena no podemos ir a ningún lado y tenemos que intentar poner medios para evitar que se extinga. O, al menos, aquellas que están condenadas naturalmente a extinguirse por la ausencia de hablantes, de otras macrolenguas que no dejan que sobrevivan estas pequeñas o hablantes que han dejado de utilizarla y la han cambiado por otras más prestigiosas, por ejemplo, otras más internacionales que les permiten comunicarse con una mayor parte de la población del mundo, sí que deberíamos hacer un esfuerzo por conservar todo lo que esa lengua ha transmitido: esa identidad, esa cultura… Y por eso son tan importantes todos los proyectos para digitalizar y grabar las lenguas, los acentos y todo aquello que se está perdiendo.

[pullquote]La lengua es identidad, es folclore, es tradición, es cultura… No hay nada que aglutine más que una lengua. Cuando una lengua muere, muere todo eso[/pullquote]

Dices que es algo aglutinador, y sin embargo, aquí hay tortas por las lenguas…

Exacto. Hay tortas por las lenguas, hay tortas por las variedades lingüísticas y hay tortas por la prevalencia de mi lengua frente a la tuya. Principalmente, porque la lengua también se ha utilizado, además de como un elemento cohesionador, también como un elemento de exclusión. Tú no hablas mi lengua, tú no formas parte de mi grupo, de mi tribu, de mi nación, y vemos que, tristemente, la lengua, en todos estos casos no es el motivo de gresca, de pelea, sino que se utiliza como un arma, con otros intereses que hay detrás (la supremacía individualista de un grupo frente a otro, etc.).

Y esto ¿cómo lo podemos evitar?

Es verdad que las palabras siempre están connotadas, la lengua no es inocente. Bueno, la lengua en sí puede serlo, pero el uso de la lengua nunca lo es. Es muy difícil evitar hacer un uso, en este caso, inocuo. Es muy difícil despojar a la lengua de ese asunto. ¿Qué podemos hacer? Uf, complicado. Al menos, ser conscientes de que la lengua no tiene la culpa.

Álex Herrero

Me encanta la reflexión que haces sobre la lengua materna. ¡Cuánto de sentimiento y de sentimental hay en una lengua!, ¿no?

Muchísimo. ¿Cuánto sentimiento cabe en una madre o en el sentimiento de una madre? Si ya la palabra mamá o el sentimiento que tenemos hacia nuestra madre es inconmensurable, inabarcable, con esa lengua con la que nos ha hablado ella, con la que nos ha dado; con la que nos ha regañado, pero también nos ha dicho te quiero, imagínate. De ahí que no sintamos lo mismo cuando nos lo dicen en otro idioma.

Esto me recuerda a una cosa que puse hace poco por Twiter, que se está utilizando mucho el inglés para atenuar el mensaje. Esto es una muestra de cómo en nuestra lengua materna las cosas nos llegan con mucho más sentimiento, mucho más connotadas, con mucha más pasión, podríamos decir, que cuando nos lo dicen en otro idioma, que nos despojamos de esa parte más emocional.

Háblame de la falacia del español neutro y por qué es mejor olvidarnos de él. Del español neutro y del mejor español hablado, claro.

Es verdad que Reino Unido está el inglés que habla la familia real británica, que no tiene ningún acento para intentar aglutinar a todas las variedades. Está totalmente atenuado, no tiene ninguna marca de si es de Glasgow o de Londres. Pero es totalmente artificial.

El español neutro, que es ese que todos odiamos por igual, puede ser útil en algunos casos concretos: los chatbots, los asistentes de voz, cuando una empresa necesita llegar a un gran público y utiliza la lengua meramente para transmitir una información… Ahí puede llegar a ser útil. También por una cuestión de economía, de pasta. No es lo mismo traducir a siete variedades que a una. Entonces, en casos muy concretos donde la lengua solo sirve para transmitir información puede llegar a ser útil.

Ahora bien, pensemos en el cine, en las series, que están cargadas de emociones, sentimientos… Claro, como no sean acordes esas palabras a los sentimientos que vemos, no nos van a llegar, porque no son nuestras palabras. Ahí no puede haber español neutro. Y tenemos el ejemplo de Walt Disney, que tuvo que recular con esta propuesta de español neutro.

Y esto entronca también un poco con el tema de los acentos. Ahora parece que está cambiando, pero antes, como vinieras con un acento marcado, olvídate de vida pública o de ciertos trabajos.

Y volvemos al prestigio y al desprestigio de los acentos, a la glotofobia. Cuando te vas a Andalucía, donde tienes numerosas variedades del andaluz, no te miran igual si eres un periodista, por ejemplo, con un andaluz ceceante de Cádiz a que tenga un andaluz seseante de Sevilla, que es el andaluz predominante por la cuestión de la capitalidad de Sevilla.

Uno de los mayores quebraderos de cabeza de un hablante o un estudiante de español es la ortografía. ¿Qué hacemos?, ¿la defendemos o la abolimos?

Quintiliano abogaba por que la ortografía estuviera al servicio de los hablantes. Es verdad que cuanto más enrevesada sea tu ortografía, más difícil se lo pones no a los estudiantes nativos, que algún quebradero de cabeza que otro les da, sino a aquellos que quieren adquirir el español como una segunda lengua. Es lo que nos pasa mucho con otros idiomas, como cuando queremos aprender chino, por ejemplo, que solemos tirar por las [lenguas] pidgin, donde no tenemos los caracteres chinos, además, sino el alfabeto latino.

¿La ortografía puede simplificarse? Pues habrá momentos en que sí. Es verdad que la nuestra lleva una tradición etimológica e histórica muy importante. A muchos estudiantes les puede sorprender que ermita no lleve hache y huérfano sí. Que también hay una parte muy curiosa, que es que a los hablantes, a veces, el cuerpo nos pide añadir una letra u otra.

¿Podemos llegar a simplificar nuestra ortografía como proponía García Márquez? Todo es cuestión de verlo. Es verdad que la Academia tiende siempre a la simplificación, de ahí que, por ejemplo, cuando tiene voces que se pueden escribir juntas o separadas, siempre tienda a aquellas que se puedan escribir en una sola palabra, por simplificar.

Álex Herrero

Entonces qué hacemos, ¿la mantenemos? ¿Crees que podría haber un idioma sin ortografía?

No. Crearíamos nuestras propias normas. La anarquía no funciona, porque la lengua sirve para comunicarnos. Y si no nos ponemos de acuerdo, no lo hace, así que estamos obligados a ponernos de acuerdo para entendernos.

Estoy seguro de que crearíamos otros códigos ortográficos. Es necesaria la ortografía para poder entendernos entre todos; tener un código común con unas normas comunes para poder comprendernos, no para jorobar al prójimo o al hablante. Crearíamos una neoortografía del español. ¿Simplificando, quizá, las cuestiones de las haches (haches rupestres, como decía Gabo), la g y la j, la q y la k…? Pues probablemente, a lo mejor serían esas propuestas de simplificación.

Pero pensemos en una ortografía de una lengua homógrafa, es decir, que se escribe igual que suena. Claro, si no eres ceceante ni eres seseante, no tienes ningún problema, pero si lo eres… Ahí está el problema.

[pullquote]La lengua no se puede forzar nunca. Sí que se puede intentar ayudar, achuchar un poquito el cambio. Pero si la lengua no funciona de manera natural, no lo va a adquirir[/pullquote]

Al hablar de los cambios que ha habido en el español en todos estos siglos, hablas de «semillas de cambios lingüísticos» que vamos dejando los hablantes de cada época. ¿Qué semillas estamos dejando hoy?

Estamos resignificando muchos términos, palabras que en origen significaban una cosa y que ahora vemos que significan otra muy distinta. Estamos haciendo híbridos, estamos generando numerosos neologismos. El lenguaje de internet está haciendo mucho.

Al estar las lenguas en contacto también en internet, no dejamos de ir sembrando nuevas estructuras, híbridos. Estoy pensando también en el mundo de los videojuegos (raidear y todas estas cosas). Incluso los memes también nos van dejando estructuras fijas que pueden terminar siendo perfectamente estructuras gramaticales.

Hablemos de las IA. ¿Tenemos que tener miedo? Porque las máquinas cada vez hablan mejor. Y para muestra, el texto que aparece en uno de los capítulos del libro…

No tenemos que asustarnos. La máquina no tiene una cosa que nosotros sí tenemos, que es la imaginación, la creatividad y un peso de referencias culturales e históricas de las que ella carece. Los dobles sentidos la máquina no los pilla. Tampoco los chistes; se los sabe de memoria, pero no los entiende, no va a coger nunca las referencias. Referencias del día a día, referencias humanas.

Incluso ya hay sistemas que te permiten detectar si un texto lo ha elaborado una máquina con inteligencia artificial o una persona. No hay nada más humano que un error, y esos errores que cometemos nosotros dan pie, a veces, a cambios lingüísticos.

No hay de qué asustarse. Sí tenemos que analizarla y tomarla con prudencia, pero yo no abogo por la perspectiva catastrofista.

¿Y el lenguaje de la IA podría influir en el nuestro?

Nosotros alimentamos la máquina, pero la máquina no nos puede alimentar con nada porque ya le hemos dado nosotros toda esa comida lingüística, ese alimento, esas palabras. Podrá hacer alguna que otra colocación distinta y que sea fruto del etiquetado, por ejemplo; que empiece a juntarte cosas, pero porque están mal etiquetadas por nuestra parte, como seres humanos que alimentamos a la máquina. Pero poca innovación te va a dar. A no ser que empieces a desgranar todos los elementos, le enseñes los patrones, que son los mismos patrones que nosotros tenemos en nuestra cabeza.

Creo que desde el siglo XV, todos los verbos los hacemos de la primera conjugación, en -ar o –uear. Eso sí se lo puedes enseñar a la máquina, igual que pedirle te genere un adverbio desde un adjetivo acabándolo en -mente. Eso lo tenemos ya metido nosotros.

También es verdad que nos asusta ver que la máquina es capaz de hacer lo mismo que nosotros hacemos de forma inconsciente, y eso nos pone frente al espejo. Y es una muestra, también, de lo maravillosa que es nuestra cabeza en el ámbito del lenguaje.

Álex Herrero

Género en la lengua, pensamiento inclusivo… ¿a qué apunta la lengua hoy? ¿Tendremos un tercer género en español?

La lengua no se puede forzar nunca. Sí que se puede intentar ayudar, achuchar un poquito el cambio. Pero si la lengua no funciona de manera natural, no lo va a adquirir.

Es verdad que nosotros nos encontramos ahora con un movimiento pendular en la lengua. Pasamos de una invisibilidad absoluta a través de la represión, la falta de expresión de las realidades y de las identidades y orientaciones, a exhibir una lucha social por mostrar lo que implica todo esto, esta realidad tan heterogénea, esta sociedad tan maravillosa.

Buscará su punto de equilibrio. Forzar, no se forzará. ¿Podrá incorporar un tercer género? Si hacemos que la lengua desprecie el origen del género en español, nada lo impediría. Pero entonces tendríamos que atender a unas cuestiones sociales más que lingüísticas. Es decir, las cuestiones lingüísticas vendrán motivadas más por aspectos sociales que por la propia evolución de nuestro idioma, por la tradición, por el latín, etc.

[pullquote]La norma puede cambiar, pero hay que darle tiempo. El hablante tiene que hacer lo que considere necesario para comunicarse[/pullquote]

Lo que pasa es que esa guerra va a estar siempre ahí, ¿no? Siempre va a haber alguien que mande en la lengua. Hoy es la Academia, que es la que dicta la norma, y luego estamos los hablantes, que siempre se nos dice que la lengua es nuestra y somos sus dueños. Ante eso que parece que queremos los hablantes, que es abrirnos a un tercer género y a otras cuestiones, siempre va a haber una norma que nos va a decir que no.

Pero es una norma que no es inmutable, puede cambiar. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a que todo sea tan rápido… Por ejemplo, con covid, que en 11 meses pasó de sigla a acrónimo, de acrónimo a término lexicalizado, a generar derivados y a entrar en el diccionario. Es todo tan rápido…

Pero eso son las incongruencias de la RAE…

No tiene por qué. Es un criterio lexicográfico. La cuestión es que, por ejemplo, ¿de qué beben tus criterios lexicográficos?, ¿de los corpus lingüísticos? ¿Del CORPES, por ejemplo? ¿O tal vez de los medios de comunicación? El CORPES, por ejemplo, ya incorpora textos de Instagram.

Que una palabra entre al diccionario puede surgir por muchas cuestiones, y entre ellas, por el uso. Nosotros hemos estado metidos en casa hablando de la covid, la covid, la covid… durante meses constantemente. Y esta palabra se ha asentado y ha generado derivados, que eso es lo fuerte. Lo de covidiota, la covidianidad… Igual que se hicieron ampliaciones de significados con sanitario, etc. Todo en el ámbito de la salud, que era de lo que se estaba hablando.

Entonces, esa norma puede cambiar, pero hay que darle tiempo. Pero no esperando como una especie de magnanimidad del hablante, de “bueno, a ver si cambia”. No. El hablante tiene que hacer lo que considere necesario para comunicarse. La Academia puede tener sus razones, pero, en ocasiones, pesan más otras.

Los cambios que siempre vemos más rápidos son los cambios lingüísticos semánticos: los neologismos, los nuevos significados… Y esos van de abajo hacia arriba. Por eso en la Academia tienen un papel importante los escritores, porque se considera que son baluartes de la innovación lingüística, o léxica, en este caso.

Los cambios ortográficos suelen emanar de arriba para abajo. Pero qué nos pasó con el signo de interrogación de apertura: que empezó a ir para abajo y nosotros empujamos hacia arriba, porque el hablante consideró que era útil. Ahora consideramos que no es necesario: porque el texto es más corto, porque el canal por el que solemos comunicarnos está bien delimitado… Pues cambiará y no pasará nada.

Y el cambio gramatical es el que cuesta más, pero porque ya no es solo el significado de una palabra, sino una construcción y el valor que tiene.

Los cambios necesitan tiempo. Los hablantes siempre buscaremos la forma más práctica de comunicarnos entre nosotros. En el momento en que consideremos que hay una estructura o que hay una forma preferible para comunicarnos que es o bien más sintética, o bien más corta o nos resulta más cómoda, o es más inclusiva, lo haremos.

Quién sabe, por ejemplo, si igual que nosotros, muchas veces, decíamos lo de niños y niñas, damas y caballeros, pues decimos «Buenos días a todes», y luego continuamos con un masculino genérico. ¡Quién sabe! Puede que sea, a lo mejor, uno de los primeros pasos, que esto pase del ámbito coloquial al ámbito formal, que veamos cierta coherencia que nos permita que sea productiva y que se fije esta estructura, y seguir adelante.

Entonces, ¿quién manda?

El hablante, no tengo duda.

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