4 de octubre 2021    /   DIGITAL
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Arden las redes, y aquí todos llevamos antorcha

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El presente es un incendio que consume todo a su paso. Ya no existe el trabajo fijo, la propiedad está al alcance de pocos y la familia es una convención que, aunque unos anhelan, otros repudian. Vivimos en un mundo de riders y autónomos, con alquileres de corta duración y relaciones de una noche que empiezan deslizando un dedo en una aplicación. Los entendidos hablan de una sociedad líquida, poco dada a anclajes, en algunos casos por voluntad, en otros por imposición.

Esas dinámicas lo impregnan todo. Ya no tenemos música ni películas, sino que accedemos a ellas. Los podcasts y las notas de audio tienen un modo de reproducción rápido. Vivimos contando cuántas palabras consumimos por minuto, cuántos likes dan a nuestra última ocurrencia digital, cuántas visualizaciones tiene nuestro contenido, cuántas horas pasamos con el móvil, cómo de productivos somos. Medimos los pasos. Monitorizamos nuestro sueño. 

La tecnología, que iba a liberarnos, en ciertas cosas nos ha esclavizado. Las conexiones, que iban a ponernos en contacto, nos separan como nunca antes. Las redes, que eran sociales, han acabado por enfrentarnos a las peores versiones de nosotros mismos. Quien era acosado en el colegio ahora recibe presiones también a través de su móvil. Quien buscaba la aprobación de los demás ahora se compara con vidas que parecen ideales en Instagram. Nuestra vida está en las redes, pero, aunque suene paradójico, estar conectados nos ha hecho más asociales.

Nuestra vida está en las redes, pero, aunque suene paradójico, estar conectados nos ha hecho más asociales

Todos los tentáculos de lo digital tienen efectos. Algunos, como los anteriores, en nuestra salud mental. Otros, por si fuera poco, en la salud democrática de nuestras sociedades. Quienes antes podían debatir con gente que pensaba distinto ahora bloquean a discrepantes en Twitter. O utilizan argumentos incendiarios de aquellos a quienes siguen. O se encierran en cámaras de resonancia donde todos opinan igual. O juzgan situaciones ajenas sin conocimientos de primera mano. O tragan con manipulaciones solo porque les dan la razón. O desprecian a los demás solo porque tienen otra opinión. Únicamente hace falta que otros aplaudan, en forma de seguidores e interacciones, esa conducta. Y así, cada vez más aislados.

«La polarización siempre ha existido», explica Mari Luz Congosto, doctora en Telemática de la Universidad Carlos III que investiga la propagación de mensajes en entornos digitales. «Las redes sociales han favorecido la ampliación del espacio radical» y, según su visión, lo hacen a través de la exposición persistente de visiones extremas. Una especie de bombardeo al que nos sometemos porque pasamos parte importante de nuestra vida conectados. El problema es de representación: lo que vemos en redes no siempre es real. Y no necesariamente porque nos mientan, sino porque no es espontáneo ni natural: «Existe una profesionalización del discurso que incentiva este discurso radical», afirma. 

Como si de una enfermedad se tratara, en muchas ocasiones los expuestos a las visiones radicales de otros acaban siendo portadores de un virus que transmiten a los demás. Y la gran mayoría de veces esos mensajes extremos se basan en informaciones sin contexto, cuando no directamente manipulaciones o falsedades. «Te llega un mensaje al grupo de WhatsApp familiar y, si no estás muy vacunado, te la cuelan», lamenta Julio Montes, cofundador de Maldita.es, una fundación dedicada a la verificación de información. «La gente no contrasta y muchas veces no porque no sepa, sino porque o no le interesa porque el contenido le reafirma, o porque no le da la vida». Y por eso, como con las infecciones, conviene actuar para atajar el brote: «No se trata de convencer al conspiranoico, al antivacunas, al terraplanista…, sino de evitar que él convenza a alguien más».

«La exposición de las personas a las plataformas de mensajería o redes sociales es continua. La soledad, la inseguridad, la desconfianza, las fobias o las filias son resquicios por los que pueden entrar todo tipo de informaciones distorsionadas», advierte Congosto, que considera que hay «poco espacio para el dialogo razonado y constructivo». Ya no conocemos los temas en profundidad, leemos titulares. Ya no tenemos argumentos, solo ideas repetidas hasta la saciedad por aquellos a los que seguimos que, por supuesto, piensan como nosotros.

«Gente polarizada o proclive a polarizarse ha encontrado en las redes sociales el terreno perfecto para avanzar», explica Montes. «Lugares donde encuentras gente que piensa como tú y que va creando comunidades, y sobre todo, que va empoderándose para viralizar su discurso». Se trata muchas veces de mensajes e ideas que antes no eran aceptados socialmente en su entorno físico, «pero que ahora se ven legitimados porque encuentran ese respaldo en su entorno digital». 

Al principio, en los albores de lo digital, el entorno era propicio para un intercambio de ideas, pero con el crecimiento de las redes y la democratización de acceso se convirtieron en un campo de batalla ideológica

En cuanto esas ideas encuentran audiencia se genera una comunidad que se retroalimenta, ya sea a través de redes, ya sea a través de plataformas de mensajería. Son foros que no solo les hacen visibles, sino que les sirven para difundir visiones que antes no encontraban cobijo y ahora, de forma muchas veces artificial e interesada, parecen ser aceptadas. 

«Las opiniones en las redes se mueven en cámaras de eco para autoafirmación. Las conversaciones cruzadas suelen terminar en descalificación e insultos, y eso desanima a los más moderados, y solo los más radicales persisten en estos diálogos de besugos», critica Congosto. «Muchas personas han abandonado las redes o han dejado de opinar en ellas». Arden las redes porque les prendemos fuego, y sin cortafuegos todo el bosque va envolviéndose en las llamas.

Pero no siempre fue así. Montes considera que al principio, en los albores de lo digital, «el entorno era propicio para un intercambio de ideas», pero que con el crecimiento de las redes y la democratización de acceso «se convirtieron en un campo de batalla ideológica. Y querer ponerse a dialogar y buscar puntos de encuentro en medio de una batalla no es sencillo». Las manipulaciones, claro, no nacen con internet. Pero ahí encuentran el caldo de cultivo idóneo por diversos motivos, entre ellos, lo verosímiles que parecen ahora y la velocidad con la que se difunden. Y, como dice, si tenemos prisa por vivir y consumir la vida, no vamos a tener tiempo para ponernos a verificar. 

Lo digital, por sintetizar, es solo un acelerante de nuestro fuego interno. Antes necesitábamos millones de años para ver evoluciones y siglos para percibir cambios culturales, pero ahora vemos matices insalvables en generaciones. La historia, también en la comunicación, va cada vez más rápida. Median siglos entre la aparición de la escritura y la de la imprenta, pero luego la cosa se acelera: la electricidad, los cables, lo inalámbrico, internet. De ser experto en impuestos a serlo en transmisiones víricas en un abrir y cerrar de ojos. Todos somos tertulianos con un atril digital. Y desde nuestro púlpito de ciudadanos líquidos señalamos, desacreditamos y visibilizamos en función de nuestra visión del mundo, en la que solo cabe lo que encaja.

Julio Montes: «Los medios fomentan esa polarización porque da audiencia, buscan extremos que den espectáculo. Culpabilizar a las redes de la polarización no es justo. La polarización existe, crece y se reproduce y las redes sociales ayudan a ello, pero no son las culpables»

Ni siquiera se libran los medios, que eran los custodios de la veracidad, y ahora pelean por sobrevivir haciendo lo necesario por lograr atención. «Los medios fomentan esa polarización porque da audiencia, buscan extremos que den espectáculo», afirma Montes. «Culpabilizar a las redes de la polarización no es justo. La polarización existe, crece y se reproduce y las redes sociales ayudan a ello, pero no son las culpables», explica. Y por eso tienen sentido proyectos como Maldita.es: cuando los encargados de decir la verdad son parte del proceso de manipulación, pasan de ser guardianes a necesitar que alguien nos guarde de ellos. Es lo que sucede cuando se convierten en correas de transmisión de las informaciones interesadas de ideologías e intereses económicos.

«Los medios considerados serios hacen uso de titulares llamativos que poco tienen que ver con el contenido del artículo, y ponen muros de pago al alcance de una minoría. Ahora más que antes, quedan solo los titulares», coincide Congosto. «Lo triste es que, en paralelo, se han desarrollado unos panfletos digitales que sí están abiertos y que desinforman no solo en los titulares». «La búsqueda de juicios permanentes y rápidos, de nuevo, no es solo un fenómeno de las redes», insiste Montes. «Hay que mirar a las teles y a los medios digitales, a la necesidad continua de sentencias. Es algo social. La inmediatez en todo también lo es a la hora de juzgar y condenar, y es mucho más fácil hacerlo cuando no tienes a la persona delante. Es más sencillo no empatizar», sostiene.

La comunicación es como un vaso: si no lo llenas tú de agua, se llenará él solo de aire, pero nunca estará vacío; si una sociedad democrática necesita información de calidad, pero no puede acceder a ella, acabará rellenando ese vacío con la información a de la que pueda disponer, aunque no sea fiable. Y ya se sabe, para apagar los incendios hace falta agua. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirlo todo en ceniza.

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Esas dinámicas lo impregnan todo. Ya no tenemos música ni películas, sino que accedemos a ellas. Los podcasts y las notas de audio tienen un modo de reproducción rápido. Vivimos contando cuántas palabras consumimos por minuto, cuántos likes dan a nuestra última ocurrencia digital, cuántas visualizaciones tiene nuestro contenido, cuántas horas pasamos con el móvil, cómo de productivos somos. Medimos los pasos. Monitorizamos nuestro sueño. 

La tecnología, que iba a liberarnos, en ciertas cosas nos ha esclavizado. Las conexiones, que iban a ponernos en contacto, nos separan como nunca antes. Las redes, que eran sociales, han acabado por enfrentarnos a las peores versiones de nosotros mismos. Quien era acosado en el colegio ahora recibe presiones también a través de su móvil. Quien buscaba la aprobación de los demás ahora se compara con vidas que parecen ideales en Instagram. Nuestra vida está en las redes, pero, aunque suene paradójico, estar conectados nos ha hecho más asociales.

Nuestra vida está en las redes, pero, aunque suene paradójico, estar conectados nos ha hecho más asociales

Todos los tentáculos de lo digital tienen efectos. Algunos, como los anteriores, en nuestra salud mental. Otros, por si fuera poco, en la salud democrática de nuestras sociedades. Quienes antes podían debatir con gente que pensaba distinto ahora bloquean a discrepantes en Twitter. O utilizan argumentos incendiarios de aquellos a quienes siguen. O se encierran en cámaras de resonancia donde todos opinan igual. O juzgan situaciones ajenas sin conocimientos de primera mano. O tragan con manipulaciones solo porque les dan la razón. O desprecian a los demás solo porque tienen otra opinión. Únicamente hace falta que otros aplaudan, en forma de seguidores e interacciones, esa conducta. Y así, cada vez más aislados.

«La polarización siempre ha existido», explica Mari Luz Congosto, doctora en Telemática de la Universidad Carlos III que investiga la propagación de mensajes en entornos digitales. «Las redes sociales han favorecido la ampliación del espacio radical» y, según su visión, lo hacen a través de la exposición persistente de visiones extremas. Una especie de bombardeo al que nos sometemos porque pasamos parte importante de nuestra vida conectados. El problema es de representación: lo que vemos en redes no siempre es real. Y no necesariamente porque nos mientan, sino porque no es espontáneo ni natural: «Existe una profesionalización del discurso que incentiva este discurso radical», afirma. 

Como si de una enfermedad se tratara, en muchas ocasiones los expuestos a las visiones radicales de otros acaban siendo portadores de un virus que transmiten a los demás. Y la gran mayoría de veces esos mensajes extremos se basan en informaciones sin contexto, cuando no directamente manipulaciones o falsedades. «Te llega un mensaje al grupo de WhatsApp familiar y, si no estás muy vacunado, te la cuelan», lamenta Julio Montes, cofundador de Maldita.es, una fundación dedicada a la verificación de información. «La gente no contrasta y muchas veces no porque no sepa, sino porque o no le interesa porque el contenido le reafirma, o porque no le da la vida». Y por eso, como con las infecciones, conviene actuar para atajar el brote: «No se trata de convencer al conspiranoico, al antivacunas, al terraplanista…, sino de evitar que él convenza a alguien más».

«La exposición de las personas a las plataformas de mensajería o redes sociales es continua. La soledad, la inseguridad, la desconfianza, las fobias o las filias son resquicios por los que pueden entrar todo tipo de informaciones distorsionadas», advierte Congosto, que considera que hay «poco espacio para el dialogo razonado y constructivo». Ya no conocemos los temas en profundidad, leemos titulares. Ya no tenemos argumentos, solo ideas repetidas hasta la saciedad por aquellos a los que seguimos que, por supuesto, piensan como nosotros.

«Gente polarizada o proclive a polarizarse ha encontrado en las redes sociales el terreno perfecto para avanzar», explica Montes. «Lugares donde encuentras gente que piensa como tú y que va creando comunidades, y sobre todo, que va empoderándose para viralizar su discurso». Se trata muchas veces de mensajes e ideas que antes no eran aceptados socialmente en su entorno físico, «pero que ahora se ven legitimados porque encuentran ese respaldo en su entorno digital». 

Al principio, en los albores de lo digital, el entorno era propicio para un intercambio de ideas, pero con el crecimiento de las redes y la democratización de acceso se convirtieron en un campo de batalla ideológica

En cuanto esas ideas encuentran audiencia se genera una comunidad que se retroalimenta, ya sea a través de redes, ya sea a través de plataformas de mensajería. Son foros que no solo les hacen visibles, sino que les sirven para difundir visiones que antes no encontraban cobijo y ahora, de forma muchas veces artificial e interesada, parecen ser aceptadas. 

«Las opiniones en las redes se mueven en cámaras de eco para autoafirmación. Las conversaciones cruzadas suelen terminar en descalificación e insultos, y eso desanima a los más moderados, y solo los más radicales persisten en estos diálogos de besugos», critica Congosto. «Muchas personas han abandonado las redes o han dejado de opinar en ellas». Arden las redes porque les prendemos fuego, y sin cortafuegos todo el bosque va envolviéndose en las llamas.

Pero no siempre fue así. Montes considera que al principio, en los albores de lo digital, «el entorno era propicio para un intercambio de ideas», pero que con el crecimiento de las redes y la democratización de acceso «se convirtieron en un campo de batalla ideológica. Y querer ponerse a dialogar y buscar puntos de encuentro en medio de una batalla no es sencillo». Las manipulaciones, claro, no nacen con internet. Pero ahí encuentran el caldo de cultivo idóneo por diversos motivos, entre ellos, lo verosímiles que parecen ahora y la velocidad con la que se difunden. Y, como dice, si tenemos prisa por vivir y consumir la vida, no vamos a tener tiempo para ponernos a verificar. 

Lo digital, por sintetizar, es solo un acelerante de nuestro fuego interno. Antes necesitábamos millones de años para ver evoluciones y siglos para percibir cambios culturales, pero ahora vemos matices insalvables en generaciones. La historia, también en la comunicación, va cada vez más rápida. Median siglos entre la aparición de la escritura y la de la imprenta, pero luego la cosa se acelera: la electricidad, los cables, lo inalámbrico, internet. De ser experto en impuestos a serlo en transmisiones víricas en un abrir y cerrar de ojos. Todos somos tertulianos con un atril digital. Y desde nuestro púlpito de ciudadanos líquidos señalamos, desacreditamos y visibilizamos en función de nuestra visión del mundo, en la que solo cabe lo que encaja.

Julio Montes: «Los medios fomentan esa polarización porque da audiencia, buscan extremos que den espectáculo. Culpabilizar a las redes de la polarización no es justo. La polarización existe, crece y se reproduce y las redes sociales ayudan a ello, pero no son las culpables»

Ni siquiera se libran los medios, que eran los custodios de la veracidad, y ahora pelean por sobrevivir haciendo lo necesario por lograr atención. «Los medios fomentan esa polarización porque da audiencia, buscan extremos que den espectáculo», afirma Montes. «Culpabilizar a las redes de la polarización no es justo. La polarización existe, crece y se reproduce y las redes sociales ayudan a ello, pero no son las culpables», explica. Y por eso tienen sentido proyectos como Maldita.es: cuando los encargados de decir la verdad son parte del proceso de manipulación, pasan de ser guardianes a necesitar que alguien nos guarde de ellos. Es lo que sucede cuando se convierten en correas de transmisión de las informaciones interesadas de ideologías e intereses económicos.

«Los medios considerados serios hacen uso de titulares llamativos que poco tienen que ver con el contenido del artículo, y ponen muros de pago al alcance de una minoría. Ahora más que antes, quedan solo los titulares», coincide Congosto. «Lo triste es que, en paralelo, se han desarrollado unos panfletos digitales que sí están abiertos y que desinforman no solo en los titulares». «La búsqueda de juicios permanentes y rápidos, de nuevo, no es solo un fenómeno de las redes», insiste Montes. «Hay que mirar a las teles y a los medios digitales, a la necesidad continua de sentencias. Es algo social. La inmediatez en todo también lo es a la hora de juzgar y condenar, y es mucho más fácil hacerlo cuando no tienes a la persona delante. Es más sencillo no empatizar», sostiene.

La comunicación es como un vaso: si no lo llenas tú de agua, se llenará él solo de aire, pero nunca estará vacío; si una sociedad democrática necesita información de calidad, pero no puede acceder a ella, acabará rellenando ese vacío con la información a de la que pueda disponer, aunque no sea fiable. Y ya se sabe, para apagar los incendios hace falta agua. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirlo todo en ceniza.

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