Publicado: 30 de marzo 2023 07:42  /   IDEAS
por
Ilustración  Xoana Elías

Tu historia personal es la historia de tu lengua

Publicado: 30 de marzo 2023 07:42  /   IDEAS     por        Ilustración  Xoana Elías
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Claudia Apablaza

Lengua es una palabra polisémica. Basta con echar un vistazo a la definición de este vocablo que ofrece el Diccionario para entenderlo. Lengua es ese órgano húmedo que nos regala el sabor y la dicción, pero también el dolor si lo mordemos.

Lengua es ese complejo sistema de comunicación con el que los humanos nos comunicamos. Y un montón de palabras que hacemos propias y, por tanto, diferentes, según en qué lugar del mundo las pronunciemos, en qué ámbito, en que grupo social. La lengua, además, puede ser objeto de reflexión y una excusa, como otra cualquiera, para hablar de nosotros mismos, de nuestras circunstancias y de nuestra vida.

Claudia Apablaza
Claudia Apablaza

Las heridas que los brackets le provocaron en la lengua a Claudia Apablaza le dieron pie a reflexionar sobre esta palabra y explorar sus muchos significados. Así se forjó un curioso diario-ensayo titulado Historia de mi lengua (Ediciones Comisura, 2023), donde esta escritora y editora chilena afincada en Madrid desde hace un año habla de sí misma en relación con la lengua.

«Muchísimas palabras son polisémicas. Creo que la lengua es una de ellas y en este libro me dediqué a extremar la búsqueda de cada uno de esos rincones, a sacarle punta, a no dejar que se me escapara ninguno de sus significados y derivas. Lo hice todo desde un punto vivencial, desde el cotidiano. Obviamente se me escaparon muchos, pero al menos hice el intento», comenta Apablaza.

Claudia Apablaza

Lo primero que se le vino a la cabeza fue el título durante una conversación con su marido en la que se quejaba del daño que le estaba produciendo el aparato dental en la lengua. «Sentí que el titulo quedó en el aire y en ese mismo momento le dije “tengo que escribir un libro que se llame Historia de mi lengua”. Esa misma noche comencé, escribí delirantemente por tres semanas, sin parar, y a las tres semanas ya estaba casi todo dicho. Luego vino la labor de editar, afinar, pulir, sacar, reescribir. Esa segunda etapa duró unos meses».

«La lengua aborda en este texto casi todos los aspectos de mi vida», reflexiona la autora. Es la lengua la que lleva a Apablaza y al lector en un viaje por la comida, el sexo, la escritura, el habla, la maternidad, la historia familiar, el daño, el dolor, el deseo, el miedo, la frustración, la felicidad…».

«Todo en nuestra vida nace de la forma de nuestra lengua», escribe en su libro la chilena. «Tal vez debí agregar “de la forma en que nuestra lengua se pone en la boca”.  Si estás empujando los dientes con la lengua, o si pones la lengua en el paladar y jamás la empujas, o si estás doblándola o jugueteando con ella. Es decir, la forma que adopte tu lengua dentro de tu boca determina todo lo que haces, o más bien la forma en que lo haces, tus pulsiones».

Claudia Apablaza

Claudia Apablaza

«En mi caso, llegué a esa conclusión porque estoy constantemente empujando los dientes con la lengua e intentando que se deformen. Esto lo asocio a lo que me dijo una vez mi psicoanalista, algo así como que tengo muchos problemas con la autoridad y siempre estoy pujando por deformar todo. Bueno, no sé, es una idea que conecté en ese momento, pero tal vez todo esto no es más que literatura y esto que te digo o cómo intento explicar mi escritura, no es más que una mera ilusión».

Si la lengua son palabras, estas sirven en este pequeño ensayo para reflexionar a cerca del sentimiento de pertenencia y de su contrario, esa sensación de sentirse siempre extranjero allá por donde se va cuando alguien tiene espíritu nómada.

«Nunca se deja de ser extranjera en un país —se sincera la escritora chilena—. Viví casi seis años en Barcelona, desde 2006 a 2012 y siempre me sentí ajena, lejana, que no pertenecía». Aquí las palabras que pronunciamos actúan como delatoras de nuestra procedencia, marcan una frontera simbólica entre lo que somos y lo que es el lugar que nos acoge. «Sí, las palabras definen nuestra realidad, sin duda. El lenguaje determina nuestra percepción de todo. Ahora bien, lo interesante es que el lenguaje y el habla están siempre en construcción, no son algo estático, están mutando; y por eso mismo la realidad también está en esa constante mutación y giro de sentidos».

Claudia Apablaza

Adaptarse a esos cambios determinará, en parte, que empecemos a sentir como nuestra esa realidad ajena en la que pretendemos instalarnos. Como cuando su hija le corrigió al decirle «se dice coche, no auto». «Lo vivo como algo positivo, que es capaz de integrarse sin estar haciendo ese ejercicio de autotraducción constante que yo hago antes de comunicarme, el cómo se dice, el se dirá así o no, o si lo estaré diciendo bien», asume Claudia Apablaza.

«Pero los niños y las niñas tienen otra capacidad de adaptación y eso se nota en cómo integran sin pudor palabras que yo no me atrevo a decir. Ese mismo ejemplo, yo jamás digo coche sin sentirme un poco ridícula, como haciendo algo impostado, poniéndome una máscara, un disfraz que no me pertenece».

Porque, en el fondo, explica, por mucho que adoptes ciertas palabras y expresiones, nunca dejas de sentir que no eres de ese lugar, «todo lo vives como impostado, como una máscara que te ayuda a sobrevivir», sostiene la autora.

«Ahora bien, eso mismo me sucedió cuando me cambié de vivir en un pueblo en Chile, llamado San Francisco de Mostazal, a vivir en una ciudad medianamente grande como lo es Rancagua. Luego cuando me fui de Rancagua a estudiar a la universidad en Santiago. Siempre tuve esa sensación, que no era de ahí, que no era de ninguna parte salvo de ese primer pueblo de mi infancia».

Lengua es una palabra polisémica. Basta con echar un vistazo a la definición de este vocablo que ofrece el Diccionario para entenderlo. Lengua es ese órgano húmedo que nos regala el sabor y la dicción, pero también el dolor si lo mordemos.

Lengua es ese complejo sistema de comunicación con el que los humanos nos comunicamos. Y un montón de palabras que hacemos propias y, por tanto, diferentes, según en qué lugar del mundo las pronunciemos, en qué ámbito, en que grupo social. La lengua, además, puede ser objeto de reflexión y una excusa, como otra cualquiera, para hablar de nosotros mismos, de nuestras circunstancias y de nuestra vida.

Claudia Apablaza
Claudia Apablaza

Las heridas que los brackets le provocaron en la lengua a Claudia Apablaza le dieron pie a reflexionar sobre esta palabra y explorar sus muchos significados. Así se forjó un curioso diario-ensayo titulado Historia de mi lengua (Ediciones Comisura, 2023), donde esta escritora y editora chilena afincada en Madrid desde hace un año habla de sí misma en relación con la lengua.

«Muchísimas palabras son polisémicas. Creo que la lengua es una de ellas y en este libro me dediqué a extremar la búsqueda de cada uno de esos rincones, a sacarle punta, a no dejar que se me escapara ninguno de sus significados y derivas. Lo hice todo desde un punto vivencial, desde el cotidiano. Obviamente se me escaparon muchos, pero al menos hice el intento», comenta Apablaza.

Claudia Apablaza

Lo primero que se le vino a la cabeza fue el título durante una conversación con su marido en la que se quejaba del daño que le estaba produciendo el aparato dental en la lengua. «Sentí que el titulo quedó en el aire y en ese mismo momento le dije “tengo que escribir un libro que se llame Historia de mi lengua”. Esa misma noche comencé, escribí delirantemente por tres semanas, sin parar, y a las tres semanas ya estaba casi todo dicho. Luego vino la labor de editar, afinar, pulir, sacar, reescribir. Esa segunda etapa duró unos meses».

«La lengua aborda en este texto casi todos los aspectos de mi vida», reflexiona la autora. Es la lengua la que lleva a Apablaza y al lector en un viaje por la comida, el sexo, la escritura, el habla, la maternidad, la historia familiar, el daño, el dolor, el deseo, el miedo, la frustración, la felicidad…».

«Todo en nuestra vida nace de la forma de nuestra lengua», escribe en su libro la chilena. «Tal vez debí agregar “de la forma en que nuestra lengua se pone en la boca”.  Si estás empujando los dientes con la lengua, o si pones la lengua en el paladar y jamás la empujas, o si estás doblándola o jugueteando con ella. Es decir, la forma que adopte tu lengua dentro de tu boca determina todo lo que haces, o más bien la forma en que lo haces, tus pulsiones».

Claudia Apablaza

Claudia Apablaza

«En mi caso, llegué a esa conclusión porque estoy constantemente empujando los dientes con la lengua e intentando que se deformen. Esto lo asocio a lo que me dijo una vez mi psicoanalista, algo así como que tengo muchos problemas con la autoridad y siempre estoy pujando por deformar todo. Bueno, no sé, es una idea que conecté en ese momento, pero tal vez todo esto no es más que literatura y esto que te digo o cómo intento explicar mi escritura, no es más que una mera ilusión».

Si la lengua son palabras, estas sirven en este pequeño ensayo para reflexionar a cerca del sentimiento de pertenencia y de su contrario, esa sensación de sentirse siempre extranjero allá por donde se va cuando alguien tiene espíritu nómada.

«Nunca se deja de ser extranjera en un país —se sincera la escritora chilena—. Viví casi seis años en Barcelona, desde 2006 a 2012 y siempre me sentí ajena, lejana, que no pertenecía». Aquí las palabras que pronunciamos actúan como delatoras de nuestra procedencia, marcan una frontera simbólica entre lo que somos y lo que es el lugar que nos acoge. «Sí, las palabras definen nuestra realidad, sin duda. El lenguaje determina nuestra percepción de todo. Ahora bien, lo interesante es que el lenguaje y el habla están siempre en construcción, no son algo estático, están mutando; y por eso mismo la realidad también está en esa constante mutación y giro de sentidos».

Claudia Apablaza

Adaptarse a esos cambios determinará, en parte, que empecemos a sentir como nuestra esa realidad ajena en la que pretendemos instalarnos. Como cuando su hija le corrigió al decirle «se dice coche, no auto». «Lo vivo como algo positivo, que es capaz de integrarse sin estar haciendo ese ejercicio de autotraducción constante que yo hago antes de comunicarme, el cómo se dice, el se dirá así o no, o si lo estaré diciendo bien», asume Claudia Apablaza.

«Pero los niños y las niñas tienen otra capacidad de adaptación y eso se nota en cómo integran sin pudor palabras que yo no me atrevo a decir. Ese mismo ejemplo, yo jamás digo coche sin sentirme un poco ridícula, como haciendo algo impostado, poniéndome una máscara, un disfraz que no me pertenece».

Porque, en el fondo, explica, por mucho que adoptes ciertas palabras y expresiones, nunca dejas de sentir que no eres de ese lugar, «todo lo vives como impostado, como una máscara que te ayuda a sobrevivir», sostiene la autora.

«Ahora bien, eso mismo me sucedió cuando me cambié de vivir en un pueblo en Chile, llamado San Francisco de Mostazal, a vivir en una ciudad medianamente grande como lo es Rancagua. Luego cuando me fui de Rancagua a estudiar a la universidad en Santiago. Siempre tuve esa sensación, que no era de ahí, que no era de ninguna parte salvo de ese primer pueblo de mi infancia».

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