19 de diciembre 2022    /   IDEAS
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Los dialectos son los gorriones azules de la lengua: hay que estudiarlos, no estigmatizarlos

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«¡Qué es de bonita!», se escucha decir a una mujer ya anciana en Mallorca al hablar de su tierra. «La comía es lo que t’has comío ya», reprende a su vecina otra mujer de la misma edad que la de Mallorca, solo que esta vive en Albacete. Son maneras de hablar de personas muy mayores en el mundo rural de España que están recogidas en el COSER. Y seguramente a nuestros oídos más cercanos al habla normativizada suenen como patadas en un bidón hueco, dibujando una mueca de ¿¡pero cómo lo vas a decir así, marichocho!? al escucharlas.

Ahora, algunas de esas variantes dialectales recogidas en ese corpus durante años de estudio son analizadas en un libro titulado Como dicen en mi pueblo: el habla de los pueblos españoles, publicado por Pie de Página en 2022 y coeditado por las lingüistas Ana Estrada, Beatriz Martín y Carlota de Benito.

El libro, que nació como regalo de cumpleaños y homenaje a su maestra y directora de tesis o master, la académica de la RAE y catedrática de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid Inés Fernández-Ordóñez, recopila una serie de artículos de dialectólogos e historiadores de la lengua española que investigan por qué nos suena mejor pringao que pringado o Estado que Estao. O por qué hemos acabado diciendo así en lugar de asín. O por qué existen fenómenos como el laísmo, el loísmo y el leísmo.

Como dicen en mi pueblo
Carlota de Benito

COSER son las siglas del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural, un proyecto que puso en marcha en 1990 Inés Fernández-Ordóñez. Lo hizo, en principio, para estudiar el leísmo, y por el camino descubrió otras muchas maneras de hablar que merecía la pena documentar.

«Ver cómo funcionan las diferentes variedades lingüísticas que no son la estándar nos ayuda a entender cómo funciona la lengua en general»

¿Pero por qué es tan valioso registrar esas variantes lingüísticas en algo tan formal y serio como un corpus? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo si las consideramos erróneas?, ¿para qué y por qué dejar constancia de algo que está mal dicho? ¿Un lingüista no debe velar por el buen uso del idioma?

«Si en lugar de estar hablando de lingüística estuviéramos hablando de biología, nadie tendría ninguna duda», responde Ana Estrada, afirmación que se entiende mejor cuando se acepta y se comprende que la lingüística es una ciencia. Si alguien descubriera tres gorriones azules en un pueblo de Málaga, ¿extrañaría que se acudiera al lugar a estudiarlos antes de su desaparición? Pues con las variedades regionales ocurre lo mismo.

«Ver cómo funcionan las diferentes variedades lingüísticas que no son la estándar nos ayuda a entender cómo funciona la lengua en general; nos ayuda a entender otros fenómenos con los que están relacionados, por ejemplo; nos da una visión más general».

«Y forman parte del español entero», aclara Carlota de Benito. «Siempre pensamos en el español como el español estándar, y todo lo demás, como desviaciones. Pero no es históricamente así. Todas las variedades tienen un mismo recorrido y es un poco por azar por lo que algunas triunfan y otras no».

«Poder mirar también esas que no han triunfado y que están estigmatizadas nos permite entender la historia de nuestra lengua, de lo que todos consideramos nuestra lengua —continúa explicando—. Hay aspectos que nos pueden parecer asistemáticos, pero encontramos que la sistematicidad está en otras variedades estigmatizadas. Nos permite entender mejor cómo funciona la lengua».

Un corpus como el COSER no busca normativizar la lengua y mucho menos estigmatizarla. Es un mero registro que permite entender fenómenos como el leísmo, uno de los tres pecados capitales de muchos hablantes de español, junto con el laísmo y el loísmo.

La Academia acepta el de persona masculina singular, pero los lingüistas llevan años y años y años intentando explicar por qué existe, cómo llega ese dativo al acusativo (y aquí toca refrescar aquellas clases de latín del instituto) o al complemento directo de persona masculina singular.

«Y es porque no tiene ningún sentido, porque, de hecho, ese leísmo sale de la transición de varias formas de hablar distintas», explica De Benito. «Con ese corpus, partiendo de investigaciones previas, se observa que hay hablantes que tienen una forma totalmente distinta en donde complemento directo e indirecto no tienen ninguna importancia, y solo importa el género. Y [se observa también] que ese leísmo surge de casi una mezcla de sistemas». Solo así, de repente, pasa a tener sentido.

Como dicen en mi pueblo

NO SOLO VALOR LINGÜÍSTICO, TAMBIÉN ANTROPOLÓGICO

Para documentar todas esas variantes regionales del español en España, Inés Fernández-Ordóñez y sus estudiantes y colaboradores han recorrido desde hace años casi todo el territorio nacional, grabadora en mano, hablando y haciendo hablar a los viejos de los pueblos más perdidos.

Para hacerles perder la vergüenza de conversar con ellos (la frase que más escuchaban era la de «yo es que hablo muy mal»), los lingüistas les contaban una pequeña mentirijilla: eran estudiantes de antropología y les interesaba conocer tradiciones, costumbres y usos de esos lugares que estaban a punto de desaparecer, si no lo habían hecho ya.

Y ese pequeño engaño muestra el otro enorme valor del COSER: el antropológico. «Claro, es lo que siempre decimos. El corpus COSER no solo tiene valor lingüístico», reconoce Beatriz Martín. «Vamos por los pueblos, hablamos con gente muy mayor de cosas que antes se hacían y ya no se hacen. La matanza, que en principio todos sabemos qué es y de qué va, pero no en todos los pueblos se hace igual. Las fiestas; en cada sitio son diferentes. Por eso tiene un valor antropológico inmenso».

Como dicen en mi pueblo
Beatriz Martín

«Nosotras queremos animar también a que no solo sean los lingüistas los que se acerquen al corpus COSER, sino que todo tipo de investigadores en humanidades y ciencias sociales se puedan acercar ahí», concluye Martín.

«Y no solo en antropología, también históricamente», matiza Ana Estrada. «En algunas de las entrevistas nos contaban, por ejemplo, cómo se vivió la guerra en su zona, y eso son cosas que, a lo mejor, no están en ningún otro sitio».

«Algunas de estas expresiones y rasgos perviven en los jóvenes y se quedan en los pueblos por una cuestión de identidad, de orgullo de su forma de hablar y porque es su forma de hablar»

Pero volvamos a la lingüística. Si los testimonios que recoge el COSER son de personas de edad muy avanzada, a medida que vayan muriendo, también muchas de esas expresiones y hablas desaparecerán con ellos. «Hay algunas que sí. Las que están más estigmatizadas seguro que sí. Y hay otras que no necesariamente», reconoce Carlota de Benito.

«Tenemos un proyecto, que es una especie de continuación [del COSER] que hacemos en Canarias, donde también entrevistamos a gente más joven, no solo a gente mayor. Y ahí se ve que algunas de estas expresiones y rasgos perviven en los jóvenes y se quedan en los pueblos por una cuestión de identidad, de orgullo de su forma de hablar y porque es su forma de hablar. Y hay cosas que sí, que en el colegio les insisten que eso está mal, pero hay otras cosas que pasan más desapercibidas. Y esas, muchas veces se quedan. Será una pena todo lo que desaparezca, porque hay cosas que llevan ahí siglos y siglos y siglos, y solo están en nuestros pueblos».

Sin embargo, no hay que entender esa pérdida como un empobrecimiento de la lengua, sino como una evolución, tal y como confirman las tres coeditoras.

«Hay una tendencia a la uniformidad que luego, seguramente, tienda otra vez a una mayor heterogeneidad», precisa De Benito. «Son procesos que llevan un tiempo largo. Van a desaparecer cosas y en ese sentido podría decirse que las perdemos, pero se van creando otras continuamente. Y con la globalización, seguramente vamos a ver una distribución diferente de variedades en las que, a lo mejor, los jóvenes mexicanos, los españoles y los argentinos pasan a tener más rasgos en común que antes; y en cambio, se diferencian más de los adultos. Vamos a ver, sí, nuevas formas de variación».

NO LO LLAMES DIALECTO, LLÁMALO VARIANTE LINGÜÍSTICA

Probablemente, el lector se habrá dado cuenta de que pocas veces (o ninguna) ha aparecido la palabra dialecto en este artículo para hablar de esas otras formas de hablar tan regionales (y tan estigmatizadas). Y no es casual.

A pesar de ser estudiosas de la Dialectología, Martín, De Benito y Estrada prefieren evitar hablar de dialectos. «El problema es que la diferencia que se da normalmente entre lengua y dialecto no es una diferencia lingüística», explica Ana Estrada.

«Si hablamos de dialectos, en realidad no estamos aplicando una definición lingüística, sino social, política, económica, histórica…»

«Normalmente, se llama dialecto a lo que tiene menos prestigio, da igual por qué razón, y lengua a lo que tiene más prestigio, a lo que tiene más poder, etc. Si hablamos de dialectos, en realidad no estamos aplicando una definición lingüística, sino social, política, económica, histórica… No nos sirve desde nuestro punto de vista».

Porque entender una variante regional como menos prestigiosa, hay que volver a insistir, no es hablar de lingüística. «Es mucho mejor hablar de variedades, que es un término mucho más neutro».

Como dicen en mi pueblo
Ana Estrada

Además, aclara Carlota de Benito, tendemos a identificar erróneamente como dialecto una lengua que no tiene escritura, por ejemplo, como ocurre con muchas de las lenguas africanas. «Todo eso lleva a la peyorización de la palabra. Por eso intentamos que la gente no se sienta agredida por ese término, tratar de tener una ciencia más neutra en ese sentido».

Al final, se trata de registrar y no de juzgar unos usos lingüísticos que morirán con esos mayores. Por eso da igual que nos suenen mejor o peor, no es lo interesante en un estudio científico.

Consiste, más bien, en entender que estas formas de hablar se producen en un determinado registro, que es el coloquial. Ese que nos debería llevar a tolerar, igual que ya hacemos con el seseo o el ceceo, que hay otros usos que definen nuestra procedencia, y eso no es ni malo ni bueno, solo un dato más.

El registro coloquial es esa ropa de andar por casa cuando llegamos a nuestro hogar y nos relajamos. ¿Vestiríamos un traje de gala para fregar los platos? Entonces, ¿por qué vamos a obligarnos a hablar de una determinada manera en ciertos contextos?

¡Si hasta la RAE ha pecado lingüísticamente hablando alguna vez! Y si no lo crees, echa un ojo a sus primeras gramáticas.

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«¡Qué es de bonita!», se escucha decir a una mujer ya anciana en Mallorca al hablar de su tierra. «La comía es lo que t’has comío ya», reprende a su vecina otra mujer de la misma edad que la de Mallorca, solo que esta vive en Albacete. Son maneras de hablar de personas muy mayores en el mundo rural de España que están recogidas en el COSER. Y seguramente a nuestros oídos más cercanos al habla normativizada suenen como patadas en un bidón hueco, dibujando una mueca de ¿¡pero cómo lo vas a decir así, marichocho!? al escucharlas.

Ahora, algunas de esas variantes dialectales recogidas en ese corpus durante años de estudio son analizadas en un libro titulado Como dicen en mi pueblo: el habla de los pueblos españoles, publicado por Pie de Página en 2022 y coeditado por las lingüistas Ana Estrada, Beatriz Martín y Carlota de Benito.

El libro, que nació como regalo de cumpleaños y homenaje a su maestra y directora de tesis o master, la académica de la RAE y catedrática de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid Inés Fernández-Ordóñez, recopila una serie de artículos de dialectólogos e historiadores de la lengua española que investigan por qué nos suena mejor pringao que pringado o Estado que Estao. O por qué hemos acabado diciendo así en lugar de asín. O por qué existen fenómenos como el laísmo, el loísmo y el leísmo.

Como dicen en mi pueblo
Carlota de Benito

COSER son las siglas del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural, un proyecto que puso en marcha en 1990 Inés Fernández-Ordóñez. Lo hizo, en principio, para estudiar el leísmo, y por el camino descubrió otras muchas maneras de hablar que merecía la pena documentar.

«Ver cómo funcionan las diferentes variedades lingüísticas que no son la estándar nos ayuda a entender cómo funciona la lengua en general»

¿Pero por qué es tan valioso registrar esas variantes lingüísticas en algo tan formal y serio como un corpus? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo si las consideramos erróneas?, ¿para qué y por qué dejar constancia de algo que está mal dicho? ¿Un lingüista no debe velar por el buen uso del idioma?

¿Pero por qué es tan valioso registrar esas variantes lingüísticas en algo tan formal y serio como un corpus? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo si las consideramos erróneas?, ¿para qué y por qué dejar constancia de algo que está mal dicho? ¿Un lingüista no debe velar por el buen uso del idioma?

«Si en lugar de estar hablando de lingüística estuviéramos hablando de biología, nadie tendría ninguna duda», responde Ana Estrada, afirmación que se entiende mejor cuando se acepta y se comprende que la lingüística es una ciencia. Si alguien descubriera tres gorriones azules en un pueblo de Málaga, ¿extrañaría que se acudiera al lugar a estudiarlos antes de su desaparición? Pues con las variedades regionales ocurre lo mismo.

«Ver cómo funcionan las diferentes variedades lingüísticas que no son la estándar nos ayuda a entender cómo funciona la lengua en general; nos ayuda a entender otros fenómenos con los que están relacionados, por ejemplo; nos da una visión más general».

«Y forman parte del español entero», aclara Carlota de Benito. «Siempre pensamos en el español como el español estándar, y todo lo demás, como desviaciones. Pero no es históricamente así. Todas las variedades tienen un mismo recorrido y es un poco por azar por lo que algunas triunfan y otras no».

«Poder mirar también esas que no han triunfado y que están estigmatizadas nos permite entender la historia de nuestra lengua, de lo que todos consideramos nuestra lengua —continúa explicando—. Hay aspectos que nos pueden parecer asistemáticos, pero encontramos que la sistematicidad está en otras variedades estigmatizadas. Nos permite entender mejor cómo funciona la lengua».

Un corpus como el COSER no busca normativizar la lengua y mucho menos estigmatizarla. Es un mero registro que permite entender fenómenos como el leísmo, uno de los tres pecados capitales de muchos hablantes de español, junto con el laísmo y el loísmo.

La Academia acepta el de persona masculina singular, pero los lingüistas llevan años y años y años intentando explicar por qué existe, cómo llega ese dativo al acusativo (y aquí toca refrescar aquellas clases de latín del instituto) o al complemento directo de persona masculina singular.

«Y es porque no tiene ningún sentido, porque, de hecho, ese leísmo sale de la transición de varias formas de hablar distintas», explica De Benito. «Con ese corpus, partiendo de investigaciones previas, se observa que hay hablantes que tienen una forma totalmente distinta en donde complemento directo e indirecto no tienen ninguna importancia, y solo importa el género. Y [se observa también] que ese leísmo surge de casi una mezcla de sistemas». Solo así, de repente, pasa a tener sentido.

Como dicen en mi pueblo

NO SOLO VALOR LINGÜÍSTICO, TAMBIÉN ANTROPOLÓGICO

Para documentar todas esas variantes regionales del español en España, Inés Fernández-Ordóñez y sus estudiantes y colaboradores han recorrido desde hace años casi todo el territorio nacional, grabadora en mano, hablando y haciendo hablar a los viejos de los pueblos más perdidos.

Para hacerles perder la vergüenza de conversar con ellos (la frase que más escuchaban era la de «yo es que hablo muy mal»), los lingüistas les contaban una pequeña mentirijilla: eran estudiantes de antropología y les interesaba conocer tradiciones, costumbres y usos de esos lugares que estaban a punto de desaparecer, si no lo habían hecho ya.

Y ese pequeño engaño muestra el otro enorme valor del COSER: el antropológico. «Claro, es lo que siempre decimos. El corpus COSER no solo tiene valor lingüístico», reconoce Beatriz Martín. «Vamos por los pueblos, hablamos con gente muy mayor de cosas que antes se hacían y ya no se hacen. La matanza, que en principio todos sabemos qué es y de qué va, pero no en todos los pueblos se hace igual. Las fiestas; en cada sitio son diferentes. Por eso tiene un valor antropológico inmenso».

Como dicen en mi pueblo
Beatriz Martín

«Nosotras queremos animar también a que no solo sean los lingüistas los que se acerquen al corpus COSER, sino que todo tipo de investigadores en humanidades y ciencias sociales se puedan acercar ahí», concluye Martín.

«Y no solo en antropología, también históricamente», matiza Ana Estrada. «En algunas de las entrevistas nos contaban, por ejemplo, cómo se vivió la guerra en su zona, y eso son cosas que, a lo mejor, no están en ningún otro sitio».

«Algunas de estas expresiones y rasgos perviven en los jóvenes y se quedan en los pueblos por una cuestión de identidad, de orgullo de su forma de hablar y porque es su forma de hablar»

Pero volvamos a la lingüística. Si los testimonios que recoge el COSER son de personas de edad muy avanzada, a medida que vayan muriendo, también muchas de esas expresiones y hablas desaparecerán con ellos. «Hay algunas que sí. Las que están más estigmatizadas seguro que sí. Y hay otras que no necesariamente», reconoce Carlota de Benito.

«Tenemos un proyecto, que es una especie de continuación [del COSER] que hacemos en Canarias, donde también entrevistamos a gente más joven, no solo a gente mayor. Y ahí se ve que algunas de estas expresiones y rasgos perviven en los jóvenes y se quedan en los pueblos por una cuestión de identidad, de orgullo de su forma de hablar y porque es su forma de hablar. Y hay cosas que sí, que en el colegio les insisten que eso está mal, pero hay otras cosas que pasan más desapercibidas. Y esas, muchas veces se quedan. Será una pena todo lo que desaparezca, porque hay cosas que llevan ahí siglos y siglos y siglos, y solo están en nuestros pueblos».

Sin embargo, no hay que entender esa pérdida como un empobrecimiento de la lengua, sino como una evolución, tal y como confirman las tres coeditoras.

«Hay una tendencia a la uniformidad que luego, seguramente, tienda otra vez a una mayor heterogeneidad», precisa De Benito. «Son procesos que llevan un tiempo largo. Van a desaparecer cosas y en ese sentido podría decirse que las perdemos, pero se van creando otras continuamente. Y con la globalización, seguramente vamos a ver una distribución diferente de variedades en las que, a lo mejor, los jóvenes mexicanos, los españoles y los argentinos pasan a tener más rasgos en común que antes; y en cambio, se diferencian más de los adultos. Vamos a ver, sí, nuevas formas de variación».

NO LO LLAMES DIALECTO, LLÁMALO VARIANTE LINGÜÍSTICA

Probablemente, el lector se habrá dado cuenta de que pocas veces (o ninguna) ha aparecido la palabra dialecto en este artículo para hablar de esas otras formas de hablar tan regionales (y tan estigmatizadas). Y no es casual.

A pesar de ser estudiosas de la Dialectología, Martín, De Benito y Estrada prefieren evitar hablar de dialectos. «El problema es que la diferencia que se da normalmente entre lengua y dialecto no es una diferencia lingüística», explica Ana Estrada.

«Si hablamos de dialectos, en realidad no estamos aplicando una definición lingüística, sino social, política, económica, histórica…»

«Normalmente, se llama dialecto a lo que tiene menos prestigio, da igual por qué razón, y lengua a lo que tiene más prestigio, a lo que tiene más poder, etc. Si hablamos de dialectos, en realidad no estamos aplicando una definición lingüística, sino social, política, económica, histórica… No nos sirve desde nuestro punto de vista».

Porque entender una variante regional como menos prestigiosa, hay que volver a insistir, no es hablar de lingüística. «Es mucho mejor hablar de variedades, que es un término mucho más neutro».

Como dicen en mi pueblo
Ana Estrada

Además, aclara Carlota de Benito, tendemos a identificar erróneamente como dialecto una lengua que no tiene escritura, por ejemplo, como ocurre con muchas de las lenguas africanas. «Todo eso lleva a la peyorización de la palabra. Por eso intentamos que la gente no se sienta agredida por ese término, tratar de tener una ciencia más neutra en ese sentido».

Al final, se trata de registrar y no de juzgar unos usos lingüísticos que morirán con esos mayores. Por eso da igual que nos suenen mejor o peor, no es lo interesante en un estudio científico.

Consiste, más bien, en entender que estas formas de hablar se producen en un determinado registro, que es el coloquial. Ese que nos debería llevar a tolerar, igual que ya hacemos con el seseo o el ceceo, que hay otros usos que definen nuestra procedencia, y eso no es ni malo ni bueno, solo un dato más.

El registro coloquial es esa ropa de andar por casa cuando llegamos a nuestro hogar y nos relajamos. ¿Vestiríamos un traje de gala para fregar los platos? Entonces, ¿por qué vamos a obligarnos a hablar de una determinada manera en ciertos contextos?

¡Si hasta la RAE ha pecado lingüísticamente hablando alguna vez! Y si no lo crees, echa un ojo a sus primeras gramáticas.

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