26 de octubre 2021    /   ENTRETENIMIENTO
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Un thriller ortográfico para aprender a escribir

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Hay maneras muy ortodoxas de enseñar a escribir correctamente y otras que son, digamos, más alternativas. Podríamos englobarlas en un género nuevo que se llamara lingüística ficción, ya que recurren a la narrativa o a la poesía para contar de manera más amena lo mismo que aconsejan los sesudos manuales ortográficos y de estilo. En esta santa casa contribuimos a ese género con los relatos ortográficos, pero ejemplos no faltan. Véanse las viñetas de don Pardino o los sonetos lingüísticos de Ramón Alemán.

La penúltima en llegar a la lingüística ficción es Cris Planchuelo, pedagoga y comunicadora que ha trabajado en distintos medios de comunicación y que está detrás de Mari Tilde, una pizpireta consultora ortográfica-sentimental que atiende su consultorio en el blog de Cálamo y Cran, la empresa de servicios de edición, traducción y formación en la que trabaja actualmente dando clases de comunicación escrita.

Acaba de publicar su primer libro, El increíble caso del apóstrofo infiltrado (Pie de Página, 2021), un thriller ortográfico protagonizado por Leo Ibáñez, alter ego de la autora, inspectora y jefa del Departamento de Revisión y Corrección de Textos (RECOTE), que debe ir resolviendo crímenes lingüísticos cometidos aquí y allá.

En cada capítulo, además de descubrir al infractor y resolver el caso que se le presenta, Planchuelo sigue jugando con los lectores incitándoles a resolver ciertos ejercicios y acertijos que esconden mensajes en clave y que ayudarán a Leo Ibáñez en su investigación.

Hablamos con ella (o mejor dicho, la interrogamos) y esto es lo que nos contó. 

¿En qué o en quiénes pensabas al escribir este libro? ¿Estudiantes, futuros correctores de textos…?

Como soy una friki de la ortografía, pensaba mucho en quienes no son como yo y, pobres, sufren una barbaridad porque necesitan escribir con cierta decencia y no acaban de pillar cómo hacerlo. Pensaba también en divertir un poco a sus profesores y a los cuatro gatos que siguen mis paridas en las redes sociales. Pero, sobre todo, pensaba en Gloria Gil, editora de Pie de Página, porque durante el proceso me ponía retos cada vez más difíciles. Necesitaba dejar de soñar con ella.

Manuales de ortografía hay muchos, pero no se habla tanto del estilo, esas cosas que, sin ser errores ortográficos o gramaticales, afean los textos (demasiadas enumeraciones, por ejemplo, como cuentas en un capítulo). ¿Qué es más difícil de explicar: la ortografía o el estilo?

Explicar la ortografía es fácil porque se trata de contar cuáles son las normas, cuándo hay que aplicarlas y cuándo la RAE no te va a poner bajo sospecha si te las saltas. Pero a los asesinos del estilo es más difícil seguirles la pista, se camuflan mejor.

Además de las enumeraciones largas, en efecto, habría que enchironar a los adverbios terminados en -mente, que invaden los textos con sus rimas internas. La familia de cuyos y cuales es muy peligrosa: provoca enunciados interminables y pomposos; por no hablar de las oraciones subordinadas, que okupan los escritos con su cháchara desquiciante.

El estilo es fundamental por una simple razón: facilita la lectura. Se cultiva con la práctica y con mucha autocrítica, y no todo el mundo está dispuesto a someterse a ello.

¿Podríamos decir que tu libro habla más de saber comunicar que de saber escribir?

La buena escritura es cómplice de la comunicación. Mi libro habla de los delitos ortográficos más comunes que convierten la lectura en un castigo. Y es que las faltas de ortografía y de estilo no nos dejan entender lo que está escrito; sacan lo peor de nosotros al obligarnos a hacer un enorme esfuerzo por extraer cierto juguillo a lo que leemos, y eso dificulta mucho la comunicación. Quien de verdad quiere comunicar hará todo lo que esté en su mano para escribir lo mejor posible, y mi libro pretende que resulte divertido aprenderlo.

¿Qué es lo que tiene que tener un texto para considerar que está bien escrito, que comunica bien?

Los mejores textos, como los buenos atracos, siguen un plan. Empiezan por la idea más importante, acto seguido la desarrollan y, al final, sacan una conclusión. Así garantizan el orden, algo esencial para que se lean con gusto.

Además, la brevedad es importantísima: si algo se puede contar en veinte palabras cortas ¿por qué usar treinta largas? También las oraciones deben ocupar poco espacio, y no párrafos enteros como leemos aquí y allá. Y no hay que olvidarse de lonchear todo en bloques con sus títulos, sus puntos y aparte, sus buenos márgenes e interlineados… Es decir, un texto comunica bien cuando es ordenado, corto y claro.

¿Qué causas das por perdidas? ¿Quizá «en base a»? ¿Los paréntesis y el punto y coma? ¿Otras?

Esa coma infiltrada en los encabezamientos de las cartas en lugar de los dos puntos, ese infinitivo que usurpa el lugar del imperativo, esos agotadores gerundios de consecuencia y de posterioridad… Por no hablar de los, siempre en busca y captura, «a nivel de» y «en relación a», «delante mío», «salir afuera»…

En confidencia: los mayores delitos ortográficos vienen de arriba. Los capos salen por la televisión dando patadas a la ortografía y contagian a una audiencia confiada e indefensa. Pero todavía estamos a tiempo de hacer algo: ¡Buenas gentes, apaguen sus televisores!

En el capítulo del paréntesis, hablas de escritura viejuna. ¿Seguir las normas es de antiguos?

Es de antiguos escribir textos que no cuentan nada interesante porque no tienen la intención de gustar a la audiencia. Es viejuno usar frases hechas y estereotipadas que lo mismo sirven para un roto que para un descosido y que, por tanto, apaga y vámonos. Es un anacronismo escribir en un estilo impersonal, burocrático y técnico imposible de entender para la mayoría. Es muy carroza creer que dominar las normas de ortografía nos hace superiores a los demás. Es casposamente rancio negarse a aceptar que la lengua es de los y las hablantes y que, por tanto, son quienes de verdad deciden su uso.

¿Cómo te surgió la idea de escribir este libro como si fuera una novela negra?

Tenía el título, que me gustaba mucho a pesar de ser tan largo: El increíble caso del apóstrofo infiltrado. Solo me quedaba escribir un contenido que encajara. Di algunos palos de ciego al principio, pero ahí estaba Gloria Gil para enderezarme con esas sugerencias suyas que tantas pesadillas me causaron.

Aprovecho para preguntarte por Mari Tilde. ¿Cómo nace esa idea?

Una noche de verano el calor me despertó, y vi a Mari Tilde sentada al pie de mi cama mirándome fijamente. A pesar de las altas temperaturas, llevaba una rebequita sobre su conjunto de pichi y blusa. Parecía un poco desdibujada, como vaporosa. «Tienes una gran misión —me dijo— ¡Difundir mi mensaje por el mundo!». Y me contó que ella era una consultora ortográfico-sentimental y que yo iba a ser su instrumento para resolver los problemas que el mal uso del idioma provoca entre las personas. Y me puse manos a la obra.

¿Se llevarían bien Mari Tilde y Leo Ibáñez?

Tienen caracteres muy distintos: Leo es una superagente muy aguerrida (va armada), que recorre la ciudad atrapando a los malhechores, mientras que Mari Tilde es más de su casa y de una vida apacible. Pero a mí me parece que les une su amor por las palabras y que se complementan muy bien. Incluso juraría haber visto en casa de Ibáñez un táper con algunas croquetas de Mari Tilde, que tienen mucha fama en el mundillo ortográfico. Hum, quizás ambas estén tramando algo… Con Leo Ibáñez cerca, puede pasar de todo.

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La penúltima en llegar a la lingüística ficción es Cris Planchuelo, pedagoga y comunicadora que ha trabajado en distintos medios de comunicación y que está detrás de Mari Tilde, una pizpireta consultora ortográfica-sentimental que atiende su consultorio en el blog de Cálamo y Cran, la empresa de servicios de edición, traducción y formación en la que trabaja actualmente dando clases de comunicación escrita.

Acaba de publicar su primer libro, El increíble caso del apóstrofo infiltrado (Pie de Página, 2021), un thriller ortográfico protagonizado por Leo Ibáñez, alter ego de la autora, inspectora y jefa del Departamento de Revisión y Corrección de Textos (RECOTE), que debe ir resolviendo crímenes lingüísticos cometidos aquí y allá.

En cada capítulo, además de descubrir al infractor y resolver el caso que se le presenta, Planchuelo sigue jugando con los lectores incitándoles a resolver ciertos ejercicios y acertijos que esconden mensajes en clave y que ayudarán a Leo Ibáñez en su investigación.

Hablamos con ella (o mejor dicho, la interrogamos) y esto es lo que nos contó. 

¿En qué o en quiénes pensabas al escribir este libro? ¿Estudiantes, futuros correctores de textos…?

Como soy una friki de la ortografía, pensaba mucho en quienes no son como yo y, pobres, sufren una barbaridad porque necesitan escribir con cierta decencia y no acaban de pillar cómo hacerlo. Pensaba también en divertir un poco a sus profesores y a los cuatro gatos que siguen mis paridas en las redes sociales. Pero, sobre todo, pensaba en Gloria Gil, editora de Pie de Página, porque durante el proceso me ponía retos cada vez más difíciles. Necesitaba dejar de soñar con ella.

Manuales de ortografía hay muchos, pero no se habla tanto del estilo, esas cosas que, sin ser errores ortográficos o gramaticales, afean los textos (demasiadas enumeraciones, por ejemplo, como cuentas en un capítulo). ¿Qué es más difícil de explicar: la ortografía o el estilo?

Explicar la ortografía es fácil porque se trata de contar cuáles son las normas, cuándo hay que aplicarlas y cuándo la RAE no te va a poner bajo sospecha si te las saltas. Pero a los asesinos del estilo es más difícil seguirles la pista, se camuflan mejor.

Además de las enumeraciones largas, en efecto, habría que enchironar a los adverbios terminados en -mente, que invaden los textos con sus rimas internas. La familia de cuyos y cuales es muy peligrosa: provoca enunciados interminables y pomposos; por no hablar de las oraciones subordinadas, que okupan los escritos con su cháchara desquiciante.

El estilo es fundamental por una simple razón: facilita la lectura. Se cultiva con la práctica y con mucha autocrítica, y no todo el mundo está dispuesto a someterse a ello.

¿Podríamos decir que tu libro habla más de saber comunicar que de saber escribir?

La buena escritura es cómplice de la comunicación. Mi libro habla de los delitos ortográficos más comunes que convierten la lectura en un castigo. Y es que las faltas de ortografía y de estilo no nos dejan entender lo que está escrito; sacan lo peor de nosotros al obligarnos a hacer un enorme esfuerzo por extraer cierto juguillo a lo que leemos, y eso dificulta mucho la comunicación. Quien de verdad quiere comunicar hará todo lo que esté en su mano para escribir lo mejor posible, y mi libro pretende que resulte divertido aprenderlo.

¿Qué es lo que tiene que tener un texto para considerar que está bien escrito, que comunica bien?

Los mejores textos, como los buenos atracos, siguen un plan. Empiezan por la idea más importante, acto seguido la desarrollan y, al final, sacan una conclusión. Así garantizan el orden, algo esencial para que se lean con gusto.

Además, la brevedad es importantísima: si algo se puede contar en veinte palabras cortas ¿por qué usar treinta largas? También las oraciones deben ocupar poco espacio, y no párrafos enteros como leemos aquí y allá. Y no hay que olvidarse de lonchear todo en bloques con sus títulos, sus puntos y aparte, sus buenos márgenes e interlineados… Es decir, un texto comunica bien cuando es ordenado, corto y claro.

¿Qué causas das por perdidas? ¿Quizá «en base a»? ¿Los paréntesis y el punto y coma? ¿Otras?

Esa coma infiltrada en los encabezamientos de las cartas en lugar de los dos puntos, ese infinitivo que usurpa el lugar del imperativo, esos agotadores gerundios de consecuencia y de posterioridad… Por no hablar de los, siempre en busca y captura, «a nivel de» y «en relación a», «delante mío», «salir afuera»…

En confidencia: los mayores delitos ortográficos vienen de arriba. Los capos salen por la televisión dando patadas a la ortografía y contagian a una audiencia confiada e indefensa. Pero todavía estamos a tiempo de hacer algo: ¡Buenas gentes, apaguen sus televisores!

En el capítulo del paréntesis, hablas de escritura viejuna. ¿Seguir las normas es de antiguos?

Es de antiguos escribir textos que no cuentan nada interesante porque no tienen la intención de gustar a la audiencia. Es viejuno usar frases hechas y estereotipadas que lo mismo sirven para un roto que para un descosido y que, por tanto, apaga y vámonos. Es un anacronismo escribir en un estilo impersonal, burocrático y técnico imposible de entender para la mayoría. Es muy carroza creer que dominar las normas de ortografía nos hace superiores a los demás. Es casposamente rancio negarse a aceptar que la lengua es de los y las hablantes y que, por tanto, son quienes de verdad deciden su uso.

¿Cómo te surgió la idea de escribir este libro como si fuera una novela negra?

Tenía el título, que me gustaba mucho a pesar de ser tan largo: El increíble caso del apóstrofo infiltrado. Solo me quedaba escribir un contenido que encajara. Di algunos palos de ciego al principio, pero ahí estaba Gloria Gil para enderezarme con esas sugerencias suyas que tantas pesadillas me causaron.

Aprovecho para preguntarte por Mari Tilde. ¿Cómo nace esa idea?

Una noche de verano el calor me despertó, y vi a Mari Tilde sentada al pie de mi cama mirándome fijamente. A pesar de las altas temperaturas, llevaba una rebequita sobre su conjunto de pichi y blusa. Parecía un poco desdibujada, como vaporosa. «Tienes una gran misión —me dijo— ¡Difundir mi mensaje por el mundo!». Y me contó que ella era una consultora ortográfico-sentimental y que yo iba a ser su instrumento para resolver los problemas que el mal uso del idioma provoca entre las personas. Y me puse manos a la obra.

¿Se llevarían bien Mari Tilde y Leo Ibáñez?

Tienen caracteres muy distintos: Leo es una superagente muy aguerrida (va armada), que recorre la ciudad atrapando a los malhechores, mientras que Mari Tilde es más de su casa y de una vida apacible. Pero a mí me parece que les une su amor por las palabras y que se complementan muy bien. Incluso juraría haber visto en casa de Ibáñez un táper con algunas croquetas de Mari Tilde, que tienen mucha fama en el mundillo ortográfico. Hum, quizás ambas estén tramando algo… Con Leo Ibáñez cerca, puede pasar de todo.

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  • Estoy muy interesado en la temática que desarrolla esta página; la misma me parece más que interesante. Saludos.

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