24 de noviembre 2021    /   BUSINESS
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Dan Lyons, un infiltrado madurito en el mundo ‘cool’ (y cruel) de las ‘start-ups’

24 de noviembre 2021    /   BUSINESS     por          
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Dan Lyons llevaba toda la vida escribiendo sátiras absurdas sobre el mundo de la tecnología. Hasta que se vio inmerso en una bien real. Después de 25 años trabajando para revistas como Newsweek o Time, después de cosechar un éxito global con su blog satírico sobre el falso Steve Jobs, Lyons perdió su puesto de trabajo.

Con su sueldo de periodista senior podían contratar a cinco chavales en precario. Lyons llevaba tiempo escribiendos sobre start-ups, entrevistando a gente que no era más especial ni más brillante, pero sí mucho más rica que él. Así que decidió dar el salto al otro lado y trabajar en una. La cosa salió mal. 

Hubspot es la idea deformada y caricaturesca que uno tiene de una start-up. Un lugar donde los trabajadores se llaman hubspotters y se sientan en enormes pelotas en lugar de sillas. Un lugar donde los jefes acuden a reuniones con ositos de peluche que hacen pasar por clientes y te intentan convencer de que estás haciendo del mundo un lugar mejor con tu trabajo. Tu trabajo es mandar spam

Dan Lyons no encajó bien en esta empresa. En primer lugar, porque con sus 52 años doblaba en edad a la mayoría de trabajadores. La discriminación contra los mayores en la industria tecnológica es sistémica y se lleva a gala. Está blindada por la mitología que ha surgido en torno a las start-ups, empresas molonas creadas por chicos jóvenes en el garaje de sus padres.

Además, Lyons venía del cínico mundo del periodismo y detestaba la cultura corporativa propia de Silicon Valley. Debe de ser el único. La fascinación por la mitología de las start-ups está haciendo que su cultura se exporte y permee en el resto del mundo laboral, haciéndolo más precario, infantil y frustrante. En su libro, Disrupción, mi desventura en el mundo de las start-ups (publicado en España por Capitán Swing) habla de su experiencia en Hubspot. Pero analiza también problemas más grandes como el edadismo, el acoso laboral y cómo la tecnología está haciendo miserables a los trabajadores. Parte de una experiencia personal para analizar un problema global.

Disrupción es un libro divertido, pero encierra un mensaje potencialmente peligroso. Especialmente para Hubspot, que intentó robar el manuscrito antes de su publicación. La cosa terminó con varios despidos, una multa a su CEO y una grave crisis reputacional. No pudieron evitar que el libro se publicara. Ahora, cinco años después, lo hace en España. Hablamos con su autor. 

En Hubspot sentías que todo a tu alrededor era absurdo y te daba rabia no tener compañeros con quien comentarlo. Has escrito un libro sobre ello y lo has publicado en medio mundo. Te habrás quedado a gusto…

Jajajajaja. Cierto, no tenía a nadie con quien hablarlo en el trabajo. Incluso me llegué a sentir un poco solo, como si nadie me entendiera. Pero, al final, fue todo lo contrario.  Mientras escribía el libro, pensaba que me estaba ocurriendo algo extraordinario, que no era lo normal.

Y no era así; cuando se publicó me vi inundado de correos electrónicos de gente que aseguraba haber pasado por lo mismo. Los lectores me escribieron durante meses. Hoy mismo, cinco años después, he recibido un mensaje en Twitter de un usuario diciéndome que se ha sentido muy identificado. 

¿Por qué crees que es así? ¿Por que a nadie en tu empresa le parecía raro que el jefe trajera ositos de peluche a las reuniones? ¿Por qué lo que allí se veía como rutinario desde fuera se ve tan ridículo y demencial?

Es la forma en que funcionan este tipo de empresas. Es lo que llamo en el libro «tragarse la poción», (drinking the kool aid, en inglés). Es una frase que usan en Silicon Valley para referirse al proceso por el cual personas normales y corrientes son absorbidas por una organización y convertidas en auténticos creyentes que profesan una obediencia ciega. Y cuando formas parte de ese culto, nadie quiere ser visto con un disidente. Nadie quería escuchar mis quejas. Al final, ni siquiera me lamentaba porque sabía que cualquier frase que dijera iba a ser usada en mi contra, así que me controlaba, me censuraba.

Este lavado de cerebro laboral es cada vez más común. El asociar una empresa con unos valores, llamar a los trabajadores con una especie de gentilicio de la marca (hubspotters en su caso) y pensar que, más que un trabajo, son los miembros de una familia con una misión elevada… Lo describes como algo propio de las start-ups, pero tengo la impresión de que se ha importado a otros sectores, que cada vez es más común en todo tipo de empresas.

Así es. Creo que esa forma de tratar a los empleados se ha extendido a otras áreas. Mi último libro, Lab Rats, es una especie de secuela de Disrupción. En él trato de entender el porqué de mi experiencia laboral y otras muchas experiencias que conocí gracias al libro. Y sí, puedo asegurar que esa forma de tratar al empleado es cada vez más común.

He desarrollado mi carrera profesional protegido de ese tipo de corporativismo tóxico porque he trabajado siempre en revistas que llevaban más de 100 años publicándose. Y tenían una forma de trabajar, digamos, más tradicional. Simplemente, no me di cuenta hasta que crucé este límite hacia este otro mundo.

Creo que otras industrias han visto la rapidez con la que estas start-ups crecen e irrumpen en un sector, hay una narrativa de Silicon Valley muy potente y las empresas quieren imitar ese modelo. Pon que eres Walmart [cadena estadouniense de supermercados] y ves que Amazon te está amenazando. Pon que eres una cadena de televisión y estudias cómo trabajan en Netflix. Las empresas tradicionales ven estas nuevas empresas como una amenaza. La forma de competir con ellos es comportarse como ellos, imitarlos.

Las empresas tradicionales ven estas nuevas empresas como una amenaza. La forma de competir con ellos es comportarse como ellos, imitarlos

En Silicon Valley organizan lo que llaman Silicon safaris. Son excursiones para que gente de industrias no tecnológicas envíen una delegación a Silicon Valley para ver cómo trabajan en estas empresas. Visitan estos lugares, tienen un par de reuniones y luego regresan a casa, a Indiana o donde sea, y se supone que deben decirle a todo el mundo lo que han aprendido; así es como hacen las cosas. Es la magia de Silicon Valley, así se extiende su ethos, su forma de tratar a los trabajadores, primero por todo EEUU y de ahí al resto del mundo.

El libro no habla solo de tecnología. También analizas la discriminación, el edadismo que estas start-ups han normalizado, llevándolo casi a gala. Solo tú y otro empleado rebasábais los 50 en una empresa con cientos de veinteañeros. ¿Cómo viviste aquello?

Bastante mal. Cuando publiqué Disrupción escribí un artículo sobre los sesgos de edad, que tuvo como un millón de visitas. Me di cuenta de que estaba tocando un tema sensible, un problema que muchos otros habían vivido. En los últimos cinco ,el mundo se ha vuelto más diverso e inclusivo, pero cada año Apple, Facebook y otras empresas hacen su diversity report, y dicen «Bueno, no hemos hecho grandes cambios, pero lo estamos intentando». Los grandes temas son género, raza y orientación sexual. Y lo peor es que creo que están mintiendo. 

Al menos, se molestan en mentir. En tu libro señalas unas palabras de Mark Zuckerberg: «Los jóvenes son, simplemente, más inteligentes». Sería impensable que hubiera dicho algo similar con los blancos, los hombres o los heterosexuales.

Exacto, la edad no se discute siquiera. Todo el mundo sabe que si cumples 50 en Silicon Valley, mejor que ya hayas hecho dinero porque ya no tienes sitio ahí. Imagina que eres uno de los dos únicos empleados negros de una empresa, que no encajas ahí. Y un día te levantas con una entrevista de tu jefe en el New York Times diciendo «Nos encanta contratar a gente blanca, los blancos son más rápidos».

Eso fue exactamente lo que me sucedió a mí con mi jefe y el tema de la edad. Y en ese momento dije «que le jodan», y escribí un estatus en mi Facebook poniéndoles a parir. La mayoría de mis compañeros no lo entendieron, me escribían preguntándome «¿Por qué estás tan frustrado?». El edadismo es muy real y no creo que las cosas estén mejorando. No pasa solo en el mundo  de la tecnología, pero en ella es mucho más acusado.

Todo el mundo sabe que si cumples 50 en Silicon Valley, mejor que ya hayas hecho dinero porque ya no tienes sitio

Aseguras que importar el modelo  de Silicon Valley a otros sectores no traerá nada bueno. Dices que el futuro del trabajo nos va a hacer miserables y que la tecnología tiene mucha culpa de eso.

Exacto. Todo empezó a principios de los 2000, cuando internet empezó a ser más útil. Si retrocedes y miras qué sucedía en 1999, te das cuenta de que la discusión sobre internet era increíblemente utópica. Lees ahora los artículos de la época y son tan tontos… Hablábamos de la ultraprosperidad, de que todos nos íbamos a hacer ricos. Y la democracia se iba a extender por el mundo gracias a internet. Fue entonces, más o menos, cuando estalló la burbuja de las puntocom.

Recuerdo que entrevisté entonces al CEO entrante de General Electrics y me contó, emocionado, que internet finalmente funcionaba lo suficientemente bien como para externalizar parte de su trabajo, como si esto fuera algo positivo. Así que las grandes empresas empezaron con subcontratas, los trabajos con más conocimiento se fueron a la India, los de manufactura se fueron a China. Si miras desde el año 2000 hasta el presente, el PIB de esos dos países va como RuPaul, se eleva dramáticamente. Al mismo tiempo, en Estados Unidos se aplana la tendencia o, si acaso, es levemente decreciente; hay una disminución de los salarios reales por el mismo trabajo. 

Así que primero se externalizan los trabajos y luego, alrededor de 2010, comienza a aparecer con esta nueva idea de la gig economy.  Y a la gente que tenía una educación secundaria, que había perdido su trabajo en una fábrica en Detroit que le permitía vivir bien, mandar a sus hijos a la universidad, incluso tener una segunda casa en la playa, les dicen: bueno, no podrás tener todo esto, pero ¿sabes qué?, ahora puedes sacarte un dinero extra conduciendo un Uber. Es un cambio de mierda, y una de las formas en las que internet ha hecho el mundo del trabajo más miserable.

¿Una de las formas? ¿Qué otras formas hay?

Bastantes más. Los trabajadores más cualificados, por ejemplo, también han sufrido estos cambios. Internet habilitó nuevas formas de vigilancia, nuevas formas de exprimirlos más y más. Ahora las empresas pueden hacer que sus trabajadores nunca desconecten del trabajo, incluso por la noche. El estrés ha aumentado increíblemente entre los trabajadores, hay más bajas por depresión, más suicidios, el uso de antidepresivos también se ha disparado en los últimos 20 años.

La satisfacción y el compromiso de los trabajadores han disminuido. No son solo las condiciones, también son los sueldos. Si miras solo el dinero, los trabajadores ganan mucho menos ahora de lo que ganaban hace 50 años. Los directivos han ido absorbiendo cada vez más las ganancias de la empresa, de las capas más bajas hacia arriba.

Y así llegamos a casos como Amazon, con un jefe millonario que viaja al espacio y unos empleados precarios que tienen que mear en un bote.

Exacto. Mira, Bill Gates se hizo muy rico hace años, pero Microsoft distribuyó la riqueza en toda la empresa; la auxiliar administrativa se hizo millonaria. Y se enorgullecían de ello, era una cosa que llevaban a gala. Eso cambió, ya no sucede. Y creo que es por la falta de vergüenza y ética de algunos directivos. Son, ¿cómo se dice en español?, unos sinvergüenzas [dice en castellano].

Tenemos el caso de Jeff Bezos, con una empresa, Amazon, valorada en 200 mil millones de dólares. Pero tiene a sus trabajadores en talleres clandestinos y a los administrativos al borde de la locura por el estrés y la presión. Los trabajadores de Tesla se están tratando de organizar para tener más derechos y poder trabajar en remoto. Y Elon Musk tiene una cantidad absurda de dinero.

Es algo extraño que creo que sería imposible hace 20 años. Es como voy a coger todo el dinero posible de mi compañía para mí y para mis inversores. Y para hacerlo, voy a tratar a mis empleados lo peor posible. Parece un experimento para ver hasta dónde pueden forzarlo, hasta dónde pueden aguantar los trabajadores. Es un comportamiento sociópata, no sé cómo esta gente puede mirarse en el espejo.

Bill Gates se hizo muy rico hace años, pero Microsoft distribuyó la riqueza en toda la empresa; la auxiliar administrativa se hizo millonaria. Y se enorgullecían de ello. Pero eso cambió, ya no sucede

 Publicas Disrupción en España cinco años después de que lo hicieras en EE UU. ¿Cómo es echar la vista atrás y ver qué cosas han cambiado y qué cosas no lo han hecho?

He reflexionado y creo que, en muchos sentidos, nada ha cambiado. En otros, lo ha hecho a peor. Uber, por ejemplo, no ha cambiado más allá de que ha dejado de ser una start-up para convertirse en una multinacional. Creo que esa cultura de empresa, ese ethos, es difícil de cambiar porque viene impuesto por el capitalista de riesgo, por las personas que invierten en estas empresas. Ellos acceden a soltar la pasta a cambio de que se impongan ciertas condiciones beneficiosas en lo económico, pero muy salvajes en lo laboral.

En el otro extremo del espectro, algunas empresas están tratando de hacerlo mejor. No por ética, sino por sentido común. No pueden contratar a gente a menos que empiecen a mejorar su condiciones. Se han dado cuenta de que los trabajadores no quieren mesas de pimpón, quieren derechos. Así que creo que hay una mezcla. 

Lo que no ha terminado de explotar es la burbuja, como vaticinas en el libro. Ni la de Hubspot ni la de las start-up en general, ni siquiera con la pandemia ¿Por qué crees que es así? 

Lo sé, lo sé, es increíble. Llevo años escribiendo artículos sobre esto, pensando que tiene que explotar, pero no acaba de suceder. Este es el mercado alcista más loco y más largo que nadie haya visto jamás. No soy economista, pero creo que la política monetaria flexible de la Reserva Federal ayuda, sigue imprimiendo dólares mientras esto se infla. Es un poco como la fiebre de los tulipanes.

Llevo años escribiendo artículos sobre esto, pensando que tiene que explotar, pero no acaba de suceder. Este es el mercado alcista más loco y más largo que nadie haya visto jamás

Y ahora se está extendiendo a otras áreas. Es como lo que está sucediendo con el mundo cripto. Bitcoin puede o no tener una utilidad real a largo plazo. Creo que Ethereum la tiene, pero ves cientos y cientos de criptomonedas sin valor subir hasta 100.000% su valor en semanas. Y todo esto basado en la nada. Tengo la impresión de que el mundo cripto se ha convertido en un casino.

Además de este libro, has trabajado como periodista tecnológico durante años, ha escrito el blog satírico del falso Steve Jobs y has participado como guionista en la serie de HBO Silicon Valley. ¿Qué es más interesante, contar este mundo desde la ficción, la experiencia personal o el periodismo?

Creo que lo que más me gusta es la sátira, mi blog y el libro del falso Steve Jobs. Era una forma muy divertida y a veces más efectiva que el periodismo. Podía llegar a puntos y señalar problemas de forma más efectiva que con un reportaje. Trabajar en una serie que no es tuya es menos satisfactorio porque no tienes el control. Y escribir Disrupción, definitivamente, no fue divertido.

¿Fue catártico?

Puede, pero no pretendía que fuera así. Fue duro volver ahí mentalmente, y además tenía muchos otros trabajos, al final se convirtió más bien en una obligación. No pensaba que fuera a tener este éxito, sinceramente, pero quería hacerlo. Tenía que hacerlo.

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Dan Lyons llevaba toda la vida escribiendo sátiras absurdas sobre el mundo de la tecnología. Hasta que se vio inmerso en una bien real. Después de 25 años trabajando para revistas como Newsweek o Time, después de cosechar un éxito global con su blog satírico sobre el falso Steve Jobs, Lyons perdió su puesto de trabajo.

Con su sueldo de periodista senior podían contratar a cinco chavales en precario. Lyons llevaba tiempo escribiendos sobre start-ups, entrevistando a gente que no era más especial ni más brillante, pero sí mucho más rica que él. Así que decidió dar el salto al otro lado y trabajar en una. La cosa salió mal. 

Hubspot es la idea deformada y caricaturesca que uno tiene de una start-up. Un lugar donde los trabajadores se llaman hubspotters y se sientan en enormes pelotas en lugar de sillas. Un lugar donde los jefes acuden a reuniones con ositos de peluche que hacen pasar por clientes y te intentan convencer de que estás haciendo del mundo un lugar mejor con tu trabajo. Tu trabajo es mandar spam

Dan Lyons no encajó bien en esta empresa. En primer lugar, porque con sus 52 años doblaba en edad a la mayoría de trabajadores. La discriminación contra los mayores en la industria tecnológica es sistémica y se lleva a gala. Está blindada por la mitología que ha surgido en torno a las start-ups, empresas molonas creadas por chicos jóvenes en el garaje de sus padres.

Además, Lyons venía del cínico mundo del periodismo y detestaba la cultura corporativa propia de Silicon Valley. Debe de ser el único. La fascinación por la mitología de las start-ups está haciendo que su cultura se exporte y permee en el resto del mundo laboral, haciéndolo más precario, infantil y frustrante. En su libro, Disrupción, mi desventura en el mundo de las start-ups (publicado en España por Capitán Swing) habla de su experiencia en Hubspot. Pero analiza también problemas más grandes como el edadismo, el acoso laboral y cómo la tecnología está haciendo miserables a los trabajadores. Parte de una experiencia personal para analizar un problema global.

Disrupción es un libro divertido, pero encierra un mensaje potencialmente peligroso. Especialmente para Hubspot, que intentó robar el manuscrito antes de su publicación. La cosa terminó con varios despidos, una multa a su CEO y una grave crisis reputacional. No pudieron evitar que el libro se publicara. Ahora, cinco años después, lo hace en España. Hablamos con su autor. 

En Hubspot sentías que todo a tu alrededor era absurdo y te daba rabia no tener compañeros con quien comentarlo. Has escrito un libro sobre ello y lo has publicado en medio mundo. Te habrás quedado a gusto…

Jajajajaja. Cierto, no tenía a nadie con quien hablarlo en el trabajo. Incluso me llegué a sentir un poco solo, como si nadie me entendiera. Pero, al final, fue todo lo contrario.  Mientras escribía el libro, pensaba que me estaba ocurriendo algo extraordinario, que no era lo normal.

Y no era así; cuando se publicó me vi inundado de correos electrónicos de gente que aseguraba haber pasado por lo mismo. Los lectores me escribieron durante meses. Hoy mismo, cinco años después, he recibido un mensaje en Twitter de un usuario diciéndome que se ha sentido muy identificado. 

¿Por qué crees que es así? ¿Por que a nadie en tu empresa le parecía raro que el jefe trajera ositos de peluche a las reuniones? ¿Por qué lo que allí se veía como rutinario desde fuera se ve tan ridículo y demencial?

Es la forma en que funcionan este tipo de empresas. Es lo que llamo en el libro «tragarse la poción», (drinking the kool aid, en inglés). Es una frase que usan en Silicon Valley para referirse al proceso por el cual personas normales y corrientes son absorbidas por una organización y convertidas en auténticos creyentes que profesan una obediencia ciega. Y cuando formas parte de ese culto, nadie quiere ser visto con un disidente. Nadie quería escuchar mis quejas. Al final, ni siquiera me lamentaba porque sabía que cualquier frase que dijera iba a ser usada en mi contra, así que me controlaba, me censuraba.

Este lavado de cerebro laboral es cada vez más común. El asociar una empresa con unos valores, llamar a los trabajadores con una especie de gentilicio de la marca (hubspotters en su caso) y pensar que, más que un trabajo, son los miembros de una familia con una misión elevada… Lo describes como algo propio de las start-ups, pero tengo la impresión de que se ha importado a otros sectores, que cada vez es más común en todo tipo de empresas.

Así es. Creo que esa forma de tratar a los empleados se ha extendido a otras áreas. Mi último libro, Lab Rats, es una especie de secuela de Disrupción. En él trato de entender el porqué de mi experiencia laboral y otras muchas experiencias que conocí gracias al libro. Y sí, puedo asegurar que esa forma de tratar al empleado es cada vez más común.

He desarrollado mi carrera profesional protegido de ese tipo de corporativismo tóxico porque he trabajado siempre en revistas que llevaban más de 100 años publicándose. Y tenían una forma de trabajar, digamos, más tradicional. Simplemente, no me di cuenta hasta que crucé este límite hacia este otro mundo.

Creo que otras industrias han visto la rapidez con la que estas start-ups crecen e irrumpen en un sector, hay una narrativa de Silicon Valley muy potente y las empresas quieren imitar ese modelo. Pon que eres Walmart [cadena estadouniense de supermercados] y ves que Amazon te está amenazando. Pon que eres una cadena de televisión y estudias cómo trabajan en Netflix. Las empresas tradicionales ven estas nuevas empresas como una amenaza. La forma de competir con ellos es comportarse como ellos, imitarlos.

Las empresas tradicionales ven estas nuevas empresas como una amenaza. La forma de competir con ellos es comportarse como ellos, imitarlos

En Silicon Valley organizan lo que llaman Silicon safaris. Son excursiones para que gente de industrias no tecnológicas envíen una delegación a Silicon Valley para ver cómo trabajan en estas empresas. Visitan estos lugares, tienen un par de reuniones y luego regresan a casa, a Indiana o donde sea, y se supone que deben decirle a todo el mundo lo que han aprendido; así es como hacen las cosas. Es la magia de Silicon Valley, así se extiende su ethos, su forma de tratar a los trabajadores, primero por todo EEUU y de ahí al resto del mundo.

El libro no habla solo de tecnología. También analizas la discriminación, el edadismo que estas start-ups han normalizado, llevándolo casi a gala. Solo tú y otro empleado rebasábais los 50 en una empresa con cientos de veinteañeros. ¿Cómo viviste aquello?

Bastante mal. Cuando publiqué Disrupción escribí un artículo sobre los sesgos de edad, que tuvo como un millón de visitas. Me di cuenta de que estaba tocando un tema sensible, un problema que muchos otros habían vivido. En los últimos cinco ,el mundo se ha vuelto más diverso e inclusivo, pero cada año Apple, Facebook y otras empresas hacen su diversity report, y dicen «Bueno, no hemos hecho grandes cambios, pero lo estamos intentando». Los grandes temas son género, raza y orientación sexual. Y lo peor es que creo que están mintiendo. 

Al menos, se molestan en mentir. En tu libro señalas unas palabras de Mark Zuckerberg: «Los jóvenes son, simplemente, más inteligentes». Sería impensable que hubiera dicho algo similar con los blancos, los hombres o los heterosexuales.

Exacto, la edad no se discute siquiera. Todo el mundo sabe que si cumples 50 en Silicon Valley, mejor que ya hayas hecho dinero porque ya no tienes sitio ahí. Imagina que eres uno de los dos únicos empleados negros de una empresa, que no encajas ahí. Y un día te levantas con una entrevista de tu jefe en el New York Times diciendo «Nos encanta contratar a gente blanca, los blancos son más rápidos».

Eso fue exactamente lo que me sucedió a mí con mi jefe y el tema de la edad. Y en ese momento dije «que le jodan», y escribí un estatus en mi Facebook poniéndoles a parir. La mayoría de mis compañeros no lo entendieron, me escribían preguntándome «¿Por qué estás tan frustrado?». El edadismo es muy real y no creo que las cosas estén mejorando. No pasa solo en el mundo  de la tecnología, pero en ella es mucho más acusado.

Todo el mundo sabe que si cumples 50 en Silicon Valley, mejor que ya hayas hecho dinero porque ya no tienes sitio

Aseguras que importar el modelo  de Silicon Valley a otros sectores no traerá nada bueno. Dices que el futuro del trabajo nos va a hacer miserables y que la tecnología tiene mucha culpa de eso.

Exacto. Todo empezó a principios de los 2000, cuando internet empezó a ser más útil. Si retrocedes y miras qué sucedía en 1999, te das cuenta de que la discusión sobre internet era increíblemente utópica. Lees ahora los artículos de la época y son tan tontos… Hablábamos de la ultraprosperidad, de que todos nos íbamos a hacer ricos. Y la democracia se iba a extender por el mundo gracias a internet. Fue entonces, más o menos, cuando estalló la burbuja de las puntocom.

Recuerdo que entrevisté entonces al CEO entrante de General Electrics y me contó, emocionado, que internet finalmente funcionaba lo suficientemente bien como para externalizar parte de su trabajo, como si esto fuera algo positivo. Así que las grandes empresas empezaron con subcontratas, los trabajos con más conocimiento se fueron a la India, los de manufactura se fueron a China. Si miras desde el año 2000 hasta el presente, el PIB de esos dos países va como RuPaul, se eleva dramáticamente. Al mismo tiempo, en Estados Unidos se aplana la tendencia o, si acaso, es levemente decreciente; hay una disminución de los salarios reales por el mismo trabajo. 

Así que primero se externalizan los trabajos y luego, alrededor de 2010, comienza a aparecer con esta nueva idea de la gig economy.  Y a la gente que tenía una educación secundaria, que había perdido su trabajo en una fábrica en Detroit que le permitía vivir bien, mandar a sus hijos a la universidad, incluso tener una segunda casa en la playa, les dicen: bueno, no podrás tener todo esto, pero ¿sabes qué?, ahora puedes sacarte un dinero extra conduciendo un Uber. Es un cambio de mierda, y una de las formas en las que internet ha hecho el mundo del trabajo más miserable.

¿Una de las formas? ¿Qué otras formas hay?

Bastantes más. Los trabajadores más cualificados, por ejemplo, también han sufrido estos cambios. Internet habilitó nuevas formas de vigilancia, nuevas formas de exprimirlos más y más. Ahora las empresas pueden hacer que sus trabajadores nunca desconecten del trabajo, incluso por la noche. El estrés ha aumentado increíblemente entre los trabajadores, hay más bajas por depresión, más suicidios, el uso de antidepresivos también se ha disparado en los últimos 20 años.

La satisfacción y el compromiso de los trabajadores han disminuido. No son solo las condiciones, también son los sueldos. Si miras solo el dinero, los trabajadores ganan mucho menos ahora de lo que ganaban hace 50 años. Los directivos han ido absorbiendo cada vez más las ganancias de la empresa, de las capas más bajas hacia arriba.

Y así llegamos a casos como Amazon, con un jefe millonario que viaja al espacio y unos empleados precarios que tienen que mear en un bote.

Exacto. Mira, Bill Gates se hizo muy rico hace años, pero Microsoft distribuyó la riqueza en toda la empresa; la auxiliar administrativa se hizo millonaria. Y se enorgullecían de ello, era una cosa que llevaban a gala. Eso cambió, ya no sucede. Y creo que es por la falta de vergüenza y ética de algunos directivos. Son, ¿cómo se dice en español?, unos sinvergüenzas [dice en castellano].

Tenemos el caso de Jeff Bezos, con una empresa, Amazon, valorada en 200 mil millones de dólares. Pero tiene a sus trabajadores en talleres clandestinos y a los administrativos al borde de la locura por el estrés y la presión. Los trabajadores de Tesla se están tratando de organizar para tener más derechos y poder trabajar en remoto. Y Elon Musk tiene una cantidad absurda de dinero.

Es algo extraño que creo que sería imposible hace 20 años. Es como voy a coger todo el dinero posible de mi compañía para mí y para mis inversores. Y para hacerlo, voy a tratar a mis empleados lo peor posible. Parece un experimento para ver hasta dónde pueden forzarlo, hasta dónde pueden aguantar los trabajadores. Es un comportamiento sociópata, no sé cómo esta gente puede mirarse en el espejo.

Bill Gates se hizo muy rico hace años, pero Microsoft distribuyó la riqueza en toda la empresa; la auxiliar administrativa se hizo millonaria. Y se enorgullecían de ello. Pero eso cambió, ya no sucede

 Publicas Disrupción en España cinco años después de que lo hicieras en EE UU. ¿Cómo es echar la vista atrás y ver qué cosas han cambiado y qué cosas no lo han hecho?

He reflexionado y creo que, en muchos sentidos, nada ha cambiado. En otros, lo ha hecho a peor. Uber, por ejemplo, no ha cambiado más allá de que ha dejado de ser una start-up para convertirse en una multinacional. Creo que esa cultura de empresa, ese ethos, es difícil de cambiar porque viene impuesto por el capitalista de riesgo, por las personas que invierten en estas empresas. Ellos acceden a soltar la pasta a cambio de que se impongan ciertas condiciones beneficiosas en lo económico, pero muy salvajes en lo laboral.

En el otro extremo del espectro, algunas empresas están tratando de hacerlo mejor. No por ética, sino por sentido común. No pueden contratar a gente a menos que empiecen a mejorar su condiciones. Se han dado cuenta de que los trabajadores no quieren mesas de pimpón, quieren derechos. Así que creo que hay una mezcla. 

Lo que no ha terminado de explotar es la burbuja, como vaticinas en el libro. Ni la de Hubspot ni la de las start-up en general, ni siquiera con la pandemia ¿Por qué crees que es así? 

Lo sé, lo sé, es increíble. Llevo años escribiendo artículos sobre esto, pensando que tiene que explotar, pero no acaba de suceder. Este es el mercado alcista más loco y más largo que nadie haya visto jamás. No soy economista, pero creo que la política monetaria flexible de la Reserva Federal ayuda, sigue imprimiendo dólares mientras esto se infla. Es un poco como la fiebre de los tulipanes.

Llevo años escribiendo artículos sobre esto, pensando que tiene que explotar, pero no acaba de suceder. Este es el mercado alcista más loco y más largo que nadie haya visto jamás

Y ahora se está extendiendo a otras áreas. Es como lo que está sucediendo con el mundo cripto. Bitcoin puede o no tener una utilidad real a largo plazo. Creo que Ethereum la tiene, pero ves cientos y cientos de criptomonedas sin valor subir hasta 100.000% su valor en semanas. Y todo esto basado en la nada. Tengo la impresión de que el mundo cripto se ha convertido en un casino.

Además de este libro, has trabajado como periodista tecnológico durante años, ha escrito el blog satírico del falso Steve Jobs y has participado como guionista en la serie de HBO Silicon Valley. ¿Qué es más interesante, contar este mundo desde la ficción, la experiencia personal o el periodismo?

Creo que lo que más me gusta es la sátira, mi blog y el libro del falso Steve Jobs. Era una forma muy divertida y a veces más efectiva que el periodismo. Podía llegar a puntos y señalar problemas de forma más efectiva que con un reportaje. Trabajar en una serie que no es tuya es menos satisfactorio porque no tienes el control. Y escribir Disrupción, definitivamente, no fue divertido.

¿Fue catártico?

Puede, pero no pretendía que fuera así. Fue duro volver ahí mentalmente, y además tenía muchos otros trabajos, al final se convirtió más bien en una obligación. No pensaba que fuera a tener este éxito, sinceramente, pero quería hacerlo. Tenía que hacerlo.

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