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12 de enero 2022    /   BUSINESS
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Así se desmoronó la industria de la música en 40 años

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No hace falta echar mucho la vista atrás. Basta con remover la memoria tres o cuatro décadas. Ese momento en que la música era (o al menos parecía) un modo de vida. Se escuchaba todo el tiempo, hacía caer imperios, o más bien, esos cantantes eran imperios en sí mismos; había trabajo y, sobre todo, en este mundo capitalista, había dinero. Mucho dinero.

Una realidad que parece ya extinguida. Un mundo, el de la música, que en 30 años ha vivido grandes cambios. Basta con fijarse en la transformación de sus modelos de reproducción: vinilo, casete, CD y, ahora, los reproductores online. Una ¿evolución? que ha contado muy bien el periodista y músico Bruno Galindo en su libro Toma de tierra (Libros del KO).

Una obra en la que el periodista ofrece una perspectiva de lo que ha pasado en el mundo de la música en las últimas décadas a partir de un ejercicio de memoria personal y colectiva. Una historia de caídas que ha podido contar desde un punto más carnal porque siempre se ha encontrado en una posición de privilegio en cuanto a música se refiere.

Y es que, desde los finales de los 80, Bruno Galindo ha trabajado en discográficas, como periodista y como músico. Unos empleos en los que ha podido estar muy cerca de los artistas, pero en los que también las ha pasado canutas.

decadencia de la industria musical

LOS BUENOS AÑOS

Esos primeros años, las décadas de los 90 y principios de los 2000, Bruno Galindo los recuerda como vibrantes. «Daba la impresión de que a todo el mundo le gustaba la música de una manera muy apasionada. Algo por lo que merecía la pena ir más allá», sostiene. Y, en el terreno profesional, era un espacio en el que «había medios, muchísima gente trabajando. Y libertad, mucha libertad».

Fue en esos años cuando Bruno Galindo conoció a grandes artistas como Prince, Bowie o Lou Reed, gracias a su trabajo en la discográfica primero y luego como periodista. «Lo más interesante es el primer caso, porque estabas con el artista todo el tiempo. Y había muchas oportunidades para charlar a solas con ellos», comenta Bruno Galindo.

Tal era la cercanía que el escritor tuvo que sacar a más de un artista resacoso de la cama para ir a una televisión o a una radio. Por ello, no es de extrañar que el libro esté lleno de anécdotas curiosas. Como cuando Lou Reed regresó a Madrid después de 10 años, tras haber jurado no volver a pisar la ciudad porque su anterior concierto había acabado en un caos, con el público tomando el escenario y destrozando todo.

«Me tocó estar a su lado en ese concierto y al tercer tema se fue la luz. Tuvo que salirse del escenario y hubo momentos de gran tensión que solventó con ejercicios de taichí delante de mí. Eso nunca lo olvidaré», ríe. Y las otras mil anécdotas que se guardará para sí por el bien de los afectados.

EL DINERO COMO MOTOR DE LA MÚSICA

A mitad de los 90, y tras haber superado la crisis económica de esa década, el dinero llovía en la industria. Se vendían muchos casetes, vinilos y es el bum de los CD. «Este último formato es muy barato de producir. La traslación del vinilo al CD es un proceso de muy bajo coste y esos CD se están vendiendo a 2.500 pesetas. Es muchísimo dinero», dice Galindo.

Además, hay conciertos todos los días y las grandes giras pasan por España. Y los medios de comunicación también se suman a esta fiesta. «Hay que pensar en la gran cantidad de suplementos culturales que había, de los cuales un 80% estaban dedicados a la música. La radio estaba petada de estos programas, incluso la televisión. Y se pagaba; no con visibilidad, como ahora en muchos sitios».

Una situación que, primero con la piratería y después con internet, se desmembró. Incluso Bruno Galindo se atreve a dar una fecha clave: el 8 de julio de 2006, día en el que se modificaron las leyes para regular la piratería de manera beneficiosa para las empresas de comunicación.

«Acordémonos cuando las tarifas planas se publicitaban como la descarga de contenidos digitales con derechos de autor. Esto era el cebo. Pero no nos engañemos, ¿para qué se querían? En ese momento, la legalidad se puso del lado de las telecomunicaciones y no de los dueños de esos contenidos», resume.

Y TODO SE DESPLOMÓ

Todo se iba enfocando hacia una dirección. Y pequeñas anécdotas ya daban pista de ello. Como que la Fnac, que había sido el referente cultural de los 90, comenzara a vender cafeteras. «Era LA TIENDA de discos, la meca de la música en cuanto a gran superficie», apunta.

Un desplome que supuso también un cambio en ese sentimiento colectivo y en la forma de entender la música, que se convirtió «en algo que está puesto de fondo y que no es capaz de generar leyenda». Por ello, no es raro que el escritor afirme que el rock ya no ofende a nadie, que no es rebelde. «Ahora hay más rebeldía en cierta música urbana. Queda muy atrás la época en la que había contestación y donde te encontrabas pistas de cómo no entrar en lo que la vida y la sociedad tenían preparados para ti».

Con la caída de ingresos, la industria se sumió en la precariedad. Algo que afectó tanto al plano periodístico como al musical. Pero esta falta de recursos ha favorecido en algunos aspectos a las discográficas. Como en el reparto del streaming, labor que realizan ellas y no las entidades de gestión.

«Por otro lado, los gastos de las grandes grabaciones han desaparecido; ahora mismo son pocos los artistas que están meses en estudios. Tampoco hay grandes desembolsos en los lanzamientos ni en las carreras de los artistas. Incluso la relación entre discográficas y músicos no es la misma. Antes decidían cómo se iba a hacer todo y ahora son como compañeros de viaje», apunta.

Todos estos cambios estaban escritos, para el que los pudiera leer, en los posos de los vinilos. Por ello también el libro es una especie de cura de humildad para Bruno Galindo, quien se da cuenta de que la música no estaba cimentada como él creía y a quien estas variaciones le hacen pasar a un segundo plano, a un puesto casi inservible, como esa toma de tierra de los tocadiscos.

«Efectivamente. La toma de tierra es ese cable que hay en la parte de atrás del tocadiscos, que no sabes muy bien para qué está. Así me he sentido yo. En el libro expongo mi propia desorientación cuando sobrevienen determinadas situaciones de las que nos reímos en su momento, pero que nos estaban hablando del futuro de la música. Como cuando me dijeron que escribiera un artículo sobre la descarga de discos. Desde luego, no me enteraba de nada de lo que iba a ocurrir. A toro pasado he podido contar, con sentido del humor, cómo no me estaba enterando de la película», finaliza.

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No hace falta echar mucho la vista atrás. Basta con remover la memoria tres o cuatro décadas. Ese momento en que la música era (o al menos parecía) un modo de vida. Se escuchaba todo el tiempo, hacía caer imperios, o más bien, esos cantantes eran imperios en sí mismos; había trabajo y, sobre todo, en este mundo capitalista, había dinero. Mucho dinero.

Una realidad que parece ya extinguida. Un mundo, el de la música, que en 30 años ha vivido grandes cambios. Basta con fijarse en la transformación de sus modelos de reproducción: vinilo, casete, CD y, ahora, los reproductores online. Una ¿evolución? que ha contado muy bien el periodista y músico Bruno Galindo en su libro Toma de tierra (Libros del KO).

Una obra en la que el periodista ofrece una perspectiva de lo que ha pasado en el mundo de la música en las últimas décadas a partir de un ejercicio de memoria personal y colectiva. Una historia de caídas que ha podido contar desde un punto más carnal porque siempre se ha encontrado en una posición de privilegio en cuanto a música se refiere.

Y es que, desde los finales de los 80, Bruno Galindo ha trabajado en discográficas, como periodista y como músico. Unos empleos en los que ha podido estar muy cerca de los artistas, pero en los que también las ha pasado canutas.

decadencia de la industria musical

LOS BUENOS AÑOS

Esos primeros años, las décadas de los 90 y principios de los 2000, Bruno Galindo los recuerda como vibrantes. «Daba la impresión de que a todo el mundo le gustaba la música de una manera muy apasionada. Algo por lo que merecía la pena ir más allá», sostiene. Y, en el terreno profesional, era un espacio en el que «había medios, muchísima gente trabajando. Y libertad, mucha libertad».

Fue en esos años cuando Bruno Galindo conoció a grandes artistas como Prince, Bowie o Lou Reed, gracias a su trabajo en la discográfica primero y luego como periodista. «Lo más interesante es el primer caso, porque estabas con el artista todo el tiempo. Y había muchas oportunidades para charlar a solas con ellos», comenta Bruno Galindo.

Tal era la cercanía que el escritor tuvo que sacar a más de un artista resacoso de la cama para ir a una televisión o a una radio. Por ello, no es de extrañar que el libro esté lleno de anécdotas curiosas. Como cuando Lou Reed regresó a Madrid después de 10 años, tras haber jurado no volver a pisar la ciudad porque su anterior concierto había acabado en un caos, con el público tomando el escenario y destrozando todo.

«Me tocó estar a su lado en ese concierto y al tercer tema se fue la luz. Tuvo que salirse del escenario y hubo momentos de gran tensión que solventó con ejercicios de taichí delante de mí. Eso nunca lo olvidaré», ríe. Y las otras mil anécdotas que se guardará para sí por el bien de los afectados.

EL DINERO COMO MOTOR DE LA MÚSICA

A mitad de los 90, y tras haber superado la crisis económica de esa década, el dinero llovía en la industria. Se vendían muchos casetes, vinilos y es el bum de los CD. «Este último formato es muy barato de producir. La traslación del vinilo al CD es un proceso de muy bajo coste y esos CD se están vendiendo a 2.500 pesetas. Es muchísimo dinero», dice Galindo.

Además, hay conciertos todos los días y las grandes giras pasan por España. Y los medios de comunicación también se suman a esta fiesta. «Hay que pensar en la gran cantidad de suplementos culturales que había, de los cuales un 80% estaban dedicados a la música. La radio estaba petada de estos programas, incluso la televisión. Y se pagaba; no con visibilidad, como ahora en muchos sitios».

Una situación que, primero con la piratería y después con internet, se desmembró. Incluso Bruno Galindo se atreve a dar una fecha clave: el 8 de julio de 2006, día en el que se modificaron las leyes para regular la piratería de manera beneficiosa para las empresas de comunicación.

«Acordémonos cuando las tarifas planas se publicitaban como la descarga de contenidos digitales con derechos de autor. Esto era el cebo. Pero no nos engañemos, ¿para qué se querían? En ese momento, la legalidad se puso del lado de las telecomunicaciones y no de los dueños de esos contenidos», resume.

Y TODO SE DESPLOMÓ

Todo se iba enfocando hacia una dirección. Y pequeñas anécdotas ya daban pista de ello. Como que la Fnac, que había sido el referente cultural de los 90, comenzara a vender cafeteras. «Era LA TIENDA de discos, la meca de la música en cuanto a gran superficie», apunta.

Un desplome que supuso también un cambio en ese sentimiento colectivo y en la forma de entender la música, que se convirtió «en algo que está puesto de fondo y que no es capaz de generar leyenda». Por ello, no es raro que el escritor afirme que el rock ya no ofende a nadie, que no es rebelde. «Ahora hay más rebeldía en cierta música urbana. Queda muy atrás la época en la que había contestación y donde te encontrabas pistas de cómo no entrar en lo que la vida y la sociedad tenían preparados para ti».

Con la caída de ingresos, la industria se sumió en la precariedad. Algo que afectó tanto al plano periodístico como al musical. Pero esta falta de recursos ha favorecido en algunos aspectos a las discográficas. Como en el reparto del streaming, labor que realizan ellas y no las entidades de gestión.

«Por otro lado, los gastos de las grandes grabaciones han desaparecido; ahora mismo son pocos los artistas que están meses en estudios. Tampoco hay grandes desembolsos en los lanzamientos ni en las carreras de los artistas. Incluso la relación entre discográficas y músicos no es la misma. Antes decidían cómo se iba a hacer todo y ahora son como compañeros de viaje», apunta.

Todos estos cambios estaban escritos, para el que los pudiera leer, en los posos de los vinilos. Por ello también el libro es una especie de cura de humildad para Bruno Galindo, quien se da cuenta de que la música no estaba cimentada como él creía y a quien estas variaciones le hacen pasar a un segundo plano, a un puesto casi inservible, como esa toma de tierra de los tocadiscos.

«Efectivamente. La toma de tierra es ese cable que hay en la parte de atrás del tocadiscos, que no sabes muy bien para qué está. Así me he sentido yo. En el libro expongo mi propia desorientación cuando sobrevienen determinadas situaciones de las que nos reímos en su momento, pero que nos estaban hablando del futuro de la música. Como cuando me dijeron que escribiera un artículo sobre la descarga de discos. Desde luego, no me enteraba de nada de lo que iba a ocurrir. A toro pasado he podido contar, con sentido del humor, cómo no me estaba enterando de la película», finaliza.

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