3 de agosto 2021    /   BUSINESS
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El bikini, la explosión nuclear que sacudió la moda y la sociedad del siglo XX

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Corría el mes de julio de 1946 cuando se detonó una bomba atómica en el atolón Bikini para estudiar su efecto en los barcos militares.

Y también era julio de 1946 cuando Micheline Bernardini, stripper del Casino de París, desfiló por primera vez con un escandaloso bikini —ninguna modelo estaba dispuesta a lucir una prenda que cubría tan poco— en un concurso de belleza que tuvo lugar en la icónica piscina Molitor.

El lanzamiento del bikini fue como una explosión, y su onda expansiva empujó de repente a hombres de todo el mundo a tomar lápiz y papel y escribir cartas de felicitación y, al menos, un centenar de propuestas de matrimonio a Micheline Bernardini.

historia del bikini
El primer bikini. París, 1946. Flickr con licencia CC

El bañador más pequeño jamás concebido hasta entonces fue obra de Louis Réard, un exingeniero automovilístico que había dejado su trabajo para dedicarse a la tienda de lencería que heredó de su madre. ¿Pero qué fue lo que encendió la mecha de la idea original y le llevó a diseñar la atrevida creación?

Por lo visto, Réard era un habitual de las playas de Saint-Tropez, y allí se había fijado en cómo las mujeres que tomaban el sol se enrollaban los bordes de sus trajes de baño para intentar conseguir un bronceado más uniforme. Y también parece ser que a Réard le llamó la atención el Atome, un traje de baño presentado por otro diseñador, Jacques Heim, cuyo nombre ponía el énfasis en su reducido tamaño: fue el primer traje de dos piezas anunciado como el traje de baño más pequeño del mundo.

Fotografía: Aulo Bernini (1950). Flickr con licencia CC

La creación de Heim era ceñida para los estándares de la época, pero aún cubría el ombligo, el centro del mundo, del eros y la feminidad. Réard decidió reinterpretar esa prenda y crear algo aún más atrevido. Et voilà: cuatro triángulos de tela estampada con un motivo inspirado en la portada de un periódico, porque su creación se merecía los titulares escandalizados de los diarios más importantes del mundo. Y, por si fuera poco, hizo volar avionetas por el cielo con unas pancartas en las que se podía leer el eslogan Plus petit que le maillot de bain le plus petit au monde, es decir Más pequeño que el bañador más pequeño del mundo

El bikini que lució la soubrette Micheline Bernardini le quedaba de maravilla, pero era demasiado atrevido para la época —el Vaticano se opuso con dureza, lo calificó de pecaminoso e inmoral, y se prohibió su uso en España, Portugal, Italia, Bélgica y Australia—, y durante casi una década no consiguió entrar en los armarios femeninos.

Pero, de repente, apareció un nuevo icono, Brigitte Bardot. Bella y sensual, con ella las cosas empezaron a cambiar. Brigitte Bardot lució un atrevido bikini en la gran pantalla en la película Y Dios creó a la mujer (1956), film que supuso el lanzamiento definitivo de tres mitos: el de Saint-Tropez —lugar que se convertiría en el emblema de la Costa Azul—, el de Brigitte Bardot y el del bikini. Sí, porque quizás si ella no se lo hubiera puesto, tal vez nadie habría hablado de aquella diminuta prenda.

De repente, todas las divas del cine comenzaron a llevar bikinis. Un bombardeo de imágenes en toda regla, un aumento exponencial de las apariciones en la gran pantalla y en la televisión que fue acompañado por las notas pegadizas y martilleantes del éxito de ese verano: Itsy Bitsy Teenie Weenie Yellow Polkadot Bikini, de Brian Hyland.

El icónico dos piezas se convirtió en un símbolo de la cultura pop y de la revolución sexual de la década de 1960, apareció en las portadas de revistas como Playboy y Sport Illustrated y cuando la empresa de Réard cerró en 1988, el bikini se había tomado su revancha, convirtiéndose en el modelo de traje de baño más vendido en Estados Unidos.

El bikini, la première bombe anatomique, creación explosiva y provocación lanzada por un sastre junto a la icónica piscina Molitor, logró abrirse camino, a pesar de las polémicas, de las quejas y de la censura. Y, poco a poco, consiguió eclipsar a ese atolón y a las infames pruebas nucleares estadounidenses.

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Corría el mes de julio de 1946 cuando se detonó una bomba atómica en el atolón Bikini para estudiar su efecto en los barcos militares.

Y también era julio de 1946 cuando Micheline Bernardini, stripper del Casino de París, desfiló por primera vez con un escandaloso bikini —ninguna modelo estaba dispuesta a lucir una prenda que cubría tan poco— en un concurso de belleza que tuvo lugar en la icónica piscina Molitor.

El lanzamiento del bikini fue como una explosión, y su onda expansiva empujó de repente a hombres de todo el mundo a tomar lápiz y papel y escribir cartas de felicitación y, al menos, un centenar de propuestas de matrimonio a Micheline Bernardini.

historia del bikini
El primer bikini. París, 1946. Flickr con licencia CC

El bañador más pequeño jamás concebido hasta entonces fue obra de Louis Réard, un exingeniero automovilístico que había dejado su trabajo para dedicarse a la tienda de lencería que heredó de su madre. ¿Pero qué fue lo que encendió la mecha de la idea original y le llevó a diseñar la atrevida creación?

Por lo visto, Réard era un habitual de las playas de Saint-Tropez, y allí se había fijado en cómo las mujeres que tomaban el sol se enrollaban los bordes de sus trajes de baño para intentar conseguir un bronceado más uniforme. Y también parece ser que a Réard le llamó la atención el Atome, un traje de baño presentado por otro diseñador, Jacques Heim, cuyo nombre ponía el énfasis en su reducido tamaño: fue el primer traje de dos piezas anunciado como el traje de baño más pequeño del mundo.

Fotografía: Aulo Bernini (1950). Flickr con licencia CC

La creación de Heim era ceñida para los estándares de la época, pero aún cubría el ombligo, el centro del mundo, del eros y la feminidad. Réard decidió reinterpretar esa prenda y crear algo aún más atrevido. Et voilà: cuatro triángulos de tela estampada con un motivo inspirado en la portada de un periódico, porque su creación se merecía los titulares escandalizados de los diarios más importantes del mundo. Y, por si fuera poco, hizo volar avionetas por el cielo con unas pancartas en las que se podía leer el eslogan Plus petit que le maillot de bain le plus petit au monde, es decir Más pequeño que el bañador más pequeño del mundo

El bikini que lució la soubrette Micheline Bernardini le quedaba de maravilla, pero era demasiado atrevido para la época —el Vaticano se opuso con dureza, lo calificó de pecaminoso e inmoral, y se prohibió su uso en España, Portugal, Italia, Bélgica y Australia—, y durante casi una década no consiguió entrar en los armarios femeninos.

Pero, de repente, apareció un nuevo icono, Brigitte Bardot. Bella y sensual, con ella las cosas empezaron a cambiar. Brigitte Bardot lució un atrevido bikini en la gran pantalla en la película Y Dios creó a la mujer (1956), film que supuso el lanzamiento definitivo de tres mitos: el de Saint-Tropez —lugar que se convertiría en el emblema de la Costa Azul—, el de Brigitte Bardot y el del bikini. Sí, porque quizás si ella no se lo hubiera puesto, tal vez nadie habría hablado de aquella diminuta prenda.

De repente, todas las divas del cine comenzaron a llevar bikinis. Un bombardeo de imágenes en toda regla, un aumento exponencial de las apariciones en la gran pantalla y en la televisión que fue acompañado por las notas pegadizas y martilleantes del éxito de ese verano: Itsy Bitsy Teenie Weenie Yellow Polkadot Bikini, de Brian Hyland.

El icónico dos piezas se convirtió en un símbolo de la cultura pop y de la revolución sexual de la década de 1960, apareció en las portadas de revistas como Playboy y Sport Illustrated y cuando la empresa de Réard cerró en 1988, el bikini se había tomado su revancha, convirtiéndose en el modelo de traje de baño más vendido en Estados Unidos.

El bikini, la première bombe anatomique, creación explosiva y provocación lanzada por un sastre junto a la icónica piscina Molitor, logró abrirse camino, a pesar de las polémicas, de las quejas y de la censura. Y, poco a poco, consiguió eclipsar a ese atolón y a las infames pruebas nucleares estadounidenses.

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