8 de junio 2021    /   BUSINESS
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El último modelo de iPhone en el bolsillo y un sistema educativo del siglo pasado en las aulas

El modelo educativo español no ha variado en los últimos 50 años. Hablamos con profesionales de la educación sobre los cambios que necesita la enseñanza en España

8 de junio 2021    /   BUSINESS     por          
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Busquemos en internet la imagen de un aula. ¿Qué vemos? Una pizarra junto a la que se sitúa la mesa del profesor. De frente, los pupitres en los que se sentarán los alumnos. La misma distribución que tenían las clases en las que nosotros estudiamos y que las que pisaron nuestros padres. Quizá ahora se hayan cambiado los libros y cuadernos por las tablets, y las tizas y los encerados por las pizarras digitales, pero en lo fundamental, todo sigue igual. No solo físicamente, también —y esto es más grave— la manera de enseñar.

Pilu Hernández Dopico, maestra de primaria y de educación especial y CEO de El pupitre de Pilu, denuncia que la educación no ha variado en los últimos 50 años. «La forma de enseñar debería cambiar. Las asignaturas en infantil y en primaria no se han renovado. Se sigue enseñando como me enseñaron a mí y, a su vez, como enseñaron a mis padres. Es algo palpable, el mundo ha cambiado vertiginosamente, pero esta evolución, por desgracia, no ha traspasado los muros de los centros educativos».

LA PESCADILLA QUE SE MUERDE LA COLA

El cambio, afirma Hernández Dopico, debería empezar en las propias facultades de Magisterio, y no es la única profesional de la enseñanza que piensa lo mismo. Si no se empieza por aplicar esos cambios ahí, difícilmente va a cambiar nada después. Pero por dónde habría que empezar. La pregunta es compleja y la solución lo es más aún.

En la comparación con otros sistemas educativos europeos, el español siempre sale muy mal parado, en especial si lo comparamos con el que suele ponerse como paradigma: el de Finlandia. Allí, la de Magisterio es una de las carreras no solo mejor valoradas por la sociedad, sino con un acceso más difícil. En España, por el contrario, se suele afirmar que en la docencia acaban los que no dan para más y no los realmente válidos, aunque no sea así. Quizá habría que empezar por cambiar esa visión.

sistema educativo español

Falta vocación y esa, para Pilu Hernández Dopico, debería ser la primera condición indispensable para permitir el acceso a Magisterio.

«El que no tenga vocación, fuera. Sí se pide una nota cada vez más alta, aunque yo prefiero personas con algo menos de nota, pero que sean vocacionales; y que tengan mano con los niños».

Sin embargo, la vocación es difícil de medir. Por eso se habla desde hace años de establecer el llamado MIR educativo, similar al que ya funciona en el caso de los estudiantes de Medicina, algo con lo que Hernández Dopico también se muestra de acuerdo. Aunque ella va todavía más lejos.

«Primero, debe hacerse un psicotécnico, evidentemente, para cortar ahí un poco, y luego debe haber también, según lo pasas, otra prueba, que es básica, de cultura general. Esto es algo que ya se hace en la Comunidad de Madrid y se ve que es una prueba de corte, porque la verdad es que ahí se queda mucha gente. Para maestros, estamos hablando, como mucho, de un nivel de 4º de la ESO. Si somos maestros, qué menos que hacer una prueba de cultura general. Y una vez que superen eso, sí que podrían entrar con unas prácticas remuneradas, por supuesto, como hacen los médicos. Estar así un año o dos, y luego ya poder acceder a la especialidad, por ejemplo. Esa sería una salida, no que todos los maestros puedan dar todo, sino que nos especialicemos cada uno en materias y las demos bien».

Pero el punto en el que coinciden la mayoría de los docentes es que en Magisterio sobra mucha teoría y faltan muchas horas prácticas. «Yo me encuentro en El pupitre de Pilu, que trabajamos con los opositores que luego ocuparán la plaza [de maestros], con que no saben ni tratar a un alumno con necesidades específicas de apoyo educativo», comenta Pilu Hernández. Para ella, lo ideal sería que se asistiera a la facultad un día a la semana y los otros cuatro se trabajara en un aula. «Y así, también, podríamos reducir ratio y tener más apoyo en los centros públicos, más recursos. Sería una salida».

«El problema principal de la formación inicial del Magisterio es el prestigio social que tiene la propia profesión»

Ana Hernández, jefa de estudios en el IES Julio Verne de Leganés (Madrid) y secretaria general de la asociación Mejora tu Escuela Pública, tiene una opinión parecida. «A los universitarios les falta formación práctica. Yo doy charlas en el máster de posgrado en las que les explico cómo ser tutor de una clase, porque muchos llegan a los institutos recién graduados, les ponen de tutores y no saben qué tienen que hacer ni nadie se lo cuenta. Ayuda mucho que alguien, desde dentro, te venga a contar. Debería haber más tiempo de contacto con los centros, no sé si a modo de prácticas. Sí notas que en el año y pico que les lleva hacer el máster solo tienen estas charlas al final, a modo de pinceladas, y son gente que en unos meses van a estar en un centro. Es bueno darles herramientas para que conozcan cómo funciona un centro, qué hacer cuando tienes un alumno de necesidades especiales, qué hacer si te toca ser tutor…».

«El problema principal de la formación inicial del Magisterio es el prestigio social que tiene la propia profesión», opina Aida Valero, presidenta de la Asociación Pro-Colegio Oficial de Pedagogía y Psicopedagogía de la Comunidad de Madrid (PROCOLPED). «Existe una desvalorización de la profesión docente que se extrapola a la universidad. Se piensa que el camino para ser profesor es sencillo. Y lo peor es que, en la mayoría de las ocasiones, lo es. Aquí es donde las facultades deberían hacer autocrítica y revisar sus planes de estudio».

Según su análisis, esa facilidad de acceso provoca que el número de estudiantes que optan por las facultades de educación sea bastante elevado, así como el de egresados. «Ante esta situación, deberíamos, por un lado, hacer algún tipo de selección previa al acceso a los estudios de Magisterio. Algo que ya se hace en otros países o en distintas disciplinas. Esta selección ayudaría a elegir a las personas que tienen mejores disposiciones para desempeñar la profesión. Por otro lado, deberíamos definir exactamente qué es lo que se espera de una persona que decide dedicarse a la carrera docente. Actualmente el perfil es un tanto difuso, hay cierto desequilibrio entre los aprendizajes estipulados en cada asignatura. Necesitamos, otra vez, más unidad. Mayor cooperación para ir todos hacia la misma dirección.

¿POR DÓNDE DEBEN EMPEZAR LOS CAMBIOS EN EL SISTEMA EDUCATIVO ESPAÑOL?

He ahí la gran cuestión. Pilu Hernández Dopico cree que habría que comenzar por «las aulas, en el propio trato a los alumnos». Pero para la presidenta de PROCOLPED, antes deberían atenderse las cuestiones logísticas. «Y para ello, se necesita una mayor inversión. Habría que reducir las ratios, aumentar el número de docentes por aula, dar más recursos a la educación pública…».

Para Valero, en ese cambio deben ser pieza fundamental los maestros y maestras. Empezando por su formación, como se ha comentado arriba, y terminando por su desarrollo profesional. «Necesitamos revalorizar el Magisterio, y para ello no podemos admitir que cualquier persona es válida para realizar esa labor. También deberíamos mimar un poco más a nuestro profesorado. Por lo general, se cree que trabajan poco y viven muy bien. Pero nada más lejos de la realidad. La tarea docente es muy demandante y está llena de trabajo administrativo que les quita mucho tiempo para centrarse en sus clases. Además, el sistema de promoción a lo largo de la carrera es realmente lento. ¿Cómo vamos a esperar que cuiden a nuestros niños y niñas si no les cuidamos cómo se merecen?».

Por último, continúa Aida Valero, «sería muy positivo que la sociedad (en todas sus formas: familias, comunidad educativa, políticos, etc.) colaborase en esta tarea. Que fuera consciente de la importancia de la educación para el desarrollo de las personas y la sociedad. Que confiase en aquellos y aquellas que más saben sobre educación… Y que remáramos todos hacia una misma dirección. Hace falta más cooperación».

Y en ese sentido, dice Pilu Hernández, sería positivo que se dictara, de una vez por todas, una única ley de educación, consensuada y acordada por todos esos elementos sociales que mencionaba Valero. Que no dependiera, en definitiva, del color del partido que ocupe el gobierno de turno. «Deberían sentarse, que vean que esto no es de un partido político concreto, que la educación es el futuro de la sociedad. Deben sentarse los partidos políticos y toda la comunidad educativa: familias, profesores, maestros… hasta dar con algo que tenga vigor durante años. Debemos olvidarnos de los colores, en especial, los políticos».

sistema educativo español

NO TODO ES MALO

A pesar de los muchos cambios a los que debería someterse la educación en España, Aida Valero prefiere no dejarse llevar por el catastrofismo. Con todos sus defectos, también hay cosas positivas en nuestro modelo educativo actual.

La alta tasa de escolarización es una de ellas. «Es una buena noticia, no solo a nivel de los aprendizajes más puramente académicos, sino porque los centros educativos son también lugares para la socialización, para la afectividad, los valores, etc.».

Esa elevada tasa de escolarización denota también otra cosa positiva: el acceso a la educación de manera pública y gratuita, independientemente de dónde se haya nacido. «Aunque es cierto que existen diferencias de centros en función del nivel socioeconómico de las familias y del entorno, nuestro sistema educativo pone muchos recursos en que estas diferencias sean lo más pequeñas posibles», explica Valero. «El objetivo es dar al alumnado las mismas oportunidades, asegurando el principio de equidad».

La consecuencia de todo esto es el alto porcentaje de estudiantes universitarios en España. Antes, comenta la presidenta de PROCOLPED, solo accedía a la educación universitaria un perfil muy reducido de personas. Ahora, la diversidad es enorme y las oportunidades educativas son, en definitiva, mayores.

«Cuando se comparan los resultados educativos de España con los de otros países de la UE solemos salir perdiendo. Pero no solemos pensar que, comparado con de dónde venimos, la mejora ha sido muy significativa»

«En tercer lugar, hay que destacar que el nivel educativo de la población española ha dado un gran salto cualitativo en los últimos años. No podemos olvidar que hace aproximadamente 50 años, el porcentaje de analfabetismo era muy alto. Y que, en un periodo muy corto de tiempo, hemos mejorado mucho. Cuando se comparan los resultados educativos de España con los de otros países de la UE solemos salir perdiendo. Pero no solemos pensar que, comparado con de dónde venimos, la mejora ha sido muy significativa», alega Valero.

«Por último, otro de nuestros puntos fuertes es la capacidad de inclusión de los colectivos vulnerables a nuestro sistema educativo». Ese esfuerzo se ha visto especialmente en los últimos años con los hijos e hijas de inmigrantes y el empeño en que tuvieran las mismas oportunidades educativas que los niños españoles. «Hoy las escuelas son entornos plurales, donde prima el respeto por la diversidad».

¿DÓNDE QUEDA LA EDUCACIÓN ESPECIAL EN TODO ESTO?

Una de las polémicas que ha traído la reciente Ley Celáa de Educación tiene que ver con las reformas que la ministra quiere hacer en la educación especial.

Este tipo de educación ha sido siempre una de las grandes olvidadas en nuestro país. De hecho, comenta Pilu Hernández, profesora ella misma de educación especial, solo parece interesarnos cuando tenemos un hijo o un familiar cercano afectado con alguna discapacidad o dificultad educativa. Y no se hace nada a nivel institucional para favorecerla a no ser que el político que legisle en ese momento tenga un hijo plurideficiente. La CEO de El pupitre de Pilu cree que estas personas responsables de legislar y gobernar deberían empezar por visitar los centros de educación especial, «que vean los tipos de niños que hay y luego que empiecen a hablar».

Aunque también asegura que la educación especial ha evolucionado y mucho en España, en especial de 30 años a esta parte. «Antes estaban los colegios de educación especial, con niños con síndrome de Down, y los niños plurideficientes estaban en su casa. Y hoy los niños con síndrome de Down están en los coles ordinarios y los plurideficientes, en los coles de educación especial. Pero no hacen más que hablar de inclusión, inclusión, inclusión, y la inclusión no existe, es una entelequia filosófica. No la enseñan en las facultades, y en los colegios existe integración, pero inclusión como tal no».

Pero ¿qué entendemos por integración y qué por inclusión?

Hablamos de integración cuando un profesor terapéutico (PT) o de audición y lenguaje saca al niño con alguna de esas necesidades especiales fuera del aula y trabaja con él reforzándole en lo que necesita. Mientras que inclusión sería que un especialista trabaje en coordinación con el tutor para amoldar esos contenidos al nivel del niño afectado, pero dentro del aula y con toda la clase. «Tampoco me pongo al lado del niño y le trabajo todo con una ficha, porque estaríamos hablando de integración, sino que es un trabajo mucho mayor. Ahí hay que hablar ya de metodologías activas, de aprendizaje cooperativo, de aprendizaje basado en proyectos…».

Pero ¿realmente se puede educar en el mismo lugar a niños con necesidades tan específicas, como los casos más graves de autismo o de otros síndromes como el de Down? Desde luego, los padres de estos niños se niegan rotundamente a la desaparición de estos centros de educación especial.

«Tenemos que tener una cosa clara. Los niños que están en los centros de educación especial no están ahí por su autismo o por su síndrome de Down o por su parálisis cerebral; están por la discapacidad intelectual que va asociada, y suele ser severa», aclara Hernández Dopico.

«Los centros de educación especial son necesarios y básicos porque allí los niños son felices»

Para esta profesora de educación especial, niños y niñas con una capacidad intelectual leve pueden estar integrados en un centro ordinario, como mínimo, hasta 6º de Primaria. «Probablemente acaben en un centro específico, pero, al menos, sí que van a tener una socialización y un proceso de adaptación que les va a enriquecer. Y acabarán en un centro de educación especial porque la pena es que no hay especialistas en los institutos para este tipo de alumnado», denuncia.

«Los centros de educación especial son necesarios y básicos porque allí los niños son felices. En estos centros atendemos a sus necesidades y lo que trabajamos es que el niño se comunique, que atienda pautas de la vida cotidiana, otras cosas que para nosotros son muy básicas, pero para ellos representan mucho». Tanto como la diferencia entre ser más independientes y valerse por sí mismos o depender absolutamente de sus familias durante toda su vida.

«Por eso son necesarios y no deberían desaparecer, como se está diciendo. Pero yo creo que la Ley Celáa, en este caso, no quiere que desaparezcan. Lo que sí que quiere es que la mayor parte de niños que hoy están en centros de educación especial acaben en centros ordinarios, que también es una barbaridad. Que eso está muy bien, pero hoy en día los institutos de educación secundaria no están preparados para albergar a este tipo de niños con una discapacidad moderada. Porque entonces estaríamos hablando de integración, ya que lo que harían en los institutos es lo que hay en muchos colegios ordinarios, unas aulas específicas donde al final esos niños no están relacionándose con el resto. Y eso sí que es segregar en toda regla».

 ¿EXISTE ALGÚN MÉTODO DE ENSEÑANZA PERFECTO?

Una de las cuestiones que se plantean muchos padres cuando llega el momento de escolarizar a sus hijos es el tipo de enseñanza que quieren para ellos. Y no nos referimos a la opción de un colegio público o uno privado o concertado, sino a cómo se les va a enseñar.

En la cabeza de todos se barajan nombres de métodos como Montessori, Waldorf, Reggio Emilia… Métodos con fama de ser eficaces y con los que se alcanza más éxito escolar, pero ¿hay alguno que sea infalible? Para ello sería imprescindible que ese hipotético sistema perfecto lo fuera para todo el alumnado, que comprendiera y atendiera la enorme variedad de personas que representan los alumnos, con sus distintos intereses, necesidades y destrezas. Y es esa diversidad precisamente, en opinión de Aida Valero, la que imposibilita que un mismo método sea valioso para todos por igual.

«No hay un método perfecto, pero, a estas alturas, sabemos que hay algunas prácticas que son mejores que otras. Por ejemplo, con respecto a la diversidad que comentaba, sabemos que la mejor metodología es aquella que es capaz de llegar a más personas, de atender mejor a la diversidad. También sabemos que el aprendizaje es social, que la emoción o el movimiento ayudan. Tenemos evidencias sobre la efectividad de los grupos cooperativos, del flipped classroom… Y debemos apoyarnos en ellas para tratar de llegar al máximo número de estudiantes posible».

El problema, afirma, es que a pesar de esos indicios sobre lo que funciona y lo que no, de nada sirven si no tenemos recursos suficientes para llevarlo a cabo. Y ahí está el tema, en los recursos, ya sean personales o materiales. «Se habla mucho de las escuelas Montessori o Waldorf, pero no podemos olvidar que son escuelas privadas a las que asisten niños y niñas que tienen unas condiciones económicas y familiares muy favorables. Esto es algo que hay que tener en cuenta».

«Finalmente, el problema también es de base, del planteamiento educativo que consideremos más apropiado», concluye Valero. «¿Tenemos claro qué es la educación y en qué debería consistir? No es lo mismo pensar que la educación consiste en una simple transmisión de información que en algo más. Por ejemplo, en el desarrollo integral de una persona para que llegue a formar parte de una sociedad global. No podemos establecer las coordenadas si no sabemos hacia dónde nos dirigimos. De cuál sea el horizonte dependerá el día a día de un aula».

¿HACIA DÓNDE DEBE ENCAMINARSE, ENTONCES, EL SISTEMA EDUCATIVO EN ESPAÑA?

 De nuevo, una cuestión difícil de responder, porque una cosa es la teoría y otra la práctica. «A nivel teórico, parece que tenemos las ideas bastante claras. La educación ha de dirigirse hacia el desarrollo equilibrado de la persona, atendiendo a todas sus dimensiones (afectiva, social, ética, física…), y orientándola hacia la convivencia en una sociedad plural. Ahora bien, este es el fin, y otra cosa son los medios», opina Aida Valero.

«Aquí es donde suele haber discrepancias, si bien es cierto que también tenemos más puntos en común de lo que pensamos. Por ejemplo, solemos coincidir en que conviene dejar atrás el tradicionalismo, que la escuela no es una fábrica de producción donde todas las piezas son iguales, que hay que dejar atrás la era industrial, los métodos basados en el autoritarismo, etc. Es entonces cuando tratamos de cambiar de dirección y a veces nos pasamos de rosca. Por ejemplo, con el uso desmesurado de las nuevas tecnologías, con la supremacía de las metodologías (cuanto más activas mejor) ante los contenidos… Y ello también genera problemas.

¿Hacia dónde debería dirigirse la enseñanza? Bueno, quizás hacia un punto medio, cree la presidenta de PROCOLPED, aprovechando los puntos fuertes de cada metodología. «Es tan malo criminalizar lo tradicional como venerar lo innovador. Lo importante es el fin, tener presente que lo que queremos es contribuir al desarrollo pleno de la persona. Y apoyarnos en la información que nos ofrece la evidencia científica para arrojar algo de luz en la difícil tarea de educar».

‘PROFESORES Y AULAS DE PUERTAS ABIERTAS’, EL INNOVADOR PROYECTO EDUCATIVO DEL IES JULIO VERNE EN LEGANÉS

Las buenas ideas suelen llegar, dicen, por casualidad. Y puede que sea cierto porque fue la casualidad la que hizo que una mañana, mientras Ana Hernández, profesora de Arte y jefa de estudios en el instituto de educación secundaria Julio Verne de Leganés (Madrid), impartía su clase sobre el siglo XIX y las pinturas negras de Goya, escuchó en el aula contigua a su compañera, profesora de Historia, hablar también sobre ese mismo siglo, pero desde el punto de vista de la arquitectura. Al terminar, cuando se reencontraron en la sala de profesores, Ana explicó lo ocurrido a su compañera y bromearon sobre el asunto. «Si las dos estamos hablando del mismo siglo, aunque desde puntos de vista diferentes, deberíamos dar la clase juntas algún día».

Pero la broma prendió mecha en la mente inquieta de esta jefa de estudios y siguió dándole vueltas a aquella ocurrencia para ver cómo podía hacerla realidad.

A ese proyecto lo bautizaron como Profesores y aulas de puertas abiertas y lo pusieron en marcha en 2017. «Lo que hicimos varios profesores fue ponernos de acuerdo para dar la clase de todas las asignaturas, todo el profesorado y con todos los grupos a la vez. Dábamos clase de música, de inglés, de biología y geología, de historia, de educación física, de lengua castellana y de dibujo», explica Hernández. «Troceamos todos los contenidos de todas las asignaturas e hicimos una programación que duraba todo el curso. Todos los contenidos se mezclaban. Como hilo argumental, como raíz, utilizamos la Historia y a partir de ahí, se explicaba el resto de asignaturas».

Empezaron con 4º de la ESO y al año siguiente lo implantaron también en 3º. Su intención, tras el parón de la pandemia, es extenderlo también a 2º de la ESO en el próximo curso.

Para organizarse, dividieron a los alumnos en diferentes grupos que iban rotando. Una vez que se daba la clase teórica, como si fuera un panóptico en el que se relacionaba el arte con la biología, la educación física con la literatura… se establecían actividades diferentes para cada uno de esos grupos. Esta nueva forma de impartir las clases obligaba también a cambiar también el sistema de evaluación. Y, sobre todo, obligó a alumnos, y en especial a profesores, a cambiar de mentalidad ya que era la primera vez, fundamentalmente para estos últimos, que trabajaban en equipo de verdad.

«Si en la vida todo se entiende y todo surge de forma conectada, por qué lo desconectamos luego en la escuela»

«Nosotros siempre estamos intentando fomentar en nuestros alumnos que trabajen en equipo, pero luego no nos ven trabajar en equipo a nosotros, con lo cual creo que es una falacia. Cómo les vas a enseñar a trabajar en equipo si ven que suena el timbre, entra un profe, habla solo él, suena el timbre, sale y entra otro… Los chicos y las chicas no solo aprenden con lo que les cuentas que tienen que hacer, sino por lo que ven que haces. Hay que predicar con el ejemplo. Al trabajar de esta manera, ellos ven que estás continuamente construyendo conocimiento. Y porque, además, en la vida, las cosas no tienen esos tabiques».

sistema educativo español
Una de las clases impartidas en el proyecto ‘Profesores y aulas de puertas abiertas’. Fotografía cedida por el IES Julio Verne de Leganés (Madrid)

Sorprendentemente, el experimento funcionó y lo hizo muy bien. Ese primer año se disparó el porcentaje de aprobados, para empezar, y los chicos acudían a las clases mucho más motivados. También provocó un cambio de organización interno, ya que hubo que adaptar el horario de los profesores implicados. «Los alumnos decían que así las cosas se recuerdan mejor. Y yo creo que no tenía que ver con recordar mejor, es que ahora entienden, comprenden lo que han estudiado. Y como lo has comprendido, lo recuerdas siempre. Lo has hecho tuyo».

«A mí, como profe, me parece maravilloso porque aprendo muchísimo, porque contextualizo muchísimo y porque aprendo muchas cosas, y a ellos les ayudas a entender que todo tiene un por qué, que las cosas no ocurren porque sí. Y que lo que a priori puede parecer una temporización de una unidad didáctica (yo doy el Renacimiento en enero, pero mi compañera lo da en octubre, y otro lo da al año siguiente…), al final se entienden cachitos de cosas pero todas inconexas. ¿Qué ocurre cuando conectas cosas? Pues que al conectar también les estás ayudando a que, día a día, proyecten el día de mañana, su forma de pensar, que todo obedece a algo. Que la política no se puede separar de la economía, ni de la educación, ni de la filosofía, ni del arte… Y que el arte no ocurre porque sí, sino como respuesta a una cosa que está pasando… Si en la vida todo se entiende y todo surge de forma conectada, por qué lo desconectamos luego en la escuela».

Trabajar así, cuenta Ana Hernández, te obliga a cambiar la mente y a cambiar los muebles. Esto último, en un sentido literal. La disposición de las aulas no puede seguir siendo la misma, la tradicional. «El primer año ya tiramos el tabique de un aula», recuerda. Y esa eliminación de tabiques físicos se correspondió también con el derribo de tabiques mentales. «Esto supone un cambio de estructura de cabeza. Si rompemos la estructura de las asignaturas también tenemos que romper las estructuras físicas».

El proyecto funcionó, también, porque se consiguió aprovechar el capital cultural del profesorado. Por el Julio Verne, pone como ejemplo su jefa de estudios, han pasado profesores que eran ingenieros, químicos, escritoras, arquitectas, artistas e incluso un seleccionador para los Juegos Olímpicos. «Si hablas a los chicos de los Juegos Olímpicos, cómo surgen, etc., cómo no vas a contar a tus alumnos tu experiencia como seleccionador. Eso te hace verlo desde un punto de vista diferente y eso es lo que marca la diferencia», afirma Hernández. Además, asegura, es un proyecto que ayuda mucho a la atención a la diversidad porque ayuda a romper etiquetas

Profesores y aulas de puertas abiertas ha ganado ya varios premios de educación, entre ellos el Premio Grandes Profes de Atresmedia, como la mejor práctica que tiene que ver con la integración e innovación educativa.

«Esto es fruto de una revolución a nivel estructural de qué quieres para tu escuela. Esto es fruto de una necesidad de cambiar las cosas, la arquitectura viene después. Pero no cambiarlas porque sí, sino con un objetivo», resume Ana Hernández. «Si algo no funciona, hay que cambiarlo. Pero sin experimentos, que aquí hay alumnos que tienen que promocionar y esto es serio. Aunque sí introduciendo pequeñas estrategias que tú crees que pueden ir encaminadas a que los alumnos se enganchen mejor a las clases, a que comprendan mejor».

Y concluye: «Otra educación es posible, pero sin artificios, sin colorinchis, sino una cosa seria. El conocimiento es fundamental».

Busquemos en internet la imagen de un aula. ¿Qué vemos? Una pizarra junto a la que se sitúa la mesa del profesor. De frente, los pupitres en los que se sentarán los alumnos. La misma distribución que tenían las clases en las que nosotros estudiamos y que las que pisaron nuestros padres. Quizá ahora se hayan cambiado los libros y cuadernos por las tablets, y las tizas y los encerados por las pizarras digitales, pero en lo fundamental, todo sigue igual. No solo físicamente, también —y esto es más grave— la manera de enseñar.

Pilu Hernández Dopico, maestra de primaria y de educación especial y CEO de El pupitre de Pilu, denuncia que la educación no ha variado en los últimos 50 años. «La forma de enseñar debería cambiar. Las asignaturas en infantil y en primaria no se han renovado. Se sigue enseñando como me enseñaron a mí y, a su vez, como enseñaron a mis padres. Es algo palpable, el mundo ha cambiado vertiginosamente, pero esta evolución, por desgracia, no ha traspasado los muros de los centros educativos».

LA PESCADILLA QUE SE MUERDE LA COLA

El cambio, afirma Hernández Dopico, debería empezar en las propias facultades de Magisterio, y no es la única profesional de la enseñanza que piensa lo mismo. Si no se empieza por aplicar esos cambios ahí, difícilmente va a cambiar nada después. Pero por dónde habría que empezar. La pregunta es compleja y la solución lo es más aún.

En la comparación con otros sistemas educativos europeos, el español siempre sale muy mal parado, en especial si lo comparamos con el que suele ponerse como paradigma: el de Finlandia. Allí, la de Magisterio es una de las carreras no solo mejor valoradas por la sociedad, sino con un acceso más difícil. En España, por el contrario, se suele afirmar que en la docencia acaban los que no dan para más y no los realmente válidos, aunque no sea así. Quizá habría que empezar por cambiar esa visión.

sistema educativo español

Falta vocación y esa, para Pilu Hernández Dopico, debería ser la primera condición indispensable para permitir el acceso a Magisterio.

«El que no tenga vocación, fuera. Sí se pide una nota cada vez más alta, aunque yo prefiero personas con algo menos de nota, pero que sean vocacionales; y que tengan mano con los niños».

Sin embargo, la vocación es difícil de medir. Por eso se habla desde hace años de establecer el llamado MIR educativo, similar al que ya funciona en el caso de los estudiantes de Medicina, algo con lo que Hernández Dopico también se muestra de acuerdo. Aunque ella va todavía más lejos.

«Primero, debe hacerse un psicotécnico, evidentemente, para cortar ahí un poco, y luego debe haber también, según lo pasas, otra prueba, que es básica, de cultura general. Esto es algo que ya se hace en la Comunidad de Madrid y se ve que es una prueba de corte, porque la verdad es que ahí se queda mucha gente. Para maestros, estamos hablando, como mucho, de un nivel de 4º de la ESO. Si somos maestros, qué menos que hacer una prueba de cultura general. Y una vez que superen eso, sí que podrían entrar con unas prácticas remuneradas, por supuesto, como hacen los médicos. Estar así un año o dos, y luego ya poder acceder a la especialidad, por ejemplo. Esa sería una salida, no que todos los maestros puedan dar todo, sino que nos especialicemos cada uno en materias y las demos bien».

Pero el punto en el que coinciden la mayoría de los docentes es que en Magisterio sobra mucha teoría y faltan muchas horas prácticas. «Yo me encuentro en El pupitre de Pilu, que trabajamos con los opositores que luego ocuparán la plaza [de maestros], con que no saben ni tratar a un alumno con necesidades específicas de apoyo educativo», comenta Pilu Hernández. Para ella, lo ideal sería que se asistiera a la facultad un día a la semana y los otros cuatro se trabajara en un aula. «Y así, también, podríamos reducir ratio y tener más apoyo en los centros públicos, más recursos. Sería una salida».

«El problema principal de la formación inicial del Magisterio es el prestigio social que tiene la propia profesión»

Ana Hernández, jefa de estudios en el IES Julio Verne de Leganés (Madrid) y secretaria general de la asociación Mejora tu Escuela Pública, tiene una opinión parecida. «A los universitarios les falta formación práctica. Yo doy charlas en el máster de posgrado en las que les explico cómo ser tutor de una clase, porque muchos llegan a los institutos recién graduados, les ponen de tutores y no saben qué tienen que hacer ni nadie se lo cuenta. Ayuda mucho que alguien, desde dentro, te venga a contar. Debería haber más tiempo de contacto con los centros, no sé si a modo de prácticas. Sí notas que en el año y pico que les lleva hacer el máster solo tienen estas charlas al final, a modo de pinceladas, y son gente que en unos meses van a estar en un centro. Es bueno darles herramientas para que conozcan cómo funciona un centro, qué hacer cuando tienes un alumno de necesidades especiales, qué hacer si te toca ser tutor…».

«El problema principal de la formación inicial del Magisterio es el prestigio social que tiene la propia profesión», opina Aida Valero, presidenta de la Asociación Pro-Colegio Oficial de Pedagogía y Psicopedagogía de la Comunidad de Madrid (PROCOLPED). «Existe una desvalorización de la profesión docente que se extrapola a la universidad. Se piensa que el camino para ser profesor es sencillo. Y lo peor es que, en la mayoría de las ocasiones, lo es. Aquí es donde las facultades deberían hacer autocrítica y revisar sus planes de estudio».

Según su análisis, esa facilidad de acceso provoca que el número de estudiantes que optan por las facultades de educación sea bastante elevado, así como el de egresados. «Ante esta situación, deberíamos, por un lado, hacer algún tipo de selección previa al acceso a los estudios de Magisterio. Algo que ya se hace en otros países o en distintas disciplinas. Esta selección ayudaría a elegir a las personas que tienen mejores disposiciones para desempeñar la profesión. Por otro lado, deberíamos definir exactamente qué es lo que se espera de una persona que decide dedicarse a la carrera docente. Actualmente el perfil es un tanto difuso, hay cierto desequilibrio entre los aprendizajes estipulados en cada asignatura. Necesitamos, otra vez, más unidad. Mayor cooperación para ir todos hacia la misma dirección.

¿POR DÓNDE DEBEN EMPEZAR LOS CAMBIOS EN EL SISTEMA EDUCATIVO ESPAÑOL?

He ahí la gran cuestión. Pilu Hernández Dopico cree que habría que comenzar por «las aulas, en el propio trato a los alumnos». Pero para la presidenta de PROCOLPED, antes deberían atenderse las cuestiones logísticas. «Y para ello, se necesita una mayor inversión. Habría que reducir las ratios, aumentar el número de docentes por aula, dar más recursos a la educación pública…».

Para Valero, en ese cambio deben ser pieza fundamental los maestros y maestras. Empezando por su formación, como se ha comentado arriba, y terminando por su desarrollo profesional. «Necesitamos revalorizar el Magisterio, y para ello no podemos admitir que cualquier persona es válida para realizar esa labor. También deberíamos mimar un poco más a nuestro profesorado. Por lo general, se cree que trabajan poco y viven muy bien. Pero nada más lejos de la realidad. La tarea docente es muy demandante y está llena de trabajo administrativo que les quita mucho tiempo para centrarse en sus clases. Además, el sistema de promoción a lo largo de la carrera es realmente lento. ¿Cómo vamos a esperar que cuiden a nuestros niños y niñas si no les cuidamos cómo se merecen?».

Por último, continúa Aida Valero, «sería muy positivo que la sociedad (en todas sus formas: familias, comunidad educativa, políticos, etc.) colaborase en esta tarea. Que fuera consciente de la importancia de la educación para el desarrollo de las personas y la sociedad. Que confiase en aquellos y aquellas que más saben sobre educación… Y que remáramos todos hacia una misma dirección. Hace falta más cooperación».

Y en ese sentido, dice Pilu Hernández, sería positivo que se dictara, de una vez por todas, una única ley de educación, consensuada y acordada por todos esos elementos sociales que mencionaba Valero. Que no dependiera, en definitiva, del color del partido que ocupe el gobierno de turno. «Deberían sentarse, que vean que esto no es de un partido político concreto, que la educación es el futuro de la sociedad. Deben sentarse los partidos políticos y toda la comunidad educativa: familias, profesores, maestros… hasta dar con algo que tenga vigor durante años. Debemos olvidarnos de los colores, en especial, los políticos».

sistema educativo español

NO TODO ES MALO

A pesar de los muchos cambios a los que debería someterse la educación en España, Aida Valero prefiere no dejarse llevar por el catastrofismo. Con todos sus defectos, también hay cosas positivas en nuestro modelo educativo actual.

La alta tasa de escolarización es una de ellas. «Es una buena noticia, no solo a nivel de los aprendizajes más puramente académicos, sino porque los centros educativos son también lugares para la socialización, para la afectividad, los valores, etc.».

Esa elevada tasa de escolarización denota también otra cosa positiva: el acceso a la educación de manera pública y gratuita, independientemente de dónde se haya nacido. «Aunque es cierto que existen diferencias de centros en función del nivel socioeconómico de las familias y del entorno, nuestro sistema educativo pone muchos recursos en que estas diferencias sean lo más pequeñas posibles», explica Valero. «El objetivo es dar al alumnado las mismas oportunidades, asegurando el principio de equidad».

La consecuencia de todo esto es el alto porcentaje de estudiantes universitarios en España. Antes, comenta la presidenta de PROCOLPED, solo accedía a la educación universitaria un perfil muy reducido de personas. Ahora, la diversidad es enorme y las oportunidades educativas son, en definitiva, mayores.

«Cuando se comparan los resultados educativos de España con los de otros países de la UE solemos salir perdiendo. Pero no solemos pensar que, comparado con de dónde venimos, la mejora ha sido muy significativa»

«En tercer lugar, hay que destacar que el nivel educativo de la población española ha dado un gran salto cualitativo en los últimos años. No podemos olvidar que hace aproximadamente 50 años, el porcentaje de analfabetismo era muy alto. Y que, en un periodo muy corto de tiempo, hemos mejorado mucho. Cuando se comparan los resultados educativos de España con los de otros países de la UE solemos salir perdiendo. Pero no solemos pensar que, comparado con de dónde venimos, la mejora ha sido muy significativa», alega Valero.

«Por último, otro de nuestros puntos fuertes es la capacidad de inclusión de los colectivos vulnerables a nuestro sistema educativo». Ese esfuerzo se ha visto especialmente en los últimos años con los hijos e hijas de inmigrantes y el empeño en que tuvieran las mismas oportunidades educativas que los niños españoles. «Hoy las escuelas son entornos plurales, donde prima el respeto por la diversidad».

¿DÓNDE QUEDA LA EDUCACIÓN ESPECIAL EN TODO ESTO?

Una de las polémicas que ha traído la reciente Ley Celáa de Educación tiene que ver con las reformas que la ministra quiere hacer en la educación especial.

Este tipo de educación ha sido siempre una de las grandes olvidadas en nuestro país. De hecho, comenta Pilu Hernández, profesora ella misma de educación especial, solo parece interesarnos cuando tenemos un hijo o un familiar cercano afectado con alguna discapacidad o dificultad educativa. Y no se hace nada a nivel institucional para favorecerla a no ser que el político que legisle en ese momento tenga un hijo plurideficiente. La CEO de El pupitre de Pilu cree que estas personas responsables de legislar y gobernar deberían empezar por visitar los centros de educación especial, «que vean los tipos de niños que hay y luego que empiecen a hablar».

Aunque también asegura que la educación especial ha evolucionado y mucho en España, en especial de 30 años a esta parte. «Antes estaban los colegios de educación especial, con niños con síndrome de Down, y los niños plurideficientes estaban en su casa. Y hoy los niños con síndrome de Down están en los coles ordinarios y los plurideficientes, en los coles de educación especial. Pero no hacen más que hablar de inclusión, inclusión, inclusión, y la inclusión no existe, es una entelequia filosófica. No la enseñan en las facultades, y en los colegios existe integración, pero inclusión como tal no».

Pero ¿qué entendemos por integración y qué por inclusión?

Hablamos de integración cuando un profesor terapéutico (PT) o de audición y lenguaje saca al niño con alguna de esas necesidades especiales fuera del aula y trabaja con él reforzándole en lo que necesita. Mientras que inclusión sería que un especialista trabaje en coordinación con el tutor para amoldar esos contenidos al nivel del niño afectado, pero dentro del aula y con toda la clase. «Tampoco me pongo al lado del niño y le trabajo todo con una ficha, porque estaríamos hablando de integración, sino que es un trabajo mucho mayor. Ahí hay que hablar ya de metodologías activas, de aprendizaje cooperativo, de aprendizaje basado en proyectos…».

Pero ¿realmente se puede educar en el mismo lugar a niños con necesidades tan específicas, como los casos más graves de autismo o de otros síndromes como el de Down? Desde luego, los padres de estos niños se niegan rotundamente a la desaparición de estos centros de educación especial.

«Tenemos que tener una cosa clara. Los niños que están en los centros de educación especial no están ahí por su autismo o por su síndrome de Down o por su parálisis cerebral; están por la discapacidad intelectual que va asociada, y suele ser severa», aclara Hernández Dopico.

«Los centros de educación especial son necesarios y básicos porque allí los niños son felices»

Para esta profesora de educación especial, niños y niñas con una capacidad intelectual leve pueden estar integrados en un centro ordinario, como mínimo, hasta 6º de Primaria. «Probablemente acaben en un centro específico, pero, al menos, sí que van a tener una socialización y un proceso de adaptación que les va a enriquecer. Y acabarán en un centro de educación especial porque la pena es que no hay especialistas en los institutos para este tipo de alumnado», denuncia.

«Los centros de educación especial son necesarios y básicos porque allí los niños son felices. En estos centros atendemos a sus necesidades y lo que trabajamos es que el niño se comunique, que atienda pautas de la vida cotidiana, otras cosas que para nosotros son muy básicas, pero para ellos representan mucho». Tanto como la diferencia entre ser más independientes y valerse por sí mismos o depender absolutamente de sus familias durante toda su vida.

«Por eso son necesarios y no deberían desaparecer, como se está diciendo. Pero yo creo que la Ley Celáa, en este caso, no quiere que desaparezcan. Lo que sí que quiere es que la mayor parte de niños que hoy están en centros de educación especial acaben en centros ordinarios, que también es una barbaridad. Que eso está muy bien, pero hoy en día los institutos de educación secundaria no están preparados para albergar a este tipo de niños con una discapacidad moderada. Porque entonces estaríamos hablando de integración, ya que lo que harían en los institutos es lo que hay en muchos colegios ordinarios, unas aulas específicas donde al final esos niños no están relacionándose con el resto. Y eso sí que es segregar en toda regla».

 ¿EXISTE ALGÚN MÉTODO DE ENSEÑANZA PERFECTO?

Una de las cuestiones que se plantean muchos padres cuando llega el momento de escolarizar a sus hijos es el tipo de enseñanza que quieren para ellos. Y no nos referimos a la opción de un colegio público o uno privado o concertado, sino a cómo se les va a enseñar.

En la cabeza de todos se barajan nombres de métodos como Montessori, Waldorf, Reggio Emilia… Métodos con fama de ser eficaces y con los que se alcanza más éxito escolar, pero ¿hay alguno que sea infalible? Para ello sería imprescindible que ese hipotético sistema perfecto lo fuera para todo el alumnado, que comprendiera y atendiera la enorme variedad de personas que representan los alumnos, con sus distintos intereses, necesidades y destrezas. Y es esa diversidad precisamente, en opinión de Aida Valero, la que imposibilita que un mismo método sea valioso para todos por igual.

«No hay un método perfecto, pero, a estas alturas, sabemos que hay algunas prácticas que son mejores que otras. Por ejemplo, con respecto a la diversidad que comentaba, sabemos que la mejor metodología es aquella que es capaz de llegar a más personas, de atender mejor a la diversidad. También sabemos que el aprendizaje es social, que la emoción o el movimiento ayudan. Tenemos evidencias sobre la efectividad de los grupos cooperativos, del flipped classroom… Y debemos apoyarnos en ellas para tratar de llegar al máximo número de estudiantes posible».

El problema, afirma, es que a pesar de esos indicios sobre lo que funciona y lo que no, de nada sirven si no tenemos recursos suficientes para llevarlo a cabo. Y ahí está el tema, en los recursos, ya sean personales o materiales. «Se habla mucho de las escuelas Montessori o Waldorf, pero no podemos olvidar que son escuelas privadas a las que asisten niños y niñas que tienen unas condiciones económicas y familiares muy favorables. Esto es algo que hay que tener en cuenta».

«Finalmente, el problema también es de base, del planteamiento educativo que consideremos más apropiado», concluye Valero. «¿Tenemos claro qué es la educación y en qué debería consistir? No es lo mismo pensar que la educación consiste en una simple transmisión de información que en algo más. Por ejemplo, en el desarrollo integral de una persona para que llegue a formar parte de una sociedad global. No podemos establecer las coordenadas si no sabemos hacia dónde nos dirigimos. De cuál sea el horizonte dependerá el día a día de un aula».

¿HACIA DÓNDE DEBE ENCAMINARSE, ENTONCES, EL SISTEMA EDUCATIVO EN ESPAÑA?

 De nuevo, una cuestión difícil de responder, porque una cosa es la teoría y otra la práctica. «A nivel teórico, parece que tenemos las ideas bastante claras. La educación ha de dirigirse hacia el desarrollo equilibrado de la persona, atendiendo a todas sus dimensiones (afectiva, social, ética, física…), y orientándola hacia la convivencia en una sociedad plural. Ahora bien, este es el fin, y otra cosa son los medios», opina Aida Valero.

«Aquí es donde suele haber discrepancias, si bien es cierto que también tenemos más puntos en común de lo que pensamos. Por ejemplo, solemos coincidir en que conviene dejar atrás el tradicionalismo, que la escuela no es una fábrica de producción donde todas las piezas son iguales, que hay que dejar atrás la era industrial, los métodos basados en el autoritarismo, etc. Es entonces cuando tratamos de cambiar de dirección y a veces nos pasamos de rosca. Por ejemplo, con el uso desmesurado de las nuevas tecnologías, con la supremacía de las metodologías (cuanto más activas mejor) ante los contenidos… Y ello también genera problemas.

¿Hacia dónde debería dirigirse la enseñanza? Bueno, quizás hacia un punto medio, cree la presidenta de PROCOLPED, aprovechando los puntos fuertes de cada metodología. «Es tan malo criminalizar lo tradicional como venerar lo innovador. Lo importante es el fin, tener presente que lo que queremos es contribuir al desarrollo pleno de la persona. Y apoyarnos en la información que nos ofrece la evidencia científica para arrojar algo de luz en la difícil tarea de educar».

‘PROFESORES Y AULAS DE PUERTAS ABIERTAS’, EL INNOVADOR PROYECTO EDUCATIVO DEL IES JULIO VERNE EN LEGANÉS

Las buenas ideas suelen llegar, dicen, por casualidad. Y puede que sea cierto porque fue la casualidad la que hizo que una mañana, mientras Ana Hernández, profesora de Arte y jefa de estudios en el instituto de educación secundaria Julio Verne de Leganés (Madrid), impartía su clase sobre el siglo XIX y las pinturas negras de Goya, escuchó en el aula contigua a su compañera, profesora de Historia, hablar también sobre ese mismo siglo, pero desde el punto de vista de la arquitectura. Al terminar, cuando se reencontraron en la sala de profesores, Ana explicó lo ocurrido a su compañera y bromearon sobre el asunto. «Si las dos estamos hablando del mismo siglo, aunque desde puntos de vista diferentes, deberíamos dar la clase juntas algún día».

Pero la broma prendió mecha en la mente inquieta de esta jefa de estudios y siguió dándole vueltas a aquella ocurrencia para ver cómo podía hacerla realidad.

A ese proyecto lo bautizaron como Profesores y aulas de puertas abiertas y lo pusieron en marcha en 2017. «Lo que hicimos varios profesores fue ponernos de acuerdo para dar la clase de todas las asignaturas, todo el profesorado y con todos los grupos a la vez. Dábamos clase de música, de inglés, de biología y geología, de historia, de educación física, de lengua castellana y de dibujo», explica Hernández. «Troceamos todos los contenidos de todas las asignaturas e hicimos una programación que duraba todo el curso. Todos los contenidos se mezclaban. Como hilo argumental, como raíz, utilizamos la Historia y a partir de ahí, se explicaba el resto de asignaturas».

Empezaron con 4º de la ESO y al año siguiente lo implantaron también en 3º. Su intención, tras el parón de la pandemia, es extenderlo también a 2º de la ESO en el próximo curso.

Para organizarse, dividieron a los alumnos en diferentes grupos que iban rotando. Una vez que se daba la clase teórica, como si fuera un panóptico en el que se relacionaba el arte con la biología, la educación física con la literatura… se establecían actividades diferentes para cada uno de esos grupos. Esta nueva forma de impartir las clases obligaba también a cambiar también el sistema de evaluación. Y, sobre todo, obligó a alumnos, y en especial a profesores, a cambiar de mentalidad ya que era la primera vez, fundamentalmente para estos últimos, que trabajaban en equipo de verdad.

«Si en la vida todo se entiende y todo surge de forma conectada, por qué lo desconectamos luego en la escuela»

«Nosotros siempre estamos intentando fomentar en nuestros alumnos que trabajen en equipo, pero luego no nos ven trabajar en equipo a nosotros, con lo cual creo que es una falacia. Cómo les vas a enseñar a trabajar en equipo si ven que suena el timbre, entra un profe, habla solo él, suena el timbre, sale y entra otro… Los chicos y las chicas no solo aprenden con lo que les cuentas que tienen que hacer, sino por lo que ven que haces. Hay que predicar con el ejemplo. Al trabajar de esta manera, ellos ven que estás continuamente construyendo conocimiento. Y porque, además, en la vida, las cosas no tienen esos tabiques».

sistema educativo español
Una de las clases impartidas en el proyecto ‘Profesores y aulas de puertas abiertas’. Fotografía cedida por el IES Julio Verne de Leganés (Madrid)

Sorprendentemente, el experimento funcionó y lo hizo muy bien. Ese primer año se disparó el porcentaje de aprobados, para empezar, y los chicos acudían a las clases mucho más motivados. También provocó un cambio de organización interno, ya que hubo que adaptar el horario de los profesores implicados. «Los alumnos decían que así las cosas se recuerdan mejor. Y yo creo que no tenía que ver con recordar mejor, es que ahora entienden, comprenden lo que han estudiado. Y como lo has comprendido, lo recuerdas siempre. Lo has hecho tuyo».

«A mí, como profe, me parece maravilloso porque aprendo muchísimo, porque contextualizo muchísimo y porque aprendo muchas cosas, y a ellos les ayudas a entender que todo tiene un por qué, que las cosas no ocurren porque sí. Y que lo que a priori puede parecer una temporización de una unidad didáctica (yo doy el Renacimiento en enero, pero mi compañera lo da en octubre, y otro lo da al año siguiente…), al final se entienden cachitos de cosas pero todas inconexas. ¿Qué ocurre cuando conectas cosas? Pues que al conectar también les estás ayudando a que, día a día, proyecten el día de mañana, su forma de pensar, que todo obedece a algo. Que la política no se puede separar de la economía, ni de la educación, ni de la filosofía, ni del arte… Y que el arte no ocurre porque sí, sino como respuesta a una cosa que está pasando… Si en la vida todo se entiende y todo surge de forma conectada, por qué lo desconectamos luego en la escuela».

Trabajar así, cuenta Ana Hernández, te obliga a cambiar la mente y a cambiar los muebles. Esto último, en un sentido literal. La disposición de las aulas no puede seguir siendo la misma, la tradicional. «El primer año ya tiramos el tabique de un aula», recuerda. Y esa eliminación de tabiques físicos se correspondió también con el derribo de tabiques mentales. «Esto supone un cambio de estructura de cabeza. Si rompemos la estructura de las asignaturas también tenemos que romper las estructuras físicas».

El proyecto funcionó, también, porque se consiguió aprovechar el capital cultural del profesorado. Por el Julio Verne, pone como ejemplo su jefa de estudios, han pasado profesores que eran ingenieros, químicos, escritoras, arquitectas, artistas e incluso un seleccionador para los Juegos Olímpicos. «Si hablas a los chicos de los Juegos Olímpicos, cómo surgen, etc., cómo no vas a contar a tus alumnos tu experiencia como seleccionador. Eso te hace verlo desde un punto de vista diferente y eso es lo que marca la diferencia», afirma Hernández. Además, asegura, es un proyecto que ayuda mucho a la atención a la diversidad porque ayuda a romper etiquetas

Profesores y aulas de puertas abiertas ha ganado ya varios premios de educación, entre ellos el Premio Grandes Profes de Atresmedia, como la mejor práctica que tiene que ver con la integración e innovación educativa.

«Esto es fruto de una revolución a nivel estructural de qué quieres para tu escuela. Esto es fruto de una necesidad de cambiar las cosas, la arquitectura viene después. Pero no cambiarlas porque sí, sino con un objetivo», resume Ana Hernández. «Si algo no funciona, hay que cambiarlo. Pero sin experimentos, que aquí hay alumnos que tienen que promocionar y esto es serio. Aunque sí introduciendo pequeñas estrategias que tú crees que pueden ir encaminadas a que los alumnos se enganchen mejor a las clases, a que comprendan mejor».

Y concluye: «Otra educación es posible, pero sin artificios, sin colorinchis, sino una cosa seria. El conocimiento es fundamental».

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