Publicado: 30 de enero 2024 05:37  /   IDEAS
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¿Me alquilas esa emoción?

Publicado: 30 de enero 2024 05:37  /   IDEAS     por          
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emociones alquiladas

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Imagínate la escena: otro viernes en el garito de siempre. Ese donde te conocen y al que entras apartando recuerdos con la esperanza de hacer algunos nuevos. Te acompañan algunos de los sospechosos habituales, amigos que pronto te envuelven en un círculo de bromas y anécdotas. La música tiene su punto. La cerveza está fría y los aperitivos se reparten entre el cuenco, la barra de metal y el suelo. Lo de siempre.

¿Lo de siempre? Alguien al otro lado del mundo no para de reír, sentado en su sofá en una habitación silenciosa y apenas iluminada, con esas anécdotas que a ti te parecen manidas. Esa persona disfruta genuinamente cuando uno de tus amigos llega y te da un abrazo. Hacía tiempo que no os veíais. Tu cotidiano, fíjate, resulta algo extraordinario para otros. Algo por lo que están dispuestos a pagar. Bienvenido a la era de las emociones alquiladas.

Esta escena que nos acabamos de imaginar, ya lo supones, es más un ejercicio teórico que una realidad. Pero tal vez los avances tecnológicos tan importantes que estamos viviendo en los últimos años tal vez nos acerquen a un futuro en el que este tipo de experiencias sean posibles. Porque de ser posible, ten por seguro que terminará por comercializarse. Sirva este artículo como muestra de patente en curso.

¿Qué se siente siendo el protagonista de una peli de acción? ¿O aterrizando un Boeing 747? ¿Qué sentirán los astronautas del programa Artemis cuando la humanidad vuelva a la Luna en 2028? Ahora imagínate un viernes por la noche tumbado en el sofá, pero en lugar de hacer ese scroll infinito por las pelis y series de Netflix, pudieras navegar por un amplio surtido de emociones de alquiler. Emociones de todo tipo, con sus categorías, por supuesto. Porque pisar la luna tiene que ser la leche y seguro que hay público para ello, como lo hay para las pelis de acción.

Son emociones espectaculares, en el sentido más cinematográfico de la palabra, pero también habría público para disfrutar de la emoción de coger a tu hijo por primera vez, de caminar hacia el altar en el día de tu boda… hasta para que te rompa el corazón tu primera novia con 16 años. Sobre gustos no hay nada escrito.

Seguramente surgirían categorías específicas: Para combatir los lunes, Para fliparlo fuerte o, mi favorita: Para vivir eso a lo que nunca te atreverías. Las posibilidades son tantas como la miríada de emociones y experiencias humanas. Eso nos lleva a las zonas grises, a emociones que habitan el terreno de lo moralmente dudoso: disfrutar de un sentimiento de venganza, del abuso de poder o incluso de experiencias límite como, por ejemplo, vivir lo que siente un soldado en el campo de batalla.

Aparecería, tal vez, un mercado negro de emociones. Un pozo de oscuridad al que se asomarían los desalmados de siempre, buscando vivir horrores que no pienso nombrar aquí. Porque este producto, el de las emociones, tendría el potencial para crear toda una economía a su alrededor y a profesionales especializados en nutrirla.

Al igual que hoy tenemos a los denominados ‘creadores de contenidos’, aka, influencers, estoy seguro de que también veríamos aparecer a los ‘creadores de experiencias’: los expertos en chutarte adrenalina, los que se especializan en cuestiones amorosas, cuando no amatorias… Claro que cualquiera podría alquilar sus emociones. Pero reconozcámoslo, entre la apasionante aventura de hacer la colada en domingo o saltar en Wingsuit esquivando acantilados, creo que tenemos un claro ganador.

Por supuesto que lo primero que se nos viene al a cabeza cuando hablamos de alquilar o compartir emociones es la parte lúdica. Aquí hemos venido a jugar. Pero esta hipotética tecnología tendría un potencial abrumador en el campo de la investigación. ¿Qué sienten personas con diferentes trastornos mentales? ¿Son las emociones lo mismo para cada uno de nosotros o, al igual que el color, cada cual las siente a su manera?

Quizás, sin darnos cuenta, habríamos inventado la máquina de la empatía que permitiría a la humanidad comenzar a avanzar, por fin, hacia un bien común. ¿A qué dirigente le enchufarías tú la alegría de llegar justito a fin de mes? ¿Podríamos instalar una de estas en la ONU? A ver si, con las risas, terminamos solucionando los conflictos, las guerras y esas cosillas.

Que la realidad no te estropee una buena historia, que diría aquel. Pero ¿qué dice la realidad sobre todo esto? Lo cierto es que en los últimos años se han hecho numerosos avances en el campo de la neurobiología, desde la identificación de zonas específicas del cerebro y sus funciones hasta algunas cuestiones que se adentran en el terreno de la ciencia ficción. Leer la mente sería una de ellas.

Es lo que han logrado, en 2023, un equipo de científicos de la Universidad de Texas. Mediante una resonancia magnética funcional los investigadores han sido capaces de predecir qué está imaginando o viendo un determinado sujeto. Una casa, un perro… «Los decodificadores no invasivos pueden identificar estímulos de un pequeño grupo de palabras o frases», aseguran los científicos. Por ahora.

De la misma forma, también se ha mapeado qué áreas del cerebro se encienden con cada una de las seis emociones básicas: ira, asco, miedo, felicidad, tristeza y sorpresa. Uno de los primeros pasos para replicar algo es saber, precisamente, dónde se genera, lo que acerca un poco más a la realidad este pequeño ejercicio hipotético que hemos venido realizando.

Y eso nos lleva al bar en el que hemos empezado. A ese viernes cualquiera. Porque más allá del atractivo de experimentar la gala de los Óscar, creo que una buena parte de los usuarios del alquiler de emociones se abonarían a los filamentos de la rutina; esas emociones que se nos escurren entre el ajetreo diario: el confort de un abrazo, la carcajada limpia de un chiste, la satisfacción de un trabajo bien hecho o, como en el caso que nos ocupa, la colección de pequeñas y burbujeantes emociones de una noche fuera con los amigos. Eso sí, espero que esta tecnología permita evitar las resacas. Aunque sea por un extra.

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Imagínate la escena: otro viernes en el garito de siempre. Ese donde te conocen y al que entras apartando recuerdos con la esperanza de hacer algunos nuevos. Te acompañan algunos de los sospechosos habituales, amigos que pronto te envuelven en un círculo de bromas y anécdotas. La música tiene su punto. La cerveza está fría y los aperitivos se reparten entre el cuenco, la barra de metal y el suelo. Lo de siempre.

¿Lo de siempre? Alguien al otro lado del mundo no para de reír, sentado en su sofá en una habitación silenciosa y apenas iluminada, con esas anécdotas que a ti te parecen manidas. Esa persona disfruta genuinamente cuando uno de tus amigos llega y te da un abrazo. Hacía tiempo que no os veíais. Tu cotidiano, fíjate, resulta algo extraordinario para otros. Algo por lo que están dispuestos a pagar. Bienvenido a la era de las emociones alquiladas.

Esta escena que nos acabamos de imaginar, ya lo supones, es más un ejercicio teórico que una realidad. Pero tal vez los avances tecnológicos tan importantes que estamos viviendo en los últimos años tal vez nos acerquen a un futuro en el que este tipo de experiencias sean posibles. Porque de ser posible, ten por seguro que terminará por comercializarse. Sirva este artículo como muestra de patente en curso.

¿Qué se siente siendo el protagonista de una peli de acción? ¿O aterrizando un Boeing 747? ¿Qué sentirán los astronautas del programa Artemis cuando la humanidad vuelva a la Luna en 2028? Ahora imagínate un viernes por la noche tumbado en el sofá, pero en lugar de hacer ese scroll infinito por las pelis y series de Netflix, pudieras navegar por un amplio surtido de emociones de alquiler. Emociones de todo tipo, con sus categorías, por supuesto. Porque pisar la luna tiene que ser la leche y seguro que hay público para ello, como lo hay para las pelis de acción.

Son emociones espectaculares, en el sentido más cinematográfico de la palabra, pero también habría público para disfrutar de la emoción de coger a tu hijo por primera vez, de caminar hacia el altar en el día de tu boda… hasta para que te rompa el corazón tu primera novia con 16 años. Sobre gustos no hay nada escrito.

Seguramente surgirían categorías específicas: Para combatir los lunes, Para fliparlo fuerte o, mi favorita: Para vivir eso a lo que nunca te atreverías. Las posibilidades son tantas como la miríada de emociones y experiencias humanas. Eso nos lleva a las zonas grises, a emociones que habitan el terreno de lo moralmente dudoso: disfrutar de un sentimiento de venganza, del abuso de poder o incluso de experiencias límite como, por ejemplo, vivir lo que siente un soldado en el campo de batalla.

Aparecería, tal vez, un mercado negro de emociones. Un pozo de oscuridad al que se asomarían los desalmados de siempre, buscando vivir horrores que no pienso nombrar aquí. Porque este producto, el de las emociones, tendría el potencial para crear toda una economía a su alrededor y a profesionales especializados en nutrirla.

Al igual que hoy tenemos a los denominados ‘creadores de contenidos’, aka, influencers, estoy seguro de que también veríamos aparecer a los ‘creadores de experiencias’: los expertos en chutarte adrenalina, los que se especializan en cuestiones amorosas, cuando no amatorias… Claro que cualquiera podría alquilar sus emociones. Pero reconozcámoslo, entre la apasionante aventura de hacer la colada en domingo o saltar en Wingsuit esquivando acantilados, creo que tenemos un claro ganador.

Por supuesto que lo primero que se nos viene al a cabeza cuando hablamos de alquilar o compartir emociones es la parte lúdica. Aquí hemos venido a jugar. Pero esta hipotética tecnología tendría un potencial abrumador en el campo de la investigación. ¿Qué sienten personas con diferentes trastornos mentales? ¿Son las emociones lo mismo para cada uno de nosotros o, al igual que el color, cada cual las siente a su manera?

Quizás, sin darnos cuenta, habríamos inventado la máquina de la empatía que permitiría a la humanidad comenzar a avanzar, por fin, hacia un bien común. ¿A qué dirigente le enchufarías tú la alegría de llegar justito a fin de mes? ¿Podríamos instalar una de estas en la ONU? A ver si, con las risas, terminamos solucionando los conflictos, las guerras y esas cosillas.

Que la realidad no te estropee una buena historia, que diría aquel. Pero ¿qué dice la realidad sobre todo esto? Lo cierto es que en los últimos años se han hecho numerosos avances en el campo de la neurobiología, desde la identificación de zonas específicas del cerebro y sus funciones hasta algunas cuestiones que se adentran en el terreno de la ciencia ficción. Leer la mente sería una de ellas.

Es lo que han logrado, en 2023, un equipo de científicos de la Universidad de Texas. Mediante una resonancia magnética funcional los investigadores han sido capaces de predecir qué está imaginando o viendo un determinado sujeto. Una casa, un perro… «Los decodificadores no invasivos pueden identificar estímulos de un pequeño grupo de palabras o frases», aseguran los científicos. Por ahora.

De la misma forma, también se ha mapeado qué áreas del cerebro se encienden con cada una de las seis emociones básicas: ira, asco, miedo, felicidad, tristeza y sorpresa. Uno de los primeros pasos para replicar algo es saber, precisamente, dónde se genera, lo que acerca un poco más a la realidad este pequeño ejercicio hipotético que hemos venido realizando.

Y eso nos lleva al bar en el que hemos empezado. A ese viernes cualquiera. Porque más allá del atractivo de experimentar la gala de los Óscar, creo que una buena parte de los usuarios del alquiler de emociones se abonarían a los filamentos de la rutina; esas emociones que se nos escurren entre el ajetreo diario: el confort de un abrazo, la carcajada limpia de un chiste, la satisfacción de un trabajo bien hecho o, como en el caso que nos ocupa, la colección de pequeñas y burbujeantes emociones de una noche fuera con los amigos. Eso sí, espero que esta tecnología permita evitar las resacas. Aunque sea por un extra.

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